viernes, 8 de junio de 2007
jueves, 7 de junio de 2007
4 de junio de 2007
Llueve sobre las montañas de WutanShan, el cielo es gris pero finalmente lo es por las nubes y no por el polvo de carbón que tragamos durante los últimos tres días cruzando las provincias de Hebei y Shanxi. Los monjes de este lugar, cuyo nombre significa más o menos Muy Muy Lejano, barren el patio de piedra gris, las montañas son verdes oscuro, el aire vibra de un frescor picante, truena y me siento feliz. Helena duerme, lo cual sé que la hace feliz a ella.
Llegar no ha sido fácil. De Datong donde nos encontramos con el mexicano Bernardo De Niz en la plaza del domingo –“qué chiquita es China”, bromeamos con una falta total de originalidad-, la visita a los monasterios colgantes de la montaña Yunfeng y a las cavas de los 1000 Budas en Yungang nos dejó impresionadas. Saliendo de una ciudad carbonífera, que se moderniza con la rapidez que sólo China puede imponer a su gente, donde es obvio que los caballos y los burros han sido sustituidos por carros hace menos de una década y la gente mantienen aún la curiosidad (¿de dónde vienes?, ¿cuántos años tienes?, ¿desde cuándo estás en China?, son preguntas tan repetitivas como el ¿te gusta México? que todo taxista o ama de casa se siente en obligación de preguntar a cualquier extranjero, aunque lleve treinta años en el país), la gentileza y la gula de la provincia (por el centro, en las cuatro cuadras históricas y hermosas que se mantienen de pie, cientos de puesto de comida ofrecían pinchos de todo tipo de carne, semillas, panes al vapor, verduras rebosadas, rebanadas de fruta), pues saliendo de su periferia descubrimos que desde hace siete años durante la primavera y el otoño brigadas de jóvenes se dedican a reforestar las montañas como parte de un programa de reconstrucción de la China devastada por las deforestaciones masivas de las décadas de 1960-70.
Los bosques son jóvenes, las montañas suaves, los cultivos en terrazas. Más aún, las únicas casas nuevas realmente hermosas que se ven en China son las de los campesinos ricos que se las construyen según patrones milenarios, en las esquinas este y sur de un patio cerrado de ladrillo o adobe, que contiene un huerto y espacios para la vida comunitaria, y está cerrado por una puerta que da a las pocas calles del pueblo. La casa como tal tiene una sala central y dos cuartos a los lados; sus techos de dos aguas para que la nieve en invierno pueda escurrirse tienen remates de pagodas y curvas suaves en cada ángulo. El baño está siempre fuera de la zona de dormir y comer, en el patio.
Desde hace un año los campesinos ya no pagan impuestos sobre su producción al gobierno, como una forma de evitar la migración a las ciudades. La tierra está bastante erosionada, la polución del aire y las partículas de carbón caen por todos los lados, no obstante las técnicas agrícolas son perfectas y cualquier rincón de China que no sea ni bosque, ni lago ni ciudad está cultivado.
Por ahí llegamos al sitio de Hengshyshan, al lado de un laguito formado por una presa de 86 metros. En la montaña de roca el monasterio de Yunfeng cuelga sosteniéndose apenas de pocos palos que lo apuntalan. Las flores y los budas, los símbolos del sol y el viento pintados a pincel sobre la madera verde, los pequeños cuartos de este santuario que debía recibir muy pocos monjes ascetas, la verticalidad de la pared del que está colgado, son sensaciones que ni los miles de turistas chinos pueden arruinar.
Por la noche, de regreso a Datong, descubrimos que las medidas de control de divisa en China siguen vigentes y es casi imposible cambiar dinero, aunque es muy fácil retirar de los cajeros. Por la mañana peregriné por varios bancos hasta dar con la única sede del banco de China de la ciudad que tenía permiso de cambiar la moneda que fuera, euros, dólares, yen, pesos mexicanos: aquí no hay ninguna veneración por la moneda de ninguna potencia o país de economía mediana, sólo los yuanes cuentan. Finalmente salir hacia Yungang en autobús fue una rica experiencia, de no ser que Helena estaba en un día no, es decir en la chipilez absoluta y quería a papá, volver a México, dormir, estar sola, no caminar, no comer, no, no, no.
Por suerte las dieciséis cavas con los mil budas, entre ellas la que contiene a una estatua de un Buda sentado de 17 metros, escarbada en el siglo V de la era común, la paz de los jardines circundantes, las pagodas donde estar sola, el laguito de lotos florecientes –florean sólo dos meses al año y en esta estación- la tranquilizaron y volvió a ser la helena fascinada con la foto, la que sonríe y se interesa de siempre.
Yungang fue construido entre 453 y 494, cuando la dinastía Wei de la etnia Tangut, del norte de China, fijó su capital en Datong, un cruce entre las culturas mongola, india y centroasiáticas. Cuarenta mil trabajadores esculpieron escarbando estas grutas de decenas de metros de altas, con todas las representaciones del budismo más ferviente, luego las abandonaron cuando la dinastía Wei estableció su capital en Luongyan, obligándolos a trabajar en las cavas de Longmen.
Cuando por las tardes tomamos el tren rumbo a Xinzhou, nos llenamos de carbón. Cruzamos las dos cuencas carboníferas más grandes de China, “el mar de carbón” como lo llaman. Montañas de piedrecillas negras y centenares de camiones cargados nos acompañaron durante todo el viaje de cinco horas. No obstante, también las montañas más suaves, las colinas recortadas en terrazas por la mano del ser humano para sus cultivos, los sauces, los riachuelos, y valles de maíz y parcelas de arroz nos alegraron la vista. Xinzhou resultó realmente inhóspita de no ser por un taxista sonriente, dispuesto a desafiar las montañas de noche para llevarnos a 160 kilómetros por sólo 300 yuanes. La verdad que unas viajeras sensatas se hubieran aguantado una noche en una ciudad fea, en un hostal feo y caro y se hubieran tomado el camión de las 5 de la mañana. Pero Helena y yo no tenemos nada de sensato, menos nuestro placer por la paz de la mente, y decidimos lanzarnos a la aventura. La carretera, asfaltada en parte, en otras terracería y en otras más rodeadas de sauces y tan ancha como una autopista, nos ofreció varias sorpresas: camiones de carbón en sentido contrario, bicicletas sin luces que te obligan a frenar sobre el suelo mojado, un chofer que para no dormirse pone una música disco punchis punchis en chino.
Los monjes de WutanShan dicen que al cruzar las montañas siempre se encuentran demonios. Y tienen razón, la paz se alcanza después de dejar atrás el infierno.
Los primeros monjes de estos monasterios para llegar aquí viajaban más de un mes a pie, nosotras sólo nos tardamos tres horas y medio, pero los funcionarios chinos de entrada a la zona de las montañas, que querían cobrarnos hasta la vida, primero dijeron que pagaba sólo yo -salí bajo la lluvia y compré el boleto-, luego que Helena pagaba la mitad –volví a salir-, luego que también el chofer debía pagar. Ahí me rebelé, le pagué al simpatiquísimo chofer y decidí hacerle un pancho marca diablo al burócrata chino. ¿En qué lengua? Sepa. Por suerte Mónica adora pelearse por las demás y tradujo todo mi enojo. Finalmente un auto con tres jovencitos lugareños decidió llevarnos hasta el monasterio bajo la lluvia que arreciaba.
Otro demonio de las montañas son las pagodas que los mismos funcionarios que cobran la entrada han decidido adornar con lucecitas de colores parecida a las de las navidades mexicanas. En el medio de la sobrecogedora presencia de las cimas, las barrancas y los árboles, lo sagrado convertido en Disneylandia provoca más tristeza que vómito.
Pero, nomás al llegar a la puerta del monasterio, la cara sonriente del monje que se desveló para
esperarnos y que nos recibió con un afecto desapegado, un interés por nuestra humanidad y no nuestra persona, disipó todo miedo y todo malestar. Cuando, después de habernos acomodado en dos cuartitos bajo los techos, nos invitó a los rezos de las 4 de la mañana nos dimos cuenta de lo que significaba para él haberse quedado esperándonos hasta la 11 de la noche. Sin embargo, los vimos alejarse sereno, alto y delgado, y nos dios felicidad ser sus huéspedes.
Llegar no ha sido fácil. De Datong donde nos encontramos con el mexicano Bernardo De Niz en la plaza del domingo –“qué chiquita es China”, bromeamos con una falta total de originalidad-, la visita a los monasterios colgantes de la montaña Yunfeng y a las cavas de los 1000 Budas en Yungang nos dejó impresionadas. Saliendo de una ciudad carbonífera, que se moderniza con la rapidez que sólo China puede imponer a su gente, donde es obvio que los caballos y los burros han sido sustituidos por carros hace menos de una década y la gente mantienen aún la curiosidad (¿de dónde vienes?, ¿cuántos años tienes?, ¿desde cuándo estás en China?, son preguntas tan repetitivas como el ¿te gusta México? que todo taxista o ama de casa se siente en obligación de preguntar a cualquier extranjero, aunque lleve treinta años en el país), la gentileza y la gula de la provincia (por el centro, en las cuatro cuadras históricas y hermosas que se mantienen de pie, cientos de puesto de comida ofrecían pinchos de todo tipo de carne, semillas, panes al vapor, verduras rebosadas, rebanadas de fruta), pues saliendo de su periferia descubrimos que desde hace siete años durante la primavera y el otoño brigadas de jóvenes se dedican a reforestar las montañas como parte de un programa de reconstrucción de la China devastada por las deforestaciones masivas de las décadas de 1960-70.
Los bosques son jóvenes, las montañas suaves, los cultivos en terrazas. Más aún, las únicas casas nuevas realmente hermosas que se ven en China son las de los campesinos ricos que se las construyen según patrones milenarios, en las esquinas este y sur de un patio cerrado de ladrillo o adobe, que contiene un huerto y espacios para la vida comunitaria, y está cerrado por una puerta que da a las pocas calles del pueblo. La casa como tal tiene una sala central y dos cuartos a los lados; sus techos de dos aguas para que la nieve en invierno pueda escurrirse tienen remates de pagodas y curvas suaves en cada ángulo. El baño está siempre fuera de la zona de dormir y comer, en el patio.
Desde hace un año los campesinos ya no pagan impuestos sobre su producción al gobierno, como una forma de evitar la migración a las ciudades. La tierra está bastante erosionada, la polución del aire y las partículas de carbón caen por todos los lados, no obstante las técnicas agrícolas son perfectas y cualquier rincón de China que no sea ni bosque, ni lago ni ciudad está cultivado.
Por ahí llegamos al sitio de Hengshyshan, al lado de un laguito formado por una presa de 86 metros. En la montaña de roca el monasterio de Yunfeng cuelga sosteniéndose apenas de pocos palos que lo apuntalan. Las flores y los budas, los símbolos del sol y el viento pintados a pincel sobre la madera verde, los pequeños cuartos de este santuario que debía recibir muy pocos monjes ascetas, la verticalidad de la pared del que está colgado, son sensaciones que ni los miles de turistas chinos pueden arruinar.
Por la noche, de regreso a Datong, descubrimos que las medidas de control de divisa en China siguen vigentes y es casi imposible cambiar dinero, aunque es muy fácil retirar de los cajeros. Por la mañana peregriné por varios bancos hasta dar con la única sede del banco de China de la ciudad que tenía permiso de cambiar la moneda que fuera, euros, dólares, yen, pesos mexicanos: aquí no hay ninguna veneración por la moneda de ninguna potencia o país de economía mediana, sólo los yuanes cuentan. Finalmente salir hacia Yungang en autobús fue una rica experiencia, de no ser que Helena estaba en un día no, es decir en la chipilez absoluta y quería a papá, volver a México, dormir, estar sola, no caminar, no comer, no, no, no.
Por suerte las dieciséis cavas con los mil budas, entre ellas la que contiene a una estatua de un Buda sentado de 17 metros, escarbada en el siglo V de la era común, la paz de los jardines circundantes, las pagodas donde estar sola, el laguito de lotos florecientes –florean sólo dos meses al año y en esta estación- la tranquilizaron y volvió a ser la helena fascinada con la foto, la que sonríe y se interesa de siempre.
Yungang fue construido entre 453 y 494, cuando la dinastía Wei de la etnia Tangut, del norte de China, fijó su capital en Datong, un cruce entre las culturas mongola, india y centroasiáticas. Cuarenta mil trabajadores esculpieron escarbando estas grutas de decenas de metros de altas, con todas las representaciones del budismo más ferviente, luego las abandonaron cuando la dinastía Wei estableció su capital en Luongyan, obligándolos a trabajar en las cavas de Longmen.
Cuando por las tardes tomamos el tren rumbo a Xinzhou, nos llenamos de carbón. Cruzamos las dos cuencas carboníferas más grandes de China, “el mar de carbón” como lo llaman. Montañas de piedrecillas negras y centenares de camiones cargados nos acompañaron durante todo el viaje de cinco horas. No obstante, también las montañas más suaves, las colinas recortadas en terrazas por la mano del ser humano para sus cultivos, los sauces, los riachuelos, y valles de maíz y parcelas de arroz nos alegraron la vista. Xinzhou resultó realmente inhóspita de no ser por un taxista sonriente, dispuesto a desafiar las montañas de noche para llevarnos a 160 kilómetros por sólo 300 yuanes. La verdad que unas viajeras sensatas se hubieran aguantado una noche en una ciudad fea, en un hostal feo y caro y se hubieran tomado el camión de las 5 de la mañana. Pero Helena y yo no tenemos nada de sensato, menos nuestro placer por la paz de la mente, y decidimos lanzarnos a la aventura. La carretera, asfaltada en parte, en otras terracería y en otras más rodeadas de sauces y tan ancha como una autopista, nos ofreció varias sorpresas: camiones de carbón en sentido contrario, bicicletas sin luces que te obligan a frenar sobre el suelo mojado, un chofer que para no dormirse pone una música disco punchis punchis en chino.
Los monjes de WutanShan dicen que al cruzar las montañas siempre se encuentran demonios. Y tienen razón, la paz se alcanza después de dejar atrás el infierno.
Los primeros monjes de estos monasterios para llegar aquí viajaban más de un mes a pie, nosotras sólo nos tardamos tres horas y medio, pero los funcionarios chinos de entrada a la zona de las montañas, que querían cobrarnos hasta la vida, primero dijeron que pagaba sólo yo -salí bajo la lluvia y compré el boleto-, luego que Helena pagaba la mitad –volví a salir-, luego que también el chofer debía pagar. Ahí me rebelé, le pagué al simpatiquísimo chofer y decidí hacerle un pancho marca diablo al burócrata chino. ¿En qué lengua? Sepa. Por suerte Mónica adora pelearse por las demás y tradujo todo mi enojo. Finalmente un auto con tres jovencitos lugareños decidió llevarnos hasta el monasterio bajo la lluvia que arreciaba.
Otro demonio de las montañas son las pagodas que los mismos funcionarios que cobran la entrada han decidido adornar con lucecitas de colores parecida a las de las navidades mexicanas. En el medio de la sobrecogedora presencia de las cimas, las barrancas y los árboles, lo sagrado convertido en Disneylandia provoca más tristeza que vómito.
Pero, nomás al llegar a la puerta del monasterio, la cara sonriente del monje que se desveló para
esperarnos y que nos recibió con un afecto desapegado, un interés por nuestra humanidad y no nuestra persona, disipó todo miedo y todo malestar. Cuando, después de habernos acomodado en dos cuartitos bajo los techos, nos invitó a los rezos de las 4 de la mañana nos dimos cuenta de lo que significaba para él haberse quedado esperándonos hasta la 11 de la noche. Sin embargo, los vimos alejarse sereno, alto y delgado, y nos dios felicidad ser sus huéspedes.
Perder el tren y descubrir problemas
Perdimos nuestro primer tren chino. La verdad es que llegamos al andén con 14 minutos de atraso y la puntualidad china es cuestión de disciplina confuciana. El policía que nos bloqueó el paso, miró nuestros boletos y luego nuestras caras como si estuviéramos locas: ¿cómo se nos ocurrió pensar que un tren pudiera tener semejante retraso? Casi nos pusimos a llorar. Obtener los boletos ayer nos costó buscarlos durante toda la tarde. Además quien cree que la Estación Central de Beijing es enorme es porque todavía no conoce la estación del Oeste, frente a cuyas dos torres y debajo de los puentes peatonales cientos de chinos están sentados esperando el tren, la vida, la salvación, las langostas.
El demonio de taxista se tardó más de una hora en llegar. Luego, pedir informes estuvo en chino. Nadie podía decirnos por dónde salía el tren a Datong. Los caracteres de la tabla de información estaban en chino. Probablemente, debido a nuestra pronunciación los funcionarios del ferrocarril ni entendían a qué ciudad queríamos llegar. Sólo gracias a los alegatos de Mónica Ching Hernández, nuestra brillante amiga y traductora del chino literario al español, introductora de un taller de traducción entre los escritores de Beijing, logramos cambiar los boletos para las 3 de la tarde.
Decidimos entonces pasar una mañana de cuento. Es decir, irnos al jardín que según la tradición inspiró a Csao Xue Qin para escribir Daquan, “El jardín de la vista sublime”, la primera novela moderna de China. En la época que iba de la dinastía Ming a la Qing, a principios del siglo XVII, trató el amor como un tema válido para la alta literatura y no sólo para las comedias populares de tintes vulgares. Junto con el amor imposible de un protagonista bisexual, amanerado, renuente a la cultura de los exámenes imperiales, gran poeta por su prima más refinada, conocida desde vidas anteriores, Csao Xue Qin reflexionó sobre lo que es la profundidad del ser, la libertad del artista, la decadencia, el deber, la poesía, el saber.
Lo sabíamos casi todo, menos que el 1 de junio es el día del niño en China y que los laguitos, los jardines de piedra –llamados también falsas montañas-, pabellones y el museo estarían a reventar de niñas y niños acompañados por sus abuelas y madres. La estridente y melódica –no es un oximeron, es lo que me parecen a mí que soy una ignorante de la música las composiciones chinas- música de los Erhu, unos violines tradicionales de dos cuerdas, estaba sofocada por los gritos de escuincles consentidos en el día del año en que nadie les niega nada.
Ahora sí, desde las dos estuvimos en la sala de espera para subir al tren. Luego descubrimos que los trenes chinos, además de puntuales, son limpios, rápidos y cómodos. Tienen literas de segunda y de primera, sillones, vagón restaurante. Cruzamos la provincia de Beijing con sus fábricas de todo tipo, luego las minas de carbón del estado de Hebei y finalmente llegamos a ver nuestros primeros rebaños de cabras, carretas jaladas por burros o caballos, campos hundidos de arroz. En los últimos veinte años se ha intentado reforestar China después de que la revolución cultural aunada al desarrollismo industrial arrasaron con bosques milenarios. Cientos de árboles jóvenes están plantados para servir de rompevientos y para atraer el agua del cielo. La provincia de las montañas del oeste, que eso significa Shanxi, es hermosa y profundamente budista.
Nomás al llegar al hotel nos dimos cuenta que nuestras visas se nos están agotando y que si queremos ir a Mongolia deberemos salir de China antes del 22 de junio, y volver antes del 27 de julio y luego pedir una prolongación de la visa. Además fuera de un hotel de la zona internacional de Beijing, el aeropuerto y un banco de la zona rusa de Beijing cambiar dinero, sean dólares o euros, es sumamente difícil y, una vez pagado el hotel de Dantong, nos hemos quedado con 150 yuanes.
El demonio de taxista se tardó más de una hora en llegar. Luego, pedir informes estuvo en chino. Nadie podía decirnos por dónde salía el tren a Datong. Los caracteres de la tabla de información estaban en chino. Probablemente, debido a nuestra pronunciación los funcionarios del ferrocarril ni entendían a qué ciudad queríamos llegar. Sólo gracias a los alegatos de Mónica Ching Hernández, nuestra brillante amiga y traductora del chino literario al español, introductora de un taller de traducción entre los escritores de Beijing, logramos cambiar los boletos para las 3 de la tarde.
Decidimos entonces pasar una mañana de cuento. Es decir, irnos al jardín que según la tradición inspiró a Csao Xue Qin para escribir Daquan, “El jardín de la vista sublime”, la primera novela moderna de China. En la época que iba de la dinastía Ming a la Qing, a principios del siglo XVII, trató el amor como un tema válido para la alta literatura y no sólo para las comedias populares de tintes vulgares. Junto con el amor imposible de un protagonista bisexual, amanerado, renuente a la cultura de los exámenes imperiales, gran poeta por su prima más refinada, conocida desde vidas anteriores, Csao Xue Qin reflexionó sobre lo que es la profundidad del ser, la libertad del artista, la decadencia, el deber, la poesía, el saber.
Lo sabíamos casi todo, menos que el 1 de junio es el día del niño en China y que los laguitos, los jardines de piedra –llamados también falsas montañas-, pabellones y el museo estarían a reventar de niñas y niños acompañados por sus abuelas y madres. La estridente y melódica –no es un oximeron, es lo que me parecen a mí que soy una ignorante de la música las composiciones chinas- música de los Erhu, unos violines tradicionales de dos cuerdas, estaba sofocada por los gritos de escuincles consentidos en el día del año en que nadie les niega nada.
Ahora sí, desde las dos estuvimos en la sala de espera para subir al tren. Luego descubrimos que los trenes chinos, además de puntuales, son limpios, rápidos y cómodos. Tienen literas de segunda y de primera, sillones, vagón restaurante. Cruzamos la provincia de Beijing con sus fábricas de todo tipo, luego las minas de carbón del estado de Hebei y finalmente llegamos a ver nuestros primeros rebaños de cabras, carretas jaladas por burros o caballos, campos hundidos de arroz. En los últimos veinte años se ha intentado reforestar China después de que la revolución cultural aunada al desarrollismo industrial arrasaron con bosques milenarios. Cientos de árboles jóvenes están plantados para servir de rompevientos y para atraer el agua del cielo. La provincia de las montañas del oeste, que eso significa Shanxi, es hermosa y profundamente budista.
Nomás al llegar al hotel nos dimos cuenta que nuestras visas se nos están agotando y que si queremos ir a Mongolia deberemos salir de China antes del 22 de junio, y volver antes del 27 de julio y luego pedir una prolongación de la visa. Además fuera de un hotel de la zona internacional de Beijing, el aeropuerto y un banco de la zona rusa de Beijing cambiar dinero, sean dólares o euros, es sumamente difícil y, una vez pagado el hotel de Dantong, nos hemos quedado con 150 yuanes.
domingo, 3 de junio de 2007
Reglas sobre los comentarios
La idea de este blog es que todos sepamos de Francesca y Helena, dónde están, qué están haciendo y que nos cuenten las experiencias que están viviendo. Pero dado que hay gente que no entiende esto, y lo toma como una página de "contactos", he decidido que voy a moderar los comentarios. Es decir, antes de salir publicados, llegarán a mi correo y yo decidiré si los publico o no. ¿Medida drástica? No, práctica. Saludos para todos los que disfrutan de este blog. Ruth.
jueves, 31 de mayo de 2007
Tres imágenes de China
1. Una mujer con tacones y vestido de flores, muy elegante, sobre su bicicleta en una avenida traficadísima. Habla por teléfono, pedalea y sostiene un paraguas.
2. Una foto que ha dado la vuelta al mundo: la del señor que vivía desde hace treinta años en una casita en un hutong de Chengdu. Cuando le notificaron que debía dejar la casa porque se iba a derruir su barrio -así se hace aquí: te notifican y te tienes que ir-, él simplemente dijo que no. Testarudo él y más testarudo el constructor, entre el no me voy y el yo construyo, entraron las grúas, las excavadoras, los camiones y la casita del hutong del señor que dijo no se quedó sola, orgullosa, una ruina con vida, una persona acorralada pero de pie, un pueblo que resiste la horda de la modernización forzada. Una foto que habla de cómo puede ser China.
3. Cinco camiones azules en el estacionamiento del enorme terreno donde la embajada gringa está construyendo su cuartel general para más de 300 diplomáticos (la embajada mexicana tiene 9, 11 la italiana, 13 la francesa, 7 la griega). Dado que Estados Unidos está inventando
discursivamente a China como su futuro enemigo -cuando se les acabe el speach sobre el terrorismo, éstos estarán listos para ser los próximos protagonistas del mal-, las relaciones de cortesía son muy falsas. Hace unos años, la Boing construyó el avión presidencial chino y lo sembró -o dejó que lo sembraran- de microscópicos micrófonos de altísima tecnología. Estados Unidos, en realidad la constructora de aviones Boing, tuvo que pedir una disculpa formal cuando, con toda razón, los chinos se lo reclamaron: hay cosas que no se hacen. Desde entonces los
gringos le temen a la venganza china. Eso es temen que los maravillosos y rapidísimos trabajadores de la construcción chinos le siembren de micrófonos la embajada, los edificios para sus trabajadores, los campos de deportes, los estacionamientos, las tienditas y dependencias que piensan levantar como un bunker al lado de otro bunkercito: la embajada de Israel (todas las demás embajadas tienen en la puerta como única y suficiente protección a un policía como gallito, nalgas planas y pechito para afuera. Cortés, el policía verde de las embajadas mueve la cabecita para decirte qué hacer o donde ir). Así, cada mañana a las siete, cinco camiones azules
vomitan sus albañiles mexicanos en la obra de Beijing.
Hasta hay un puesto de tacos que llega a las 12 horas y se instala en la puerta de la obra; la ñora está haciendo su agosto vendiéndole sus taquitos a los paisanos que están construyendo la embajada gringa de Beijing. ¿Cómo lograron los gringos la visa para sus albañiles mexicanos?
Eso sí que es un misterio, pero que el miedo mueve montañas eso es igualmente cierto.
2. Una foto que ha dado la vuelta al mundo: la del señor que vivía desde hace treinta años en una casita en un hutong de Chengdu. Cuando le notificaron que debía dejar la casa porque se iba a derruir su barrio -así se hace aquí: te notifican y te tienes que ir-, él simplemente dijo que no. Testarudo él y más testarudo el constructor, entre el no me voy y el yo construyo, entraron las grúas, las excavadoras, los camiones y la casita del hutong del señor que dijo no se quedó sola, orgullosa, una ruina con vida, una persona acorralada pero de pie, un pueblo que resiste la horda de la modernización forzada. Una foto que habla de cómo puede ser China.
3. Cinco camiones azules en el estacionamiento del enorme terreno donde la embajada gringa está construyendo su cuartel general para más de 300 diplomáticos (la embajada mexicana tiene 9, 11 la italiana, 13 la francesa, 7 la griega). Dado que Estados Unidos está inventando
discursivamente a China como su futuro enemigo -cuando se les acabe el speach sobre el terrorismo, éstos estarán listos para ser los próximos protagonistas del mal-, las relaciones de cortesía son muy falsas. Hace unos años, la Boing construyó el avión presidencial chino y lo sembró -o dejó que lo sembraran- de microscópicos micrófonos de altísima tecnología. Estados Unidos, en realidad la constructora de aviones Boing, tuvo que pedir una disculpa formal cuando, con toda razón, los chinos se lo reclamaron: hay cosas que no se hacen. Desde entonces los
gringos le temen a la venganza china. Eso es temen que los maravillosos y rapidísimos trabajadores de la construcción chinos le siembren de micrófonos la embajada, los edificios para sus trabajadores, los campos de deportes, los estacionamientos, las tienditas y dependencias que piensan levantar como un bunker al lado de otro bunkercito: la embajada de Israel (todas las demás embajadas tienen en la puerta como única y suficiente protección a un policía como gallito, nalgas planas y pechito para afuera. Cortés, el policía verde de las embajadas mueve la cabecita para decirte qué hacer o donde ir). Así, cada mañana a las siete, cinco camiones azules
vomitan sus albañiles mexicanos en la obra de Beijing.
Hasta hay un puesto de tacos que llega a las 12 horas y se instala en la puerta de la obra; la ñora está haciendo su agosto vendiéndole sus taquitos a los paisanos que están construyendo la embajada gringa de Beijing. ¿Cómo lograron los gringos la visa para sus albañiles mexicanos?
Eso sí que es un misterio, pero que el miedo mueve montañas eso es igualmente cierto.
miércoles, 30 de mayo de 2007
1 de junio. De la ciudad, los palacios y las universidades
Hoy deberíamos dejar Beijing, pero como dice Edgardo Bermejo su ritmo demencial nos ha atrapado. Beijing se parece mucho más al DF de lo que la puntualidad China deja entrever. Me encontraré con una amiga de Nacho Decerega que vive aquí hace siete años y traduce literatura, Mónica Ching Hernández. Parece que es la mexicana que mejor habla chino. Mañana, sí: ¿mañana lograremos irnos después de visitar la Federación China de mujeres?
Ayer, la charla sobre la literatura escrita por las mujeres latinoamericanas en la Universidad de Bettá (creo que se escribe así), la principal de Beijing, fue extraordinaria. Las y los estudiantes (unos 80, atentísimos), escucharon la plática tomando apuntes y a la hora de las preguntas
demostraron que las jerarquías en la cultura china son absolutas. Tomaron la palabra principalmente los hombres de los de los cursos superiores, las mujeres esperaban que
terminaran ellos para hacer preguntas y externar sus opiniones, los de los cursos iniciales se disculparon por su atrevimiento antes de decir algo. Si un/a profesor/a levantaba la mano se callaban. A pesar de su ceremonial de precedencias, según todos mis colegas las y los estudiantes estaban muy sacudidos por lo que acababan de escuchar. Era la primera vez que alguien les pedía que dieran sus opiniones y los escuchaba con atención (eso es algo que agradezco enormemente haber aprendido a hacer en el feminismos y haber aplicado en la UACM). Además era la primera vez que se les decía que lo que dicen las mujeres conforma el pensamiento de la humanidad, que el discurso de los hombres es parcial y no universal.
Cuando salimos a los parques de esta universidad, nos dimos cuenta que es una de las más bellas del mundo. Antes de la revolución, eran los jardines de la casa de campo de un príncipe. Tiene laguitos, pagodas, pabellones y, obviamente, unas construcciones modernas con los dormitorios, restaurantes y cafetería para profesores y estudiantes. Además de Bettá, que es la “mejor” universidad de Beijing, es decir aquella donde es más difícil entrar por el examen de selección, en Beijing existen otras 70 universidades públicas de diversos niveles, y 30 universidades privadas. Son relativamente caras para la mayoría de los chinos, que ahorran desde el nacimiento de sus hija/os para darles estudios universitarios. Entre la colegiatura, el dormitorio (todos los estudiantes residen en las universidades) y las comidas una universidad cuesta
cerca de 2000 dólares anuales, es decir dos meses de sueldo para la clase media. Los nuevos millonarios no tienen problemas, pero los más pobres, cuyos hijos no alcanzan una beca no pueden hacerlos estudiar por mucho que sean muy brillantes. Y eso que el gobierno se sigue
llamando comunista.
En China, las universidades casi no registran deserción escolar. La sociedad es muy demandante con las y los estudiantes y éstos valoran enormemente el esfuerzo de sus familias, amén de que no quieren deshonrarse dejando a media sus carreras o demostrando una duda sobre sus
elecciones. El departamento de español y portugués nos invitó a almorzar en el restaurante universitario. Comimos delicioso, lo cual en China es común. Aquí la cocina es variadísima, a base de verduras, cereales (el elote con piñones y una salsa de soya dulce-salada es un poema para
el paladar), de carnes variadísima (comen cualquier cosa se mueva: alacranes, pulpos, tarántulas, y obviamente gansos, pollos y reses), de frituras muy ligeras y, según la tradición de Beijing, sabrosamente enchiladas. Durante la comida, la decana del departamento y especialista en poesía española, Wrang Jun, casi me llevaba a la boca los trozos más escogidos de comida. Es una tradición de la hospitalidad china. Así como brindar intentando chocar el fondo del vaso, para demostrar que el huésped es más que tú. Como ni yo ni Helena lo sabíamos chocábamos el vaso por el centro, lo cual les agradaba mucho a nuestros anfitriones porque no debían pelear con nosotras el honor de reconocernos como muy importante tocando el vaso en la
parte inferior.
Un poco a parte de la charla general, la decana me dijo que las mujeres en China tienen todas las igualdades del mundo: iguales salarios, iguales accesos a las universidades, protección policíaca contra la violencia y lugares de trabajo garantizados, pero que no son valoradas por las
familias que prefieren tener hijos varones. Por ello, muchas mujeres empresarias y de los sectores más elevados escogen no tener hijos; su trabajo las satisface más que reproducir un orden que las excluye. Pero en el campo y entre los sectores más tradicionales, muchos padres
desafían la obligación de traer al mundo un solo hijo: pagan la multa por un segundo embarazo, pero si se enteran que el feto es femenino obligan a sus esposas a abortarlo.
Ahora bien, es necesario recodar que en China es el hijo varón quien se hace cargo de los padres cuando envejecen y tienen la obligación de cuidar de la familia. Por ello, es más fácil que una china se case con un extranjero que lo haga un hombre. Ellos no podrían irse. Y como son muy
prácticos, entonces no se enamoran. En China no existen las sobremesas. Se come platicando
animadamente, luego todo mundo se levanta y se va. Así nosotras de repente nos quedamos solas en el restaurante. Y con los padres mexicanos de la muy tlaxcalteca y poeta Isolda Dosamantes (que como profesora de español en Beijing fue nuestra anfitriona y guía durante toda la tarde y parte de la noche) decidimos irnos a visitar el Palacio de Verano, construido en 1773 al norte de Beijing.
Nos esperábamos una maravilla, pero el jardín de 20 kilómetros cuadrados, las pagodas del Budda, el barco de piedra de la emperadora Cixi (la madre del último emperador: una especie de gorda engreída que prefirió arrastrar el país a la destrucción de las fuerzas invasoras en 1886, en 1900 y en 1911 que renunciar al lujo con que manejó su poder personal), los corredores cuyos
techos se elevaban por puntos en la representación de todos los exagramas del i Ching, la escultura del búfalo que desafía las aguas, los puentes de piedra y arcos de media luna, el lago copiado de un lugar de China que se considera el paraíso en la tierra, la colina de la
longevidad construida con la tierra removida al escarbar el fondo del lago nos dejaron sin palabras. Paseamos durante cuatro horas por los jardines del Palacio de Verano, y no
alcanzamos a verlos todos. Luego, según esa forma tan mexicana de viajar que implica
comer todo lo que se puede, como si la curiosidad fuera un asunto de papilas gustativas, volvimos a ir a un restaurante. Era la primera vez que Helena y yo comíamos y
cenábamos en un mismo día, por suerte los platillos de la minoría étnica Dai (o tai), del sur de China (provincia de Yunnan) no sólo son deliciosos, sino también ligeros: arroz con piña, una forma de tepache fresquísimo, plátanos fritos, bolitas de papa, brotes de bambú, papaya
verde en tiras, soya germinada; para los carnívoros, pocas carnes sazonadas (y según ellos deliciosas: yo he decidido que nunca más mataré o permitiré que maten a un animal
para comérmelo: la carne realmente no es necesaria).
Para que no nos devorara el tráfico de las 8 de la noche, que en las horas pico es espantoso, primero nos tomamos un café (que costó tanto como la comida, pues el café aquí es un lujo extranjerizante) y luego nos metimos en unas tienditas de ropa. Si algo es desgastante en China es que hay que regatearlo todo. Entre el precio inicial y el final a veces existe una diferencia del 500%, aunque por lo general no pasa del 100%: te piden 200 yuanes y cuando después de media hora logras pagar 100, de todas formas lograron su negocio. La primera vez es divertido. Te pruebas algo, pides cuánto cuesta, dices que no, sacan la calculadora, borras su precio y pones el tuyo, te vas, te llaman, te dicen que eres una abusadora y finalmente te venden. A la quinta vez que haces eso con la comida, los calcetines, el precio del hotel, el teléfono celular (tuvimos que comprar uno, no hay teléfonos públicos), la botella de agua, estás hasta el gorro. A Helena, además, al principio le daba vergüenza (ahora parece más turca que yo).
Ayer, la charla sobre la literatura escrita por las mujeres latinoamericanas en la Universidad de Bettá (creo que se escribe así), la principal de Beijing, fue extraordinaria. Las y los estudiantes (unos 80, atentísimos), escucharon la plática tomando apuntes y a la hora de las preguntas
demostraron que las jerarquías en la cultura china son absolutas. Tomaron la palabra principalmente los hombres de los de los cursos superiores, las mujeres esperaban que
terminaran ellos para hacer preguntas y externar sus opiniones, los de los cursos iniciales se disculparon por su atrevimiento antes de decir algo. Si un/a profesor/a levantaba la mano se callaban. A pesar de su ceremonial de precedencias, según todos mis colegas las y los estudiantes estaban muy sacudidos por lo que acababan de escuchar. Era la primera vez que alguien les pedía que dieran sus opiniones y los escuchaba con atención (eso es algo que agradezco enormemente haber aprendido a hacer en el feminismos y haber aplicado en la UACM). Además era la primera vez que se les decía que lo que dicen las mujeres conforma el pensamiento de la humanidad, que el discurso de los hombres es parcial y no universal.
Cuando salimos a los parques de esta universidad, nos dimos cuenta que es una de las más bellas del mundo. Antes de la revolución, eran los jardines de la casa de campo de un príncipe. Tiene laguitos, pagodas, pabellones y, obviamente, unas construcciones modernas con los dormitorios, restaurantes y cafetería para profesores y estudiantes. Además de Bettá, que es la “mejor” universidad de Beijing, es decir aquella donde es más difícil entrar por el examen de selección, en Beijing existen otras 70 universidades públicas de diversos niveles, y 30 universidades privadas. Son relativamente caras para la mayoría de los chinos, que ahorran desde el nacimiento de sus hija/os para darles estudios universitarios. Entre la colegiatura, el dormitorio (todos los estudiantes residen en las universidades) y las comidas una universidad cuesta
cerca de 2000 dólares anuales, es decir dos meses de sueldo para la clase media. Los nuevos millonarios no tienen problemas, pero los más pobres, cuyos hijos no alcanzan una beca no pueden hacerlos estudiar por mucho que sean muy brillantes. Y eso que el gobierno se sigue
llamando comunista.
En China, las universidades casi no registran deserción escolar. La sociedad es muy demandante con las y los estudiantes y éstos valoran enormemente el esfuerzo de sus familias, amén de que no quieren deshonrarse dejando a media sus carreras o demostrando una duda sobre sus
elecciones. El departamento de español y portugués nos invitó a almorzar en el restaurante universitario. Comimos delicioso, lo cual en China es común. Aquí la cocina es variadísima, a base de verduras, cereales (el elote con piñones y una salsa de soya dulce-salada es un poema para
el paladar), de carnes variadísima (comen cualquier cosa se mueva: alacranes, pulpos, tarántulas, y obviamente gansos, pollos y reses), de frituras muy ligeras y, según la tradición de Beijing, sabrosamente enchiladas. Durante la comida, la decana del departamento y especialista en poesía española, Wrang Jun, casi me llevaba a la boca los trozos más escogidos de comida. Es una tradición de la hospitalidad china. Así como brindar intentando chocar el fondo del vaso, para demostrar que el huésped es más que tú. Como ni yo ni Helena lo sabíamos chocábamos el vaso por el centro, lo cual les agradaba mucho a nuestros anfitriones porque no debían pelear con nosotras el honor de reconocernos como muy importante tocando el vaso en la
parte inferior.
Un poco a parte de la charla general, la decana me dijo que las mujeres en China tienen todas las igualdades del mundo: iguales salarios, iguales accesos a las universidades, protección policíaca contra la violencia y lugares de trabajo garantizados, pero que no son valoradas por las
familias que prefieren tener hijos varones. Por ello, muchas mujeres empresarias y de los sectores más elevados escogen no tener hijos; su trabajo las satisface más que reproducir un orden que las excluye. Pero en el campo y entre los sectores más tradicionales, muchos padres
desafían la obligación de traer al mundo un solo hijo: pagan la multa por un segundo embarazo, pero si se enteran que el feto es femenino obligan a sus esposas a abortarlo.
Ahora bien, es necesario recodar que en China es el hijo varón quien se hace cargo de los padres cuando envejecen y tienen la obligación de cuidar de la familia. Por ello, es más fácil que una china se case con un extranjero que lo haga un hombre. Ellos no podrían irse. Y como son muy
prácticos, entonces no se enamoran. En China no existen las sobremesas. Se come platicando
animadamente, luego todo mundo se levanta y se va. Así nosotras de repente nos quedamos solas en el restaurante. Y con los padres mexicanos de la muy tlaxcalteca y poeta Isolda Dosamantes (que como profesora de español en Beijing fue nuestra anfitriona y guía durante toda la tarde y parte de la noche) decidimos irnos a visitar el Palacio de Verano, construido en 1773 al norte de Beijing.
Nos esperábamos una maravilla, pero el jardín de 20 kilómetros cuadrados, las pagodas del Budda, el barco de piedra de la emperadora Cixi (la madre del último emperador: una especie de gorda engreída que prefirió arrastrar el país a la destrucción de las fuerzas invasoras en 1886, en 1900 y en 1911 que renunciar al lujo con que manejó su poder personal), los corredores cuyos
techos se elevaban por puntos en la representación de todos los exagramas del i Ching, la escultura del búfalo que desafía las aguas, los puentes de piedra y arcos de media luna, el lago copiado de un lugar de China que se considera el paraíso en la tierra, la colina de la
longevidad construida con la tierra removida al escarbar el fondo del lago nos dejaron sin palabras. Paseamos durante cuatro horas por los jardines del Palacio de Verano, y no
alcanzamos a verlos todos. Luego, según esa forma tan mexicana de viajar que implica
comer todo lo que se puede, como si la curiosidad fuera un asunto de papilas gustativas, volvimos a ir a un restaurante. Era la primera vez que Helena y yo comíamos y
cenábamos en un mismo día, por suerte los platillos de la minoría étnica Dai (o tai), del sur de China (provincia de Yunnan) no sólo son deliciosos, sino también ligeros: arroz con piña, una forma de tepache fresquísimo, plátanos fritos, bolitas de papa, brotes de bambú, papaya
verde en tiras, soya germinada; para los carnívoros, pocas carnes sazonadas (y según ellos deliciosas: yo he decidido que nunca más mataré o permitiré que maten a un animal
para comérmelo: la carne realmente no es necesaria).
Para que no nos devorara el tráfico de las 8 de la noche, que en las horas pico es espantoso, primero nos tomamos un café (que costó tanto como la comida, pues el café aquí es un lujo extranjerizante) y luego nos metimos en unas tienditas de ropa. Si algo es desgastante en China es que hay que regatearlo todo. Entre el precio inicial y el final a veces existe una diferencia del 500%, aunque por lo general no pasa del 100%: te piden 200 yuanes y cuando después de media hora logras pagar 100, de todas formas lograron su negocio. La primera vez es divertido. Te pruebas algo, pides cuánto cuesta, dices que no, sacan la calculadora, borras su precio y pones el tuyo, te vas, te llaman, te dicen que eres una abusadora y finalmente te venden. A la quinta vez que haces eso con la comida, los calcetines, el precio del hotel, el teléfono celular (tuvimos que comprar uno, no hay teléfonos públicos), la botella de agua, estás hasta el gorro. A Helena, además, al principio le daba vergüenza (ahora parece más turca que yo).
martes, 29 de mayo de 2007
La ceremonia del té de Confucio
Frente al antiguo templo de Confucio en la Universidad Imperial de Pekín, llamado templo de la Literatura, abre sus puertas una casa de té exquisita, Eatea, que atiende a sus clientes según el ritual de la ceremonia del té de Confucio. Entre biombos y libreros, algunos sillones y pocas mesas acogen a los viajeros que quieren experimentar el placer de los tés más refinados, según una lenta y minuciosa ceremonia que implica el uso de un pincel para limpiar del polvo los bordes de la tetera, una tacita alargada para oler y una tacita redonda para beber, unas pinzas para darles vuelta después de calentarlas con el agua hirviendo, un palillo con la punta achatada para remover las hojas del té y un pequeño embudo.
Las hojas del té son lavadas en una taza de porcelana con tapa. El agua se tira y se deja fluir sobre la bandeja de madera del árbol del té, que tiene un doble fondo para recogerla. Se vierte más agua caliente sobre las hojas en la taza de porcelana, cuya tapa sirve de filtro a la hora
de vaciar el té en la tetera. El té se sirve en la tacita para oler, llamada también taza de la luna, y ésta se cubre con la taza del sol, que es la redonda. Se da la vuelta a ambas tazas con dos dedos.
Entonces es un placer oler la taza de la luna y acercársela a los ojos para que el vapor los purifique. La cerámica es tan fina que deja traslucir la luz, muy tenue, de la sala. El té se bebe tomando la taza redonda con los dedos pulgar y medio y se vacía, siempre, en tres sorbos.
Se acopaña el té con unas naranjas chinas confitadas, deliciosas porque no son muy dulces y mantienen su sabor a pesar de que en su preparación pierden la amargura. Además, pueden escogerse unos pastelillos de almendras, ajonjolí o moras, que se calientan antes de servirse y se
toman de bandejas de bambú de varios pisos.
Cuando se cambian las hojas del té, se vuelven a lavar en una taza de porcelana limpia. Y el ritual reinicia. Ahora sí, sin pasteles.
El Templo del Lama o el pabellón de Yong He Gong
El templo del Lama o pabellón de Yong He Gong
Apenas llegamos a China, unos amigos nos dijeron que éste no es un país laico sino abiertamente ateo. La verdad es que los chinos parecen ser muy supersticiosos para creerlo, pero hasta hoy, cuando entramos en el lamasterio fundado por Yon He Gong en el siglo XVII, no teníamos porque desmentir sus palabras. En este conjunto de templos de Budas tibetanos, atendidos por monjes, pero abierto al público como unos más de los inumerables monumentos históricos de Beijing, cientos de chinas y chinos llegan a quemar incienso y rendirle tributos a unas divinidades que remiten a la misericordia y a la compasión. Una paz y un respeto infinito se perciben en el recinto, contagiando a los turistas.
Durante la Revolución Cultural, de 1966 a 1976, el monasterio de los lamas tuvo que ser protegido por la guardia personal de Zhou enlai. Hoy es un lugar de culto y de silencio.
Alrededor del templo de Yong He Gong, pequeñas tiendas, rikshos y casas de té se ofrecen a todos los visitantes. La música de instrumentos antiguos, el olor del incienso quemado, los gestos sosegados y las voces bajas de vendedores y transeuntes vuelven a todo el barrio un lugar
de paz poco creible, a apenas unos metros del segundo periférico construidos por Mao dzedong tirando las antiguas murallas de la ciudad.
PS ¿Sabían que gong significa armonía y no tambor?
lunes, 28 de mayo de 2007
Beijing, 28 de mayo de 2007
Beiging, 28 de mayo de 2007
Pasé a los brazos de una china delgada, de sonrisa dócil, y su fuerza me sorprendió de inmediato. Cuando tuvo mi cuello entre sus manos, sentí que con un sólo dedo podría rompérmelo, aunque lo acariciaba con una pericia de puta vieja. Abrió su palma sobre mis hombros y mientras me
provocaba un doloroso placer, mi cabeza se iba detrás de fantasías de paz, mi piel se distensaba y cada uno de mis huesos caía a la cama, derrotado y finalmente en descanso. Cuando la mujer se cansó de acariciarme, se colgó del techo para pasar con movimientos de artes marciales las plantas de sus pies por mi espalda. Sentía todo su pie y la fuerza de las piernas sin soportar ni el peso ni la violencia de un cuerpo erguido sobre mi pobre humanidad echada a la cama. Me dejé ir por un tiempo que no puedo calcular. En un cuartito de al lado, entre muchos más chinos, Helena se estaba dando un masaje de pies. Le pusieron ventosas en la planta, le masajearon los tobillos y las pantorrillas con aceites perfumados. Cuando las manos de la masajeadoras subieron a sus hombros, sus risitas se escucharon detrás de las cortinas y las puertas semicerradas. Las chinas y los chinos no tienen un sentido semejante al occidental del pudor. Tirarse pedos, escupir y sonarse la nariz son actos que en público no despiertan el menor rubor (y yo me siento muy cómoda con ello). Los baños públicos no tienen separaciones, y es normal mear o cagar a lado de
otra persona. Así en las salas de masaje, estás tirada al lado de un hombre o una mujer que manifiesta su placer o su dolor con gemidos y comentarios, sin temer que alguien la juzgue. También hacen deportes donde los agarra el placer de hacerlo. Como autómatas cientos de chinos y chinas pedalean, suben y bajan, levantan pesas en inmensos palacios de varios pisos con aparatos de todo tipo. Pero es en parques centenarios, armoniosamente dispuestos alrededor
de sitios históricos, templos y construcciones antiguas donde se manifiesta el placer de mover el cuerpo, de sentirse sanos, de desfogar y encontrarse (dos aspectos del deporte que nada tienen que ver con esa competitividad que, sin embargo, la cultura hegemónica nos propone como motivo único del entrenamiento, como si demostrar a otra persona que se salta más alto nos convirtiera en una persona más moral o más sana).
Alrededor del Templo de la Fortuna Celeste (o Templo del Cielo, 1420 d.C.), una de las construcciones más impactantes de la antigua arquitectura china, símbolo de Beijing, el templo de madera más grande del mundo, rodeado de tres balaustras de mármol blanco y pabellones y
corredores para que los emperadores y sus oficiales pudieran venir antes del solsticio de invierno a pedir por la fortuna de campos y ciudades al cielo, hay un enorme bosque de cipreses y ginepros centenarios, capaces de aguantar tempraturas de -20º en invierno y +40º en verano.
En ese bosque, después de recorrer los sitios de rituales que han durado milenios (sus primeras manifestaciones se remontan al 2600 antes de la era cristiana) llegando a nuestros días, en una continuidad de demanda que se ha convertido en un modo de ser y esperar sin exigir, detrás
de construcciones de techos de tejas vidriadas verdes y azules, alrededor de corredores de cientos de metros donde se arrastraban los animales para los sacrificios, más allá de los braceros, hay un parquecillo de aparatos cuidadosamente dispuestos para cualquiera.
Paseadoras, caballetes, anillos y aparatos por mí desconocidos son utilizados por personas de todas las edades, especialmente viejitas y viejitos habìlísimos y fuertes como troncos.
Helena logró imitar a uno chino de más de setenta años que ondulaba su cuerpo con una velocidad y una harmonía sin par en una caminadora de fierro, cosa que yo no logré. Pero yo
pude dar vueltas a unas manoplas con mis brazos con una capacidad de cambiar de giro que sorprendió hasta a la china que estaba a mi lado (habilidad que me desconocía, por cierto).
Con los ojos llenos de maravillas, hablando en voz baja de nosotras, del pasado que no puede obviarse y que es un sendero trazado más que una condena, de la exquisitez de los objetos que se ofrendaban al cielo, de la pompa de los ceremoniales imperiales (este país está tan poblado que las ceremonias implicaban enteros ejércitos de cortesanos y damas, cientos de pajes, miles de eunucos), en fin mientras hablamos de todo esto y del amor, de la literatura y del
arte, con el cuerpo relajado por el ejercicio, salimos a unos de los barrios de hutongs más entrañabales de la ciudad. Un verdadero oasis. Pequeñas tiendas de fruta abiertas a la calle, cientos de familias y amigos comiendo en terracitas y sobre la acera, señores con su silla y una
mesita con una jarra de té. Además: puestos de fritangas, cuatro personas alrededor de un juego de barajas, niños corriendo bajo la amorosa mirada del barrio entero, bicicletas, amigas que se platican su vida en una esquina.
Una pausa, un placer, y la seguridad de que por extrañas que fuéramos no nos pasaría nada: China es muy segura. Con verdadero dolor, Helena y yo volvimos a la ciudad moderna de rascacielos y luces de neón. Fue suficiente llegar a una de las grandes e inmorales avenidas. A las dos nos asaltó el temor de que, si no lo tiran, en una decena de años este barrio comercial construido en el siglo XIII para surtir a la Ciudad Prohibida, decadente y entrañable, será el equivalente pekinés de La Condesa en México o de Trastevere en Roma: barrios que sólo porque fueron olvidados en su momento por la modernización, de populares se volvieron elegantes, símbolos del saber vivir. Qué pena. Siempre he pensado que la belleza le debería pertenecer a todos y no sólo a los pocos privilegiados que pueden pagarla. Y la belleza, para poder ser vista, debe recelar por largos ratos de las ideas hegemónicas de lo que es bello.
P.S. Tráfico y demonios
En Beijing cada año el parque vehicular privado crece en un 15%. Cuando nuestro amigo Edgardo Bermejo llegó hace seis años a la embajada de México ya había tráfico en Beijing,
sin embargo circulaban la mitad de los autos de ahora. Hoy este amante de la poesía, de los amigos, las copas de whisky, la pintura, lo conceptual, su hijo Sebastián, intenta tomar el auto sólo para ir a lugares precisos. la vida diaria la hace a pie (si es que sus obligaciones diplomáticas le permiten tener una vida diaria).
Pasé a los brazos de una china delgada, de sonrisa dócil, y su fuerza me sorprendió de inmediato. Cuando tuvo mi cuello entre sus manos, sentí que con un sólo dedo podría rompérmelo, aunque lo acariciaba con una pericia de puta vieja. Abrió su palma sobre mis hombros y mientras me
provocaba un doloroso placer, mi cabeza se iba detrás de fantasías de paz, mi piel se distensaba y cada uno de mis huesos caía a la cama, derrotado y finalmente en descanso. Cuando la mujer se cansó de acariciarme, se colgó del techo para pasar con movimientos de artes marciales las plantas de sus pies por mi espalda. Sentía todo su pie y la fuerza de las piernas sin soportar ni el peso ni la violencia de un cuerpo erguido sobre mi pobre humanidad echada a la cama. Me dejé ir por un tiempo que no puedo calcular. En un cuartito de al lado, entre muchos más chinos, Helena se estaba dando un masaje de pies. Le pusieron ventosas en la planta, le masajearon los tobillos y las pantorrillas con aceites perfumados. Cuando las manos de la masajeadoras subieron a sus hombros, sus risitas se escucharon detrás de las cortinas y las puertas semicerradas. Las chinas y los chinos no tienen un sentido semejante al occidental del pudor. Tirarse pedos, escupir y sonarse la nariz son actos que en público no despiertan el menor rubor (y yo me siento muy cómoda con ello). Los baños públicos no tienen separaciones, y es normal mear o cagar a lado de
otra persona. Así en las salas de masaje, estás tirada al lado de un hombre o una mujer que manifiesta su placer o su dolor con gemidos y comentarios, sin temer que alguien la juzgue. También hacen deportes donde los agarra el placer de hacerlo. Como autómatas cientos de chinos y chinas pedalean, suben y bajan, levantan pesas en inmensos palacios de varios pisos con aparatos de todo tipo. Pero es en parques centenarios, armoniosamente dispuestos alrededor
de sitios históricos, templos y construcciones antiguas donde se manifiesta el placer de mover el cuerpo, de sentirse sanos, de desfogar y encontrarse (dos aspectos del deporte que nada tienen que ver con esa competitividad que, sin embargo, la cultura hegemónica nos propone como motivo único del entrenamiento, como si demostrar a otra persona que se salta más alto nos convirtiera en una persona más moral o más sana).
Alrededor del Templo de la Fortuna Celeste (o Templo del Cielo, 1420 d.C.), una de las construcciones más impactantes de la antigua arquitectura china, símbolo de Beijing, el templo de madera más grande del mundo, rodeado de tres balaustras de mármol blanco y pabellones y
corredores para que los emperadores y sus oficiales pudieran venir antes del solsticio de invierno a pedir por la fortuna de campos y ciudades al cielo, hay un enorme bosque de cipreses y ginepros centenarios, capaces de aguantar tempraturas de -20º en invierno y +40º en verano.
En ese bosque, después de recorrer los sitios de rituales que han durado milenios (sus primeras manifestaciones se remontan al 2600 antes de la era cristiana) llegando a nuestros días, en una continuidad de demanda que se ha convertido en un modo de ser y esperar sin exigir, detrás
de construcciones de techos de tejas vidriadas verdes y azules, alrededor de corredores de cientos de metros donde se arrastraban los animales para los sacrificios, más allá de los braceros, hay un parquecillo de aparatos cuidadosamente dispuestos para cualquiera.
Paseadoras, caballetes, anillos y aparatos por mí desconocidos son utilizados por personas de todas las edades, especialmente viejitas y viejitos habìlísimos y fuertes como troncos.
Helena logró imitar a uno chino de más de setenta años que ondulaba su cuerpo con una velocidad y una harmonía sin par en una caminadora de fierro, cosa que yo no logré. Pero yo
pude dar vueltas a unas manoplas con mis brazos con una capacidad de cambiar de giro que sorprendió hasta a la china que estaba a mi lado (habilidad que me desconocía, por cierto).
Con los ojos llenos de maravillas, hablando en voz baja de nosotras, del pasado que no puede obviarse y que es un sendero trazado más que una condena, de la exquisitez de los objetos que se ofrendaban al cielo, de la pompa de los ceremoniales imperiales (este país está tan poblado que las ceremonias implicaban enteros ejércitos de cortesanos y damas, cientos de pajes, miles de eunucos), en fin mientras hablamos de todo esto y del amor, de la literatura y del
arte, con el cuerpo relajado por el ejercicio, salimos a unos de los barrios de hutongs más entrañabales de la ciudad. Un verdadero oasis. Pequeñas tiendas de fruta abiertas a la calle, cientos de familias y amigos comiendo en terracitas y sobre la acera, señores con su silla y una
mesita con una jarra de té. Además: puestos de fritangas, cuatro personas alrededor de un juego de barajas, niños corriendo bajo la amorosa mirada del barrio entero, bicicletas, amigas que se platican su vida en una esquina.
Una pausa, un placer, y la seguridad de que por extrañas que fuéramos no nos pasaría nada: China es muy segura. Con verdadero dolor, Helena y yo volvimos a la ciudad moderna de rascacielos y luces de neón. Fue suficiente llegar a una de las grandes e inmorales avenidas. A las dos nos asaltó el temor de que, si no lo tiran, en una decena de años este barrio comercial construido en el siglo XIII para surtir a la Ciudad Prohibida, decadente y entrañable, será el equivalente pekinés de La Condesa en México o de Trastevere en Roma: barrios que sólo porque fueron olvidados en su momento por la modernización, de populares se volvieron elegantes, símbolos del saber vivir. Qué pena. Siempre he pensado que la belleza le debería pertenecer a todos y no sólo a los pocos privilegiados que pueden pagarla. Y la belleza, para poder ser vista, debe recelar por largos ratos de las ideas hegemónicas de lo que es bello.
P.S. Tráfico y demonios
En Beijing cada año el parque vehicular privado crece en un 15%. Cuando nuestro amigo Edgardo Bermejo llegó hace seis años a la embajada de México ya había tráfico en Beijing,
sin embargo circulaban la mitad de los autos de ahora. Hoy este amante de la poesía, de los amigos, las copas de whisky, la pintura, lo conceptual, su hijo Sebastián, intenta tomar el auto sólo para ir a lugares precisos. la vida diaria la hace a pie (si es que sus obligaciones diplomáticas le permiten tener una vida diaria).
Invitación a la conferencia de Francesca en Beijing
La Embajada de México y la Facultad de Español de la Universidad de Pekín
tienen el honor de invitar a la conferencia magistral de la escritora italo-mexicana
Francesca Gargallo, quien hablará sobre el tema
“Narrativa contemporánea de México escrita por mujeres”
Miércoles 30 de Mayo 10:00 hrs.
Universidad de Beijing, Facultad de Español
Salsa de Conferencias, Edificio Minzhu (segundo piso)
Cerca de la puesta oeste
北京大学民主楼二层多功能厅(西门附近)
5月30日,上午10:10
Embajada de México, Sección Cultural, Tel. 65322244
tienen el honor de invitar a la conferencia magistral de la escritora italo-mexicana
Francesca Gargallo, quien hablará sobre el tema
“Narrativa contemporánea de México escrita por mujeres”
Miércoles 30 de Mayo 10:00 hrs.
Universidad de Beijing, Facultad de Español
Salsa de Conferencias, Edificio Minzhu (segundo piso)
Cerca de la puesta oeste
北京大学民主楼二层多功能厅(西门附近)
5月30日,上午10:10
Embajada de México, Sección Cultural, Tel. 65322244
domingo, 27 de mayo de 2007
La Fábrica 798. Barrio de Hutong
Ayer tuvimos un día espléndido en una zona de galerías, librerías y teatros independientes: La Fábrica 798. Son más de 120 espacios alternativos donde se reune la reflexión sobre las artes y la relación de las y los artistas con el pasado y el presente. La Fábrica 798 tiene más apoyos europeos, sobre todo alemanes, belgas e italianos, y una importante presencia japonesa y coreana, que sostén del gobierno chino. Entre cafés y restaurantes (bastante caros), el diálogo fluye sólo limitado por la lengua. Se habla de poesía y arte conceptual, sobre la relación entre el barrio y la cercanía humana y la posibilidad de reunirse para el arte.
Es interesante saber que hace tres años hubo un hermanamiento entre este barrio de artistas y el de La Condesa, en el Distrito Federal. Llegó hasta un chef que se inventó un guacamole fusion con papaya, de gusto delicado y extraño, un agridulce sin chile ni salsa de soya. Aparentemente en el barrio no hay represión. Sólo en una ocasión fue censurada una exposición. La fuerza de las
imagenes, la contundencia de las fotografías, sin embargo es abiertamente crítica de la realidad china contemporánea. Los artistas plásticos fueron los primeros que se opusieron abiertamente a las transformaciones muy aceleradas y los intentos de borrar el pasado, diciendo que era necesario para no enloquecer tender un puente entre la iconografía revolucionaria y el sentir de la población china lanzada al mercado y la producción internacional.
El Mao sin cabeza ni piernas de Wuang Wuan Yi es una clara expresión de esta idea y de lo que el barrio, una antigua fábrica alemano-china de los años 1950, quiere expresar. Las fotografías de una ciudad gris, un mar de cemento, donde sólo puedes zambullirte como un autómata de ChengDu, o de un mundo rural todavía dominado por la fuerza "imperial" (y por lo tanto expresada en rojo) de hormigas metálicas de Peng ron, son otras tantas expresiones de una
expresión plástica de excelente manufactura de la China que, por motivos distintos, ni el gobierno local ni el mundo quieren ver.
China es más compleja de lo qe una denuncia de violencia a los derechos humanos puede abarcar. No se parece a la Rusia de Stalin, pero tampoco es un espacio de libertad de
opinión. Hay un eneorme miedo del gobierno a que los movimietos masivos se les salgan de las manos y reprime ciertas informaciones, en particular las que tocan 4 temas: medio ambiente -es un desastre, en 5 años China contaminará tanto como Estados Unidos-, Tibet, la masacre de Tien namen y un extraño movimiento, muy utilizado en el extranjero para describir la represión de los religiosos, que tiene una vaga inspiración budista pero cuyos fines no son muy
claros,que se llama Falun Gong.
Los artistas plásticos -el movimiento es fundamentalmente masculino, aunque hay mujeres realmente creativas, como la diseñadora y perfomancera Xiang Xianojun, cuya tienda de
ropa de firma usa la iconografía y las imágenes de los pintores chinos contemporáneos-, cuando pidieron en 2003 al municipio rentar unas bodegas a la fábrica que iba a ser destruida para construir un mall, desataron tanto un fenómeno inédito en 100 años, un movimiento artístico
independiente, como recuperaron la vieja tradición pekinesa de que los artistas se reunieran en barrios propios. Hoy más que ejercer una disidencia, expresan su condición de diferencia de opiniones y estilos de vida, y su idea de que no es necesario destruir el país para marcar un corte de continuidad con el pasado próximo. Es decir, no es necesario refundar el país en cada década, lo cual no significa que se niegue que China tenga avance realmente importantes, por ejemplo que haya logrado sacar en sólo diez años a 100 millones de personas de la pobreza.
Mientras el té o la cerveza corren frente a ventanas y en terrazas desde donde se pueden mirar por la calle cuadros enormes que deambulan sobre dos pies diminutos que los llevan de un taller a una galería o a un restaurante, es fácil que un pintor o una actiz te expliquen que es necesario ir hacia el futuro libres de la carga de tres graves problemas que accarea la modernización acelerada: el desatre de la salud y la educación públicas -hay quien denuncia que sin dinero no se reciben enfermos en los hospitales, lo cual escandaliza a indios, coreanos y japoneses, además que a los europeos, pero deja sin cuidado a los americanos- y los problemas relativos al medio
ambiente.
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