jueves, 12 de julio de 2007

Naadam

¿Qué es una reunión anual sino una necesidad que contraviene lo cotidiano? ¿Qué es la fiesta sino la suspensión de lo debido?

Y en Mongolia, desde los tiempos de Gengis Khan, el adorado líder que les dio unidad y escrituras, orgullo y movimiento a los mongoles, el oceánico rey del que, desde hace dos meses, por ley está prohibido hablar mal, el adorado esposo que prohibió el rapto de mujeres porque siempre acató los consejo de la suya, el…. Que nadie diga que el destructor de Samarcanda, por favor. En fin, desde los tiempos de Gengis Khan en Mongolia, durante el verano, cuando las actividades masculinas merman, los animales engordan y hace calor, los mongoles se adunan para beber, jugar, comer y, sobre todo, demostrarse sus habilidades de guerreros: luchan, montan a caballo y tiran con el arco. Naadam significa precisamente reunión, adunada, asamblea. Es la ruptura de la regla de dispersión de los nómadas. Es el abrazo de quien volverá a dispersarse. Son las hordas que deciden darle vuelta a la Gran Muralla y tomar de sorpresa a Beijing.

Por 25 kilómetros sobre caballitos de dos años, o por 30 sobre caballos mayores, estrictamente divididos entre castrados, yeguas y sementales, niñas y niños de los 5 a los 12 años, a cuanto más ligeros y fuertes mejor, entrenados por sus abuelos se lanzan como en una carga de caballería en las más locas y cansadas carreras. Alrededor de la pista que cruza el valle donde los caballos se agotan, las familias se reúnen, los bebés juguetean con la tierra, los adolescentes se enamoran, los adultos comen o juegan a las barajas. De un grupo a otro, de una familia a otra, van los platos de comida, los dulces, las palabras.

Helena fue prácticamente adoptada por una familia tan amplia y gentil que no podía entender quiénes eran las y los hijos, las y los hermanos de una señora que le pasaba a su bebé para servir la comida, le decía unas palabras en inglés e impulsaba a otros niños y adolescentes a escribirle sus nombres en su cuaderno, a hacerle dibujo, a explicarle algo del Naadam.

Elegantes muchachas vestidas de seda azul, jóvenes y niños, y ancianos y ancianas en sus mejores prendas, bajo los árboles o cerca de un río, arman su campo de tiro, levantan un blanco de piedras de diversos colores y celebran con cantos y pasos de danza los mejores lances. Los arcos de madera son pintados, elegantes, rematados por picos curvos y en el pasado oscurecieron el cielo de sus enemigos con el tiro de cientos de flechas.

En una plaza, hombres de todos los tamaños, vestidos con unos calzoncitos azules o blancos y una camisetita apretada que les deja descubierto el pecho, se agarran de las manos, los hombros, el cuello, las caderas hasta lograr que el otro toque con una parte de su cuerpo que no sean las manos el suelo. Tres mongoles el año pasado ganaron el campeonato mundial de sumo, dejando en ridículo a los muy ofendidos japoneses. En la plaza de Khovd, entre kazajos generosos que se ofrecen dulces unos a otros, khalkh orgullosos, khoton con sus especiales sombreros, uriankhai, zakhchin, myandag, oold y torgud, los luchadores llegan a mostrar su fortaleza, su masculinidad, su amistad. Quien gana ayuda al otro a levantarse y, luego, para demostrar que no hay enemistad entre ellos se dan grandes nalgadas y abrazos. El paseo del victorioso con las manos en alto, la devolución de los sombreros por parte de los jueces, son parte de una coreografía que sólo resalta la unión de los hombres.

A pesar de que no les guste recordarlo, más aún que les da una cierta repugnancia hacerlo, los mongoles se resistieron fieramente a la invasión manchú en el siglo XVIII, pero sucumbieron frente a su número de este a oeste, logrando liberarse apenas en 1911 (en realidad en 1921, porque los chinos intentaron reinvadirlos, cosa que también intentaron después los japoneses y hasta los rusos, aunque a éstos se les considera más bien como aliados contra sus enemigos asiáticos). Desde entonces el Naadam se ha convertido en la Gran Fiesta Nacional. Banderas rojas (la lealtad) y azules (bajo el cielo) ondean en los campos. Militares flacos y duros, vestidos de un verde grasiento como de cucaracha ocupan las gradas de los estadios donde los haya. Jueces y altos funcionarios se pasean por el campo con sus mejores prendas y luciendo sus sombreros de fieltro.

Hay Naadam en todas las ciudades y aun en los pequeños poblados donde las muchachas están muy orgullosas de sus compañeros de clase si llegan a luchar y, sobre todo, si llegan a ganar.

Ayer, una anciana khalkh nos explicó que las ciudades no existen desde siempre. Las ciudades más bien son inútiles. Lo que existían eran los monasterios, luego –“con los comunistas”, según dijo- los sustituyeron los hospitales y las escuelas. A su alrededor se establecían en invierno muchas ger, de familias que se reunían para hacer frente común a las inclemencias del clima. En verano, en esos mismos lugares de refugio, cuando los animales ya habían pastado a lo largo de sus migraciones y los caballos estaban en el pleno de sus fuerzas, llegaba el momento de jugar juntos. El Naadam no es una fiesta de las ciudades, es un instante, una suspensión de las regularidades del año, un flechazo.

Los comunistas transformaron las demostraciones de las dotes guerreras de los mongoles en deportes, pero los deportes para estas mujeres y hombres con espíritu de niños nunca dejaron de ser un juego de seducción. Los ayes y los uhu de los turistas no les importan a los muchachos que se agarran del cuello para que una bella los vea, ni sus aplausos conmueven a la arquera que lanza su dardo hacia un blanco presidido por un espléndido juez de 18 años en el ropón de seda bordada heredado de su abuelo. Aun los niños ganadores de las carreras corren a abrazar a sus abuelos entre las miradas de sus coetáneos con un gusto que es el de mírame, abrázame, tócame.

Mujeres de Mongolia

Ulaan Baatar, 25 de junio de 2007. La primera impresión que dejan las mujeres mogolas al conocerlas es de una seguridad y una independencia asumidas y ejercidas. Al mes y medio de recorrer las zonas de pastoreo donde las nómadas llevan a cabo su vida, generando culturas en íntima relación con el medio ambiente, esta impresión por momentos se fortalece, en otros se debilita, pero nunca se desvanece.

Las mujeres mogolas constituyen el 51 por ciento de la población de un país que, al reunir trece etnias, suma 3.700.000 habitantes, el cincuenta por ciento de los cuales son pastores nómadas. La altísima tasa de alfabetización de Mongolia (el 97% de sus habitantes sabe leer y escribir, y ha cursado el ciclo primario y secundario de la escuela, que es gratuita y cuenta con residencias para las hijas e hijos de las familias nómadas) impulsa a dos mujeres por cada hombre a inscribirse en la Universidad Nacional de Mongolia, o en universidades de menor calidad tanto públicas como privadas.

Las madres de familia impulsan que sus hijas estudien aunque eso les signifique una merma en los apoyos a sus agotadoras labores domésticas (preparación de los alimentos para el día y para el largo invierno, costura, trabajos derivados del pastoreo como la ordeña, la preparación de yogurt, la mantequilla y el queso, manufactura de algunos implementos para el trabajo como la fabricación de cuerdas de crin de caballo o camello, el curtido de las pieles de los animales sacrificados, el tejido de cobijas de lana, la fabricación de pequeños muebles y, desde 1990, las actividades relativas a la atención de los turistas y visitantes). La idea es que si una mujer instruida se casa con un hombre que resulta alcohólico tiene los conocimientos suficientes para salir adelante. Puede dejarlo e irse con sus hijas e hijos a la ciudad, donde conseguirá un trabajo menos ligado al necesario complemento masculino a sus labores tradicionales.

Esta mezcla de lo ancestral, aparentemente eterno de su cultura, con conceptos prácticos es común en Mongolia. Por ejemplo, la mayoría de los hombres deja los estudios alrededor de los 17 años porque se queda al cuidado de los hatos de ganado. Según las zonas, yaks y vacas, cabras y borregos o camellos y caballos les son regalados o confiados por su padre. En un principio, tienen un precio equivalente al que una familia invierte en la educación universitaria de las mujeres. Sin embargo, con el tiempo y dependiendo de la habilidad del muchacho, pueden convertirse en verdaderos capitales, lo que no siempre sucede con los conocimientos adquiridos en la escuela.

En la actualidad, Mongolia está sufriendo cambios drásticos. En 1990 ha dejó de ser una república comunista, optando por un capitalismo comercial de tintes dependientes (ha enajenado sus recursos mineros que hoy son explotados por firmas canadienses, chinas y estadounidenses, mientras Francia busca desesperadamente uranio en sus entrañas), y desde que se sumó a la coalición bushiana para invadir a Irak (proporcionalmente al número de sus habitantes, es el país con el mayor contingente de soldados, 80, en ese país árabe devastado por el colonialismo estadounidense) ha recibido ayudas monetarias diversas que, por un lado, fomentan su dependencia de la economía globalizada y, por otro, alimentan la corrupción de la nueva cúpula política de Ulaan Baatar, la ciudad capital.

Las ayudas financieras responden por lo general a patrones de culturas occidentales muy marcadas por una división de géneros que favorece a los hombres. Por ejemplo, se otorgan al “jefe de la familia”, concepto inexistente en la cultura de las etnias mogolas (aunque sí entre los kazajos del occidente del país) donde mujeres y hombres son copartícipes de la economía, el reconocimiento social y la crianza de los hijos, y donde prácticamente no se usan apellidos, estando así libres de esa marca de valoración de la descendencia según el predominio del linaje masculino o femenino (la elección de un apellido es uno de los requisitos de la nueva economía de mercado urbana, y el gobierno tiende a estimular que éste sea el nombre del clan paterno, que muchos mongoles desconocen). La mayor parte de las “ayudas” internacionales son innecesarias en un país donde la vida de trabajo es muy dura pero la pobreza no es una realidad entre los nómadas. Parecen responder, más bien, a la creación de necesidades que sólo pueden satisfacerse con dinero (alcohol, televisiones, juguetes de plástico) y al afán de la cúpula en el poder de quitarle valor a la vida nomádica, para asentar a las y los mongoles en ciudades en rápido crecimiento donde la pobreza crece a la par que la generación de grandes riquezas para un pequeño número de personas. En efecto, indigencia y violencia de género, problemas de vivienda, bajos salarios, desempleo y alcoholismo acosan a los nómadas asentados en Ulaan Baatar.

El alcoholismo es uno de los principales problemas de salud entre la población masculina y el único detonante, muy criticado por los hombres y las mujeres en el campo, de la violencia contra las mujeres. En las calles de Ulaan Baatar, con una población de un millón de habitantes desproporcionadamente femenina, la violencia callejera está muy ligada al fenómeno. Los hombres se pretenden necesarios para mujeres que viven solas y abusan de su fuerza para retenerlas a su lado o hacerse acompañar en sus actividades. Cuando una mujer se niega a ello, los golpes pueden ser una consecuencia visible aun en plena calle.

Fuertemente ligadas a la indispensabilidad del trabajo femenino y el masculino para la sobrevivencia humana, las prácticas así como los cuentos fundadores cosmogónicos y civilizadores de Mongolia otorgan a la pareja heterosexual un rol de organizadora del mundo, de modo que las mujeres representan la parte sabia y los hombres la parte fuerte de un devenir que necesita ambas cualidades. Dada esta visión dual y no individual de la realidad y sus consecuentes condicionamientos culturales, la cuarentena de lesbianas y gays asumidos de Mongolia son absolutamente incomprendidos y marginados. Su falta de deseo por el otro es vista por la sociedad mogola como una incapacidad de relación con la realidad humana y la marginación que sufren es una consecuencia directa de lo que se visualiza como una falla en la cooperación con el orden del mundo. Además, y a pesar de la relación reverente con una Madre Tierra que se manifiesta también en el culto a rocas con aberturas como vaginas protectoras y benevolentes, en Mongolia hay también una valoración muy positiva del vigor fálico, de la fuerza que se considera inherentemente masculina y se representa en esculturas en forma de penes –cortados o no-, considerados dadores de fuerza y vigor.

Esta división cultural de la complementariedad sexual se manifiesta aun en los trabajos “modernos”. Por ejemplo, en la rama del turismo todas las intérpretes y guías son mujeres, pero los chóferes son hombres (sólo hay pocas taxistas en Ulaan Baatar). En los deportes tradicionales, en particular los que se efectúan para el festival del Naadam (algo así como la “asamblea” de los nómadas en verano que, durante el régimen comunista, se convirtió en fiesta “nacional”), aunque las niñas de 5 a 12 años como los niños de la misma edad pueden participar en las carreras de 25 y 30 kilómetros de galope a campo traviesa, y se reconocen a varias campeonas de tiro al arco, es absolutamente prohibido que una mujer luche. Más aún, la indumentaria de los luchadores deja el pecho descubierto exactamente para que no haya equivocaciones al respecto. Una mujer que le ganara a un hombre agarrándolo de los brazos o las caderas y tirándolo al piso, desmoronaría su dignidad y ello debe ser evitado por las reglas que los mismos hombres imponen para salvaguardarse de la vergüenza y que luego convierten en “naturales”. Ahora bien, las tres disciplinas de origen militar transformadas en deporte representan tres valores morales: el valor físico las carreras (y nadie puede o quiere negar que las mujeres son valientes), la sabiduría el tiro al arco (y por lo visto la sabiduría es una cualidad muy femenina que es un bien que los hombres acaten) y la fuerza la lucha (pero la fuerza es un atributo que los hombres se preservan).

El desierto




miércoles, 11 de julio de 2007

Terkhiin Tsagaan Nuur

Dejando atras la Madre Piedra de Taykhar, corremos al lado de Cholot Gol, el cánon de las piedras, formado por el río que atraviesa la comarca, o aimag, de Arhangay, verde y montañosa como una tierra prometida para los yaks y vacas que pastan en verano. Entre varios árboles, en un recodo, un gran ovoo nos espera en el cruce de dos caminos.

Terkhiin Tsagaan Nuur
Este lago blanco, grande y sereno que descansa a los pies del cono del volcán que da nombre a la región, Horgo Terkhiin, también tiene su leyenda. Al principio d e los tiempos, cuando sólo había una mujer y un hombre, éstos vivian en una cabaña al lado de un pozo. El hombre se ocupaba de los animales y la mujer era atenta con las cosas y equilibraba al mundo con sus actividades cotidianas. Un día de invierno los animales se perdieron en el bosque y el hombre tuvo que salir para ir a buscarlos. La mujer que cada noche salía a tapar el pozo para que no se desbordara, sintiéndose muy preocupada por las condiciones en que se encontraba por su marido, olvidó el pozo abierto una y otra noche hasta que éste formo el Gran Lago Blanco alrededor de su casa.

Una de las costantes que he encontrado en los cuentos cosmogónicos o civilizatorios en Mongolia es la presencia de una pareja de mujer y hombre como héroes culturales. Ella casi siempre representa la sabiduría, o el equilibrio de las fuerzas naturales y las humanas, mientras el simboliza la fuerza. Ambas virtudes son fundamentales para la vida de las personas y, en general, de la tierra según los mongoles. Así es la vida cotidiana de este pueblo de nómadas hospitalarios: las mujeres cuidan de una ger, o tienda, donde se desarrolla toda la vida social de la familia, y trabajan para la preparación de los alimentos, de las conservas, de la acumulación de leña y lana para el invierno, mientras los hombres enfrentan climas despiadados (pueden ir de menos 40ºC en invierno a mas 40ºC en verano) en la crianza de animales a los que no dan nombre propio nunca, pero que saben distinguir entre sí por la cantidad de nombres que tienen sus mantos, sus cuernos, sus formas de caminar o de mugir o relinchar.

Así, la creacion de la cultura y los paisajes es tan dual como la vida cotidiana misma. Mujeres y hombres que son mutuamente indispensables, y ambos reciben un respeto diferenciado pero no jerarquizado.

Claro está que como en todas las culturas duales, y no individualistas, el reconocimiento del valor y el derecho a una vida no heterosexual es muy improbable, y en la actualidad la cuarentena de lesbianas y gays abiertos que viven en Ulaan Baatar son absolutamente marginados. Pero para las mujeres que no se cuestionan su sexualidad reproductiva, misma que ni siquiera consideran como una decision, sino como algo tan simple como la continuidad de la vida en un mundo de reincarnaciones de purificación, el lugar que tienen en la sociedad mongola es un orgullo: se sienten y se saben indispensables y no renuncian facilmente a su lugar. Ni siquiera ahora que un élite establecida en Ulaan Baator intenta separar a los mongoles de la vida nómada para sentarlos en ciudades practicamente inexistentes (la ciudad tradicional mongola era la reunión de varias ger alrededor de un monasterio durante el invierno, y después de la revolución socialista la reunión de las mismas ger alrededor del hospital y la escuela que sustituyerona los monasterios destruidos en nombres de un laicismo beligerante). Hay una cierta reticencia en la aceptación de la obligación de acercarse a una economía capitalista que en la capital está, como en todo el mundo, beneficiando a los ya ricos y empobreciendo más a los pobres.

El nomadismo le dio a los mongoles y a las mongolas la posibilidad de sobrevivir a todas sus crisis politicas, climaticas y económicas. A la vez, representa una forma de vida que se opone al capitalismo y a la acumulacion (nadie acumula demasiado cuando va a moverse. Libertad y afan de acaparramiento son actitudes opuestas). Hoy en día, Mongolia es un país que ha perdido el control sobre sus materias primas (explotadas por compañías canadienses, chinas, rusas y estadounidenses) y que ha participado en la invasion de Iraq en la coalicion liderada por Estados Unidos. Estos dos hechos le han significado una lluvia de aportaciones monetarias, muchas de ellas incomprensibles para mujeres acostumbradas a ponderar la riqueza del nucleo familiar, que se han visto desplazadas por el dinero en contante dado a sus maridos sin su consentimieno por entidades anónimas. Ese dinero, ademas, ha servido para incrementar el alcoholismo masculino (heredado de la Rusia sovietica) y el gasto suntuario (televisiones, telefonos celulares, baratijas).

La piedra de Taykhar

Taykhar Choolo

La madre piedra, la única, la grande. Muchas leyendas se cuentan sobre ella. Su presencia en medio del valle de Ihtamer, muy lejos de las montanas que la rodean, es impresionante. Es una diosa, o la madre de todas las diosas, simplemente no se le puede obviar.De todas, la leyenda que me gusta más es la mas común y sencilla, pues representa muy bien lo antiguo y fundamental que se conciben los y las mongolas para el mundo.

Al principio de los tiempos, cuando la tierra era joven, una gran serpiente empezó a aterrorizar a las personas. Salía de su escondite y devoraba personas y animales. Las mujeres y los hombres se reunieron y decidieron pedirle al más fuerte de los luchadores mongoles que los ayudara. para ello acudieron primero con su mujer, una persona sabia y de gran compasión que los escuchó y ponderó la importancia de su peticion. Ella convenció a su marido de que era bueno ayudar a todas las personas en su gran peligro. Entonces el baatar, es decir, el héroe fue en busca de la piedra más grande que pudiera imaginarse y la encontró en un lugar muy muy lejano. La cargó hasta la madriguera de la serpiente y cuando al amanecer ésta sacó la cabeza del hoyo se la lanzó encima aplastándola. Así, las personas y los animales pudieron volver a andar libres por la tierra.

En realidad la Gran Roca de Taykhar es una de las más impresionantes figuraciones del simbolismo de la Madre Tierra. Hacia el noroeste tiene una hendidura que la revela como la Gran Vagina paridora del mundo. Ahí besan la piedra los pastores y le rinden tributos los nómadas, asi como vienen a encomendarse las personas que se dirigen al Naadam, la gran fiesta de asamblea que en las principales ciudades y pueblos se celebra durante el verano.

jueves, 5 de julio de 2007

Karakorum

Cuatro son los animales que representan la grandeza ente los mongoles, el águila de Ulan Bator, el dragón, el elefante y el león.

Cinco son los sentimientos del mal: los celos, la avidez, la envidia, la rabia y la cobardía.

Diez los dioses protectores, nueve hombres y una mujer, la más poderosa porque es capaz de comerse a los hijos del demonio si los engendra casándose con él.

180 los discípulos del Buda vivo, 180 las stupas blancas de la muralla de Karakorum en el templo de Erdene Zuu, 180 las calaveras del dios de la muerte, 180 las virtudes del santo.

El sol y la luna son dioses que se representan iguales porque a pesar de las diferencias las mujeres y los hombres son iguales.

El templo de Erdene Zuu fue fundado por el trigésimo segundo descendiente de Gengis Khan, Avtai Sain Khan, quien se convirtió al budismo. Luego lo amplió su hijo, luego su esposa Khandjamts, rena y madre del santo más grande de Mongolia, Zanabazar, quien fundó la escuela de pintura de Mongolia, protegió las artes, diseñó en 1686 la bandera de la Mongolia moderna (un sol que simboliza el presente el pasado y el futuro sobre el sol y la luna, y los tres por encima de una muralla que contiene una flecha corta que representa la necesidad de defenderse de los enemigos externos, un rectángulo que significa la honestidad, los dos peces unidos del yin y el yan, otro rectángulo de la honestidad y una flecha larga que representa el deber de defenderse de los enemigos internos) y esculpió hermosas estatuas.

El templo de Erdene Zuu es la única construcción de la antigua capital de Gengis Khan que no fue destruida por los invasores manchú de la dinastía Qing de China en el siglo XVIII. No obstante, una incursión de los comunistas rusos dejó en pie sólo 87 de los 180 templos que había entre sus muros.

Karakorum, la capital que construyó el rey oceánico, Gengis Khan para su imperio y que su hijo llegó a terminar en el siglo XIII, hoy no es más que un pueblote de empalizadas de madera, algunas casas rectangulares de dos pisos y las calles de tierra. En las afueras, eso sí, hay diversos monumentos, uno menos probable que el otro: tres a la eternidad representada por una tortuga, y uno al falo cortado de un monje enamorado que se lo arrancó para alcanzar la paz espiritual, pero que siguió goteando su semen de vida en una vasija de piedra.

Con los muchachos israelíes ya nos parecemos a uno de esos matrimonios que siguen viviendo juntos después del divorcio. No nos hablamos más que lo indispensable, cada quien encerrado en su lengua, y nos hacemos una sorda guerra utilizando como municiones los lugares que pretendemos visitar, el tiempo de las comidas, el trato al chofer.

Apenas encontremos a alguien que vaya hacia Altan Els, nos bajaremos de este auto: ¡qué rechinguen a su puta ignorancia!

Rumbo a Tzetzerleg
Qué hermoso sería el mundo de estar tan poco poblado como Mongolia. Habría lugar para las marmotas, los gansos salvajes, los yaks, los caballos, los patos, liebres, venados, rapaces carroñeros y cigüeñas. Y la gente sería hospitalaria, menos aterrada por la muerte que de todas formas es inevitable y feliz como estos viejos que miran a sus nietas y nietos montar a caballo a su antojo por los valles despoblados. No habría vallas en el mundo.

Mongolia 2

Saliendo de Ulan Bator (o Ulaan Baatar, de todas formas Ciudad del Héroe Rojo, donde rojo está por bello)
Viajar es aprender a vivir. Y vivir es encontrarse con dificultades que nos hacen crecer. Las grandes acarrean enseñanzas obvias; las pequeñas molestias son más difíciles de reconocer. Cuando empezamos a buscar cómo irnos al noroeste para llegar a Altan Els, el desierto de dunas más al norte en el mundo, nos encontramos con la noticia que sólo rentando un auto llegaríamos. Y que debía ser un jeep ruso, viejo y muy resistente, con tres velocidades reducidas suplementarias para las cuatro ruedas. Es un viaje que no interesa a la mayoría de los turistas y a muy pocos mongoles, así que nos vimos obligadas a rentar el jeep con cuatro jovencitos de una ignorancia y prepotencia fenomenales: de esos que piensan que en el desierto del Gobi se puede regatear el precio de una ducha a la mujer que va con sus seis camellos a recoger el agua en un riachuelo y que se niegan a pagar un guía suplementario para ocho caballos que nos costaría, una vez repartido el precio entre los seis, 2000 tugrugs, lo que vale una cerveza en cualquier cantina de México, si no es que menos.

Como son cuatro y nosotras dos, cada vez que votamos perdemos. Así decidieron que era inútil pagar una intérprete que nos acompañara y nos quedamos sin entender a la gente que intenta de mil modos comunicar con nosotras. Sólo dormimos en tiendas de campaña y comemos lo que nos preparamos por la noche. Dado que en Mongolia todo se cocina con carne, yo logro comer alguna vez un arroz blanco, pero tampoco interactuamos con nadie. El chofer los alucina y nosotras también.

Al principio, me porté mal con Helena, como si ella tuviera la culpa de que yo aceptara viajar con estos cuatro israelíes recién salidos del servicio militar y hambrientos de mundo a poco precio, chavitos que le quitan su música al chofer para imponerle la suya. Le pedí disculpas, pero el daño estaba hecho.

Luego decidimos juntas que si su arrogancia se incrementa, podemos bajarnos del auto. Es importante aprender el límite de la propia tolerancia después de haberla puesto en práctica. Y reconocer que así como su presencia enseña, la nuestra también lo hace.

Nuestro chofer, Bairdag, es un dorvod devorador de todo tipo de carne que –lo que me parece de suma importancia- no se emborracha cuando trabaja. Helena además está haciendo alarde de su curiosa gentileza (en parte tolerancia hacia los desconocidos, en parte genuina curiosidad y en parte deseo de que yo me tranquilice) con nuestros cuatro acompañantes, lo cual –como siempre- le agradezco.

Los veo como estudiantes y los soporto. Bueno, hasta les digo que son unos burros.

Helena es un as a la hora de empacar.

Gobi
A unos trescientos kilómetros de Ulan Bator, entrando al semidesierto del Gobi por el norte, cuando los laguitos y el pasto verde han desaparecido, nos adentramos en una aridez amarillenta que asombra por su inmensidad. Viajamos en silencio, sobrecogidas, y también algo adormiladas por las horas de sacudidas en la pista polvorienta.

De repente, poco después de una colina pelona, entramos en un vallecito de piedras grises y porosas, Baga Gazaryn Chuluu. Detrás de una valla de las mismas piedras, se erigía un pequeño monasterio de paredes pintadas de azul, uno de los colores sagrados según la tradición mongola. Era pequeño, recogido, sereno. Uno de esos lugares que invitan al retiro y la introspección, y que se ubican en puntos especiales del paisaje para convertirse fácilmente en jardines o huertas. Bairdag hizo una profunda reverencia al adentrarse entre las paredes derruidas; así nosotras. Un ovoo, uno de esos monumentos piramidales de piedras sobrepuestas de origen chamánico que se perpetuaron incorporados al budismo mongol, nos esperaba en el patio y ostentaba diversas ofrendas recientes.

A este lugar de paz, fueron llevados cuatrocientos monjes de toda Mongolia para ser ejecutados durante las purgas estalinistas, o como dicen aquí “por los comunistas”. En recuerdo de cada uno de ellos, en los pináculos y sobre las rocas los pastores mongoles que atraviesan la zona en busca de pasto para sus animales han erigido cuatrocientos pequeños monumentos de piedras planas. De vez en cuando, alguien viene a amarrar en uno de ellos su bufanda azul, a dejar unos caramelos, unas monedas, como ofrenda a la memoria de los monjes.

Mi religiosidad –para llamarla de alguna manera- ha estado siempre ligada a la naturaleza. No conozco emoción frente a lo inconmensurable sino por el agua, el cielo, las montañas, la vegetación, ciertas situaciones climáticas y, seguramente también, gracias a la soledad. En el campo, sobre algunas montañas, en medio del desierto, frente a ciertos lagos –pero también en lugares construidos alrededor de ellos como unos cuantos templos, mezquitas e iglesias de diversas religiones- he llegado a sentir mi naturaleza perecedera en toda su absoluta pequeñez indispensable, mi ser parte de un todo que me trasciende. Así, en el pequeño monasterio de Baga Gazaryn me sentí en contacto con las divinidades mismas.

De tormentas de arena y viento
Shorong shurg: Nos agarró la tormenta de arena y viento caliente en medio del Gobi del norte. El cielo azul se hizo amarillo y por la tierra, la arena corría como una sombra dorada.

Burog: lluvia. Bairdag primero apuntó derecho hacia el centro de la tormenta pero cuando la lluvia arreció y los limpiaparabrisas no pudieron arrastrar el lodo que se formaba en el vidrio, se detuvo. En menos de media hora la pista había desaparecido y únicamente la habilidad de Bairdag por ubicarse en esta inmensidad sin aparentes puntos de referencia pudo hacernos avanzar hacia fuera de los valles.

Después de una noche en Dalanzadgad, desde cuya estación de comunicaciones pude enviar un mail al director de la maestría en estudios latinoamericanos para solicitar una prórroga para la tesis de Mariana, nos unimos a un segundo jeep con cuatro ingleses igual de jóvenes e ignorantes que nuestros compañeros de viaje. Cual si el divertimiento implicara necesariamente la falta de respeto hacia las personas de otras culturas, los chistes groseros por la pasión por la carne del chofer, o las monstruosas descripciones de algo asqueroso que achacan a las personas con quienes se cruzan. Los ocho se emborracharon como pendejos en el auto y vomitaron por el camino mientras decían chistes racistas, como que los palestinos son para ellos lo que los negros fueron para los europeos.

Pero es con ellos, necesariamente, que nos dirigimos al único glaciar del mundo emplazado en un grupo de montañas al interior de un desierto, las de Hongoryn a menos de sesenta kilómetros de las dunas del Gobi. En una garganta de piedras carcomidas por los cambios climáticos extremos entre el invierno y el verano, nos metimos por una garganta con una alta costra de hielo, bajo la cual corrían unas aguas heladas y cristalinas. A sus costados, cabras y camellos. Dos veces me caí en el hielo y con Helena nos reímos hasta que nos dolió la panza.

Al salir de las montañas del Hongoryn, dejando atrás los riachuelos de hielo y sus vallecitos alpinos, nos adentramos en una planicie de un centenar y medio de kilómetros de ancho a lo largo de cuya cordillera sur se reúne en dunas toda la arena que el viento trae del norte: son las doradas dunas del Gobi, que seguimos por más de 200 kilómetros y donde divisamos caravanas de camellos y grandes hatos de cabras.

Al plantar las tiendas bajo la luna casi llena, la familia de pastores que nos cobijó nos ofreció sus camellos para recorrer las dunas al día siguiente. Nos ofreció té con leche de camellas, que ahora están criando, y unos cuadritos de algo que creíamos queso y que resultó ser yogurt seco de cabra, aruldz. Muy ácido, pero rico.

Mientras platicaba con nosotras mezclando seis palabras de mongol con una de ruso, dos de inglés y muchos gestos de la cabeza, la señora trenzaba la crin de sus caballos y camellos para hacer cuerdas y su hija, en un fogón semienterrado en el suelo, preparaba arroz con carne seca de cabrito cortada en trocitos. A diferencia de la gente de Ulan Bator y sus alrededores, muy influenciados por las costumbres rusas, los mongoles Kalkh (el 86% de la población de este país con 13 etnias y apenas 2 millones 700 mil habitantes) han mantenido la costumbre de comer con palillos. También usan cucharas para la sopa y el yogurt fresco, que sorben “como camellos”, según dicen.

De cabras y camellos se hace también crema y una mantequilla muy ligera. Pero el yogurt es bueno sólo si es de borrega, vaca o yak. En verano la carne se come secada al viento, ahumada o en conservas de panza de borrego, dejando que los animales crezcan para el invierno cuando su carne fresca se convierte en el único alimento de los mongoles, junto a la mantequilla rancia de yak que se conserva en una piel de oveja y que las mujeres preparan durante todo el verano.

El desierto bajo el viento puede ser duro de soportar, sobre todo cuando es caliente y alcanza los 80 kilómetros por hora y arrastra piedritas y arena.

Tenemos el cabello tieso, la piel requemada. Nuestros camellos avanzan despacio sobre la duna. Pisan dos veces una misma huella, siendo que la pata trasera vuelve sobre la huella de la delantera del mismo lado. A pesar del sol y del viento, me siento feliz. Helena monta a camello como a caballo: derecha y elegante como la niña que hace ocho años galopaba por el desierto de San Luís Potosí.

Sentimos irnos. Se ha convertido en una constante encariñarnos con las familias de nómadas que nos hospedan. No sólo son hospitalarios hasta los indescriptible, sino que con pocas palabras logran transmitirnos su interés por nuestro bienestar. El budismo es una religión cotidiana en Mongolia, por ello aquí nadie miente, nadie mata sino lo que se va a comer –o que amenaza lo que se cría para comer, como los lobos y los grandes felinos en invierno- y nadie roba. En cada ger hay un pequeño altar, sobre un mueble de colores brillantes, con unas luces, unas monedas y una campana. Alrededor de la figura del Buda y de otras divinidades, a los mongoles les encanta mostrar las fotos de la familia. Se retratan con gusto y circulan cuentos de que por lo menos una vez en la vida todos los nómadas van a una gran ciudad con sus mejores prendas, las más bordadas, y se hacen sacar aunque sea una foto de grupo.

Los chavos no se comunican con nadie. En su afán de no gastar más que lo indispensable se cocinan para sí solos, no cruzan palabra con los músicos nómadas por miedo de que le cobren, pero son simpáticos con los niños con quien juegan a la pelota. Lo que más desconcierta a los nómadas es que constantemente les preguntan cuánto cuesta el té que les ofrecen, el pan frito que les tienden, cuando para los pastores mongoles la hospitalidad es un hábito y una obligación. Por supuesto, tampoco hay que abusar y no es mal visto que a cada ofrecimiento se le corresponda con otro. Nunca comemos sin dejar el dinero que consideramos equivalente a un plato en un restaurante, o pilas o unas latas de jitomate o frijoles a cambio. A las mujeres de la ger les encantaron los tres brazaletes de algodón tejido con conchas y piedritas, que compramos en Huixquilucan antes de partir y que Helena les ofreció.

Cuando nos íbamos subiendo a la camioneta, la más joven de la familia, que estudia en la universidad en Ulan Bator y habla inglés y ruso, se atrevió a preguntarnos por qué viajamos juntos. Les contestamos que rentamos un auto entre seis, y que ellos eran los otros cuatro. Sólo se encogió de hombros. Los mongoles saben de las dificultades del viaje.

Cruzamos la parte más dura y larga del sur del Gobi, la que hace millones años albergó los dinosaurios cuyas huellas, huevos y esqueletos han permitido reconstruir la historia de estos animales y los climas que había en partes del mundo hoy completamente distintas (de hecho es por los hallazgos del Gobi que a principios del siglo XX se dedujo que los dinosaurios eran oviparos). Durante todo el día nos encontramos con un solo pozo y un pueblo de casitas de barro y placas solares para la electricidad, Bayanza. Fue el primer lugar donde nos vendieron y no ofrecieron el agua.

El viento ardía de caliente. Ni un auto, ni una ger, ni un pastor por kilómetros y kilómetros. A veces deteníamos el auto de pura desesperación y caminábamos en la nada hacia la nada tan sólo para hacer algo. Cuando a lo lejos apareció la silueta de una montaña me alegré; cuando la cruzamos el paisaje siguió igual.

Finalmente encontramos una ger. Nos detuvimos. Salió una anciana con su largo abrigo de pelo de camello y su faja naranja –el color del sol y por lo tanto de las puertas y los palos de las ger- en la cadera. Habló largamente con Bairdag. A los pocos kilómetros, entramos en una serranía y de las rocas a nuestra derecha saltó frente al auto para subir por los costones de nuestra izquierda una cabra de monte de largos y retorcidos cuernos, seguida poco después por otra de igual agilidad. Una especie de estambeco mongol. Bairdag se puso feliz.

Poco después llegamos a un río semiseco donde acampamos mientras la luna subía como una pelota naranja por detrás de la colina del este. Mientras mirábamos su hermosa subida, tan súbita y a la vez igual a la que cada 28 días se produce, un joven camello vino a apoyar su cabeza en mi hombro. Tenía un moño rojo en la oreja derecha. Nos quedamos un largo rato juntos, como viejos amigos.

30 de junio.
El camello metió su hocico por la puerta abierta de la tienda. Vino a despertarme poco después que despuntara el sol y me acompañó a hacer pis arriba de unas rocas oscuras, recubiertas de una hierba rala. Desde ahí divisé un pueblo de adobe abandonado que descansaba sobre dos colinas a poco menos de un kilómetro. Un hato de cabras habitaba la colina al norte desde donde, al llegar, pude divisar una stupa blanca y un pequeño templo de madera, entre las ruinas de más antiguas construcciones sobre la colina de enfrente.

Llegué al templo con el camello que continuaba detrás de mí. Entonces me enteré que lo que creía un pueblo era el antiguo monasterio de Ongyn, construido en 1800 por un lama que escribió 21 libros. Ongyn se convirtió durante el siglo XIX en el lamasterio más grande del sur del Gobi, con 100 estudiantes, viejos lamas que habían viajado hasta Tibet, maestros que leían el sánscrito y pastores que los cuidaban, alimentándolos con leche de yegua y carne. Los monjes cuidaban una huerta de árboles frutales que puede verse en uno de los pocos dibujos que quedaron del monasterio destruido en 1937 por los comunistas, que consideraban el lugar un peligrosos centro de reunión de la aristocracia teocrática que se les resistía. Noventa y siete monjes, cuyos nombres están ahora grabados en las paredes de la stupa blanca, fueron fusilados y sus huesos dispersos en el desierto. El monasterio fue derruido y se prohibió a los pastores dar asilo a los monjes sobrevivientes que tuvieron que vagar solos por el desierto hasta lograr –si lo lograban- volver con sus familias.

Desde 1990 algunas ger para los turistas y unos cuantos pastores se han establecidos en los alrededores. Hoy un monje y sus cuatro jóvenes discípulos viven entre las ruinas, donde han recuperado piedras, tallas, libros, pocas pinturas, unos “malgai” –los sombreros de lana de los lamas-. Según la hermana, una joven estudiante de medicina que pasa las vacaciones de verano en el pueblo semiderruido, cuidando del pequeño museo que abre a los visitantes, es después de que los religiosos no fueron más perseguidos que se ha erigido la stupa blanca cerca de donde se levantaba la antigua, hoy un montón de bloques de adobe en lo que todavía pueden verse restos de esculturas. El monje y sus amigos son quienes están intentando levantar un pequeño monasterio entre las ruinas. Son sonrientes y afables.

Frente a la pintura del lama fundador, un hombre sereno sentado al lado de sus libros, me sentí al fin en paz con mi literatura. Quizá era en Ongyn donde debía llegar para darme cuenta que la escritura está mucho más allá de la confuciana esperanza de perpetuarse en el tiempo (extraño remedo de eternidad) o de la occidental aspiración al reconocimiento personal.

Escribir es darse y un libro bien puede ser como la calavera del anciano lama que servía de taza para beber para el joven discípulo que no debe olvidar que somos tan perecederos como una flor de primavera.

Las palabras, los sonidos con que se formulan en la lectura, son como el llamado de la tibia humana convertida en una larga flauta que servía para inspirar el recogimiento.

Los libros son los que son: instrumentos de comunicación hermosos, indispensables, perecederos. Y si yo escribo no soy ni mejor ni peor, sólo soy necesaria.

Los ocho lagos

La primera noche en la reserva ecológica de Huysiyn nuur, o de los ocho lagos que se forman del derretimiento de los hielos de las montañas de Shuringiyn Tsohio, nos ha encontrado montando la tienda mientras temblamos de frío. Dos hombres, uno más anciano y el otro de colita, iban acercándose a las ger que nos rodeaban y un grupo de pastoras fueron a su encuentro para traerlo a la ger más grande. Eran dos músicos tradicionales, dos artistas que se vistieron de todo punto para tocar, con sus túnicas bordadas sobre seda azul, su faja de seda amarilla a las caderas y, sobre todo, su tradicional tortzik, el sombrero redondo de fieltro bordado, rematado por una punta de la que cuelgan unos flecos amarillos.

Fuimos invitadas a la ger donde los muchachos israelíes no se acercaron –sea porque temían que les cobraran el concierto, sea por su ignorancia y desinterés hacia las costumbres de los pueblos- menos la joven fotógrafa que cuando disparó su flash cuatro veces en la cara del músico más anciano y se levantó para irse y evitar pagar fue interpelada por Helena, y por mi, que le dijimos que era una ignorante que debía disculparse. Tuvo el atrevimiento de decir que estos mongoles sólo hacen las cosas por dinero, que ella no tiene que pagar lo que no quiere, que no son artistas sino musicantes circenses. Me dio una rabia que tuve ganas de pegarle; me contuve y sólo le dije que la ignorancia se paga cara, que el desprecio por la gente es una actitud racista. No entendió.

En la ger hacía un rico calorcito gracias a la estufa puesta en el centro del espacio redondo alrededor del cual estaban dispuestas seis camas. Nos sentamos junto con los niños, mujeres y hombres que iban llegando atraídos por la música. Nadie traía bebidas o comidas. Los músicos se dirigieron a Helena y a mí para darnos la bienvenida y desearnos un feliz viaje; sus palabras fueron traducidas por una de las hijas del pastor que nos hospedaba que en la escuela ha escogido estudiar inglés y no ruso (Mongolia es uno de los países más alfabetizados del mundo: el 96% de la población sabe leer y escribir. La escuela es de estado y no se paga, y las y los estudiantes de familias nómadas pueden vivir gratuitamente en albergues durante todo el periodo escolar del año, volviendo con sus familias sólo durante los tres meses de vacaciones estivales. Se estudia obligatoriamente de los siete a los diecisiete años. Desde 1990, a partir del sexto año las y los alumnos tienen la obligación de escoger una primera lengua, sea el ruso o el inglés, y desde el octavo una segunda, sea el francés o el japonés. Muchas mujeres –dos por cada hombre- siguen sus estudios en la Universidad Nacional de Mongolia, en Ulan Bator, que tiene un costo aproximado de 450 dólares al año, habitación para vivir incluida).

El anciano músico con su arpa entonó una invocación para que nuestro viaje sea cómodo y seguro. Luego a sabiendas de que yo estaba interesada en llegar a Altan Els, habiéndose enterado por los chismes del chofer, entonó un canto profundo, gutural como un rezo tibetano y con repentinos momentos de narración, a esas dunas del norte. El segundo lo acompañaba al Morin Huur, el más típico de los instrumentos mongoles: una caja de resonancia trapezoide con un largo cuello sobre el que se tienden dos nervios de caballo, rematada por una o varias cabezas de caballo pintadas de verde –el color del mundo, la fertilidad y el amor.

Los dos músicos se turnaron luego los instrumentos y cantaron acompañados de violín y arpa, violín y Morin Huur, Morin Huur y un inconcebible piano Yamaha que el anciano recibió en regalo durante una gira artística que hizo por Japón. Todos los cantos de la música Too, la música tradicional de los Kalkh, tenían varios tonos e iban desde acordes profundísimos y guturales como rezos hasta repeticiones de sonidos bastantes semejantes a ciertas invocaciones y cantos wirraricas o raramuri del norte de México: canciones a los caballos, pasión por la tierra, un himno a Gingis Khan, el placer del río que corre entre los montes, el amor de un hombre por una mujer a caballo entrevista a orillas de un lago.

Al final de la velada, el más joven de los dos entonó canciones “modernas”, réplicas en pseudo inglés y pseudo italiano de las canciones que se escuchan en los autobuses que cruzan Mongolia. Fueron motivo de risa y hasta de ligeras burlas cuando un hombre se levantó para invitarnos a bailar a Helena y a mí.

Salimos a la luz blancuzca de la tercera noche de luna llena. El frío calaba los huesos, que sentíamos de forma más intensa debido a que veníamos llegando de las tórridas noches del Gobi. Sólo los sacos de dormir que nos regaló mi hermano Tommaso, y que aguantan hasta -18º, nos permitieron dormir como inocentes sin deudas.

Mientras tanto, alrededor de la tienda, los mongoles iban reuniendo los ocho caballos para nuestra expedición de cuatro días por los valles, los bosques y las montañas que rodean los ocho lagos.

A orillas del primer lago

Un mongol a torso desnudo cruzó galopando el costón sobre el lago semiseco donde llegamos a acampar tras un día a caballo por los pinares y los valles de piedras grises amontonadas que un liquen amarillento y naranja colorea de diferentes formas, y que tuvieron que inspirar a los jardines chinos. Cruzamos varios riachuelos en los que los caballos se detenían a beber.

Al pasar frente a mí, el jinete se irguió sobre la silla haciendo alarde de su joven y hombruna belleza. Cuando al galope llegó entre sus yaks que pastaban a pocos metros de nuestras tiendas y que todavía dormían felizmente acostados en la yerba mojada por la lluvia nocturna, les empezó a hablar con un tono cariñoso. Al caer la noche, ayer escuchamos a un pastor cantarle a sus yaks que volvían de las montañas. Tenía un acento antiguo, menos melancólico que profundo. Ahora yo pude reconocer la voz.

Creyendo que los animales iban a beber al lago, semiseco por la poca nieve que cayó durante los últimos tres inviernos, poco después de escuchar ese canto montuno nos adentramos por las arenas que rodean la poza. Los pinos y las montañas se reflejaban en el agua oscura. A mediados de lo que imaginamos era la cuenca del lago, nos subimos a un islote de piedras rojas y grises en cuya cima los pastores erigieron sus monumentos de piedras planas sobrepuestas, de tradición milenaria. Ahí agradecimos a la Madre Tierra el día maravilloso, y aun el granizo que recubrió el bosque de una espesa capa de hielo y que escampamos en una ger donde nos ofrecieron un rico pan frito en mantequilla de yak y el té mongol, salado y con leche.

Después de dar las gracias a la Tierra, Helena propuso una competencia: a ver quién de las dos llegaba primero al agua. Empezamos a correr sobre el lodo, cuando mi gacelita hermosa me rebasó riendo. Cuatro pasos delante de mí, la pierna de Helena se hundió en el lodo y cuando intentó sacarla, moviéndose hacia atrás se le hundió la otra. Legué cerca de ella y me tendí en el lodo; la jalé con tan buena suerte que de un tirón salieron sus dos piernas aunque sin zapatos. Volvimos por la orilla al campamento donde el pastor que conducía nuestros caballos había prendido un alto fuego. Nadie nos vio. Cocinamos en silencio un arroz y nos metimos a la tienda. Hundida en su bolsa de dormir Helena ardió de fiebre por un par de horas. Luego la lluvia que empezó a caer sobre los campos y las bestias nos apaciguó.

Ahora la mañana es hermosa. Cambié mi brioso y seguro caballo alazán por la vaca de caballo, malhumorado, inmóvil y miedoso, que le dieron ayer a Helena. Mi guachichila adora galopar por las praderas, así ¿por qué negarle ese placer? Se identifica con el viento y las piernas del animal, cual fuera la más hermosa hija de la Tierra. Pero yo sufro el peor de los suplicios en una mañana de sol: tener que empujar a un animal perezoso. Confieso que siempre he preferido a los caballos que deben ser retenidos, que quieren partir, que juguetean sobre sus piernas, a una de estas aburridas bestias que hay que empujar con la voz, las piernas y aun con el fuete para que se muevan. Por suerte los paisajes compensan y Helena siempre vuelve a mi lado después de sus correrías. Desde mi lenta bestia, a su lado, hablamos de todo.

Los caballos pastan entre grupos de amigos. Se reúnen entre dos o tres y se acuestan, se revuelcan, arrancan la hierba con sus largos dientes delanteros contentos de estarse acompañando. Se juntan con los demás sólo para migrar en busca de más hierba o para beber o para acudir al llamado del pastor. Pero de inmediato vuelven a juntarse con sus compinches. Cuando dos caballos amigos se separan, relinchan varias veces para saludarse. Su voz es entonces muy nostálgica.

A las cabritas las impulsa una desesperada necesidad de salir apenas la puerta del corral les viene abierta. En completa paz hasta un instante antes, empiezan a empujarse, a darse de topes con los cuernos, a llorar apenas la pastora de pelo rojizo que vive en la ger cercana corre el cerrojo de la clausura redonda de palos de pino que las contiene por la noche y con ello les promete un día de libertad. Un niño de igual color de pelo, todavía no amenazado por el deber de acudir a la escuela en septiembre, corre a pie descalzos alrededor del rebaño que enfila hacia el monte.

Primera caída de un caballo mongol. Por suerte a mi edad el orgullo sufre menos por las heridas que causa la falta de destreza física que durante la juventud, porque me caía nada menos que del caballo vaca. Lo que no sabíamos es que en Mongolia nadie se pasa nada de caballo a caballo, así cuando Helena me tendió su mochila porque le rozaba los hombros, la vaca se asustó tanto que protagonizó un rodeo que fui capaz de resistir apenas 35 segundos. Por suerte sigo siendo una hija amada de la Madre Tierra, de modo que entre puras piedras caí en el único montículo de tierra húmeda.

El Gran Lago es bellísimo, rodeado casi por entero de piedras de modo que no es un lugar preferente para abrevar a las vacas. Nomás que llegamos bajo un granizo feroz que nos hería el rostro y las manos. Montamos las tiendas lo más velozmente que pudimos y nos metimos temblando de frío, empapadas hasta los huesos. Nuevamente las bolsas de dormir nos salvaron del congelamiento.

A las dos horas el cielo resplandecía, las aguas reflejaban un cálido sol y el viento había amainado. Decidimos dar la vuelta al lago. Me encanta caminar y después de dos días a caballo se me hizo todavía más placentero. Llegamos a lo que desde el campamento creíamos era una curva del lago y descubrimos un recodo tan grande como la primera parte del mismo. Caminamos otra hora y nos encontramos con dos estudiantes de ecología de la Universidad Nacional de Mongolia. Una hablaba un perfecto francés, así que pudimos platicar con cierta profundidad.

El calientamiento global se resiente aún en Mongolia, donde durante los inviernos la temperatura descendía más abajo de -40º. En los últimos tres años, ésta apenas ha alcanzado puntas de -34º, y el régimen de lluvias ha disminuido no sólo en el Gobi, donde la sequía del desierto se ha intensificado, sino también en los bosques y en la taiga. Los lagos del parque, por ejemplo, no son de afluentes, sino que recogen el agua de la nieve durante el deshielo de la primavera. Cuatro están semisecos y los otros cuatro, aún este gran lago por cuyas orillas paseamos y que parece sin fin, han perdido más de un metro de profundidad.

Por el momento no se ha registrado una repercusión sobre los animales salvajes, que están totalmente protegidos por las leyes de la reserva, pero las bestias de pastura empiezan a sufrir las consecuencias de la poca hierba con que engordar durante el verano.

Saliendo del parque

Hoy le tocó a Helena ser tirada del caballo, pero su caída no tuvo nada de chistoso. Nos quedamos atrás del grupo por culpa de la vaca que monto y nos perdimos en el bosque. Cuando Helena empezó a buscar las huellas de los otros, le dije que con cuidado porque los caballos saben calcular por donde pasan pero nunca toman en consideración la altura de su jinete. No acababa de decírselo cuando su alazán se le adelantó y una rama de pino la agarró en pleno pecho tumbándola contra las rocas. Por suerte, la mochila que llevaba en los hombros se interpuso entre la cabeza y las piedras, pero se golpeó la cadera, un brazo y un pie. Durante algunos minutos el dolor impidió que la tocara, pero cuando comprobé que no tenía nada roto a las dos nos entró un terrible miedo retrospectivo: y si…. Estuvo tan cerca de ser un accidente de proporciones mucho mayores, a cientos de kilómetros de un puesto de salud, que nos recorrió un escalofrío.

Ponernos de pie no fue fácil. Tuve que ayudar a Helena a la que se le había hinchado el pie, pero podía mover cada una de sus articulaciones y sus deditos. Fuimos en busca de los caballos. Volví a subir a la silla a Helena que me dijo que esta era la última vez que viajaría caballo en su vida. No dije nada. Nos alejamos al paso. Fue entonces que, pasándose la mano por el cuello, Helena se percató que la protección que le había regalado Luz María Martínez Montiel, y que había llevado a bendecir en una ceremonia a los Orishas, se le había caído quedando en su lugar en la tierra.

Después de un par de horas, encontramos una ger donde nos dieron de comer y varios niños se nos sentaron alrededor. Al continuar el viaje hacia las cascadas –totalmente secas- a Helena le volvió el buen humor y olvidando su promesa se puso a galopar tras los yaks.

martes, 3 de julio de 2007

Mongolia I

En el tren
Arena hacia todos los puntos cardenales y un polvo amarillo que cae sobre las puertas y los pasillos del tren. Desde las ventanillas, la mirada corre sin límites hasta el borde azul del cielo. Una llanura que en verano es amarilla y en invierno blanca, sin vegetación. La verticalidad se recupera sólo con las lejanas figuras humanas o los sucesivos y solitarios postes de la corriente eléctrica.

De repente, un perro corre a un costado de la vía. ¿De dónde vino? ¿Adónde va?

Horas después, cuatro carros a lo lejos en fila india. Las huellas de sus neumáticos se quedarán en la arena por semanas.

En las montañas de Gengis Khan
Gacelas de cola blanca. Ágiles cabras enanas. Venaditos de largas patas. Corren en fila india por las faldas de las colinas.

Cuatro días en Terelj
¿Por qué Mongolia? Seguramente porque es parte de mis juegos literarios ir a conocer los lugares que describí anteriormente. Quiero comprobar si la ciudad, el país o la región que reinventé como escenario de mi anécdota o como espacio donde ubicar los sentimientos y los límites morales de mis personajes les corresponden por su realidad física o por el comportamiento de su gente. Lo hice con la Venecia de uno de mis primeros cuentos, con el Brasil de Estar en el mundo, y ahora con la Mongolia de Al paso de los días.

Los lugares los reinvento, o más bien los construyo, a partir de las emociones, las actitudes y las situaciones que me despiertan los reportajes, los cuentos o las narraciones de viajeros. Casi nunca me han decepcionado los países que fui capaz de recrear a partir de las palabras escuchadas o leídas (las imágenes, sean fotos o cine, por el contrario no me despiertan ninguna capacidad imaginativa).

Ahora, a punto de partir rumbo a las doradas arenas de Altan Els donde mis personajes se desnudan y mueren, estoy sintiendo que realmente Mongolia es una última playa para la expresión humana.

No obstante, hay algo más que descubrí estando en Mongolia. Extraño lo que sentí hace treinta años cuando llegué a México y que ha desaparecido de mi país adoptado: vivir con derecho al tiempo.

Durante cuatro días que con Helena reenviamos la decisión de volver a Ulan Baatar. En la reserva natural de Terelj, apenas a 80 kilómetros de la ciudad, vivimos como huéspedes en una ger (la tienda redonda que los turcos y los rusos llaman yurta) de una familia de pastores Khalk.

Al no existir una política del hijo único como en China, las mujeres mongolas tienen los hijos que ellas quieren y generalmente se detienen cuando han traído al mundo un número semejante de hijas e hijos (2 y 2 o 3 y 3). Los hombres son cariñosos y atentos con los niños, aunque la mayor parte del trabajo en la vida de los pastores nómades recae sobre las mujeres: preparar la comida, mantener limpias las sillas, la ger, la ropa, las ollas, la estufa, ir por leña o por bosta seca para alimentar la estufa, ir por agua.

A muy temprana edad, alrededor de su octavo año de escuela a los 15 años, las y los hijos empiezan a trabajar, aunque existe un enorme respeto por parte de los adultos de los juegos (y del tiempo para jugar) de los niños y los jóvenes. En lleno verano, ahora que el sol se oculta a las 10 de la noche, los alrededores de nuestra ger resuenan de las voces de las muchachas y muchachos que juegan básquet, luchan, cantan. Si hace frío o llueve como hace dos noches, en la ger se juega con los huesos de los tobillos de las cabras. Cada uno de sus cuatro lados representa uno de los animales emblemáticos de la vida mongola: borregos, cabras, caballos y camellos. Cuando los huesitos se lanzan sobre el tapete, por turnos, hay que empujarlos con los dedos de la mano derecha para que choquen sin tocar a un tercer huesito.

Nuestra anfitriona, Daara, es una campeona a la que aplauden el marido y los hijos. A mí me costó mucho reconocer los lados de los huesitos, en particular confundía caballos con camellos. Pero una vez diferenciados, mi pasado de jugadora de canicas me ha llevado a ganar unas cuantas manos.

Por las tardes, Daara no nos permite ayudarla en sus quehaceres, pero sus hijos nos llevan con gusto a reunir el ganado. En un principio quisieron comprobar qué tan bien montamos; una vez aceptadas, nos convertimos en sus acompañantes habituales. Para impresionar a Helena (que cada día es más bella gracias al sol mongol que nos está dejando del color del bronce), hacen alarde de sus habilidades de jinetes. Parten al galope saltando sobre la silla, persiguen los animales con una larga pértiga de madera; si un caballo o un yak se les escapa lo atrapan con una cuerda que cuelga de uno de sus extremos. Cuando a Helena se le cayó el sombrero, el mayor de ellos se lanzó al galope para recogerlo inclinándose sobre une estribo. Lástima que Helena mirara hacia otro lado: yo quedé muy impresionada.

Sólo al regreso de estas correrías por valles verdes encerrados entre montañas de roca –que en ocasiones interrumpimos para bañarnos en ríos helados y limpísimos- podemos ayudar a nuestra anfitriona yendo con ella a ordeñar su henak –mestiza fértil de una vaca y un yak- para luego preparar un yogurt cremoso y de sabor fuerte. La leche se hierve sobre fuego de bosta, porque es más constante que el fuego de leña. Cuando empieza a crecer la leche, con un cazo de mango largo se levanta y se deja caer desde aproximadamente un metro de altura una y otra vez hasta que se esponja. Entonces se le agrega un tazón del yogurt del día anterior y se vuelve a remover con la misma técnica por unas seis o siete veces más. Se saca del fuego y se deja descansar hasta la mañana siguiente cuando lo desayunamos con hambre. Si además del yogurt se quiere preparar mantequilla, antes de agregar el yogurt del día anterior se saca la espuma de la cazuela de la leche batida y se deja descansar al aire frío. Por la mañana, la grasa ya estará convertida en una delgada capa de mantequilla

Las noches en las montañas son frías e intensamente estrelladas en este país de constante cielo azul. El resplandor de nuestra luna creciente se refleja sobre las montañas dando pie a uno de los pasatiempos preferidos de los mongoles: encontrarles semejanzas a las rocas. Mujeres dormidas, tortugas, monjes y simios son las más recurrentes; hay también rocas dinosaurios, elefantes y monstruos

Hoy por la tarde, se perdió el becerro de la henak. Con nuestra anfitriona salimos en su búsqueda armadas de un binocular y un bastón. Cuando lo encontramos, a la señora se le iluminó el semblante y regresó al campamento riendo y empujando al animalito. Nunca habíamos visto una felicidad tan simple y tan completa. Al llegar a la ger, nos preparó una taza de té verde de hojas ahumadas con leche y sal –el típico té mongol- y nos contó una larga historia de la que sólo entendimos tres palabras: Gengis Khan, cabra y yak. La voz de Daara alcanzaba a veces una profundidad de tonos épicos; sentí hondamente no entender esta lengua consonántica y fuerte.

Para no idealizar a los mongoles:

a) Es imposible encontrar algo de comer que no sea carne y leche

b) Es imposible rechazar cualquier ofrecimiento de comida o dejar algo en el plato

c) Es suficiente pasear una noche cuatro mujeres por las calles de Ulan Baatar como lo hicimos con dos españolas al volver de Terelj hoy. Por la Avenida de la Paz, que corre de este a oeste, y es la principal calle de la ciudad, presenciamos la brutal división entre la vida urbana y la vida rural, existente en todas las culturas. Niños en situación de calle merodean las puertas de los restaurantes para obtener una limosna; un ladronzuelo intentó robarle el bolso a Helena, acercándosele por la espalda y asustándola; un hombre borracho jalaba de un brazo a una mujer que a gritos se negaba a seguirlo y le dio una bofetada y la arrastró hasta que nosotras llamamos a la policía que los separó. Con apenas un millón de habitantes, Ulan Baatar es una urbe donde la brutalidad de la sobrevivencia y la jerarquía de clases son ferozmente evidentes.

Para volverlos a amar

Es suficiente con entrar en la más absurda e irónica de las discotecas, “Issimus”. Entre cuadros de todo tipo, y detrás de mullidos sofás, la pista de baile está presidida por una estatua de Stalin recuperada de una demolición. Las luces le dan un aspecto de malo de película, con su pose napoleónica de mano en el pecho y mirada hacia delante, y los mongoles bailan a su alrededor echándole luces de colores al rostro.

domingo, 24 de junio de 2007








Felices en Mongolia

Pero no tienen idea qué bello es volver a ver el cielo azul. ¡Que viva Mongolia, su cielo, la fortaleza de los hombros de la gente, sus mujeres mandonas, sus hombres sonrientes y, eso si, borrachos como mexicanos en la playa!

Estabamos hartas, hartas, hartas de la contaminacion china y de sus cielos grises, de su gentileza y de su mercado omnipresente, de su mirarte desde el hombro de sus 500-0 anos de historia y su descubrimiento del capitalismo salvaje. Que viva el polvo, la mugre, las sonrisas y la ingenuidad.

Que viva el tercer Mundo.
Un beso
Panchita y Helena

LAS MUJERES EN LA CHINA SOCIALISTA DE MERCADO

Beijing, 20 de junio de 2007. ¿Son las mujeres chinas la mitad del cielo en la tierra, como decían enfáticamente los comunistas del mundo entero hace tan sólo unos treinta años? ¿Es posible modificar tradiciones patriarcales mediante un cambio económico? ¿El retorno a una economía de mercado revierte las mejoras en la vida de las mujeres en una sociedad tradicional de tipo familista?

Preguntas de este tipo se las formulan la mayoría de las mujeres que estudian la China actual y no son fáciles de contestar. Las diferencias entre los saberes de las mujeres y los roles sexuales en las sociedades deben ser analizadas con respeto, so pena de hacer de los principios del feminismo una expresión más del imperialismo cultural de Occidente. Comparar las mujeres chinas con las europeas, las americanas y las australianas puede ser tan arriesgado como comparar China con México o el taoismo con el cristianismo.

Más allá de los estereotipos históricos construidos sobre imágenes del pasado –las mujeres de pies vendados de la dinastía Qing o las campesinas comunistas vestidas iguales-, las chinas contemporáneas ilustran hoy muchos aspectos de una sociedad sacudida por las reformas socioeconómicas que la República Popular China ha propiciado después de la muerte de Mao en 1976. En particular, la despolitización de la cultura ha implicado entre las mujeres cierto rechazo del feminismo, que visualizan como una expresión ideologizada del deber ser de las mujeres comunistas, una pieza del aparato de propaganda del Partido Comunista Chino o, más profundamente, un sistema para impulsar la pérdida de feminidad de las mujeres y, por lo tanto, como dice la escritora Zhang Jie, para no reconocer el humanismo propio de las mujeres en su afán de vivir el amor y el arte fuera de los límites del matrimonio y de las éticas sociales de las convenciones tradicionales.

Como Zhang Jie -hija de una maestra de primaria de origen manchú que vivió cuatro años de destierro en el campo durante la Revolución Cultural y autora de novelas muy valoradas por la crítica europea como Leaden wings (Alas conductoras, 1980), Love must not be forgotten (El amor no debe ser olvidado, 1979) y The ark (El arco, 1981), un gran número de mujeres escritoras recogen reivindicaciones de una individualidad femenina que lucha a la vez contra la tradición autoritaria china y el igualitarismo social heredado del periodo maoísta, y rechazan el apelativo de feministas.
Según la sinóloga española Tatiana Fisac, la sociedad china se mueve hoy entre la fascinación por los Estados Unidos, a quien identifica como representante unívoco de la cultura occidental, y el odio por lo que ese país representa en el mundo. A la vez, según Cyril Lin, la aspiración a un modelo de desarrollo propio coherente con un supuesto “carácter nacional” chino y la consideración de una “legítima” posición de este subcontinente de Asia del este en la vanguardia de los países más avanzados del mundo, actúan poderosamente para identificar el éxito económico con la modernidad.

Las mujeres, cuyos derechos fueron igualados a los de los hombres por la República Popular China en sus años revolucionarios, están hoy buscando una expresión de su sentir, mientras presencian la erosión de algunos de los logros alcanzados durante el periodo maoísta. La venta de mujeres jóvenes al mercado matrimonial, sexual y laboral y el infanticidio o abandono femeninos (la casi totalidad de los infantes recogidos en orfanatos estatales son niñas, según pueden atestiguar las casas de adopción en diferentes partes del mundo) han reaparecido como resultado de las políticas del “hijo único” y por la pérdida de un discurso de valoración positiva de las mujeres. En la mayoría de las familias chinas el nacimiento de un varón es preferido al de una niña, al punto que sus oportunidades de sobrevivencia en los primeros años son mayores, así como es mejor la educación que se le proporcionará (los estudios se han vuelto muy caros en China, y las familias ahorran para la escuela desde que planean el nacimiento de un hijo). Y eso a pesar de que tanto entre los 800 millones de campesinos como entre los 400 millones de la población urbana, el trabajo de las mujeres y los hombres contribuye al presupuesto familiar, aunque de forma desigual (las oportunidades de un trabajo bien remunerado son menores para las mujeres).

Antes de la Revolución Cultural (1966-76), que algunos hoy llaman periodo de fascismo de izquierda, el 93% de las mujeres era analfabeta, contra el 55% de los hombres; hoy el analfabetismo entre la población en edad escolar ha caído al 7.7% para las mujeres y al 2.9% para los muchachos, aunque sea un problema fundamentalmente rural, prácticamente inexistente en ambos sexos en las ciudades. No obstante, las desigualdades son agudas en la educación superior, donde la proporción de mujeres en las universidades es del 33%, y a nivel de doctorado sólo del 16.5%. Entre los factores que explican la menor presencia femenina en la educación está la mayor disposición de los progenitores a sacrificarse para un varón que permanecerá en la familia, que para una mujer que abandonará el hogar al casarse. Igualmente los padres están concientes de que las mujeres tienen menos oportunidades en el mercado de trabajo que los hombres para un mismo nivel educativo. Y piensan, en consecuencia, de que no merece la pena invertir en su educación secundaria y universitaria (cuando no piensan directamente que una licenciatura dificulta el acceso de una mujer al matrimonio). Paralelamente, entre los educadores es muy extendida la creencia que las mujeres tienen una inteligencia menos viva que sus compañeros, y que si sacan mejores notas en los exámenes de admisión es sólo por su mayor habilidad para aprender de memoria. En los años 1980, algunas universidades llegaron a plantear que, dado que es más difícil encontrar trabajo para las licenciadas, lo mejor era no admitirlas. Hoy la suposición que las mujeres son más hábiles pero menos capaces intelectualmente que los estudiantes hombres, lleva a algunas instituciones –sobre todo a las que están en la cima de una estricta jerarquía de calidad universitaria- a exigir mejores notas a las mujeres en los exámenes de admisión. Aun muchas estudiantes creen que las universidades son espacios para la inteligencia masculina y que ellas están ahí en calidad de “prestadas” o “arrimadas”, pero que no constituyen su alma.

Las mujeres tienen una escasa representación en la arena política china. La tradición de origen confuciano de lo impropio de que una mujer dirija el gobierno de una comunidad –misma que excluyó a las mujeres del derecho a presentar exámenes imperiales-, explica en parte la escasa presencia femenina en política aun durante los años que ésta se fomentó abiertamente (nunca pasó del 10%); pero el actual descenso de la representación femenina en los puestos relevantes debe atribuirse, según Woman-Work: Women and the Party in revolutionary China de Delia Davin, a una disminución de la intensidad del cuestionamiento de los estereotipos tradicionales de género después de 1978.

En el ámbito del trabajo, paradójicamente, la situación de las mujeres es mejor en el sector privado que en el público, donde algunos funcionarios han llegado a plantear que la solución para el problema del grave desempleo en China podría ser el regreso femenino a las labores domésticas. Las mujeres son muy activas en los pequeños negocios familiares, en el comercio y en el ámbito de los servicios. A menudo las compañías prefieren las mujeres para los trabajos de oficina y las actividades vinculadas con las empresas extranjeras; sin embargo, es en las cooperativas y en la producción de bienes industriales ligeros donde se ha proporcionado mayor empleo a las mujeres.

miércoles, 13 de junio de 2007

Nanjing I y Nanjing II

Nanjing I
Trescientos mil muertos en una semana; dos oficiales japoneses lanzándose un desafío sobre cuántos chinos podrían descabezar con su espada; pirámides de calaveras; recuentos de violaciones y asesinatos de niñas y ancianos entre soldados borrachos de poder: la masacre de Nanjing es una de las muestras más violentas de lo que fueron los años que prepararon la II Guerra Mundial y de lo que China podía esperar de la invasión nipona.

Como el ocultamiento de la masacre de los armenios por los turcos o los intentos de negar el holocausto de los judíos en Europa, la política de exterminio y los experimentos sobre humanos llevados a cabo por las tropas de invasión en China es negado en los libros de historia japoneses, logrando con ello que no se disipe el malestar latente entre los dos países, mismo que se extiende al resto de Asia. Que Japón haya encontrado en la experimentación de las bombas atómicas estadounidenses sobre Hiroshima y Nagasaki su posibilidad de ser víctima olvidando su pasado de victimario es algo que chinos y coreanos le reclaman, exigiéndole que se haga cargo de su historia, la conozca y la asuma.

Nada de ello es fácil, obviamente. En Europa sólo han sido capaces de enfrentar una necesidad como ésta los alemanes, y en parte. Italianos, austriacos, croatas, húngaros han sabido fingir demencia sobre sus responsabilidades en la II Guerra Mundial y la construcción de la democracia occidental capitalista, ya enfrascada en la Guerra Fría, se lo permitió porque con un solo malo arrepentido –Alemania- tenía suficiente. Obviamente, no requerir la asunción de responsabilidades sobre el pasado tiene la ventaja de permitir luego otras omisiones a la memoria: la invasión de Palestina, del Tíbet, del Sahara por las otrora víctimas, por ejemplo.

Pero Nanjing es mucho más antigua, más resistente y más presente que la masacre que los japoneses efectuaron en ella. Es una ciudad donde tomó el poder el primer emperador de la dinastía Ming, Zhu Yuanzhang, un campesino que se hizo monje y por ello se rebeló contra las injusticias de la dinastía Song, a la que volvía para encontrarse con su amigo de infancia en un jardín que construyeron juntos para rendirle tributo al cielo, donde erigió una de las mas poderosas obras de ingeniería defensiva del siglo XIV –una triple muralla de 14 metros de alto, por 36 kilómetros de largo, con 13 puertas de entrada a la ciudad- y donde se hizo construir su tumba.

Es el emplazamiento que a orillas de los ríos Yangtze y Qinhuai albergó una de las primeras aldeas neolíticas donde las mujeres descubrieron la horticultura.

Es la capital del sur donde en el siglo XIX se gestó la primera gran rebelión para destituir la dinastía Qing –triunfante hasta el requerimiento de apoyo que expresó el imperio a las potencias coloniales inglesa, rusa, italiana, estadounidense y alemana que no pedían nada mejor que inmiscuirse en la política china para controlar su comercio y producción.

Es también una de las pocas ciudades modernas de China, muy intensamente verde, con un bosque que llena su centro y alberga hostales juveniles, museos, monumentos, oficinas y el museo de Sun Yatsen, el dirigente que derrotó los intentos de restablecer la dinastía Qing en nombre del nacionalismo, la libertad y la igualdad social. Y una de las pocas ciudades chinas donde las construcciones modernas no se pelean con el estilo tradicional de las casas, logrando una continuidad agradable entre los techos en pagodas y las tiendas y conjuntos habitacionales que se han desarrollado en los últimos 10 años.

La elegancia de sus habitantes y sus calles es suave. En los parques, desde las seis de la mañana, en verano, van a hacer ejercicios, se masajean y respiran ancianos y ancianas como en toda China, pero también llegan señores vestidos de todo punto que llevan sus pájaros enjaulados a tomar aire, como en Europa lo haría una señora al pasear su perro de raza en el jardín del centro de la ciudad.

Las tiendas de ropa tienen precios fijos y sólo exhiben diseñadores locales. Las calles de comida albergan puestos que ofrecen decenas de variedades de pinchos de carne, mariscos y verdura, así como a restaurantes tranquilos, elegantes y silenciosos, con sus mesas grandes en apartados de maderas brillantes, sobre las que descansan vajillas de porcelana de colores distintos: azul y blanco, verde y blanco, amarillo y verde. Las casas de té abren sus ventanas sobre el canal del río Qinhuai, cuyas orillas están sembradas de flores y plantas perfumadas. De repente alguien canta con su voz aguda.

Nanjing es una ciudad donde se aprende mucho sobre la historia de China, mucho más que en Beijing donde la gente evita considerarla una parte viva de su cotidianidad. En Nanjing nadie te niega que la modernización de los últimos ocho años conlleva tres graves problemas: el encarecimiento de la salud, la privatización de la escuela y una fuerte crisis ecológica, pero también te explican que en China se puede actuar rápidamente –por ejemplo la municipalidad de la ciudad ha tomado en sus manos el reciclaje de la basura- sólo cuando se unifica el pensar de la población sobre algo que considera inherente a su bienestar.

En la cultura confuciana, aún el emperador no es sino portavoz de la voluntad del pueblo; de tal modo que el pueblo, entendido como conjunto de personas comunes, trabajadores, campesinos, comerciantes, paciente a la espera de que su voz sea escuchada, pero es capaz de organizarse y tiene derecho a la rebelión si percibe que su voluntad es tergiversada o traicionada. Esta concepción confuciana, pervive en la política contemporánea, y según las maestras de la escuela secundaria con quienes platicamos en español –habían estudiado esta lengua en la universidad, pero la abandonaron porque no les ofrecía un campo de trabajo en su propia ciudad-, explica los cambios recientes en la política económica del propio partido comunista, tanto como la fuerza que tuvo en 1966 la revolución cultural.

El conjunto tiene el derecho de ser dirigido. Pero la dirección a la cual se reconoce todo el poder, y a la que se rinde un tributo jerárquico, está obligada a responder al conjunto so pena de perder su legitimidad y, con ella, su poder. Emperador, dirigente máximo o partido, en China el poder político es obedecido puntualmente, mientras no violente el sentir general.

La cultura confuciana no es religiosa, sino moral: fija las reglas de comportamiento según las cuales deben portarse las personas por su rango, su sexo, su edad para el funcionamiento equilibrado del colectivo. Convive fácilmente con las religiones taoísta y budista, así como con cualquier otra, pero influye sobre ellas, las lleva a inclinarse a sus preceptos. Nunca había visto más claramente dibujada la relación entre moral y política que en la tradición china: una y otra son funcionales al estatus quo y, de darse una revolución o un cambio, deben reequilibrarse.

Nanjing es así la gran iniciadora de los cambios de China, y la ciudad de los gestos pausados. El lugar de la mayor redistribución de riqueza de China, donde se cuida evitar el trabajo infantil, donde las construcciones se siguen haciendo con estructuras de bambú.


Nanjing II

Sueños

1.Yo escribiendo una novela en una mesita frente al Quihuang

2.Helena diciendo que esta contenta de estar viajando por China

3.Encontrar un café con sabor a cafécolor de café y textura de café

Sueño bajo la lluvia de Najing y me siento feliz

A pesar de que Helena repela contra el celular que se prende y se apaga solocontra las chinas que se visten mezclando estilo contra la falta de salsa valentina. Nanjing me hace sentir feliz de estar vivaPienso en la cara que pondría Carmen Ros de vernos escoger a lo cucaramacaradedospingué en el menú en chino de un exitosísimo restaurante frente a la Casa de Confucio. Pienso en la cara de Melissa cuando encontramos una versión en mandarín de Los Piratas del Caribe III. Pienso en la expresión de Mariana al aprender que los vendedores chinos aplauden en la puerta de sus tiendas para atraer a la clientela. Pienso en Coquena bebiendo una cerveza bajo una pagoda publicitaria y diciendo al unísono conmigo ¡Carajocuántos son

Nanjing me hace feliz porque la gente sonríelas flores son rosas y las hojas de los ciruelos son rojo sangre.

Y porque no para de llover.