domingo, 10 de junio de 2007

Fotos de las viajeras


Hemos llegado a Xi´an

Hemos llegado a Xi’an, la capital desde donde salió durante trece dinastías la ruta de la seda que cruzaba Afganistán, Iraq, Siria, Turquía y de ahí llegaba a Europa. La ruta que hizo que China inventara y exportara al mundo la fabricación de papel de celulosa, la imprenta de caracteres móviles, el compás y la pólvora. La ruta que trajo el Islam a China, religión que convirtió a la etnia Hui, haciéndole construir su mezquita en forma de pagoda a pocas cuadras de nuestro hostal de la juventud (A Helena le da un poco de vergüenza estar aquí conmigo, y un poco más de hueva: ¡los estudiantes no tienen hijos de su edad!).

Xi’an, la antigua Chang’han, la capital del sanguinario y genial Qin Shihuang, que hace 2300 años unificó China, construyó la Gran Muralla, enterró vivos a los filósofos confucianos que lo criticaban y se hizo preparar un ejército de 30000 soldados y caballos para que custodiaran su alma.

Xi’an, con su templo de la Gran Gracia Materna, su Pagoda del Gran Ganso Salvaje, sus muros para la defensa de los bandidos y los bárbaros. La capital de la época dorada de los Tang…

Pero, qué le vamos a hacer, quizá por qué nos esperábamos demasiado, los guerreros de terracotas en formación de guerra, los caballos, los generales de 2 metros, nos dejaron algo frías. Impresionantes, bellos, pero tan museográficos, tan bajo un hangar para aviones. En fin, un duchazo de agua fría después de la cálida Pingyao.

De modo que lo que más gocé de esta ciudad, fueron los restos de una aldea neolítica descubierta en 1953, a sus orillas. Mi obsesión son las continuidades, lo que Braudel hubiera llamado las historias de muy muy larga duración, eso es de una duración que obviamente comporta cortes, virajes, cambios e interrupciones, y se sostienen en una subterránea continuidad. Ninguna religión institucionalizada ha soportado jamás un tiempo tan largo, pero sí lo han desafiado ciertas indefinibles preferencias, lo que hoy llamamos supersticiones: la construcción de las ciudades sobre un eje norte-sur, por ejemplo. Y lo sagrado de los entierros, la agrupación de las casas alrededor de un fuego común -para alejar a las fieras y alimentar a los hogares internos a construcciones de techos de dos aguas-, las formas puntiagudas de las botellas con su tapa, los jarrones, la abstracción de los dibujos, la repetición de los símbolos de venados, números y peces.

Así como en Roma lo que más me interesa de los foros es la parte de la villa neolítica que acaban de descubrir bajo el Palatino, demostrando que los latinos criaron puercos por su fecundad y su resistencia, que se agrupaban por miedo a los animales salvajes, que vivían en paz y sin esclavos, así en Xi’an lo que más me gustó fue el pueblo de Banpo, organizado alrededor de figuras femeninas que dirigían los cultos de los muertos, la distribución de los alimentos y probablemente la vida política, según un sistema de linajes matrilineal, no guerrero y no esclavista.

Banpo fue erigido hace unos 6500 años y duró casi 1000. Para proteger sus casas de planta circular y de planta rectangular de los animales del bosque, le escarbaron un fosado de 13 metros de profundidad en el lado norte. Albergó a cazadores, recolectoras y primeras horticultoras, que ofrecían sacrificios de pequeños animales y plantas a la Tierra, durante ceremonias que practicaban frente a una gran piedra (¿una futura estela?,¿algo que ver con la pasión por la rocas en los jardines chinos?). Por el oeste estaba un lugar de entierros de adultos, mientras a las niñas y niños pequeños las enterraban en jarrones muy cerca de las casas, casi bajo las alas del techo. Pensé en esas madres neolíticas que no querían separarse de sus hijas muertas y sentí que tenían razón. ¿Cómo rendirles culto si lo que se deseaba era abrazarlas todavía? Pensé también que si las reglas las hacen mujeres libres del colectivo de los hombres, unas mujeres que se tomen a sí mismas por parámetro, pues las reglas de convivencia no se sostendrían sobre la misma lógica que cuando las instituyen hombres. Quizá puede haber más formas de poder. Quizá el no poder sea una de ellas.

En fin, entre el primer emperador, detestado por todos sus enemigos y temido hasta por sus aliados, y las recolectoras que se inclinaban frente a la madre tierra y gobernaban sin derramar sangre, mi preferencia se dirige obviamente a las más ancianas.

Lo muy, muy lejano en el tiempo, lo que me hace sonreír porque a pesar de todo se nos parece, también siempre me despierta la misma pregunta: ¿pero entonces qué pasó?

Así, con la misma pregunta que en Monte Albán, que en el Sahara, que en Catal Huyuk, tomé el camión y recorrí las grandes avenidas de una más de las ciudades de la China moderna. Y ahí vino la sorpresa: Xi’an es limpia, funcional, pero también cálida. Sus miles de tiendas –como en toda China- compiten por un mercado que debe ser constantemente seducido por los precios y la oferta, pero son ordenadas, la puja por los precios es menos descarada, los salarios son decentes, finalmente en los techos de las casas se ven celdas solares y en la universidad se tienen charlas de ecología. Los enamorados se besan en las calles. Las amigas van de la mano. Por supuesto los cielos siguen estando grises de carbón y bruma –todavía no hemos visto un cielo azul y transparente en China, lo cual, siendo yo metereopática, me deprime y enoja por momentos-, pero por primera vez pensé que si tuviera que dejar México podría vivir en un ciudad china, ésta.

Hablé con un pintor de cerámicas tradicionales que ha cambiado el modelo repetitivo de expresar lo antiguo y pensé en la gente de Polvo de Agua, en la Mixteca, en mi amigo José Luís García cuando dice que un artesano es un artista que utiliza materiales locales y no un repetidor. Se lo comenté al ceramista chino y dijo que nunca había escuchado en palabras tan bellas algo tan cierto. ¿Cortesía china o sintonía de pensamiento? Se nos acercó otro artesano, de la familia que se ha transmitido la técnica de construcción de un instrumento parecido a la ocarina, de nueve hoyos, con el que nos tocó por más de veinte minutos una melodía de tonos variados. Me llamó a mirar sus instrumentos, cada uno diverso del otro, y pidiéndole al otro que le tradujera, me comentó que lo nuevo y lo viejo no deben estar en contraste sino movilizarse uno al otro. Lo más sorprendente es que no intentaba venderme algo. Pasamos una tarde hermosa.

Fotos de Pinyao














sábado, 9 de junio de 2007

Para decidir irnos de Wutishan

Para decidir irnos de Wutaishan, lo cual no estábamos nada seguras de querer hacer, tuvimos que recurrir a algunos antídotos contra el embrujo del lugar: invocamos el mal olor de los baños de la estación de autobuses, intentamos pensar en lo mucho que nos aburriríamos muy pronto, recordamos el horror de las lucecitas navideñas en los techos de los templos en medio de las montañas. Aún así nos costó dejar la paz, la posibilidad de una verdadera introspección que ofrecen las calles, los templos, las stupas, los gestos pausados de los monjes, las escrituras leídas en las escaleras que llevan a la stupa blanca del Buda Sakiamuni. Finalmente nos subimos a un camión viejo y destartalado hasta Tai Yuen y de ahí, tras cruzar una ciudad grande y fea hacia otra estación, en un camión un poco mejor hasta Pingyao.
La ciudad enteramente amurallada es más bella de lo que imaginábamos. Los muros de la ciudad, construidos en 1307, contienen pequeñas joyas muy antiguas, como una de los primeros bancos del mundo –La Casa de la Prosperidad Sonriente-, la casa de los primeros guardia del cuerpo, talleres de artesanos de todo tipo.
Turística sin lugar a dudas, sobrevive a pesar de la escasez de agua y del viento, gracias a sus paisajes, sus callecitas, sus diversas iglesias –entre ellas una cristiana de rito nestoriano- y tienditas de todo tipo de chácharas, antiguallas, papeles cortados, rentas de bicicletas. Nos imaginamos que dejaríamos a mi hermano Federico y a Guillermo por horas pelear, tratar, tirar sobre los precios con todos estos chinos que le ganan a los turcos como vendedores.
Dormimos en una antigua casa de tres patios, construida durante la Dinastía Ming, en una cama donde cabrían todos los amigos de Helena –cumplió su sueño de una cama que corriera de pared a pared, lástima que aquí no tenemos con quien hacer “hacinamiento”. En medio de nuestra cama, estaba la mesita para caligrafía de madera de sauce, donde la herética de mi hija instaló la computadora.
La familia que administra el hotel es muy simpática y hospitalaria. En el segundo patio, el de la intimidad, fuimos instalada en el este, el las de las personas importantes (aunque en la antigüedad ese lado se reservaba a los hombres, a los hijos mayores, a los sirvientes del señor, según estratificaciones de jerarquías que se sumaban unas a las otras); ahí el silencio sólo era interrumpido por la viejita que llegaba a ofrecernos té o agua caliente (los chinos nunca toman algo crudo que no sea fruta con cáscara y beben con fruición agua caliente, misma que se ofrece a los huéspedes o se pide en un restaurante. Puede ser éste el motivo por el cual la china fue una de las poblaciones con menos plagas de la historia. Ahora bien, la ensalada hervida es una verdadera porquería).
La elegancia de las callejuelas, muchas de ellas en plena decadencia, es subrayada por el hecho que no se oyen los claxons que en toda China los choferes tocan insistentemente, según nosotras sin motivo alguno. En bicicleta o a pie, la gente se mueve por la cálida primavera de Pingyao como lo hacían los siracusanos de mi infancia por el verano: con parsimonia, como si la prisa fuera una actitud incomprensible, o por lo menos postergable, a más de 30 grados.
La comida china es espléndida, y en Pingyao es totalmente casera y muy variada. En quince días nunca he repetido un plato de vegetales sin carne, y sentarse a las 12:30 o a las 18:00 (estos son los venerados horarios de la comida y la cena; el desayuno les importa poco) es la ocasión de un disfrute apacible, feliz. La culpa no existe en la cultura china. Nadie carga con la sensación que gastar en un buen plato cuando se puede y se quiere es algo que le quita a alguien más un derecho, un placer o lo ofende. Ni siquiera un monje renunciaría a un placer porque temiera ofender la miseria de otro ser humano. Si es frugal lo es por su bien. Los chinos están tan lejos de la culpabilidad cristiano-judaica como de la idea de comunismo latinoamericano, donde hay que pedir perdón por los muertos de la propia felicidad (o pagar con sangre un buen salario).
Con 120 yuanes se obtiene un boleto para todos los sitios y museos de la ciudad (la mitad para las estudiantes). Es fascinante ver como el templo Taoista, donde te asaltan para imponerte la buena suerte unos monjes que buscan dinero, como en la muy seria casa de Confucio, o templo de la literatura –el más grande conservado- donde se instituyeron los exámenes imperiales que sirvieron de modelo para los exámenes de estado de todo el mundo, como en el templo de las diosas y dioses de la ciudad, como en los museos de las escoltas y guardias del cuerpo, de los bancos, del gobierno de la ciudad, las murallas existe un calmo desapego del dolor y la necesidad.
Y eso que la población de Pingyao no es rica: en muchas casas falta el agua corriente y tener un trabajo en una zona donde la agricultura ha sido derrotada por la sequía no es fácil. No obstante, es con verdadera simpatía que la gente explica por qué los estudiantes vienen a dejar su nombre sobre una tarjeta roja en el templo de Confucio con la esperanza de que le traiga suerte en los exámenes. Este edificio tiene la sala de exámenes más grande y antigua de China. Fue reconstruida en 1163, durante la dinastía Jin, sobre un templo anterior de la dinastía Han. El viaje para llegar es caro, así como las tarjetas y las dádivas que hay que depositar cuestan muchos ahorros, pero a nadie se le ocurre envidiar o burlarse –esa forma de envidia disfrazada- de los estudiantes. La educación es cara y los exámenes son difíciles, muy difíciles en este país donde las jerarquías, las pruebas, los grados son categóricos: todo se vale para pasar adelante, también gastarse la beca en un viaje y, de paso, pasarla bien en Pingyao.

jueves, 7 de junio de 2007

4 de junio de 2007

Llueve sobre las montañas de WutanShan, el cielo es gris pero finalmente lo es por las nubes y no por el polvo de carbón que tragamos durante los últimos tres días cruzando las provincias de Hebei y Shanxi. Los monjes de este lugar, cuyo nombre significa más o menos Muy Muy Lejano, barren el patio de piedra gris, las montañas son verdes oscuro, el aire vibra de un frescor picante, truena y me siento feliz. Helena duerme, lo cual sé que la hace feliz a ella.
Llegar no ha sido fácil. De Datong donde nos encontramos con el mexicano Bernardo De Niz en la plaza del domingo –“qué chiquita es China”, bromeamos con una falta total de originalidad-, la visita a los monasterios colgantes de la montaña Yunfeng y a las cavas de los 1000 Budas en Yungang nos dejó impresionadas. Saliendo de una ciudad carbonífera, que se moderniza con la rapidez que sólo China puede imponer a su gente, donde es obvio que los caballos y los burros han sido sustituidos por carros hace menos de una década y la gente mantienen aún la curiosidad (¿de dónde vienes?, ¿cuántos años tienes?, ¿desde cuándo estás en China?, son preguntas tan repetitivas como el ¿te gusta México? que todo taxista o ama de casa se siente en obligación de preguntar a cualquier extranjero, aunque lleve treinta años en el país), la gentileza y la gula de la provincia (por el centro, en las cuatro cuadras históricas y hermosas que se mantienen de pie, cientos de puesto de comida ofrecían pinchos de todo tipo de carne, semillas, panes al vapor, verduras rebosadas, rebanadas de fruta), pues saliendo de su periferia descubrimos que desde hace siete años durante la primavera y el otoño brigadas de jóvenes se dedican a reforestar las montañas como parte de un programa de reconstrucción de la China devastada por las deforestaciones masivas de las décadas de 1960-70.

Los bosques son jóvenes, las montañas suaves, los cultivos en terrazas. Más aún, las únicas casas nuevas realmente hermosas que se ven en China son las de los campesinos ricos que se las construyen según patrones milenarios, en las esquinas este y sur de un patio cerrado de ladrillo o adobe, que contiene un huerto y espacios para la vida comunitaria, y está cerrado por una puerta que da a las pocas calles del pueblo. La casa como tal tiene una sala central y dos cuartos a los lados; sus techos de dos aguas para que la nieve en invierno pueda escurrirse tienen remates de pagodas y curvas suaves en cada ángulo. El baño está siempre fuera de la zona de dormir y comer, en el patio.

Desde hace un año los campesinos ya no pagan impuestos sobre su producción al gobierno, como una forma de evitar la migración a las ciudades. La tierra está bastante erosionada, la polución del aire y las partículas de carbón caen por todos los lados, no obstante las técnicas agrícolas son perfectas y cualquier rincón de China que no sea ni bosque, ni lago ni ciudad está cultivado.
Por ahí llegamos al sitio de Hengshyshan, al lado de un laguito formado por una presa de 86 metros. En la montaña de roca el monasterio de Yunfeng cuelga sosteniéndose apenas de pocos palos que lo apuntalan. Las flores y los budas, los símbolos del sol y el viento pintados a pincel sobre la madera verde, los pequeños cuartos de este santuario que debía recibir muy pocos monjes ascetas, la verticalidad de la pared del que está colgado, son sensaciones que ni los miles de turistas chinos pueden arruinar.

Por la noche, de regreso a Datong, descubrimos que las medidas de control de divisa en China siguen vigentes y es casi imposible cambiar dinero, aunque es muy fácil retirar de los cajeros. Por la mañana peregriné por varios bancos hasta dar con la única sede del banco de China de la ciudad que tenía permiso de cambiar la moneda que fuera, euros, dólares, yen, pesos mexicanos: aquí no hay ninguna veneración por la moneda de ninguna potencia o país de economía mediana, sólo los yuanes cuentan. Finalmente salir hacia Yungang en autobús fue una rica experiencia, de no ser que Helena estaba en un día no, es decir en la chipilez absoluta y quería a papá, volver a México, dormir, estar sola, no caminar, no comer, no, no, no.

Por suerte las dieciséis cavas con los mil budas, entre ellas la que contiene a una estatua de un Buda sentado de 17 metros, escarbada en el siglo V de la era común, la paz de los jardines circundantes, las pagodas donde estar sola, el laguito de lotos florecientes –florean sólo dos meses al año y en esta estación- la tranquilizaron y volvió a ser la helena fascinada con la foto, la que sonríe y se interesa de siempre.

Yungang fue construido entre 453 y 494, cuando la dinastía Wei de la etnia Tangut, del norte de China, fijó su capital en Datong, un cruce entre las culturas mongola, india y centroasiáticas. Cuarenta mil trabajadores esculpieron escarbando estas grutas de decenas de metros de altas, con todas las representaciones del budismo más ferviente, luego las abandonaron cuando la dinastía Wei estableció su capital en Luongyan, obligándolos a trabajar en las cavas de Longmen.
Cuando por las tardes tomamos el tren rumbo a Xinzhou, nos llenamos de carbón. Cruzamos las dos cuencas carboníferas más grandes de China, “el mar de carbón” como lo llaman. Montañas de piedrecillas negras y centenares de camiones cargados nos acompañaron durante todo el viaje de cinco horas. No obstante, también las montañas más suaves, las colinas recortadas en terrazas por la mano del ser humano para sus cultivos, los sauces, los riachuelos, y valles de maíz y parcelas de arroz nos alegraron la vista. Xinzhou resultó realmente inhóspita de no ser por un taxista sonriente, dispuesto a desafiar las montañas de noche para llevarnos a 160 kilómetros por sólo 300 yuanes. La verdad que unas viajeras sensatas se hubieran aguantado una noche en una ciudad fea, en un hostal feo y caro y se hubieran tomado el camión de las 5 de la mañana. Pero Helena y yo no tenemos nada de sensato, menos nuestro placer por la paz de la mente, y decidimos lanzarnos a la aventura. La carretera, asfaltada en parte, en otras terracería y en otras más rodeadas de sauces y tan ancha como una autopista, nos ofreció varias sorpresas: camiones de carbón en sentido contrario, bicicletas sin luces que te obligan a frenar sobre el suelo mojado, un chofer que para no dormirse pone una música disco punchis punchis en chino.
Los monjes de WutanShan dicen que al cruzar las montañas siempre se encuentran demonios. Y tienen razón, la paz se alcanza después de dejar atrás el infierno.

Los primeros monjes de estos monasterios para llegar aquí viajaban más de un mes a pie, nosotras sólo nos tardamos tres horas y medio, pero los funcionarios chinos de entrada a la zona de las montañas, que querían cobrarnos hasta la vida, primero dijeron que pagaba sólo yo -salí bajo la lluvia y compré el boleto-, luego que Helena pagaba la mitad –volví a salir-, luego que también el chofer debía pagar. Ahí me rebelé, le pagué al simpatiquísimo chofer y decidí hacerle un pancho marca diablo al burócrata chino. ¿En qué lengua? Sepa. Por suerte Mónica adora pelearse por las demás y tradujo todo mi enojo. Finalmente un auto con tres jovencitos lugareños decidió llevarnos hasta el monasterio bajo la lluvia que arreciaba.

Otro demonio de las montañas son las pagodas que los mismos funcionarios que cobran la entrada han decidido adornar con lucecitas de colores parecida a las de las navidades mexicanas. En el medio de la sobrecogedora presencia de las cimas, las barrancas y los árboles, lo sagrado convertido en Disneylandia provoca más tristeza que vómito.

Pero, nomás al llegar a la puerta del monasterio, la cara sonriente del monje que se desveló para
esperarnos y que nos recibió con un afecto desapegado, un interés por nuestra humanidad y no nuestra persona, disipó todo miedo y todo malestar. Cuando, después de habernos acomodado en dos cuartitos bajo los techos, nos invitó a los rezos de las 4 de la mañana nos dimos cuenta de lo que significaba para él haberse quedado esperándonos hasta la 11 de la noche. Sin embargo, los vimos alejarse sereno, alto y delgado, y nos dios felicidad ser sus huéspedes.

Perder el tren y descubrir problemas

Perdimos nuestro primer tren chino. La verdad es que llegamos al andén con 14 minutos de atraso y la puntualidad china es cuestión de disciplina confuciana. El policía que nos bloqueó el paso, miró nuestros boletos y luego nuestras caras como si estuviéramos locas: ¿cómo se nos ocurrió pensar que un tren pudiera tener semejante retraso? Casi nos pusimos a llorar. Obtener los boletos ayer nos costó buscarlos durante toda la tarde. Además quien cree que la Estación Central de Beijing es enorme es porque todavía no conoce la estación del Oeste, frente a cuyas dos torres y debajo de los puentes peatonales cientos de chinos están sentados esperando el tren, la vida, la salvación, las langostas.

El demonio de taxista se tardó más de una hora en llegar. Luego, pedir informes estuvo en chino. Nadie podía decirnos por dónde salía el tren a Datong. Los caracteres de la tabla de información estaban en chino. Probablemente, debido a nuestra pronunciación los funcionarios del ferrocarril ni entendían a qué ciudad queríamos llegar. Sólo gracias a los alegatos de Mónica Ching Hernández, nuestra brillante amiga y traductora del chino literario al español, introductora de un taller de traducción entre los escritores de Beijing, logramos cambiar los boletos para las 3 de la tarde.

Decidimos entonces pasar una mañana de cuento. Es decir, irnos al jardín que según la tradición inspiró a Csao Xue Qin para escribir Daquan, “El jardín de la vista sublime”, la primera novela moderna de China. En la época que iba de la dinastía Ming a la Qing, a principios del siglo XVII, trató el amor como un tema válido para la alta literatura y no sólo para las comedias populares de tintes vulgares. Junto con el amor imposible de un protagonista bisexual, amanerado, renuente a la cultura de los exámenes imperiales, gran poeta por su prima más refinada, conocida desde vidas anteriores, Csao Xue Qin reflexionó sobre lo que es la profundidad del ser, la libertad del artista, la decadencia, el deber, la poesía, el saber.

Lo sabíamos casi todo, menos que el 1 de junio es el día del niño en China y que los laguitos, los jardines de piedra –llamados también falsas montañas-, pabellones y el museo estarían a reventar de niñas y niños acompañados por sus abuelas y madres. La estridente y melódica –no es un oximeron, es lo que me parecen a mí que soy una ignorante de la música las composiciones chinas- música de los Erhu, unos violines tradicionales de dos cuerdas, estaba sofocada por los gritos de escuincles consentidos en el día del año en que nadie les niega nada.

Ahora sí, desde las dos estuvimos en la sala de espera para subir al tren. Luego descubrimos que los trenes chinos, además de puntuales, son limpios, rápidos y cómodos. Tienen literas de segunda y de primera, sillones, vagón restaurante. Cruzamos la provincia de Beijing con sus fábricas de todo tipo, luego las minas de carbón del estado de Hebei y finalmente llegamos a ver nuestros primeros rebaños de cabras, carretas jaladas por burros o caballos, campos hundidos de arroz. En los últimos veinte años se ha intentado reforestar China después de que la revolución cultural aunada al desarrollismo industrial arrasaron con bosques milenarios. Cientos de árboles jóvenes están plantados para servir de rompevientos y para atraer el agua del cielo. La provincia de las montañas del oeste, que eso significa Shanxi, es hermosa y profundamente budista.

Nomás al llegar al hotel nos dimos cuenta que nuestras visas se nos están agotando y que si queremos ir a Mongolia deberemos salir de China antes del 22 de junio, y volver antes del 27 de julio y luego pedir una prolongación de la visa. Además fuera de un hotel de la zona internacional de Beijing, el aeropuerto y un banco de la zona rusa de Beijing cambiar dinero, sean dólares o euros, es sumamente difícil y, una vez pagado el hotel de Dantong, nos hemos quedado con 150 yuanes.

domingo, 3 de junio de 2007

Reglas sobre los comentarios

La idea de este blog es que todos sepamos de Francesca y Helena, dónde están, qué están haciendo y que nos cuenten las experiencias que están viviendo. Pero dado que hay gente que no entiende esto, y lo toma como una página de "contactos", he decidido que voy a moderar los comentarios. Es decir, antes de salir publicados, llegarán a mi correo y yo decidiré si los publico o no. ¿Medida drástica? No, práctica. Saludos para todos los que disfrutan de este blog. Ruth.

jueves, 31 de mayo de 2007

Tres imágenes de China

1. Una mujer con tacones y vestido de flores, muy elegante, sobre su bicicleta en una avenida traficadísima. Habla por teléfono, pedalea y sostiene un paraguas.

2. Una foto que ha dado la vuelta al mundo: la del señor que vivía desde hace treinta años en una casita en un hutong de Chengdu. Cuando le notificaron que debía dejar la casa porque se iba a derruir su barrio -así se hace aquí: te notifican y te tienes que ir-, él simplemente dijo que no. Testarudo él y más testarudo el constructor, entre el no me voy y el yo construyo, entraron las grúas, las excavadoras, los camiones y la casita del hutong del señor que dijo no se quedó sola, orgullosa, una ruina con vida, una persona acorralada pero de pie, un pueblo que resiste la horda de la modernización forzada. Una foto que habla de cómo puede ser China.

3. Cinco camiones azules en el estacionamiento del enorme terreno donde la embajada gringa está construyendo su cuartel general para más de 300 diplomáticos (la embajada mexicana tiene 9, 11 la italiana, 13 la francesa, 7 la griega). Dado que Estados Unidos está inventando
discursivamente a China como su futuro enemigo -cuando se les acabe el speach sobre el terrorismo, éstos estarán listos para ser los próximos protagonistas del mal-, las relaciones de cortesía son muy falsas. Hace unos años, la Boing construyó el avión presidencial chino y lo sembró -o dejó que lo sembraran- de microscópicos micrófonos de altísima tecnología. Estados Unidos, en realidad la constructora de aviones Boing, tuvo que pedir una disculpa formal cuando, con toda razón, los chinos se lo reclamaron: hay cosas que no se hacen. Desde entonces los
gringos le temen a la venganza china. Eso es temen que los maravillosos y rapidísimos trabajadores de la construcción chinos le siembren de micrófonos la embajada, los edificios para sus trabajadores, los campos de deportes, los estacionamientos, las tienditas y dependencias que piensan levantar como un bunker al lado de otro bunkercito: la embajada de Israel (todas las demás embajadas tienen en la puerta como única y suficiente protección a un policía como gallito, nalgas planas y pechito para afuera. Cortés, el policía verde de las embajadas mueve la cabecita para decirte qué hacer o donde ir). Así, cada mañana a las siete, cinco camiones azules
vomitan sus albañiles mexicanos en la obra de Beijing.

Hasta hay un puesto de tacos que llega a las 12 horas y se instala en la puerta de la obra; la ñora está haciendo su agosto vendiéndole sus taquitos a los paisanos que están construyendo la embajada gringa de Beijing. ¿Cómo lograron los gringos la visa para sus albañiles mexicanos?
Eso sí que es un misterio, pero que el miedo mueve montañas eso es igualmente cierto.

miércoles, 30 de mayo de 2007

1 de junio. De la ciudad, los palacios y las universidades

Hoy deberíamos dejar Beijing, pero como dice Edgardo Bermejo su ritmo demencial nos ha atrapado. Beijing se parece mucho más al DF de lo que la puntualidad China deja entrever. Me encontraré con una amiga de Nacho Decerega que vive aquí hace siete años y traduce literatura, Mónica Ching Hernández. Parece que es la mexicana que mejor habla chino. Mañana, sí: ¿mañana lograremos irnos después de visitar la Federación China de mujeres?

Ayer, la charla sobre la literatura escrita por las mujeres latinoamericanas en la Universidad de Bettá (creo que se escribe así), la principal de Beijing, fue extraordinaria. Las y los estudiantes (unos 80, atentísimos), escucharon la plática tomando apuntes y a la hora de las preguntas
demostraron que las jerarquías en la cultura china son absolutas. Tomaron la palabra principalmente los hombres de los de los cursos superiores, las mujeres esperaban que
terminaran ellos para hacer preguntas y externar sus opiniones, los de los cursos iniciales se disculparon por su atrevimiento antes de decir algo. Si un/a profesor/a levantaba la mano se callaban. A pesar de su ceremonial de precedencias, según todos mis colegas las y los estudiantes estaban muy sacudidos por lo que acababan de escuchar. Era la primera vez que alguien les pedía que dieran sus opiniones y los escuchaba con atención (eso es algo que agradezco enormemente haber aprendido a hacer en el feminismos y haber aplicado en la UACM). Además era la primera vez que se les decía que lo que dicen las mujeres conforma el pensamiento de la humanidad, que el discurso de los hombres es parcial y no universal.

Cuando salimos a los parques de esta universidad, nos dimos cuenta que es una de las más bellas del mundo. Antes de la revolución, eran los jardines de la casa de campo de un príncipe. Tiene laguitos, pagodas, pabellones y, obviamente, unas construcciones modernas con los dormitorios, restaurantes y cafetería para profesores y estudiantes. Además de Bettá, que es la “mejor” universidad de Beijing, es decir aquella donde es más difícil entrar por el examen de selección, en Beijing existen otras 70 universidades públicas de diversos niveles, y 30 universidades privadas. Son relativamente caras para la mayoría de los chinos, que ahorran desde el nacimiento de sus hija/os para darles estudios universitarios. Entre la colegiatura, el dormitorio (todos los estudiantes residen en las universidades) y las comidas una universidad cuesta
cerca de 2000 dólares anuales, es decir dos meses de sueldo para la clase media. Los nuevos millonarios no tienen problemas, pero los más pobres, cuyos hijos no alcanzan una beca no pueden hacerlos estudiar por mucho que sean muy brillantes. Y eso que el gobierno se sigue
llamando comunista.

En China, las universidades casi no registran deserción escolar. La sociedad es muy demandante con las y los estudiantes y éstos valoran enormemente el esfuerzo de sus familias, amén de que no quieren deshonrarse dejando a media sus carreras o demostrando una duda sobre sus
elecciones. El departamento de español y portugués nos invitó a almorzar en el restaurante universitario. Comimos delicioso, lo cual en China es común. Aquí la cocina es variadísima, a base de verduras, cereales (el elote con piñones y una salsa de soya dulce-salada es un poema para
el paladar), de carnes variadísima (comen cualquier cosa se mueva: alacranes, pulpos, tarántulas, y obviamente gansos, pollos y reses), de frituras muy ligeras y, según la tradición de Beijing, sabrosamente enchiladas. Durante la comida, la decana del departamento y especialista en poesía española, Wrang Jun, casi me llevaba a la boca los trozos más escogidos de comida. Es una tradición de la hospitalidad china. Así como brindar intentando chocar el fondo del vaso, para demostrar que el huésped es más que tú. Como ni yo ni Helena lo sabíamos chocábamos el vaso por el centro, lo cual les agradaba mucho a nuestros anfitriones porque no debían pelear con nosotras el honor de reconocernos como muy importante tocando el vaso en la
parte inferior.

Un poco a parte de la charla general, la decana me dijo que las mujeres en China tienen todas las igualdades del mundo: iguales salarios, iguales accesos a las universidades, protección policíaca contra la violencia y lugares de trabajo garantizados, pero que no son valoradas por las
familias que prefieren tener hijos varones. Por ello, muchas mujeres empresarias y de los sectores más elevados escogen no tener hijos; su trabajo las satisface más que reproducir un orden que las excluye. Pero en el campo y entre los sectores más tradicionales, muchos padres
desafían la obligación de traer al mundo un solo hijo: pagan la multa por un segundo embarazo, pero si se enteran que el feto es femenino obligan a sus esposas a abortarlo.

Ahora bien, es necesario recodar que en China es el hijo varón quien se hace cargo de los padres cuando envejecen y tienen la obligación de cuidar de la familia. Por ello, es más fácil que una china se case con un extranjero que lo haga un hombre. Ellos no podrían irse. Y como son muy
prácticos, entonces no se enamoran. En China no existen las sobremesas. Se come platicando
animadamente, luego todo mundo se levanta y se va. Así nosotras de repente nos quedamos solas en el restaurante. Y con los padres mexicanos de la muy tlaxcalteca y poeta Isolda Dosamantes (que como profesora de español en Beijing fue nuestra anfitriona y guía durante toda la tarde y parte de la noche) decidimos irnos a visitar el Palacio de Verano, construido en 1773 al norte de Beijing.

Nos esperábamos una maravilla, pero el jardín de 20 kilómetros cuadrados, las pagodas del Budda, el barco de piedra de la emperadora Cixi (la madre del último emperador: una especie de gorda engreída que prefirió arrastrar el país a la destrucción de las fuerzas invasoras en 1886, en 1900 y en 1911 que renunciar al lujo con que manejó su poder personal), los corredores cuyos
techos se elevaban por puntos en la representación de todos los exagramas del i Ching, la escultura del búfalo que desafía las aguas, los puentes de piedra y arcos de media luna, el lago copiado de un lugar de China que se considera el paraíso en la tierra, la colina de la
longevidad construida con la tierra removida al escarbar el fondo del lago nos dejaron sin palabras. Paseamos durante cuatro horas por los jardines del Palacio de Verano, y no
alcanzamos a verlos todos. Luego, según esa forma tan mexicana de viajar que implica
comer todo lo que se puede, como si la curiosidad fuera un asunto de papilas gustativas, volvimos a ir a un restaurante. Era la primera vez que Helena y yo comíamos y
cenábamos en un mismo día, por suerte los platillos de la minoría étnica Dai (o tai), del sur de China (provincia de Yunnan) no sólo son deliciosos, sino también ligeros: arroz con piña, una forma de tepache fresquísimo, plátanos fritos, bolitas de papa, brotes de bambú, papaya
verde en tiras, soya germinada; para los carnívoros, pocas carnes sazonadas (y según ellos deliciosas: yo he decidido que nunca más mataré o permitiré que maten a un animal
para comérmelo: la carne realmente no es necesaria).

Para que no nos devorara el tráfico de las 8 de la noche, que en las horas pico es espantoso, primero nos tomamos un café (que costó tanto como la comida, pues el café aquí es un lujo extranjerizante) y luego nos metimos en unas tienditas de ropa. Si algo es desgastante en China es que hay que regatearlo todo. Entre el precio inicial y el final a veces existe una diferencia del 500%, aunque por lo general no pasa del 100%: te piden 200 yuanes y cuando después de media hora logras pagar 100, de todas formas lograron su negocio. La primera vez es divertido. Te pruebas algo, pides cuánto cuesta, dices que no, sacan la calculadora, borras su precio y pones el tuyo, te vas, te llaman, te dicen que eres una abusadora y finalmente te venden. A la quinta vez que haces eso con la comida, los calcetines, el precio del hotel, el teléfono celular (tuvimos que comprar uno, no hay teléfonos públicos), la botella de agua, estás hasta el gorro. A Helena, además, al principio le daba vergüenza (ahora parece más turca que yo).

martes, 29 de mayo de 2007

La ceremonia del té de Confucio








































Frente al antiguo templo de Confucio en la Universidad Imperial de Pekín, llamado templo de la Literatura, abre sus puertas una casa de té exquisita, Eatea, que atiende a sus clientes según el ritual de la ceremonia del té de Confucio. Entre biombos y libreros, algunos sillones y pocas mesas acogen a los viajeros que quieren experimentar el placer de los tés más refinados, según una lenta y minuciosa ceremonia que implica el uso de un pincel para limpiar del polvo los bordes de la tetera, una tacita alargada para oler y una tacita redonda para beber, unas pinzas para darles vuelta después de calentarlas con el agua hirviendo, un palillo con la punta achatada para remover las hojas del té y un pequeño embudo.

Las hojas del té son lavadas en una taza de porcelana con tapa. El agua se tira y se deja fluir sobre la bandeja de madera del árbol del té, que tiene un doble fondo para recogerla. Se vierte más agua caliente sobre las hojas en la taza de porcelana, cuya tapa sirve de filtro a la hora
de vaciar el té en la tetera. El té se sirve en la tacita para oler, llamada también taza de la luna, y ésta se cubre con la taza del sol, que es la redonda. Se da la vuelta a ambas tazas con dos dedos.
Entonces es un placer oler la taza de la luna y acercársela a los ojos para que el vapor los purifique. La cerámica es tan fina que deja traslucir la luz, muy tenue, de la sala. El té se bebe tomando la taza redonda con los dedos pulgar y medio y se vacía, siempre, en tres sorbos.
Se acopaña el té con unas naranjas chinas confitadas, deliciosas porque no son muy dulces y mantienen su sabor a pesar de que en su preparación pierden la amargura. Además, pueden escogerse unos pastelillos de almendras, ajonjolí o moras, que se calientan antes de servirse y se
toman de bandejas de bambú de varios pisos.

Cuando se cambian las hojas del té, se vuelven a lavar en una taza de porcelana limpia. Y el ritual reinicia. Ahora sí, sin pasteles.

El Templo del Lama o el pabellón de Yong He Gong












































El templo del Lama o pabellón de Yong He Gong


Apenas llegamos a China, unos amigos nos dijeron que éste no es un país laico sino abiertamente ateo. La verdad es que los chinos parecen ser muy supersticiosos para creerlo, pero hasta hoy, cuando entramos en el lamasterio fundado por Yon He Gong en el siglo XVII, no teníamos porque desmentir sus palabras. En este conjunto de templos de Budas tibetanos, atendidos por monjes, pero abierto al público como unos más de los inumerables monumentos históricos de Beijing, cientos de chinas y chinos llegan a quemar incienso y rendirle tributos a unas divinidades que remiten a la misericordia y a la compasión. Una paz y un respeto infinito se perciben en el recinto, contagiando a los turistas.

Durante la Revolución Cultural, de 1966 a 1976, el monasterio de los lamas tuvo que ser protegido por la guardia personal de Zhou enlai. Hoy es un lugar de culto y de silencio.
Alrededor del templo de Yong He Gong, pequeñas tiendas, rikshos y casas de té se ofrecen a todos los visitantes. La música de instrumentos antiguos, el olor del incienso quemado, los gestos sosegados y las voces bajas de vendedores y transeuntes vuelven a todo el barrio un lugar
de paz poco creible, a apenas unos metros del segundo periférico construidos por Mao dzedong tirando las antiguas murallas de la ciudad.

PS ¿Sabían que gong significa armonía y no tambor?

lunes, 28 de mayo de 2007

Las fotos de Helena y Francesca


Templo del Cielo y el Parque






Beijing, 28 de mayo de 2007

Beiging, 28 de mayo de 2007

Pasé a los brazos de una china delgada, de sonrisa dócil, y su fuerza me sorprendió de inmediato. Cuando tuvo mi cuello entre sus manos, sentí que con un sólo dedo podría rompérmelo, aunque lo acariciaba con una pericia de puta vieja. Abrió su palma sobre mis hombros y mientras me
provocaba un doloroso placer, mi cabeza se iba detrás de fantasías de paz, mi piel se distensaba y cada uno de mis huesos caía a la cama, derrotado y finalmente en descanso. Cuando la mujer se cansó de acariciarme, se colgó del techo para pasar con movimientos de artes marciales las plantas de sus pies por mi espalda. Sentía todo su pie y la fuerza de las piernas sin soportar ni el peso ni la violencia de un cuerpo erguido sobre mi pobre humanidad echada a la cama. Me dejé ir por un tiempo que no puedo calcular. En un cuartito de al lado, entre muchos más chinos, Helena se estaba dando un masaje de pies. Le pusieron ventosas en la planta, le masajearon los tobillos y las pantorrillas con aceites perfumados. Cuando las manos de la masajeadoras subieron a sus hombros, sus risitas se escucharon detrás de las cortinas y las puertas semicerradas. Las chinas y los chinos no tienen un sentido semejante al occidental del pudor. Tirarse pedos, escupir y sonarse la nariz son actos que en público no despiertan el menor rubor (y yo me siento muy cómoda con ello). Los baños públicos no tienen separaciones, y es normal mear o cagar a lado de
otra persona. Así en las salas de masaje, estás tirada al lado de un hombre o una mujer que manifiesta su placer o su dolor con gemidos y comentarios, sin temer que alguien la juzgue. También hacen deportes donde los agarra el placer de hacerlo. Como autómatas cientos de chinos y chinas pedalean, suben y bajan, levantan pesas en inmensos palacios de varios pisos con aparatos de todo tipo. Pero es en parques centenarios, armoniosamente dispuestos alrededor
de sitios históricos, templos y construcciones antiguas donde se manifiesta el placer de mover el cuerpo, de sentirse sanos, de desfogar y encontrarse (dos aspectos del deporte que nada tienen que ver con esa competitividad que, sin embargo, la cultura hegemónica nos propone como motivo único del entrenamiento, como si demostrar a otra persona que se salta más alto nos convirtiera en una persona más moral o más sana).

Alrededor del Templo de la Fortuna Celeste (o Templo del Cielo, 1420 d.C.), una de las construcciones más impactantes de la antigua arquitectura china, símbolo de Beijing, el templo de madera más grande del mundo, rodeado de tres balaustras de mármol blanco y pabellones y
corredores para que los emperadores y sus oficiales pudieran venir antes del solsticio de invierno a pedir por la fortuna de campos y ciudades al cielo, hay un enorme bosque de cipreses y ginepros centenarios, capaces de aguantar tempraturas de -20º en invierno y +40º en verano.
En ese bosque, después de recorrer los sitios de rituales que han durado milenios (sus primeras manifestaciones se remontan al 2600 antes de la era cristiana) llegando a nuestros días, en una continuidad de demanda que se ha convertido en un modo de ser y esperar sin exigir, detrás
de construcciones de techos de tejas vidriadas verdes y azules, alrededor de corredores de cientos de metros donde se arrastraban los animales para los sacrificios, más allá de los braceros, hay un parquecillo de aparatos cuidadosamente dispuestos para cualquiera.
Paseadoras, caballetes, anillos y aparatos por mí desconocidos son utilizados por personas de todas las edades, especialmente viejitas y viejitos habìlísimos y fuertes como troncos.
Helena logró imitar a uno chino de más de setenta años que ondulaba su cuerpo con una velocidad y una harmonía sin par en una caminadora de fierro, cosa que yo no logré. Pero yo
pude dar vueltas a unas manoplas con mis brazos con una capacidad de cambiar de giro que sorprendió hasta a la china que estaba a mi lado (habilidad que me desconocía, por cierto).
Con los ojos llenos de maravillas, hablando en voz baja de nosotras, del pasado que no puede obviarse y que es un sendero trazado más que una condena, de la exquisitez de los objetos que se ofrendaban al cielo, de la pompa de los ceremoniales imperiales (este país está tan poblado que las ceremonias implicaban enteros ejércitos de cortesanos y damas, cientos de pajes, miles de eunucos), en fin mientras hablamos de todo esto y del amor, de la literatura y del
arte, con el cuerpo relajado por el ejercicio, salimos a unos de los barrios de hutongs más entrañabales de la ciudad. Un verdadero oasis. Pequeñas tiendas de fruta abiertas a la calle, cientos de familias y amigos comiendo en terracitas y sobre la acera, señores con su silla y una
mesita con una jarra de té. Además: puestos de fritangas, cuatro personas alrededor de un juego de barajas, niños corriendo bajo la amorosa mirada del barrio entero, bicicletas, amigas que se platican su vida en una esquina.

Una pausa, un placer, y la seguridad de que por extrañas que fuéramos no nos pasaría nada: China es muy segura. Con verdadero dolor, Helena y yo volvimos a la ciudad moderna de rascacielos y luces de neón. Fue suficiente llegar a una de las grandes e inmorales avenidas. A las dos nos asaltó el temor de que, si no lo tiran, en una decena de años este barrio comercial construido en el siglo XIII para surtir a la Ciudad Prohibida, decadente y entrañable, será el equivalente pekinés de La Condesa en México o de Trastevere en Roma: barrios que sólo porque fueron olvidados en su momento por la modernización, de populares se volvieron elegantes, símbolos del saber vivir. Qué pena. Siempre he pensado que la belleza le debería pertenecer a todos y no sólo a los pocos privilegiados que pueden pagarla. Y la belleza, para poder ser vista, debe recelar por largos ratos de las ideas hegemónicas de lo que es bello.


P.S. Tráfico y demonios
En Beijing cada año el parque vehicular privado crece en un 15%. Cuando nuestro amigo Edgardo Bermejo llegó hace seis años a la embajada de México ya había tráfico en Beijing,
sin embargo circulaban la mitad de los autos de ahora. Hoy este amante de la poesía, de los amigos, las copas de whisky, la pintura, lo conceptual, su hijo Sebastián, intenta tomar el auto sólo para ir a lugares precisos. la vida diaria la hace a pie (si es que sus obligaciones diplomáticas le permiten tener una vida diaria).

Invitación a la conferencia de Francesca en Beijing

La Embajada de México y la Facultad de Español de la Universidad de Pekín
tienen el honor de invitar a la conferencia magistral de la escritora italo-mexicana

Francesca Gargallo, quien hablará sobre el tema
“Narrativa contemporánea de México escrita por mujeres”

Miércoles 30 de Mayo 10:00 hrs.
Universidad de Beijing, Facultad de Español
Salsa de Conferencias, Edificio Minzhu (segundo piso)
Cerca de la puesta oeste

北京大学民主楼二层多功能厅(西门附近)
5月30日,上午10:10



Embajada de México, Sección Cultural, Tel. 65322244