martes, 28 de agosto de 2007
De Ulaan Baatar a Beijing
No queremos irnos y con Helena nos arrastramos por las calles polvorientas de la capital recordando nuestros recorridos por Centroamérica con el lema de “La calles son de quien las camina, las fronteras son asesinas”, que emprendimos hace cinco años con amigas de toda América Latina. En efecto, de no ser que la visa de entrada a China se nos vence, nosotras no dejaríamos Mongolia. Nos quedaríamos más tiempo entre sus bosques, hablando con su gente, bebiendo su yogurt. Pero el mundo globalizado sigue organizándose alrededor de la libre circulación de las mercaderías y el control de movimientos de las personas.
Más por tristeza que por ganas esta vez, nos detenemos en un Internet Café. Y ahí nos enteramos que abuela Berta está enferma, muy enferma.
Helena llora y decide regresar ahora mismo a México. Apenas ayer me preguntaba si su abuela está más feliz en México con toda su gente o en Querétaro con sus dos nietos más jóvenes. Para Helena su abuela es un referente de afecto y elegancia. Le gusta todo de ella: su ligera ironía con la tía Celia, su estar siempre de su lado cuando alguien la regaña, la no preferencia que manifiesta para con sus hijos. Y ahora la abuelita está enferma. Y Helena sólo quiere estar con ella.
No hay boletos ni siquiera para Beijing. Los vuelos a Londres están llenos hasta los primeros días de septiembre.
Finalmente el teléfono de papá contesta.
Helena habla con su padre, cosa que ha deseado hacer por casi tres meses, pero ahora habla y llora: no es su padre quien le interesa, es la madre de su padre.
Nos vamos a un bar. Es extraña la sensación de sentarse en una cantina con la que hace poco era una niñita y ahora sigue siendo una niña, pero tiene trece años, un problema real y mide un metro 64. Pedimos una gran cerveza oscura y nos la tomamos dándonos la mano. Luego sentaditas en la sombra fresca, yo pido otra cerveza y Helena habla.
Finalmente en el tren, descubrimos que no hemos comprado nada de comer para el viaje. Helena se tiende en la cama, dice una vez más que el calor la enferma y se duerme. Yo miro una extraña película mongola de los años 1950 en la red de televisión del ferrocarril mongol: realismo socialista entre pastores nómadas que se enamoran, indígenas que respetan sus tradiciones, aristócratas que encarnan la maldad, chinos traicioneros y buenos amigos del pueblo ruso.
Cuando llegamos a Zamin Uud (algo así como El Principio del Camino) no sólo tenemos polvo de carbón hasta dentro de los oídos, sino que la aventura mongola se intensifica con la presencia balanceadora de la gentileza mongola. Una señora que jala a un marido guapo y cargado de maletas nos ayuda a contratar un jeep ruso que en un principio nos parece caro. Por lo menos nos lo parece hasta que descubrimos cuántas cosas debe hacer su chofer para llegar del lado chino. Y el estrés de hacerlas.
Apenas cerramos la portezuela, el jeep arranca y se instala en una recta desde donde se lanza contra la línea de frontera con la misma fogosidad de un soldado de Gengis Khan contra la Gran Muralla. Los jeeps se empujan uno a otro para ganar diez centímetros de carreteras. Vuelan los vidrios de los faros, se abollan las láminas. Oficiales se migración siembran de clavos el asfalto con la esperanza de detener la avanzada de los jeeps; funcionarias en falda apretada y porte marcial recogen el peaje arriesgando si no la vida por lo menos la salud de sus piernas. De repente, como si hubieran levantado una barrera, una carga de jeeps inicia su asalto a una alta valla. Después de
Conseguimos boletos en un autobús de camas. Sobre tres hileras de dobles literas, nos tendimos por 16 horas. El inmenso irlandés del piso de abajo no cabe en el espacio diseñado para que duerma un chino: suda, gime y está de mal humor. Los mongoles tampoco se sienten muy cómodos pero cuentan chistes. Las mujeres se acomodan.
domingo, 22 de julio de 2007
Mongolia 4
Cuando cruzamos de las tierras de pastoricia kasaja a la mongola, de la minoría Dorvod, encontramos a un gran Ovoo donde nos detenemos a agradecer a la Madre Tierra. Poco después, llegamos a la ger de la madre y el padre de Bairdag. Helena me dice al oído que no se necesita una gran capacidad de observación para darse cuenta de quien es la persona de respeto aquí. El padre de Bairdag es un simpático señor que nos ofrece su botella de tabaco para aspirar y té caliente y abraza a su hijo, mientras su esposa, en el centro del gran tapete, debajo del altar familiar, escucha atentamente a una mujer con su hija que vinieron de muy lejos para obtener un consejo. Fuera de la ger esperan otros grupos de personas, hombres con sus caballos, una familia con un gran coche nuevo. La señora los hará pasar mientras su hijo y su esposo son circundados de amigas de su esposa que los ayudan en la cocina, la limpieza, el cuidado de la lana, la ordeña. La ger huele a incienso, la paz circunda el vallecito en el que está emplazada.
Uuvs Nuur: el segundo lago de Asia es salado y sólo tiene en su sima
El microclima mediterráneo que crea este lago enorme, alrededor del cual corren grandes rebaños de borregos y ágiles camellos de jorobas erguidas, permite que otros laguitos rodeados de semidesierto se extiendan por las montañas rumbo al desierto de dunas de arena ubicado más al norte en el mundo: Altan els.
Entre las montañas que encierran un valle verde, de matas duras y espinudas, con una hierba larga y cortante y espigas de algún cereal no doméstico, y las altas montañas que marcan la frontera con Rusia, se extienden por
En invierno y hasta abril varias familias nómadas llevan a sus borregos y camellos a protegerse del frío entre sus hondonadas. La hierba es escasa, pero la nieve proporciona el agua para la sobrevivencia.
En verano las dunas están moteadas de matas de hierba cortante.
Hay águilas, conejos, liebres, cabras de monte y algunas bandas de lobos.
Algunas hondonadas tienen una base de piedras sobrepuestas y sus dunas son más permanentes que las otras, de modo que en verano, cuando las arenas se secan, se mueven menos con el viento. En estas hondonadas se concentran la hiera, los arbustos espinudos de largas hojas aceitunadas y una que otra mata de una caña alta, verde y hueca; sin embargo, en la superficie nunca hay agua.
En la parte central de las dunas se pierde la dimensión de la profundidad. Espacios que se divisan a lo lejos como las montañas, se pierden de vista al ir hacia ellos. Igualmente, árboles o animales que parecen muy cercanos porque se pueden ver de una colina a otra en todos sus detalles resultan estar muy lejos. El aire es tan transparente como tramposo. Las voces se oyen por varios cientos de metros, pero las personas se achican y se pierden de vista. A apenas cuatro dunas de distancia, fatigaba en reconocer el lugar donde Helena se había quedado dibujando, aunque la oía cantar.
Los israelíes se quedaron en el carro bebiendo whisky y diciendo estupideces acerca de los poco que les gustan los desiertos que son buenos sólo para los “mustafás”. Por suerte pronto podremos encontrarnos con un autobús de línea y separarnos de ellos, aunque con Bairdag nos hemos encariñado bastante y nos dolerá saludarlo. Con Helena platicamos acerca del hecho que nuestros compañeros de ruta parecen no haber crecido a pesar de que son fuertes como troncos y testarudos como adultos. Helena dice que la culpa la tiene el servicio militar. Creo que tiene razón: tres años alejados de la vida cotidiana, teniendo que obedecer –que es la forma de nunca aprender a tomar decisiones-, con jefes que les dicen a la vez que su deber el una tarea común pero que los impulsan como si debieran demostrar que son superhéroes, les impidieron madurar. Ahora estos muchachos de 22 y 23 años son como adolescentes que mezclan las ganas de romper todas las reglas con una fea sensación militar de superioridad con respecto a los demás seres humanos. Son crédulos en las voces de la guía que han comprado, tanto como mandones e ignorantes como héroes bobos.
Helena se siente mal. Ha vomitado repetidamente durante la noche y por la mañana la sacuden unos ataques de diarrea y dolor de estómago. Le digo que es su oportunidad de sacarse de encima toda la mierda que no quiere recordar y mantener en su cuerpo. Sacude afirmativamente su cabecita, pero no sonríe. Voy a vomitar las elecciones robadas por Calderón, me dice. A las tres horas estamos en el hospital de Tes, un pueblo de 70 casas de palos de madera y bajareque donde los nómadas se dirigen cuando se enferman. Una doctora de cara redonda como la luna acaricia la frente de Helena mientras le pone suero por las venas: estaba completamente deshidratada por segunda vez en su vida.
Mongolia 3
Desierto y más desierto. Luego el Khar us Nuur, el gran lago de aguas negras, el segundo de aguas dulces más grandes de Mongolia. Patos, gansos salvajes, cigüeñas, gordas gaviotas. El viento salvaje arranca nuestras tiendas de campaña. Cuando se calma, los mosquitos nos atacan. Sin embargo, en uno de sus recodos pantanosos nos encontramos con pelícanos migrantes, enormes y grises como figuras míticas.
Con el transcurrir de los días nos acostumbramos a este ir y venir de sequía y agua, de desierto y altivez combinados con verdes repentinos, ríos caudalosos y lagos salados o dulces. Dorgon Nuur, por ejemplo, al sur de Khovd es un casi mar helado y refrescante en el medio de valles desiertos.
Hemos llegado a los glaciares que rodean los altos y fríos pastizales de los kasajos, la primera minoría de Mongolia, que suma el 6% de la población total. La hermosura de estas cadenas de montañas oscuras, cruzadas por vetas verdes, cafés y grises, y copeteadas de nieves, es subrayada por los ríos tumultuosos que corren por sus valles, aunque los aires fríos que llegan de los glaciares de Tsambargav, aun en verano, cuando se mete el sol pueden bajar la temperatura a 0º.
Alrededor de los hilos de agua helada que bajan de las montañas se agrupan unas cuantas gers, más altas y puntiagudas que las mongolas, desde las que entran y salen niños, hombres, mujeres para los diversos quehaceres que rodean la cría de las ovejas de de preciada lana kashmir. Son musulmanes, grandes artesanas del tejido y el bordado las mujeres, y talabarteros y repujadores de metales los hombres. De ser posible medir el ofrecimiento desinteresado de todo lo que los nómadas poseen, los kasajos parecen aún más hospitalarios que los mongoles.
En la ger de una familia presidida por un anciano abuelo que enseña a entrenar águilas para la cacería a caballo durante el invierno, mismas que alimentan con marmotas y otros animales de las praderas, y que de adultas llegan a pesar 25 kilos, nos han abierto la puerta apenas nos acercamos tiritando de frío. En la mesa, al lado de la estufa de estaño prendida, han dispuesto para nosotras el yogurt más cremoso de Mongolia, leche de yegua, dulces, pan y mantequilla.
Entre los kasajos, hombres y mujeres no están juntos ni comparten sus trabajos y chistes. En la ger nos atiende el anciano con sus hijos y nietos. Su esposa y sus hijas están todavía ordeñando, o ya han entrado a la ger contigua para preparar los alimentos o lavar la lana que grandes camiones vendrán a recoger en un par de días para llevarla al mercado de Khovd y de ahí a Ulaan Baatar y Londres. Sólo un poco de la preciadísima lana de sus ovejas se queda en la familia para el tejido de fajas y tapetes.
La comunicación no es fluida. Bairdag, nuestro chofer, a pesar de su respeto budista por todas las culturas, de repente se muestra receloso con los kasajos. Parece como si se sintiera incómodo; gasta unas bromas estúpidas sobre sus costumbres y dice que son muy ricos gracias a sus rebaños y, por lo tanto, que no vale la pena que le compremos nada. Helena se enfurece. Hace tres días estalló por un chiste racista sobre los árabes –que ella adora, cual si todos fueron su amado Ahmed- y les reclamó a los israelíes ser “matapalestinos”. Así que ahora no se va a callar con Bairdag, al que le dice que sus chistes no son divertidos. Nuestro chofer no entiende, intenta explicarle que mongoles y kasajos viven en condiciones muy parecidas, pelearon juntos primero contra los chinos y luego contra los rusos blancos, tienen casi las mismas costumbres con respecto a caballos y rebaños, pero no son lo mismo. Helena dice que entiende, pero que no por ello tiene derecho a ofenderlos. Dejan de hablarse por un buen rato.
Un niño muy pequeño, con una grave parálisis cerebral, juega en los brazos de su hermano mayor, que lo carga y acaricia sin cesar. Helena se va a jugar con ellos, mientras el anciano con su abrigo bordado y su hermoso sombrero de alas levantadas, nos invita a ver su águila. Nos levantamos todos, pero Bairdag se queda sentado y los israelíes titubean. El anciano se siente tan incómodo con la actitud indisponente del grupo, que termina diciéndonos que si queremos fotografiarlo deberemos pagarle 2000 tugruts por persona. Está enojadísimo. Aceptamos; es la única forma que el chofer nos ha dejado de corresponderle con algo.
Dejamos la ger bajo un aire helado que nos hiere el rostro y se mete bajo la ropa. A los pocos kilómetros, el viento amaina y, aunque no hace calor, dejamos de sentir frío. El gran torrente que corría bajo el glaciar se ha dividido en una red de hilos de plata cristalina que atraviesan el valle. Personas y animales beben de ellos. Su sonido sosiega. Llegamos a una ger de pastores kasajos que nos ofrecen dormir con ellos. Son evidentemente menos ricos que la familia de domadores de águilas; el tamaño de sus rebaños es reducido y hay menos tapetes y bordados alrededor de su ger. Pero su hospitalidad no es menor y llenan su mesa con todo lo que tienen, en particular un queso de espuma de crema que tiene un sabor casi dulce. La esposa del pastor y sus dos hijas mayores nos preparan una pasta fresca de harina y agua que fríen con pedazos de cordero. Las niñas más pequeñas y los niños, ocho en total, juegan a su alrededor. Antes de su primera menstruación, las niñas son juguetonas y tan libres como los niños. Casi podría decirse que antes de la expresión de su sexualidad, mujeres y hombres no tienen sexo y, por lo tanto, tampoco responsabilidades genéricamente definidas. Sólo después de que el pasaje de la infancia a la juventud se hace evidente, a las mujeres se les carga con todos los trabajos relativos a la cotidianidad, así como se les cubre el cabello y se les deja comer después de los huéspedes y los hombres. A los niños se les separa de sus juegos un poco más tarde. Entonces son enseñados en las labores de la pastoricia y se les lleva a las más rudas actividades de la vida nomádica. No es de extrañar que para los kasajos, la infancia es cantada y descrita como la época dorada de la vida a la que todos quieren volver.
Por la mañana habiendo sido la primera en despertar, me encontré con la señora que ya estaba preparando el pan y acomodando la leña. No quiso que la ayudara, sólo me sonreía en continuación. Cuando terminó de preparar la leche, entró a la ger y me trajo una crema para la herida que me provoqué en la pierna con la fricción de los estribos de la silla mongola. Poco después, su marido nos llamó a todos para que entráramos a probar su excelente yogurt.
¿Qué es ser una minoría? Al amanecer entre las cumbres de Tavan Bodg Uul, donde la nieve no sólo define la altura de las mayores montañas de Mongolia sino también la frontera con Rusia, Kazajstán y China, me pregunto por qué un kasajo escoge ser mogol, cuando tiene al lado, con el mismo clima y las mismas oportunidades, un país podría ser parte de la mayoría, y donde todos hablan su lengua y el muecín canta desde el minarete de todos los pueblos. Me lo pregunto porque la discriminación en Mongolia es velada, no se expresa violentamente, pero es evidente. Los kasajos no tienen un sólo programa de radio o de televisión, su ciudad más importante, Ulgy, es grande y rica y sin embargo sólo tiene una escuela y el museo que cuenta la historia de los montes Urales y sus culturas, entre ellas la kasaja, no cuenta con ayuda estatal. Los pueblos mineros de la región, como Hotgur Hurka, parecen olvidados desde hace años y la belleza de su arte no es considerada por los fotógrafos que ven a los mongoles como una sola nación.
Sin embargo, estoy segura de ello, existe un orgullo especial en ser minoría. Se es lo que no todos son y con ello se desmiente la mecánica definición nacional. Se habla una lengua que es la marca de la diferencia, se puede mirar a la persona con privilegios nacionales como lo que es: un ridículo dominante, una persona que no tiene a su favor sino el número de sus iguales. La persona que pertenece a una minoría siempre puede apelar a una historia personal, la de la propia aceptación o de la resistencia a la dominación, nunca es un número indefinido para sí misma.
Pienso en minorías que tienen la vida muy difícil, muchas veces habiendo perdido sus derechos a la tierra, como los palestinos, los tibetanos, los saharauis y la mayoría de los pueblos autóctonos de América. Viven en condiciones extremas, y a diferencia de los kasajos no tienen un país propio en el que refugiarse. Pienso en ellos y, en el fondo, veo el mismo orgullo de quien puede escupir a la cara del mayoritario su altanería de diferente. No hay tierra que valga la muerte propia o de los hijos de no ser que permita identificarse con un valor moral que el pueblo dominante no comparte y que se encarna en una lengua, una religión, una forma de ser.
jueves, 12 de julio de 2007
Naadam
Y en Mongolia, desde los tiempos de Gengis Khan, el adorado líder que les dio unidad y escrituras, orgullo y movimiento a los mongoles, el oceánico rey del que, desde hace dos meses, por ley está prohibido hablar mal, el adorado esposo que prohibió el rapto de mujeres porque siempre acató los consejo de la suya, el…. Que nadie diga que el destructor de Samarcanda, por favor. En fin, desde los tiempos de Gengis Khan en Mongolia, durante el verano, cuando las actividades masculinas merman, los animales engordan y hace calor, los mongoles se adunan para beber, jugar, comer y, sobre todo, demostrarse sus habilidades de guerreros: luchan, montan a caballo y tiran con el arco. Naadam significa precisamente reunión, adunada, asamblea. Es la ruptura de la regla de dispersión de los nómadas. Es el abrazo de quien volverá a dispersarse. Son las hordas que deciden darle vuelta a la Gran Muralla y tomar de sorpresa a Beijing.
Por
Helena fue prácticamente adoptada por una familia tan amplia y gentil que no podía entender quiénes eran las y los hijos, las y los hermanos de una señora que le pasaba a su bebé para servir la comida, le decía unas palabras en inglés e impulsaba a otros niños y adolescentes a escribirle sus nombres en su cuaderno, a hacerle dibujo, a explicarle algo del Naadam.
Elegantes muchachas vestidas de seda azul, jóvenes y niños, y ancianos y ancianas en sus mejores prendas, bajo los árboles o cerca de un río, arman su campo de tiro, levantan un blanco de piedras de diversos colores y celebran con cantos y pasos de danza los mejores lances. Los arcos de madera son pintados, elegantes, rematados por picos curvos y en el pasado oscurecieron el cielo de sus enemigos con el tiro de cientos de flechas.
En una plaza, hombres de todos los tamaños, vestidos con unos calzoncitos azules o blancos y una camisetita apretada que les deja descubierto el pecho, se agarran de las manos, los hombros, el cuello, las caderas hasta lograr que el otro toque con una parte de su cuerpo que no sean las manos el suelo. Tres mongoles el año pasado ganaron el campeonato mundial de sumo, dejando en ridículo a los muy ofendidos japoneses. En la plaza de Khovd, entre kazajos generosos que se ofrecen dulces unos a otros, khalkh orgullosos, khoton con sus especiales sombreros, uriankhai, zakhchin, myandag, oold y torgud, los luchadores llegan a mostrar su fortaleza, su masculinidad, su amistad. Quien gana ayuda al otro a levantarse y, luego, para demostrar que no hay enemistad entre ellos se dan grandes nalgadas y abrazos. El paseo del victorioso con las manos en alto, la devolución de los sombreros por parte de los jueces, son parte de una coreografía que sólo resalta la unión de los hombres.
A pesar de que no les guste recordarlo, más aún que les da una cierta repugnancia hacerlo, los mongoles se resistieron fieramente a la invasión manchú en el siglo XVIII, pero sucumbieron frente a su número de este a oeste, logrando liberarse apenas en 1911 (en realidad en 1921, porque los chinos intentaron reinvadirlos, cosa que también intentaron después los japoneses y hasta los rusos, aunque a éstos se les considera más bien como aliados contra sus enemigos asiáticos). Desde entonces el Naadam se ha convertido en la Gran Fiesta Nacional. Banderas rojas (la lealtad) y azules (bajo el cielo) ondean en los campos. Militares flacos y duros, vestidos de un verde grasiento como de cucaracha ocupan las gradas de los estadios donde los haya. Jueces y altos funcionarios se pasean por el campo con sus mejores prendas y luciendo sus sombreros de fieltro.
Hay Naadam en todas las ciudades y aun en los pequeños poblados donde las muchachas están muy orgullosas de sus compañeros de clase si llegan a luchar y, sobre todo, si llegan a ganar.
Ayer, una anciana khalkh nos explicó que las ciudades no existen desde siempre. Las ciudades más bien son inútiles. Lo que existían eran los monasterios, luego –“con los comunistas”, según dijo- los sustituyeron los hospitales y las escuelas. A su alrededor se establecían en invierno muchas ger, de familias que se reunían para hacer frente común a las inclemencias del clima. En verano, en esos mismos lugares de refugio, cuando los animales ya habían pastado a lo largo de sus migraciones y los caballos estaban en el pleno de sus fuerzas, llegaba el momento de jugar juntos. El Naadam no es una fiesta de las ciudades, es un instante, una suspensión de las regularidades del año, un flechazo.
Los comunistas transformaron las demostraciones de las dotes guerreras de los mongoles en deportes, pero los deportes para estas mujeres y hombres con espíritu de niños nunca dejaron de ser un juego de seducción. Los ayes y los uhu de los turistas no les importan a los muchachos que se agarran del cuello para que una bella los vea, ni sus aplausos conmueven a la arquera que lanza su dardo hacia un blanco presidido por un espléndido juez de 18 años en el ropón de seda bordada heredado de su abuelo. Aun los niños ganadores de las carreras corren a abrazar a sus abuelos entre las miradas de sus coetáneos con un gusto que es el de mírame, abrázame, tócame.
Mujeres de Mongolia
Las mujeres mogolas constituyen el 51 por ciento de la población de un país que, al reunir trece etnias, suma 3.700.000 habitantes, el cincuenta por ciento de los cuales son pastores nómadas. La altísima tasa de alfabetización de Mongolia (el 97% de sus habitantes sabe leer y escribir, y ha cursado el ciclo primario y secundario de la escuela, que es gratuita y cuenta con residencias para las hijas e hijos de las familias nómadas) impulsa a dos mujeres por cada hombre a inscribirse en la Universidad Nacional de Mongolia, o en universidades de menor calidad tanto públicas como privadas.
Las madres de familia impulsan que sus hijas estudien aunque eso les signifique una merma en los apoyos a sus agotadoras labores domésticas (preparación de los alimentos para el día y para el largo invierno, costura, trabajos derivados del pastoreo como la ordeña, la preparación de yogurt, la mantequilla y el queso, manufactura de algunos implementos para el trabajo como la fabricación de cuerdas de crin de caballo o camello, el curtido de las pieles de los animales sacrificados, el tejido de cobijas de lana, la fabricación de pequeños muebles y, desde 1990, las actividades relativas a la atención de los turistas y visitantes). La idea es que si una mujer instruida se casa con un hombre que resulta alcohólico tiene los conocimientos suficientes para salir adelante. Puede dejarlo e irse con sus hijas e hijos a la ciudad, donde conseguirá un trabajo menos ligado al necesario complemento masculino a sus labores tradicionales.
Esta mezcla de lo ancestral, aparentemente eterno de su cultura, con conceptos prácticos es común en Mongolia. Por ejemplo, la mayoría de los hombres deja los estudios alrededor de los 17 años porque se queda al cuidado de los hatos de ganado. Según las zonas, yaks y vacas, cabras y borregos o camellos y caballos les son regalados o confiados por su padre. En un principio, tienen un precio equivalente al que una familia invierte en la educación universitaria de las mujeres. Sin embargo, con el tiempo y dependiendo de la habilidad del muchacho, pueden convertirse en verdaderos capitales, lo que no siempre sucede con los conocimientos adquiridos en la escuela.
En la actualidad, Mongolia está sufriendo cambios drásticos. En
Las ayudas financieras responden por lo general a patrones de culturas occidentales muy marcadas por una división de géneros que favorece a los hombres. Por ejemplo, se otorgan al “jefe de la familia”, concepto inexistente en la cultura de las etnias mogolas (aunque sí entre los kazajos del occidente del país) donde mujeres y hombres son copartícipes de la economía, el reconocimiento social y la crianza de los hijos, y donde prácticamente no se usan apellidos, estando así libres de esa marca de valoración de la descendencia según el predominio del linaje masculino o femenino (la elección de un apellido es uno de los requisitos de la nueva economía de mercado urbana, y el gobierno tiende a estimular que éste sea el nombre del clan paterno, que muchos mongoles desconocen). La mayor parte de las “ayudas” internacionales son innecesarias en un país donde la vida de trabajo es muy dura pero la pobreza no es una realidad entre los nómadas. Parecen responder, más bien, a la creación de necesidades que sólo pueden satisfacerse con dinero (alcohol, televisiones, juguetes de plástico) y al afán de la cúpula en el poder de quitarle valor a la vida nomádica, para asentar a las y los mongoles en ciudades en rápido crecimiento donde la pobreza crece a la par que la generación de grandes riquezas para un pequeño número de personas. En efecto, indigencia y violencia de género, problemas de vivienda, bajos salarios, desempleo y alcoholismo acosan a los nómadas asentados en Ulaan Baatar.
El alcoholismo es uno de los principales problemas de salud entre la población masculina y el único detonante, muy criticado por los hombres y las mujeres en el campo, de la violencia contra las mujeres. En las calles de Ulaan Baatar, con una población de un millón de habitantes desproporcionadamente femenina, la violencia callejera está muy ligada al fenómeno. Los hombres se pretenden necesarios para mujeres que viven solas y abusan de su fuerza para retenerlas a su lado o hacerse acompañar en sus actividades. Cuando una mujer se niega a ello, los golpes pueden ser una consecuencia visible aun en plena calle.
Fuertemente ligadas a la indispensabilidad del trabajo femenino y el masculino para la sobrevivencia humana, las prácticas así como los cuentos fundadores cosmogónicos y civilizadores de Mongolia otorgan a la pareja heterosexual un rol de organizadora del mundo, de modo que las mujeres representan la parte sabia y los hombres la parte fuerte de un devenir que necesita ambas cualidades. Dada esta visión dual y no individual de la realidad y sus consecuentes condicionamientos culturales, la cuarentena de lesbianas y gays asumidos de Mongolia son absolutamente incomprendidos y marginados. Su falta de deseo por el otro es vista por la sociedad mogola como una incapacidad de relación con la realidad humana y la marginación que sufren es una consecuencia directa de lo que se visualiza como una falla en la cooperación con el orden del mundo. Además, y a pesar de la relación reverente con una Madre Tierra que se manifiesta también en el culto a rocas con aberturas como vaginas protectoras y benevolentes, en Mongolia hay también una valoración muy positiva del vigor fálico, de la fuerza que se considera inherentemente masculina y se representa en esculturas en forma de penes –cortados o no-, considerados dadores de fuerza y vigor.
Esta división cultural de la complementariedad sexual se manifiesta aun en los trabajos “modernos”. Por ejemplo, en la rama del turismo todas las intérpretes y guías son mujeres, pero los chóferes son hombres (sólo hay pocas taxistas en Ulaan Baatar). En los deportes tradicionales, en particular los que se efectúan para el festival del Naadam (algo así como la “asamblea” de los nómadas en verano que, durante el régimen comunista, se convirtió en fiesta “nacional”), aunque las niñas de
miércoles, 11 de julio de 2007
Terkhiin Tsagaan Nuur
Terkhiin Tsagaan Nuur
La piedra de Taykhar
Al principio de los tiempos, cuando la tierra era joven, una gran serpiente empezó a aterrorizar a las personas. Salía de su escondite y devoraba personas y animales. Las mujeres y los hombres se reunieron y decidieron pedirle al más fuerte de los luchadores mongoles que los ayudara. para ello acudieron primero con su mujer, una persona sabia y de gran compasión que los escuchó y ponderó la importancia de su peticion. Ella convenció a su marido de que era bueno ayudar a todas las personas en su gran peligro. Entonces el baatar, es decir, el héroe fue en busca de la piedra más grande que pudiera imaginarse y la encontró en un lugar muy muy lejano. La cargó hasta la madriguera de la serpiente y cuando al amanecer ésta sacó la cabeza del hoyo se la lanzó encima aplastándola. Así, las personas y los animales pudieron volver a andar libres por la tierra.
En realidad la Gran Roca de Taykhar es una de las más impresionantes figuraciones del simbolismo de la Madre Tierra. Hacia el noroeste tiene una hendidura que la revela como la Gran Vagina paridora del mundo. Ahí besan la piedra los pastores y le rinden tributos los nómadas, asi como vienen a encomendarse las personas que se dirigen al Naadam, la gran fiesta de asamblea que en las principales ciudades y pueblos se celebra durante el verano.
jueves, 5 de julio de 2007
Karakorum
Cinco son los sentimientos del mal: los celos, la avidez, la envidia, la rabia y la cobardía.
Diez los dioses protectores, nueve hombres y una mujer, la más poderosa porque es capaz de comerse a los hijos del demonio si los engendra casándose con él.
180 los discípulos del Buda vivo, 180 las stupas blancas de la muralla de Karakorum en el templo de Erdene Zuu, 180 las calaveras del dios de la muerte, 180 las virtudes del santo.
El sol y la luna son dioses que se representan iguales porque a pesar de las diferencias las mujeres y los hombres son iguales.
El templo de Erdene Zuu fue fundado por el trigésimo segundo descendiente de Gengis Khan, Avtai Sain Khan, quien se convirtió al budismo. Luego lo amplió su hijo, luego su esposa Khandjamts, rena y madre del santo más grande de Mongolia, Zanabazar, quien fundó la escuela de pintura de Mongolia, protegió las artes, diseñó en 1686 la bandera de
El templo de Erdene Zuu es la única construcción de la antigua capital de Gengis Khan que no fue destruida por los invasores manchú de la dinastía Qing de China en el siglo XVIII. No obstante, una incursión de los comunistas rusos dejó en pie sólo 87 de los 180 templos que había entre sus muros.
Con los muchachos israelíes ya nos parecemos a uno de esos matrimonios que siguen viviendo juntos después del divorcio. No nos hablamos más que lo indispensable, cada quien encerrado en su lengua, y nos hacemos una sorda guerra utilizando como municiones los lugares que pretendemos visitar, el tiempo de las comidas, el trato al chofer.
Apenas encontremos a alguien que vaya hacia Altan Els, nos bajaremos de este auto: ¡qué rechinguen a su puta ignorancia!
Rumbo a Tzetzerleg
Qué hermoso sería el mundo de estar tan poco poblado como Mongolia. Habría lugar para las marmotas, los gansos salvajes, los yaks, los caballos, los patos, liebres, venados, rapaces carroñeros y cigüeñas. Y la gente sería hospitalaria, menos aterrada por la muerte que de todas formas es inevitable y feliz como estos viejos que miran a sus nietas y nietos montar a caballo a su antojo por los valles despoblados. No habría vallas en el mundo.
Mongolia 2
Como son cuatro y nosotras dos, cada vez que votamos perdemos. Así decidieron que era inútil pagar una intérprete que nos acompañara y nos quedamos sin entender a la gente que intenta de mil modos comunicar con nosotras. Sólo dormimos en tiendas de campaña y comemos lo que nos preparamos por la noche. Dado que en Mongolia todo se cocina con carne, yo logro comer alguna vez un arroz blanco, pero tampoco interactuamos con nadie. El chofer los alucina y nosotras también.
Al principio, me porté mal con Helena, como si ella tuviera la culpa de que yo aceptara viajar con estos cuatro israelíes recién salidos del servicio militar y hambrientos de mundo a poco precio, chavitos que le quitan su música al chofer para imponerle la suya. Le pedí disculpas, pero el daño estaba hecho.
Luego decidimos juntas que si su arrogancia se incrementa, podemos bajarnos del auto. Es importante aprender el límite de la propia tolerancia después de haberla puesto en práctica. Y reconocer que así como su presencia enseña, la nuestra también lo hace.
Nuestro chofer, Bairdag, es un dorvod devorador de todo tipo de carne que –lo que me parece de suma importancia- no se emborracha cuando trabaja. Helena además está haciendo alarde de su curiosa gentileza (en parte tolerancia hacia los desconocidos, en parte genuina curiosidad y en parte deseo de que yo me tranquilice) con nuestros cuatro acompañantes, lo cual –como siempre- le agradezco.
Helena es un as a la hora de empacar.
A unos trescientos kilómetros de Ulan Bator, entrando al semidesierto del Gobi por el norte, cuando los laguitos y el pasto verde han desaparecido, nos adentramos en una aridez amarillenta que asombra por su inmensidad. Viajamos en silencio, sobrecogidas, y también algo adormiladas por las horas de sacudidas en la pista polvorienta.
De repente, poco después de una colina pelona, entramos en un vallecito de piedras grises y porosas, Baga Gazaryn Chuluu. Detrás de una valla de las mismas piedras, se erigía un pequeño monasterio de paredes pintadas de azul, uno de los colores sagrados según la tradición mongola. Era pequeño, recogido, sereno. Uno de esos lugares que invitan al retiro y la introspección, y que se ubican en puntos especiales del paisaje para convertirse fácilmente en jardines o huertas. Bairdag hizo una profunda reverencia al adentrarse entre las paredes derruidas; así nosotras. Un ovoo, uno de esos monumentos piramidales de piedras sobrepuestas de origen chamánico que se perpetuaron incorporados al budismo mongol, nos esperaba en el patio y ostentaba diversas ofrendas recientes.
A este lugar de paz, fueron llevados cuatrocientos monjes de toda Mongolia para ser ejecutados durante las purgas estalinistas, o como dicen aquí “por los comunistas”. En recuerdo de cada uno de ellos, en los pináculos y sobre las rocas los pastores mongoles que atraviesan la zona en busca de pasto para sus animales han erigido cuatrocientos pequeños monumentos de piedras planas. De vez en cuando, alguien viene a amarrar en uno de ellos su bufanda azul, a dejar unos caramelos, unas monedas, como ofrenda a la memoria de los monjes.
Mi religiosidad –para llamarla de alguna manera- ha estado siempre ligada a la naturaleza. No conozco emoción frente a lo inconmensurable sino por el agua, el cielo, las montañas, la vegetación, ciertas situaciones climáticas y, seguramente también, gracias a la soledad. En el campo, sobre algunas montañas, en medio del desierto, frente a ciertos lagos –pero también en lugares construidos alrededor de ellos como unos cuantos templos, mezquitas e iglesias de diversas religiones- he llegado a sentir mi naturaleza perecedera en toda su absoluta pequeñez indispensable, mi ser parte de un todo que me trasciende. Así, en el pequeño monasterio de Baga Gazaryn me sentí en contacto con las divinidades mismas.
Shorong shurg: Nos agarró la tormenta de arena y viento caliente en medio del Gobi del norte. El cielo azul se hizo amarillo y por la tierra, la arena corría como una sombra dorada.
Burog: lluvia. Bairdag primero apuntó derecho hacia el centro de la tormenta pero cuando la lluvia arreció y los limpiaparabrisas no pudieron arrastrar el lodo que se formaba en el vidrio, se detuvo. En menos de media hora la pista había desaparecido y únicamente la habilidad de Bairdag por ubicarse en esta inmensidad sin aparentes puntos de referencia pudo hacernos avanzar hacia fuera de los valles.
Después de una noche en Dalanzadgad, desde cuya estación de comunicaciones pude enviar un mail al director de la maestría en estudios latinoamericanos para solicitar una prórroga para la tesis de Mariana, nos unimos a un segundo jeep con cuatro ingleses igual de jóvenes e ignorantes que nuestros compañeros de viaje. Cual si el divertimiento implicara necesariamente la falta de respeto hacia las personas de otras culturas, los chistes groseros por la pasión por la carne del chofer, o las monstruosas descripciones de algo asqueroso que achacan a las personas con quienes se cruzan. Los ocho se emborracharon como pendejos en el auto y vomitaron por el camino mientras decían chistes racistas, como que los palestinos son para ellos lo que los negros fueron para los europeos.
Pero es con ellos, necesariamente, que nos dirigimos al único glaciar del mundo emplazado en un grupo de montañas al interior de un desierto, las de Hongoryn a menos de sesenta kilómetros de las dunas del Gobi. En una garganta de piedras carcomidas por los cambios climáticos extremos entre el invierno y el verano, nos metimos por una garganta con una alta costra de hielo, bajo la cual corrían unas aguas heladas y cristalinas. A sus costados, cabras y camellos. Dos veces me caí en el hielo y con Helena nos reímos hasta que nos dolió la panza.
Al salir de las montañas del Hongoryn, dejando atrás los riachuelos de hielo y sus vallecitos alpinos, nos adentramos en una planicie de un centenar y medio de kilómetros de ancho a lo largo de cuya cordillera sur se reúne en dunas toda la arena que el viento trae del norte: son las doradas dunas del Gobi, que seguimos por más de
Al plantar las tiendas bajo la luna casi llena, la familia de pastores que nos cobijó nos ofreció sus camellos para recorrer las dunas al día siguiente. Nos ofreció té con leche de camellas, que ahora están criando, y unos cuadritos de algo que creíamos queso y que resultó ser yogurt seco de cabra, aruldz. Muy ácido, pero rico.
Mientras platicaba con nosotras mezclando seis palabras de mongol con una de ruso, dos de inglés y muchos gestos de la cabeza, la señora trenzaba la crin de sus caballos y camellos para hacer cuerdas y su hija, en un fogón semienterrado en el suelo, preparaba arroz con carne seca de cabrito cortada en trocitos. A diferencia de la gente de Ulan Bator y sus alrededores, muy influenciados por las costumbres rusas, los mongoles Kalkh (el 86% de la población de este país con 13 etnias y apenas 2 millones 700 mil habitantes) han mantenido la costumbre de comer con palillos. También usan cucharas para la sopa y el yogurt fresco, que sorben “como camellos”, según dicen.
De cabras y camellos se hace también crema y una mantequilla muy ligera. Pero el yogurt es bueno sólo si es de borrega, vaca o yak. En verano la carne se come secada al viento, ahumada o en conservas de panza de borrego, dejando que los animales crezcan para el invierno cuando su carne fresca se convierte en el único alimento de los mongoles, junto a la mantequilla rancia de yak que se conserva en una piel de oveja y que las mujeres preparan durante todo el verano.
El desierto bajo el viento puede ser duro de soportar, sobre todo cuando es caliente y alcanza los
Tenemos el cabello tieso, la piel requemada. Nuestros camellos avanzan despacio sobre la duna. Pisan dos veces una misma huella, siendo que la pata trasera vuelve sobre la huella de la delantera del mismo lado. A pesar del sol y del viento, me siento feliz. Helena monta a camello como a caballo: derecha y elegante como la niña que hace ocho años galopaba por el desierto de San Luís Potosí.
Sentimos irnos. Se ha convertido en una constante encariñarnos con las familias de nómadas que nos hospedan. No sólo son hospitalarios hasta los indescriptible, sino que con pocas palabras logran transmitirnos su interés por nuestro bienestar. El budismo es una religión cotidiana en Mongolia, por ello aquí nadie miente, nadie mata sino lo que se va a comer –o que amenaza lo que se cría para comer, como los lobos y los grandes felinos en invierno- y nadie roba. En cada ger hay un pequeño altar, sobre un mueble de colores brillantes, con unas luces, unas monedas y una campana. Alrededor de la figura del Buda y de otras divinidades, a los mongoles les encanta mostrar las fotos de la familia. Se retratan con gusto y circulan cuentos de que por lo menos una vez en la vida todos los nómadas van a una gran ciudad con sus mejores prendas, las más bordadas, y se hacen sacar aunque sea una foto de grupo.
Los chavos no se comunican con nadie. En su afán de no gastar más que lo indispensable se cocinan para sí solos, no cruzan palabra con los músicos nómadas por miedo de que le cobren, pero son simpáticos con los niños con quien juegan a la pelota. Lo que más desconcierta a los nómadas es que constantemente les preguntan cuánto cuesta el té que les ofrecen, el pan frito que les tienden, cuando para los pastores mongoles la hospitalidad es un hábito y una obligación. Por supuesto, tampoco hay que abusar y no es mal visto que a cada ofrecimiento se le corresponda con otro. Nunca comemos sin dejar el dinero que consideramos equivalente a un plato en un restaurante, o pilas o unas latas de jitomate o frijoles a cambio. A las mujeres de la ger les encantaron los tres brazaletes de algodón tejido con conchas y piedritas, que compramos en Huixquilucan antes de partir y que Helena les ofreció.
Cuando nos íbamos subiendo a la camioneta, la más joven de la familia, que estudia en la universidad en Ulan Bator y habla inglés y ruso, se atrevió a preguntarnos por qué viajamos juntos. Les contestamos que rentamos un auto entre seis, y que ellos eran los otros cuatro. Sólo se encogió de hombros. Los mongoles saben de las dificultades del viaje.
Cruzamos la parte más dura y larga del sur del Gobi, la que hace millones años albergó los dinosaurios cuyas huellas, huevos y esqueletos han permitido reconstruir la historia de estos animales y los climas que había en partes del mundo hoy completamente distintas (de hecho es por los hallazgos del Gobi que a principios del siglo XX se dedujo que los dinosaurios eran oviparos). Durante todo el día nos encontramos con un solo pozo y un pueblo de casitas de barro y placas solares para la electricidad, Bayanza. Fue el primer lugar donde nos vendieron y no ofrecieron el agua.
El viento ardía de caliente. Ni un auto, ni una ger, ni un pastor por kilómetros y kilómetros. A veces deteníamos el auto de pura desesperación y caminábamos en la nada hacia la nada tan sólo para hacer algo. Cuando a lo lejos apareció la silueta de una montaña me alegré; cuando la cruzamos el paisaje siguió igual.
Finalmente encontramos una ger. Nos detuvimos. Salió una anciana con su largo abrigo de pelo de camello y su faja naranja –el color del sol y por lo tanto de las puertas y los palos de las ger- en la cadera. Habló largamente con Bairdag. A los pocos kilómetros, entramos en una serranía y de las rocas a nuestra derecha saltó frente al auto para subir por los costones de nuestra izquierda una cabra de monte de largos y retorcidos cuernos, seguida poco después por otra de igual agilidad. Una especie de estambeco mongol. Bairdag se puso feliz.
Poco después llegamos a un río semiseco donde acampamos mientras la luna subía como una pelota naranja por detrás de la colina del este. Mientras mirábamos su hermosa subida, tan súbita y a la vez igual a la que cada 28 días se produce, un joven camello vino a apoyar su cabeza en mi hombro. Tenía un moño rojo en la oreja derecha. Nos quedamos un largo rato juntos, como viejos amigos.
30 de junio.
El camello metió su hocico por la puerta abierta de la tienda. Vino a despertarme poco después que despuntara el sol y me acompañó a hacer pis arriba de unas rocas oscuras, recubiertas de una hierba rala. Desde ahí divisé un pueblo de adobe abandonado que descansaba sobre dos colinas a poco menos de un kilómetro. Un hato de cabras habitaba la colina al norte desde donde, al llegar, pude divisar una stupa blanca y un pequeño templo de madera, entre las ruinas de más antiguas construcciones sobre la colina de enfrente.
Llegué al templo con el camello que continuaba detrás de mí. Entonces me enteré que lo que creía un pueblo era el antiguo monasterio de Ongyn, construido en 1800 por un lama que escribió 21 libros. Ongyn se convirtió durante el siglo XIX en el lamasterio más grande del sur del Gobi, con 100 estudiantes, viejos lamas que habían viajado hasta Tibet, maestros que leían el sánscrito y pastores que los cuidaban, alimentándolos con leche de yegua y carne. Los monjes cuidaban una huerta de árboles frutales que puede verse en uno de los pocos dibujos que quedaron del monasterio destruido en 1937 por los comunistas, que consideraban el lugar un peligrosos centro de reunión de la aristocracia teocrática que se les resistía. Noventa y siete monjes, cuyos nombres están ahora grabados en las paredes de la stupa blanca, fueron fusilados y sus huesos dispersos en el desierto. El monasterio fue derruido y se prohibió a los pastores dar asilo a los monjes sobrevivientes que tuvieron que vagar solos por el desierto hasta lograr –si lo lograban- volver con sus familias.
Desde 1990 algunas ger para los turistas y unos cuantos pastores se han establecidos en los alrededores. Hoy un monje y sus cuatro jóvenes discípulos viven entre las ruinas, donde han recuperado piedras, tallas, libros, pocas pinturas, unos “malgai” –los sombreros de lana de los lamas-. Según la hermana, una joven estudiante de medicina que pasa las vacaciones de verano en el pueblo semiderruido, cuidando del pequeño museo que abre a los visitantes, es después de que los religiosos no fueron más perseguidos que se ha erigido la stupa blanca cerca de donde se levantaba la antigua, hoy un montón de bloques de adobe en lo que todavía pueden verse restos de esculturas. El monje y sus amigos son quienes están intentando levantar un pequeño monasterio entre las ruinas. Son sonrientes y afables.
Frente a la pintura del lama fundador, un hombre sereno sentado al lado de sus libros, me sentí al fin en paz con mi literatura. Quizá era en Ongyn donde debía llegar para darme cuenta que la escritura está mucho más allá de la confuciana esperanza de perpetuarse en el tiempo (extraño remedo de eternidad) o de la occidental aspiración al reconocimiento personal.
Escribir es darse y un libro bien puede ser como la calavera del anciano lama que servía de taza para beber para el joven discípulo que no debe olvidar que somos tan perecederos como una flor de primavera.
Las palabras, los sonidos con que se formulan en la lectura, son como el llamado de la tibia humana convertida en una larga flauta que servía para inspirar el recogimiento.
Los libros son los que son: instrumentos de comunicación hermosos, indispensables, perecederos. Y si yo escribo no soy ni mejor ni peor, sólo soy necesaria.
Los ocho lagos
La primera noche en la reserva ecológica de Huysiyn nuur, o de los ocho lagos que se forman del derretimiento de los hielos de las montañas de Shuringiyn Tsohio, nos ha encontrado montando la tienda mientras temblamos de frío. Dos hombres, uno más anciano y el otro de colita, iban acercándose a las ger que nos rodeaban y un grupo de pastoras fueron a su encuentro para traerlo a la ger más grande. Eran dos músicos tradicionales, dos artistas que se vistieron de todo punto para tocar, con sus túnicas bordadas sobre seda azul, su faja de seda amarilla a las caderas y, sobre todo, su tradicional tortzik, el sombrero redondo de fieltro bordado, rematado por una punta de la que cuelgan unos flecos amarillos.
Fuimos invitadas a la ger donde los muchachos israelíes no se acercaron –sea porque temían que les cobraran el concierto, sea por su ignorancia y desinterés hacia las costumbres de los pueblos- menos la joven fotógrafa que cuando disparó su flash cuatro veces en la cara del músico más anciano y se levantó para irse y evitar pagar fue interpelada por Helena, y por mi, que le dijimos que era una ignorante que debía disculparse. Tuvo el atrevimiento de decir que estos mongoles sólo hacen las cosas por dinero, que ella no tiene que pagar lo que no quiere, que no son artistas sino musicantes circenses. Me dio una rabia que tuve ganas de pegarle; me contuve y sólo le dije que la ignorancia se paga cara, que el desprecio por la gente es una actitud racista. No entendió.
En la ger hacía un rico calorcito gracias a la estufa puesta en el centro del espacio redondo alrededor del cual estaban dispuestas seis camas. Nos sentamos junto con los niños, mujeres y hombres que iban llegando atraídos por la música. Nadie traía bebidas o comidas. Los músicos se dirigieron a Helena y a mí para darnos la bienvenida y desearnos un feliz viaje; sus palabras fueron traducidas por una de las hijas del pastor que nos hospedaba que en la escuela ha escogido estudiar inglés y no ruso (Mongolia es uno de los países más alfabetizados del mundo: el 96% de la población sabe leer y escribir. La escuela es de estado y no se paga, y las y los estudiantes de familias nómadas pueden vivir gratuitamente en albergues durante todo el periodo escolar del año, volviendo con sus familias sólo durante los tres meses de vacaciones estivales. Se estudia obligatoriamente de los siete a los diecisiete años. Desde
El anciano músico con su arpa entonó una invocación para que nuestro viaje sea cómodo y seguro. Luego a sabiendas de que yo estaba interesada en llegar a Altan Els, habiéndose enterado por los chismes del chofer, entonó un canto profundo, gutural como un rezo tibetano y con repentinos momentos de narración, a esas dunas del norte. El segundo lo acompañaba al Morin Huur, el más típico de los instrumentos mongoles: una caja de resonancia trapezoide con un largo cuello sobre el que se tienden dos nervios de caballo, rematada por una o varias cabezas de caballo pintadas de verde –el color del mundo, la fertilidad y el amor.
Los dos músicos se turnaron luego los instrumentos y cantaron acompañados de violín y arpa, violín y Morin Huur, Morin Huur y un inconcebible piano Yamaha que el anciano recibió en regalo durante una gira artística que hizo por Japón. Todos los cantos de la música Too, la música tradicional de los Kalkh, tenían varios tonos e iban desde acordes profundísimos y guturales como rezos hasta repeticiones de sonidos bastantes semejantes a ciertas invocaciones y cantos wirraricas o raramuri del norte de México: canciones a los caballos, pasión por la tierra, un himno a Gingis Khan, el placer del río que corre entre los montes, el amor de un hombre por una mujer a caballo entrevista a orillas de un lago.
Al final de la velada, el más joven de los dos entonó canciones “modernas”, réplicas en pseudo inglés y pseudo italiano de las canciones que se escuchan en los autobuses que cruzan Mongolia. Fueron motivo de risa y hasta de ligeras burlas cuando un hombre se levantó para invitarnos a bailar a Helena y a mí.
Salimos a la luz blancuzca de la tercera noche de luna llena. El frío calaba los huesos, que sentíamos de forma más intensa debido a que veníamos llegando de las tórridas noches del Gobi. Sólo los sacos de dormir que nos regaló mi hermano Tommaso, y que aguantan hasta -18º, nos permitieron dormir como inocentes sin deudas.
Mientras tanto, alrededor de la tienda, los mongoles iban reuniendo los ocho caballos para nuestra expedición de cuatro días por los valles, los bosques y las montañas que rodean los ocho lagos.
A orillas del primer lago
Un mongol a torso desnudo cruzó galopando el costón sobre el lago semiseco donde llegamos a acampar tras un día a caballo por los pinares y los valles de piedras grises amontonadas que un liquen amarillento y naranja colorea de diferentes formas, y que tuvieron que inspirar a los jardines chinos. Cruzamos varios riachuelos en los que los caballos se detenían a beber.
Al pasar frente a mí, el jinete se irguió sobre la silla haciendo alarde de su joven y hombruna belleza. Cuando al galope llegó entre sus yaks que pastaban a pocos metros de nuestras tiendas y que todavía dormían felizmente acostados en la yerba mojada por la lluvia nocturna, les empezó a hablar con un tono cariñoso. Al caer la noche, ayer escuchamos a un pastor cantarle a sus yaks que volvían de las montañas. Tenía un acento antiguo, menos melancólico que profundo. Ahora yo pude reconocer la voz.
Creyendo que los animales iban a beber al lago, semiseco por la poca nieve que cayó durante los últimos tres inviernos, poco después de escuchar ese canto montuno nos adentramos por las arenas que rodean la poza. Los pinos y las montañas se reflejaban en el agua oscura. A mediados de lo que imaginamos era la cuenca del lago, nos subimos a un islote de piedras rojas y grises en cuya cima los pastores erigieron sus monumentos de piedras planas sobrepuestas, de tradición milenaria. Ahí agradecimos a
Después de dar las gracias a la Tierra, Helena propuso una competencia: a ver quién de las dos llegaba primero al agua. Empezamos a correr sobre el lodo, cuando mi gacelita hermosa me rebasó riendo. Cuatro pasos delante de mí, la pierna de Helena se hundió en el lodo y cuando intentó sacarla, moviéndose hacia atrás se le hundió la otra. Legué cerca de ella y me tendí en el lodo; la jalé con tan buena suerte que de un tirón salieron sus dos piernas aunque sin zapatos. Volvimos por la orilla al campamento donde el pastor que conducía nuestros caballos había prendido un alto fuego. Nadie nos vio. Cocinamos en silencio un arroz y nos metimos a la tienda. Hundida en su bolsa de dormir Helena ardió de fiebre por un par de horas. Luego la lluvia que empezó a caer sobre los campos y las bestias nos apaciguó.
Ahora la mañana es hermosa. Cambié mi brioso y seguro caballo alazán por la vaca de caballo, malhumorado, inmóvil y miedoso, que le dieron ayer a Helena. Mi guachichila adora galopar por las praderas, así ¿por qué negarle ese placer? Se identifica con el viento y las piernas del animal, cual fuera la más hermosa hija de
Los caballos pastan entre grupos de amigos. Se reúnen entre dos o tres y se acuestan, se revuelcan, arrancan la hierba con sus largos dientes delanteros contentos de estarse acompañando. Se juntan con los demás sólo para migrar en busca de más hierba o para beber o para acudir al llamado del pastor. Pero de inmediato vuelven a juntarse con sus compinches. Cuando dos caballos amigos se separan, relinchan varias veces para saludarse. Su voz es entonces muy nostálgica.
A las cabritas las impulsa una desesperada necesidad de salir apenas la puerta del corral les viene abierta. En completa paz hasta un instante antes, empiezan a empujarse, a darse de topes con los cuernos, a llorar apenas la pastora de pelo rojizo que vive en la ger cercana corre el cerrojo de la clausura redonda de palos de pino que las contiene por la noche y con ello les promete un día de libertad. Un niño de igual color de pelo, todavía no amenazado por el deber de acudir a la escuela en septiembre, corre a pie descalzos alrededor del rebaño que enfila hacia el monte.
Primera caída de un caballo mongol. Por suerte a mi edad el orgullo sufre menos por las heridas que causa la falta de destreza física que durante la juventud, porque me caía nada menos que del caballo vaca. Lo que no sabíamos es que en Mongolia nadie se pasa nada de caballo a caballo, así cuando Helena me tendió su mochila porque le rozaba los hombros, la vaca se asustó tanto que protagonizó un rodeo que fui capaz de resistir apenas 35 segundos. Por suerte sigo siendo una hija amada de
El Gran Lago es bellísimo, rodeado casi por entero de piedras de modo que no es un lugar preferente para abrevar a las vacas. Nomás que llegamos bajo un granizo feroz que nos hería el rostro y las manos. Montamos las tiendas lo más velozmente que pudimos y nos metimos temblando de frío, empapadas hasta los huesos. Nuevamente las bolsas de dormir nos salvaron del congelamiento.
A las dos horas el cielo resplandecía, las aguas reflejaban un cálido sol y el viento había amainado. Decidimos dar la vuelta al lago. Me encanta caminar y después de dos días a caballo se me hizo todavía más placentero. Llegamos a lo que desde el campamento creíamos era una curva del lago y descubrimos un recodo tan grande como la primera parte del mismo. Caminamos otra hora y nos encontramos con dos estudiantes de ecología de
El calientamiento global se resiente aún en Mongolia, donde durante los inviernos la temperatura descendía más abajo de -40º. En los últimos tres años, ésta apenas ha alcanzado puntas de -34º, y el régimen de lluvias ha disminuido no sólo en el Gobi, donde la sequía del desierto se ha intensificado, sino también en los bosques y en la taiga. Los lagos del parque, por ejemplo, no son de afluentes, sino que recogen el agua de la nieve durante el deshielo de la primavera. Cuatro están semisecos y los otros cuatro, aún este gran lago por cuyas orillas paseamos y que parece sin fin, han perdido más de un metro de profundidad.
Por el momento no se ha registrado una repercusión sobre los animales salvajes, que están totalmente protegidos por las leyes de la reserva, pero las bestias de pastura empiezan a sufrir las consecuencias de la poca hierba con que engordar durante el verano.
Hoy le tocó a Helena ser tirada del caballo, pero su caída no tuvo nada de chistoso. Nos quedamos atrás del grupo por culpa de la vaca que monto y nos perdimos en el bosque. Cuando Helena empezó a buscar las huellas de los otros, le dije que con cuidado porque los caballos saben calcular por donde pasan pero nunca toman en consideración la altura de su jinete. No acababa de decírselo cuando su alazán se le adelantó y una rama de pino la agarró en pleno pecho tumbándola contra las rocas. Por suerte, la mochila que llevaba en los hombros se interpuso entre la cabeza y las piedras, pero se golpeó la cadera, un brazo y un pie. Durante algunos minutos el dolor impidió que la tocara, pero cuando comprobé que no tenía nada roto a las dos nos entró un terrible miedo retrospectivo: y si…. Estuvo tan cerca de ser un accidente de proporciones mucho mayores, a cientos de kilómetros de un puesto de salud, que nos recorrió un escalofrío.
Ponernos de pie no fue fácil. Tuve que ayudar a Helena a la que se le había hinchado el pie, pero podía mover cada una de sus articulaciones y sus deditos. Fuimos en busca de los caballos. Volví a subir a la silla a Helena que me dijo que esta era la última vez que viajaría caballo en su vida. No dije nada. Nos alejamos al paso. Fue entonces que, pasándose la mano por el cuello, Helena se percató que la protección que le había regalado Luz María Martínez Montiel, y que había llevado a bendecir en una ceremonia a los Orishas, se le había caído quedando en su lugar en la tierra.
Después de un par de horas, encontramos una ger donde nos dieron de comer y varios niños se nos sentaron alrededor. Al continuar el viaje hacia las cascadas –totalmente secas- a Helena le volvió el buen humor y olvidando su promesa se puso a galopar tras los yaks.
martes, 3 de julio de 2007
Mongolia I
Arena hacia todos los puntos cardenales y un polvo amarillo que cae sobre las puertas y los pasillos del tren. Desde las ventanillas, la mirada corre sin límites hasta el borde azul del cielo. Una llanura que en verano es amarilla y en invierno blanca, sin vegetación. La verticalidad se recupera sólo con las lejanas figuras humanas o los sucesivos y solitarios postes de la corriente eléctrica.
De repente, un perro corre a un costado de la vía. ¿De dónde vino? ¿Adónde va?
Horas después, cuatro carros a lo lejos en fila india. Las huellas de sus neumáticos se quedarán en la arena por semanas.
Los lugares los reinvento, o más bien los construyo, a partir de las emociones, las actitudes y las situaciones que me despiertan los reportajes, los cuentos o las narraciones de viajeros. Casi nunca me han decepcionado los países que fui capaz de recrear a partir de las palabras escuchadas o leídas (las imágenes, sean fotos o cine, por el contrario no me despiertan ninguna capacidad imaginativa).
Ahora, a punto de partir rumbo a las doradas arenas de Altan Els donde mis personajes se desnudan y mueren, estoy sintiendo que realmente Mongolia es una última playa para la expresión humana.
No obstante, hay algo más que descubrí estando en Mongolia. Extraño lo que sentí hace treinta años cuando llegué a México y que ha desaparecido de mi país adoptado: vivir con derecho al tiempo.
Durante cuatro días que con Helena reenviamos la decisión de volver a Ulan Baatar. En la reserva natural de Terelj, apenas a
Al no existir una política del hijo único como en China, las mujeres mongolas tienen los hijos que ellas quieren y generalmente se detienen cuando han traído al mundo un número semejante de hijas e hijos (2 y 2 o 3 y 3). Los hombres son cariñosos y atentos con los niños, aunque la mayor parte del trabajo en la vida de los pastores nómades recae sobre las mujeres: preparar la comida, mantener limpias las sillas, la ger, la ropa, las ollas, la estufa, ir por leña o por bosta seca para alimentar la estufa, ir por agua.
A muy temprana edad, alrededor de su octavo año de escuela a los 15 años, las y los hijos empiezan a trabajar, aunque existe un enorme respeto por parte de los adultos de los juegos (y del tiempo para jugar) de los niños y los jóvenes. En lleno verano, ahora que el sol se oculta a las 10 de la noche, los alrededores de nuestra ger resuenan de las voces de las muchachas y muchachos que juegan básquet, luchan, cantan. Si hace frío o llueve como hace dos noches, en la ger se juega con los huesos de los tobillos de las cabras. Cada uno de sus cuatro lados representa uno de los animales emblemáticos de la vida mongola: borregos, cabras, caballos y camellos. Cuando los huesitos se lanzan sobre el tapete, por turnos, hay que empujarlos con los dedos de la mano derecha para que choquen sin tocar a un tercer huesito.
Nuestra anfitriona, Daara, es una campeona a la que aplauden el marido y los hijos. A mí me costó mucho reconocer los lados de los huesitos, en particular confundía caballos con camellos. Pero una vez diferenciados, mi pasado de jugadora de canicas me ha llevado a ganar unas cuantas manos.
Por las tardes, Daara no nos permite ayudarla en sus quehaceres, pero sus hijos nos llevan con gusto a reunir el ganado. En un principio quisieron comprobar qué tan bien montamos; una vez aceptadas, nos convertimos en sus acompañantes habituales. Para impresionar a Helena (que cada día es más bella gracias al sol mongol que nos está dejando del color del bronce), hacen alarde de sus habilidades de jinetes. Parten al galope saltando sobre la silla, persiguen los animales con una larga pértiga de madera; si un caballo o un yak se les escapa lo atrapan con una cuerda que cuelga de uno de sus extremos. Cuando a Helena se le cayó el sombrero, el mayor de ellos se lanzó al galope para recogerlo inclinándose sobre une estribo. Lástima que Helena mirara hacia otro lado: yo quedé muy impresionada.
Sólo al regreso de estas correrías por valles verdes encerrados entre montañas de roca –que en ocasiones interrumpimos para bañarnos en ríos helados y limpísimos- podemos ayudar a nuestra anfitriona yendo con ella a ordeñar su henak –mestiza fértil de una vaca y un yak- para luego preparar un yogurt cremoso y de sabor fuerte. La leche se hierve sobre fuego de bosta, porque es más constante que el fuego de leña. Cuando empieza a crecer la leche, con un cazo de mango largo se levanta y se deja caer desde aproximadamente un metro de altura una y otra vez hasta que se esponja. Entonces se le agrega un tazón del yogurt del día anterior y se vuelve a remover con la misma técnica por unas seis o siete veces más. Se saca del fuego y se deja descansar hasta la mañana siguiente cuando lo desayunamos con hambre. Si además del yogurt se quiere preparar mantequilla, antes de agregar el yogurt del día anterior se saca la espuma de la cazuela de la leche batida y se deja descansar al aire frío. Por la mañana, la grasa ya estará convertida en una delgada capa de mantequilla
Las noches en las montañas son frías e intensamente estrelladas en este país de constante cielo azul. El resplandor de nuestra luna creciente se refleja sobre las montañas dando pie a uno de los pasatiempos preferidos de los mongoles: encontrarles semejanzas a las rocas. Mujeres dormidas, tortugas, monjes y simios son las más recurrentes; hay también rocas dinosaurios, elefantes y monstruos
Hoy por la tarde, se perdió el becerro de la henak. Con nuestra anfitriona salimos en su búsqueda armadas de un binocular y un bastón. Cuando lo encontramos, a la señora se le iluminó el semblante y regresó al campamento riendo y empujando al animalito. Nunca habíamos visto una felicidad tan simple y tan completa. Al llegar a la ger, nos preparó una taza de té verde de hojas ahumadas con leche y sal –el típico té mongol- y nos contó una larga historia de la que sólo entendimos tres palabras: Gengis Khan, cabra y yak. La voz de Daara alcanzaba a veces una profundidad de tonos épicos; sentí hondamente no entender esta lengua consonántica y fuerte.
Para no idealizar a los mongoles:
b) Es imposible rechazar cualquier ofrecimiento de comida o dejar algo en el plato
c) Es suficiente pasear una noche cuatro mujeres por las calles de Ulan Baatar como lo hicimos con dos españolas al volver de Terelj hoy. Por la Avenida de la Paz, que corre de este a oeste, y es la principal calle de la ciudad, presenciamos la brutal división entre la vida urbana y la vida rural, existente en todas las culturas. Niños en situación de calle merodean las puertas de los restaurantes para obtener una limosna; un ladronzuelo intentó robarle el bolso a Helena, acercándosele por la espalda y asustándola; un hombre borracho jalaba de un brazo a una mujer que a gritos se negaba a seguirlo y le dio una bofetada y la arrastró hasta que nosotras llamamos a la policía que los separó. Con apenas un millón de habitantes, Ulan Baatar es una urbe donde la brutalidad de la sobrevivencia y la jerarquía de clases son ferozmente evidentes.