martes, 2 de octubre de 2007

Por fin en la India

Odio la India: esta llena de gente. Francesca

Amo la India: esta llena de gente. Helena

La India: la panza de dos policias de caqui, bastón en la mano, sacudiéndose por los baches en una bicicleta. El tráfico de gente, riksho, vacas, bicicletas, coches y motos que pitan. La dedicacion a la vida y la muerte de los demás de quien atiende las casas de moribundos que desean morir en Varanasi para llegar directamente al Nirvana. Vendedores de comida, de pan, de brocatos, de sexo, de bicicletas, de cobre, de bendiciones. Castas que construyen con la exclusión de siempre la pobreza de siempre.

Los marajas ya no existen y sus palacios estan en ruinas o transformados en hoteles, sin embargo los ricos pueden comprar a la policía y los pobres son los culpables de cualquier delito

La tecnología es altísima, hay computadoras rotas en cada esquina Una música angelical o maldito ruido se escucha en demasiados lados.

Hay santos bajo cualquier paraguas, el problema es saber cuál es el bueno. Mientras tanto en los templos y en las mezquitas hay militares armados hasta los dientes para evitar bombazos

El Gange es realmente sagrado.

Qué tan lejos llegamos: las montañistas nepalíes

Pokhara, Nepal, 3 de septiembre de 2006.

Con sus treinta y seis lenguas habladas por 23.800.000 habitantes en 75 distritos, Nepal es uno de los países más pobres del mundo, a la vez que uno de los más diversos. Hinduista en un 70%, tiene también una importante población budista y algunos cristianos y musulmanes, lo cual explica por qué la prohibición de discriminar a las personas según las cuatro castas hinduistas, vigente desde los anos 1970, haya sido aceptada con agrado por la mayoría de la población. No obstante, las mujeres a través de las divisiones de clases, de casta y de religión sufren una discriminación en los ámbitos laboral, educativo y económico semejante a la que conocen las mujeres de todo el mundo, y las de las castas inferiores y las indígenas enfrentan graves desavenencias.

Según Lucky Chhetri, directora de Empowering Women of Nepal, las mujeres no necesitan simpatía sino oportunidades, ya que a todo mundo les caen bien esas madres, hermanas, esposas o hijas que se levantan a las cuatro de la mañana para abrir las ventanas y lustrar los zapatos de los hombres de su familia y cierran la puerta de noche tras haber trabajado todo el día en la casa, el campo y el patio. En pocas palabras, son siempre simpáticas quienes asumen enormes e indispensables responsabilidades para con la vida humana, pero eso no implica que sean reconocidas socialmente ni remuneradas.

Las mujeres nepalí son el 32% de las personas que saben leer y escribir en un país en que en analfabetismo atañe el 40% de la población, son el 42 por ciento de la fuerza de trabajo pero ganan un tercio menos que los hombres, son la mayoría absoluta de la cultivadoras directas, campesinas de las tierras de sus padres, maridos o hermanos. No es de extrañar que muchas de ellas, cuando en 1996 se inicio una rebelión armada dirigida por grupos maoístas, se sintieran atraídas por ellos, debido al trato igualitario que les brindaban y gracias a su promesa de “liberar a las mujeres nepalí”.

A principios de los anos 1990, Lucky Chhetri y sus hermanas decidieron organizarse para que las mujeres se desarrollaran mediante el apoyo y el trabajo de otras mujeres. En un país cuyo primer recurso es el turismo de alta montaña, fundaron el 3 Sisters Adventure Trekking Company y abrieron una casa de huéspedes en Pokhara, a los pies de la cordillera del Annapurna en el Himalaya. Decidieron brindar a las mujeres nepalíes de todas las castas la oportunidad de encontrar trabajo como guías de alta montaña, así como a las turistas de recibir el acompañamiento de otras mujeres, sin riesgos de acoso sexual o del maltrato relativo al descreimiento de los guías masculinos acerca de las capacidades físicas de las deportistas.

Durante los diez anos de guerra civil (1996-2006), las 3 Sisters Adventure Trekking Company y Empowering Women of Nepal actuaron como puente entre quienes las acusaban de ser explotadoras de las jóvenes de la región de Kaski, en la zona de Gandaki, y quienes las veían como peligrosas alebrestadoras de las costumbres ancestrales. Gracias a que en Nepal la policía y el ejército no han sido entrenados para considerar a la población civil como un posible enemigo interno, y por lo tanto no actúan brutalmente en su contra ni siquiera en las zonas de presencia guerrillera, las mujeres que recibían entrenamiento para guiar grupos en alta montanas, aprendiendo además nociones de primeros auxilios, ecoturismo, agricultura orgánica, historia y geografía, ingles, cultura y religión, pudieron dialogar con ellos, así como con los grupos maoístas, sirviendo en muchas ocasiones de puente para que se estableciera ese dialogo que, a la larga, derivó en el pacto que llevará a las y los nepalíes a las urnas el 26 de noviembre próximo para elegir su Asamblea Constituyente.

Ser guía de alta montana es desde 1993 un trabajo de mujeres también. Según las hermanas Chhetri, ninguna persona educada es débil, por lo tanto entrenar a una mujer para ser jefe de escalada, es mejor que orillarla a creer que para valerse a si misma necesita empuñar un arma.

En un país himalayo como Nepal, cuya dependencia de un turismo especifico es abrumadora, enseñar a una mujer cómo relacionarse con otras en un ámbito laboral especializado no sólo es brindarle la oportunidad de emprender un negocio, sino también de afirmarse y profundizar sus conocimientos. El esfuerzo que implica el entrenamiento de alta montaña no solo desmiente y ridiculiza la burla masculina acerca de la debilidad de las mujeres, sino que a ellas les comprueba que su debilidad sólo era fruto de la falta de educación y su pobreza, de un prejuicio sobre capacidades que ahora puede demostrar.

En la actualidad, el trabajo de preparación de las mujeres para el turismo emprendido por las tres hermanas Chhetri hace trece años se ha extendido desde Pokhara a 35 distritos de Nepal, convertido en una fuente de inspiración para muchas jóvenes y en un ejemplo de buenas prácticas laborales. De tal modo, la lucha contra la discriminación contra las mujeres se revela cual es: una forma de promover la justicia social. El centro de entrenamiento y las 3 Sisters Adventure Trekking Company emplean actualmente 30 mujeres de familias no privilegiadas, entre ellas Dalits (las así llamadas “intocables”) y preparan cada ano 25 mujeres para ser guías, directoras de campamentos y acompañantes de grupos. Además han impulsado las prácticas de la agricultura orgánica, de la organización para la salvaguarda ecológica, del turismo responsable, así como han impulsado una guardería de tiempo completo, con educación activa y personalizada, para las hijas e hijos de madres montanistas.

martes, 4 de septiembre de 2007

Desde el Annapurna

Empezamos a subir hacia el Annapurna Sur hace tres días. Mala suerte: no había visibilidad, pero con Helena nos dimos valor: mañana el tiempo nos permitirá sacar fotos de la cordillera del Annapurna para nuestro Fito que quiere venir a escalar el Himalaya. Llegar al campo base nos debería llevar siete días y el regreso, tres. Pero ayer empezó a llover y a llover y a llover. ¿Alguien puede imaginarse un torrente que cae desde el cielo? Pues ésa es la cola del monzón fuera de tiempo que nos agarró. Hasta los búfalos de agua, que han sustituido a los yaks en esta cordillera caliente y húmeda, se resguardan de la lluvia. Los lich, unas diminutas sanguijuelas que crecen como gusanos cuando llegan a atacarse de nuestros tobillos y dejan un rastro de sangre en la piel y la ropa, se han multiplicado y nos atacan cada vez que damos dos pasos. Por suerte ni tienen veneno ni transmiten enfermedades.
Ensopadas como vegetales cocidos, ayer encontramos refugio en una destilería de alta montaña. Una señora hervía en dos cazos de cobre una mezcla de sorgo y arroz negro (milet) fermentada, cuyo vapor cae en una olla al centro del cazo mismo. El sabor no es fantástico, pero es un sano licor sin químicos que nos calentó bastante. Durante toda la noche escuchamos la lluvia sobre el techo de palma, el agua se metía por el piso de tierra batida y la oscuridad era completa. A los nepalíes, que son una gente muy dulce, atenta y generosa, les damos una mezcla de curiosidad y pena. Nos ofrecen comida y cobijas, que nos cobran sin exagerar. A mí, con la humedad se me han despertado todos mis achaques: la nariz tapada, el dolor en el anca izquierda, el tobillo torcido. Helena ama este país, su gente sonriente, las mujeres de sari rojo, la bulla de las fiestas hinduistas, los grandes ojos negros rodeados de profundas ojeras, la humedad, el calor, el verde, pero yo extraño enormemente mi vacía y desértica Mongolia, el silencio frío de Tibet, las noches de cielo estrellado.
¿Que hacer? Seguirle es imposible, tanto como volver a Pokhara. Así que por la mañana nos metimos en dos bolsas de plástico verde y caminamos otros veinte minutos hacia arriba. Ya sabemos reconocer la mordedura de los lich así que nos los quitamos a tiempo. Caminando en el medio de nubes que hacen que el aire parezca agua, de forma casi milagrosa, nos encontramos en una de las casas de etapa para llegar al campamento base del Annapurna Sur un internet satelital. ¿Por qué no mandarles entonces nuestros augurios de cumpleaños a todos nuestros virgos bienamados? Feliz cumpleaños para Edoardo, que ha de estar por cosechar sus uvas en Toscana, y a mi Melissa que hemos extrañado cada día durante este viaje que hubiéramos debido hacer juntas, y aún a mi bello hermano Federico, aunque falten unos días y esperamos haber llegado a un teléfono para entonces.

Nepal, las fotos










Tensin

Lo conocí porque llegando a Labrang después de cinco horas mochila al hombro, pensé que un buen masaje me vendría muy bien.
En el hostal de Tara, a un paso del segundo monasterio más grande del busismo tibetano, me recomendaron a Tensin, un joven que ha estudiado en Tíbet y en la India. Una señora inglesa me lo confirmó: "Ese muchacho sabe lo que hace". A ella, de 75 años, le estaba arreglando la espalda, seguramente perjudicada por los camiones tibetanos, pero inicialmente dañada por un accidente de carretera cuando tenía 19 años.
Me dejé dar un primer masaje para relajarme y me sorprendió mucho que me dijera "Si no abres el chacra de tu corazón, va a ser dificil que vivas bien con tu hija y vuelvas a querer con libertad a tus amigos". Dicho eso me enseñó un ejercicio de lo más simple para abrirme el pecho. El día despues deje de fumar, ¡despues de 37 años!
Me volvió a dar un masaje dos dias despues porque mi colitis me atormentaba. Al removerme lo estancado en el estomago, dio con la energía detenida de mi útero, donde el mioma detectado hace tres años habia dejado de crecer gracias a la homeopatía y la acupuntura, pero no había desaparecido. Me dijo que podíamos intentar que la energía fluyera, pero que eso necesitaba tiempo y que el al día despues se iría en medio de las montañas para atender al hijo de un pastor al que las fiebres habían quitado el habla.
Le dije que era la primera vez que sentía un masaje llegar tan profundo a mi ser, !y eso que parezco adicta a los masajes y que conozco desde las técnicas mixtecas hasta las ayurvédicas, chinas y mongolas!
Me invitó a alcanzarlo en Mache.
A Helena en un principio le pareció una locura ir a seis horas de Labrang sólo por un masaje. Luego, cuando el camión se metió en las altas montañas de Tíbet, cambió de parecer. La verdad es que gracias al habernos desplazado en busca de un masaje, nos metimos también en una ciudad nueva, pero a pocos kilómetros de un río portentoso, un lago donde van a dejarse las ofrendas para una buena cosecha y montañas que representan las caracolas de la tierra y donde el Budha de la vida futura dispensa la paz a los caminantes.
En Mache, Tensin me dio entre uno y dos masajes al día. En un principio, los dolores eran muy fuertes, pero entendí pronto que tocar los puntos más dolorosos de mi ser no era sólo detectar donde se atoraba la energía, sino también como empezar a restaurarla.
Al tercer masaje, sentí que la energía se movía por dentro y visualice los momentos que pudieron haber iniciado el gran atorón vital que se expresó en el mioma de 17 centímetros que me pesaba debajo del ombligo: la imposibilidad de digerir algunas situaciones laborales y vitales, la frustración que me ha acompañado en mi vida creativa durante los últimos cinco años, mi aniquilada vida sexo-afectiva.
Ese dia el masaje me dolió más que nunca, pero al salir a la calle me sentía tan ligera como nunca lo había estado en los tres años recién pasados. Por la noche, Tensin me dio otro masaje. Los dolores eran de una intensidad mucho menor, a pesar de que por la manana parecía haberme deshecho la panza. Esa noche tuve hambre, comí y dormí muy bien, pero el estómago estaba muy inflamado. Tensin me dijo que no me preocupara.
Al cuarto y quinto masaje, el último, sentí que por todo mi cuerpo la energía fluía libremente, que los dolores iban espaciándose y que la salud es un bienestar generalizado, no enfocado en un punto ni, mucho menos, en un órgano.

Tíbet, Tíbet:




















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La policía es china como los maestros y los empresarios. El turismo y la explotación de sus saberes tradicionales para su comercializacion son las unicas actividades que los chinos les permiten afuera de la vida pastoril y agrícola, de modo que algunos tibetanos ven a los occidentales como estúpidos que se dejaran estafar. No obstante, mujeres y hombres de piel oscura, cabellos alborotados y grandes ojos profundos no han perdido la hospitalidad de los nomadas, su desenfado frente a la etiqueta y el valor que hay que darle a las cosas fundamentales.


Tibet es verde, montañoso, frío y la gente viste largos abrigos de piel de borrego o de yak amarrados a la cintura. Sus joyas, que usan por igual mujeres y hombres, son grandes bolas de coral, perlas de lago, turquesas y ámbar, amarradas por hilos de oro y plata. Las mujeres y los hombres se dejan crecer el pelo y los trenzan de diversas maneras sobre la cabeza con estambres rojos. A veces se cubren con un sombrero de fieltro cuando llueve o el frío arrecia.
Los monjes, vestidos por largas tiras de 8 metros de lana roja, caminan por las calles y los campos, rezan en sus monasterios, deambulan pidiendo limosnas para la reconstrucción de los templos, enseñan, juegan. Se les ve ayudando a los campesinos en la cosecha de sorgo o mostaza (¡¡¡esos campos de flores amarillas a perdidas de vista!!!), lanzando una pelota al canasto de una cancha comunal, empujando un auto detenido o sentados en los parques con la mirada en otro lado y la rueda de los rezos en la mano. Algunos son adorablemente gentiles, otros más bien se sorprenden de ver a unas forasteras como nosotras fuera de los circuitos turísticos.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Hace ya tres semanas que estamos en Tibet y ni Helena ni yo sabemos a ciencia cierta qué nos provoca saber que la region autonoma de Tibet, la que tiene a Lhasa por capital, es grande dos veces Francia, pero que Tibet es mucho más grande, teniendo regiones enteras en las provincias de Qinhai, Sichuan, Ganzu y Yunan.
En Ganzu fuimos felices en Labrang, Mache, y en las altas montanas de Dzta, cerca de Luchu. Gozamos seis dias de una feria de caballos entre gente que cantaba de noche, le colgaba magnificas bufandas a sus cantantes preferidos y a los mejores caballos y nos sonreía, nos hablaba. También trabamos amistad con muchachos tibetanos, una simpatica israelí que vivía con ellos, Sivan, y nuestro masajista Tensin, con quienes platicabamos de todo y nos enseñaron a ver lo que ningun tursita realmente ve: la contradictoria felicidad e infelicidad de la gente. Como para mí, para muchas tibetanas/os las calles asfaltadas son heridas en la Madre Tierra, pero también los hay a los que les gusta que el camion no salte. Todos odian que en las universidades no se pueda entrar si no se habla y escribe perfectamente el chino, sin importar que la madre lengua sea el tibetano. Y muchos nos hicieron notar las tácticas (que las latinoamericanas conocemos muy bien, asi como los palestinos y las saharauis) de minorizacion y pauperizacion de la poblacion local: cuando terminaron de construir el ferrocarril que une Pekin a Lhasa, a los chinos han se les ofreció ayuda financieria, salarios duplicados y casa para trasladarse a Tibet, de modo que ahora los tibetanos son apenas el 40 por ciento de los habitantes de sus tierras.
La provincia de Qinhai nos aterró. Ahi se encuentra el lago salado de Gahe Tso donde se supone que nació el pueblo tibetano, pero los chinos no se contentaron con transformarlo en una zona túristica donde ir a comprar perros de pastor tibetanos y collares, sino que le han construido al lado la principal ciudad china de productos nucleares.
Las ciudades grandes son tremendas, sucias como en toda china, contaminadoras, como Xining, desde donde tomamos el tren para Lhasa.
No se crean, lo dudamos mucho. En un principio no queríamos tomarlo porque nuestros amigos nos avisaron que es el tren del colonialismo. Además las agencias de viaje chinas son tan puercas y corruptas que compran todos sus boletos apenas salen (en China los boletos se ponen a la venta con 12 días de anticipación y no se puede reservar), de modo que para ir a Tibet desde las ciudades de Pekin, Chengdou (otra ciudad tibetana convertida en megalópoli china), Xining hay que comprar los boletos de las agencias o al mercado negro. No había un solo boleto en la estacion de ferrocarril, pero el tren en el que viajamos había por lo menos 80 asientos vacíos. Y eso que para viajar le compramos a un obsequioso bandido un boleto de asiento duro !!!al precio de un vagon lit!!!
Un adorable monje en el tren (24 horas, sin contar los retrasos) nos contó que el budismo entró al Tibet en el siglo III donde se encontró, incorporandolo, con el animismo chamanico Bon. Poco después asumió también las influencias esotéricas del budismo tántrico indio. De tal modo, hacia el siglo VII nacio lo que hoy llamamos budismo tibetano o lamaico. Mientras el monje nos contaba esta historia, pasabamos, entre cordilleras nevadas, por un altiplano que se extiende a 4000 metros de altura, entre lagos, praderas y ríos, manadas de yaks, y desgraciadamente campamentos militares esparcidos. Cruzamos un paso de 6000 metros de altura, pero el tren es oxigenado y no sufrimos ningun malestar.
El monje siguió su relato: los templos de Gandan, destruido en 1959 y reconstruido hace poco, fue fundado por Songkapa en 1409. Ahi se asento la Gelugpa, o secta del sombrero amarillo, a la que pertenece el Dalai Lama. En 1641, la Gelugpa apoyo el budismo en Mongolia, de ahí que el nombre de Dalai sea un nombre mongol, ya que significa Océano de Sabiduría.
La invasión china de Tibet inició apenas terminada la Segunda Guerra mundial, en 1950, aunque culmino en 1959 con la expulsión del Dalai Lama de Lhasa, la destrucción de innumerables templos antiquísimos y la masacre de 1 200 000 personas. 100 000 se refugiaron en la India y en Nepal y desde ahí se dedicaron a dar a conocer el budismo y la realidad tibetana. Hoy en día, nos decía el monje, esta masacre se ha detenido y todas las apariencias son pacíficas. Se reconstruyen monasterios, se permite el culto, pero en realidad se sigue llevando a cabo un genocidio cultural del pueblo tibetano, que se manifiesta en una impuesta y diferenciada chinización de la cultura tibetana.
Con estas informaciones llegamos a la una de la manana a Lhasa, en una estacion moderna, limpia, iluminada y muy grande, ubicada a 5 kilometros de la ciudad. Nos subimos a un taxi tibetano, rechazando los taxis oficiales de la estación, todos concesionados a chinos.
Nos habian ofrecido varias direcciones de hoteles y dimos con uno con baños calientes las 24 horas (Helena estaba feliz, pero una de las delicias de Ganzu, para mí, fue que no tuve que banarme en 15 dias!!!). La calle principal, que corre desde abajo del Potala (que no visitamos porque nos escandalizó la misma política de las agencias de viaje de comprar todos los boletos para revenderlos al mercado ilegal, de modo que para entrar se les paga al Gobierno chino y a los empresarios chinos) hasta el mercado, se llama Calle Pekin. Pero no es fea. Por el contrario, Lhasa sigue siendo entranable, con sus construcciones de piedra y ventanas paralelepipedas, con su mercado para los turistas y sus luces de neón chinas y, sin embargo, su gente sonriente, sus transacciones sobre la palabra, sus peregrinos que rezan mientras caminan, sus tienditas.
Al segundo dia, nos fuimos al templo de Jokhang, del siglo VII, hermosísimo y con murales inimaginables por su colorido y complejidad mitológica. Miles de monjes y peregrinos rezaban en coro, mientras turistas atropellados, manadas empujadas por las agencias de viaje caminaban entre ellos, sacaban fotografías, se perseguían, reían, se llamaban de un punto a otro del templo. De repente con Helena nos encontramos bañadas en lagrimas. La falta de respeto tan brutal nos había ofendido y no sabiamos qué hacer. Eramos dos turistas más y no teníamos forma de parar esa avalancha de violadores inconscientes. Tuvimos que salir con el corazon enchido de tristeza.
Sin embargo, nuestras contradictorias sensaciones de turistas tocadas por la realidad tibetana no terminaban ahí. Todavía con el corazón hinchado de lágrimas nos fuimos a admirar las hermosísimas exposiciones de arte sacro, las divinidades de la compasión, de la salud, de la sabiduría, los Budhas que las inspiran, las flores, los demones defensores. Un mundo de arte sacro que se transmite de maestro en maestro y que, desgraciadamente, no está al alcance de nuestros bolsillos. Hablamos con uno de los pintores. Helena le dijo que su padre pinta, y nos invito a tomar té y nos explico cada Tangkha. Fue una tarde que nos consoló por completo.
Luego, ya repuestas, nos encontramos con una oferta turística maravillosa: lanzarnos a hacer rafting por el Tulung Cha, el río que baja de la Nenjingtong, la cordillera paralela al Himalaya que cierra al oeste el altiplano tibetano. Y ahí nos fuimos, a remar por las tumultuosas y frías aguas con seis polacos y tres tibetanos como guías. Acampamos a orillas del río, cerca de un puente colgante en el que la banderas de rezo ondeaban al viento, entre yaks (desde Mongolia son mis animales favoritos) y escuchamos nuevamente los cantos de los pastores.
Poco antes de tener que salir (mañana se nos termina la visa y debemos irnos a Nepal), nos lanzamos a rezar en dos monasterios que pueden alcanzarse en camion desde Lhasa: el bellísimo Gandan, donde en el aula de las reuniones pudimos estar mientras los monjes rezaban y donde luego fuimos bendecidas con el sombrero de Songkapa, y del cual hicimos una cora alrededor de la montana que sostiene los restos del Monasterio destruido en 1959 y los actuales salones de Tsokchen, Yangbachen y la estaua del Budha Sakiamuni, el trono dorado y la cava donde Songkapa se cultivo a sí mismo en las doctrinas sagradas, en nombre de nuestras amigas, de la abuela de Helena y de un amigo que finalmente se ha enamorado.
Pasamos toda la manana caminando, respirando, meditando. Luego nos fuimos al templo de Dalemi, que tambien fue mandado construir por Songkapa en 1419.
Al regresar a Lhasa, nos sentíamos con una mezcla de gratitud por haber podido estar, nostalgia previa a la separación con estas tierras, y una ambivalente sensación con respecto a China. Pues el país que nos fascinó y que consideramos uno de los más extraños engendros de la historia más antigua con las corrientes mas contradictorias de la modernidad (mercado y maoismo, para darnos a entender), que creemos sinceramente que debe ser visto sin las anteojeras del arqueologismo de algunos occidentales y sin los prejuicios sobre el socialismo que se transforma de otros, pues ese país no es sino uno más de los paises colonialistas del mundo. Y eso sí, para mí, el principio básico de las relaciones internacionales es la autodeterminación de los pueblos. La verdadera, porque la treta de los referenda de autonomía donde participan los emigrados semiforzados (o muy beneficiados) de la colonización nos la conocemos desde que trabajamos sobre los saharauis.

De Ulaan Baatar a Beijing II

Llegamos a Beijing a las 5 de la mañana y los mercados y las tiendas departamentales ya están abiertos. Compradores y vendedores se disputan la madrugada. También hay borrachos que se despiertan entre orinas bajo un puente, viejitas que van al parque para hacer gimnasia, policías que salen a dirigir el tráfico.

El calor es sofocante: 40º en medio de una humedad que se corta con el movimiento del brazo. El cielo es gris, triste. No nos gusta, realmente no nos gusta Beijing. Helena y yo nos sentimos sofocar.

El lama Temple Youth Hostel es un refugio delicioso. Una gran construcción de jardín al fondo de su sala deja caer lentamente el agua de una fuente; las mesitas están dispuestas de manera que se enfrenten unas a otras para dar al mismo tiempo lugar a diálogos y posibilidad de intimidad.

Helena se niega a ir a ver el Templo de los Lamas, me acompaña a regañadientes a la ceremonia del té. No quiere hacer nada. Sólo quiere hablar con su abuela, pero en China es más difícil conseguir un teléfono público que en Mongolia. Aquí todo se debe resolver de manera individual, es el país de los hijos únicos, de la malcriadez egoísta de los pequeños emperadores consumistas.

Nos dormimos agotadas por el calor. En la noche salimos. El clima es igualmente sofocante, aunque el jazz que acompañan los tambores del marido de Mónica, en la islita de piedra del lago de Ritan, entre árboles y mosquitos es realmente bueno.

Nos mudamos a la casa de Bernardo. Se acaba de mudar y la está acomodando. Es pequeña, acogedora y de pisos de madera en un lugar silencioso a pesar de estar a una cuadra de la gran avenida de los restaurantes.

Compramos fruta y brocas para el taladro. Salimos a su antigua casa para saludar a nuestra primera anfitriona y ayudarlo a empacar. Luego voy a buscar el permiso para entrar a Tibet: cinco días para que nos digan si sí o si no. Helena se va a hablar con su abuela. Con trece horas de diferencia de huso horario es bastante complicado no despertarla.

Si Mongolia es el país de la hospitalidad, China lo es de la ley por encima de todo. Esto puede ser aberrante cuando una madre a punto de parir se dirige al hospital del estado para una revisión y los médicos le matan a su hijo en el vientre con una inyección de veneno y luego le revientan el cráneo con un forceps para sacar a pedazos al cadáver porque descubren que su tarjeta hospitalaria estaba vencida desde hacía tres meses. Nadie debe dejar vencer sus permisos. Nadie debe saltarse las revisiones obligatorias. O puede ser simplemente ridículo, cuando el portero no te deja subir al departamento porque la regla dice que debes tener tres llaves y sólo tienes las dos que realmente se usan.

Después de escuchar, los testimonios más horribles acerca de las políticas de natalidad, las aberraciones de un sistema de salud pública que sigue su propio programa de cuotas en términos de control poblacional y esteriliza sin consentimiento a mujeres de la minorías étnicas que supuestamente no tienen límites en su derecho a la maternidad (la política del hijo único sólo concierne a la mayoría han), impone abortos ahí donde considera superada la cuota de nacimientos, multa a las mujeres que se atreven a un segundo embarazo aunque tengan autorización para ello. Después de una tarde de relatos del horror, un portero extremadamente gentil, que me ofreció su silla y su abanico, que intentó sostener una conversación conmigo para que no me aburriera (ya sé que tiene 60 años, una esposa, que viajó a Francia en 2001 y tiene un amigo argentino, ¿qué tal?), me hizo esperar tres horas en la acera llena de mosquitos a que Bernardo y Helena volvieran a casa porque yo sólo podía mostrarle dos de las tres llaves reglamentarias.

martes, 28 de agosto de 2007

Video de Helena

Fotos de la loca, Helena


Más fotos de Mongolia






De Ulaan Baatar a Beijing

Ulaan Baatar nos espera con un calor impensable en la capital que detiene el record por ser la más fría del mundo. Pero pronto descubriremos que esa no va a ser la única mala noticia.

No queremos irnos y con Helena nos arrastramos por las calles polvorientas de la capital recordando nuestros recorridos por Centroamérica con el lema de “La calles son de quien las camina, las fronteras son asesinas”, que emprendimos hace cinco años con amigas de toda América Latina. En efecto, de no ser que la visa de entrada a China se nos vence, nosotras no dejaríamos Mongolia. Nos quedaríamos más tiempo entre sus bosques, hablando con su gente, bebiendo su yogurt. Pero el mundo globalizado sigue organizándose alrededor de la libre circulación de las mercaderías y el control de movimientos de las personas.

Más por tristeza que por ganas esta vez, nos detenemos en un Internet Café. Y ahí nos enteramos que abuela Berta está enferma, muy enferma.

Helena llora y decide regresar ahora mismo a México. Apenas ayer me preguntaba si su abuela está más feliz en México con toda su gente o en Querétaro con sus dos nietos más jóvenes. Para Helena su abuela es un referente de afecto y elegancia. Le gusta todo de ella: su ligera ironía con la tía Celia, su estar siempre de su lado cuando alguien la regaña, la no preferencia que manifiesta para con sus hijos. Y ahora la abuelita está enferma. Y Helena sólo quiere estar con ella.

No hay boletos ni siquiera para Beijing. Los vuelos a Londres están llenos hasta los primeros días de septiembre.

Finalmente el teléfono de papá contesta.

Helena habla con su padre, cosa que ha deseado hacer por casi tres meses, pero ahora habla y llora: no es su padre quien le interesa, es la madre de su padre.

Nos vamos a un bar. Es extraña la sensación de sentarse en una cantina con la que hace poco era una niñita y ahora sigue siendo una niña, pero tiene trece años, un problema real y mide un metro 64. Pedimos una gran cerveza oscura y nos la tomamos dándonos la mano. Luego sentaditas en la sombra fresca, yo pido otra cerveza y Helena habla.

Me toca cambiar el dinero, conseguir un boleto a la frontera, darme un masaje (los mongoles son más duros pero mejores que los chinos), conseguir un par de zapatos para Helena. Le pido a mi hija que me acompañe, pero ella prefiere quedarse en el cuarto. Sólo sale para colgarse de Internet y saber cómo está su abuela.

Mongolia no nos quiere dejar ir o nosotras tenemos tan pocas ganas de irnos que jamás conseguimos un boleto de tren directo a Beijing. Además no hay yuanes en los bancos, yo pierdo mis lentes, tengo que volver por mis botas, olvido mi suéter, la taxista no entiende la dirección que le doy…

Finalmente en el tren, descubrimos que no hemos comprado nada de comer para el viaje. Helena se tiende en la cama, dice una vez más que el calor la enferma y se duerme. Yo miro una extraña película mongola de los años 1950 en la red de televisión del ferrocarril mongol: realismo socialista entre pastores nómadas que se enamoran, indígenas que respetan sus tradiciones, aristócratas que encarnan la maldad, chinos traicioneros y buenos amigos del pueblo ruso.

Cuando llegamos a Zamin Uud (algo así como El Principio del Camino) no sólo tenemos polvo de carbón hasta dentro de los oídos, sino que la aventura mongola se intensifica con la presencia balanceadora de la gentileza mongola. Una señora que jala a un marido guapo y cargado de maletas nos ayuda a contratar un jeep ruso que en un principio nos parece caro. Por lo menos nos lo parece hasta que descubrimos cuántas cosas debe hacer su chofer para llegar del lado chino. Y el estrés de hacerlas.

Apenas cerramos la portezuela, el jeep arranca y se instala en una recta desde donde se lanza contra la línea de frontera con la misma fogosidad de un soldado de Gengis Khan contra la Gran Muralla. Los jeeps se empujan uno a otro para ganar diez centímetros de carreteras. Vuelan los vidrios de los faros, se abollan las láminas. Oficiales se migración siembran de clavos el asfalto con la esperanza de detener la avanzada de los jeeps; funcionarias en falda apretada y porte marcial recogen el peaje arriesgando si no la vida por lo menos la salud de sus piernas. De repente, como si hubieran levantado una barrera, una carga de jeeps inicia su asalto a una alta valla. Después de 500 metros de tierra de nadie, donde la carrera recuerda a los caballitos lanzados tras la meta en el Naadam, nos detenemos en masa. Inicia un largo y sediento asedio a la elegante frontera china, tan moderna y reluciente con su aire acondicionado, sus butacas de diseño y sus tiendas, como lentos e incompetentes son sus oficiales de migración.

Inner Mongolia: la Mongolia interior, la todavía invadida por los chinos. Una continuidad rota por la presencia de casas, ladrilleras, carreteras asfaltadas. Pero continuidad al fin: grandes rebaños de cabras, hombres a caballo, una ger de vez en cuando.

Conseguimos boletos en un autobús de camas. Sobre tres hileras de dobles literas, nos tendimos por 16 horas. El inmenso irlandés del piso de abajo no cabe en el espacio diseñado para que duerma un chino: suda, gime y está de mal humor. Los mongoles tampoco se sienten muy cómodos pero cuentan chistes. Las mujeres se acomodan.

domingo, 22 de julio de 2007

Más fotos







Mongolia 4

18 de julio

Cruzamos montañas, colinas. La nieve ha desaparecido y sólo se divisa un pico nevado a lo lejos, allende valles semidesiertos en los que corren ríos caudalosos que no logran humedecer más tierra que la que tocan.

Cuando cruzamos de las tierras de pastoricia kasaja a la mongola, de la minoría Dorvod, encontramos a un gran Ovoo donde nos detenemos a agradecer a la Madre Tierra. Poco después, llegamos a la ger de la madre y el padre de Bairdag. Helena me dice al oído que no se necesita una gran capacidad de observación para darse cuenta de quien es la persona de respeto aquí. El padre de Bairdag es un simpático señor que nos ofrece su botella de tabaco para aspirar y té caliente y abraza a su hijo, mientras su esposa, en el centro del gran tapete, debajo del altar familiar, escucha atentamente a una mujer con su hija que vinieron de muy lejos para obtener un consejo. Fuera de la ger esperan otros grupos de personas, hombres con sus caballos, una familia con un gran coche nuevo. La señora los hará pasar mientras su hijo y su esposo son circundados de amigas de su esposa que los ayudan en la cocina, la limpieza, el cuidado de la lana, la ordeña. La ger huele a incienso, la paz circunda el vallecito en el que está emplazada.

19 de julio

Uuvs Nuur: el segundo lago de Asia es salado y sólo tiene en su sima 22 metros de profundidad. A su alrededor, pantanos, laguitos, cañas y pastizales hospedan los nidos de diversos tipos de gaviotas. Plantitas moradas de tallos fuertes y miles de diminutas florecitas sobre unas hojas verdes en la base, alternan con flores amarillas, campánulas rojas, margaritas blancas y pequeñas. Los mosquitos pican sin piedad y dejan ronchas de todos los tamaños.

El microclima mediterráneo que crea este lago enorme, alrededor del cual corren grandes rebaños de borregos y ágiles camellos de jorobas erguidas, permite que otros laguitos rodeados de semidesierto se extiendan por las montañas rumbo al desierto de dunas de arena ubicado más al norte en el mundo: Altan els.

Altan Els es el escenario de la parte central de mi novela. Me emociona ver lo mucho y lo poco que me he equivocado en describir este paisaje de ensueño… o de pesadilla. Siempre me ha encanatdo describir mundos a partir del Atlas de geografía. La lectura de los espacios es casi tan emocionante como recorrerlos a pie. Y, que las diosas no me permitan mentir: cómo me gusta caminar. Si no escribiera a veces, diría que caminar es mi actividad preferida, la única que me hace sentir feliz.

Entre las montañas que encierran un valle verde, de matas duras y espinudas, con una hierba larga y cortante y espigas de algún cereal no doméstico, y las altas montañas que marcan la frontera con Rusia, se extienden por 240 kilómetros por 6 de ancho las dunas de Altan els.

En invierno y hasta abril varias familias nómadas llevan a sus borregos y camellos a protegerse del frío entre sus hondonadas. La hierba es escasa, pero la nieve proporciona el agua para la sobrevivencia.

En verano las dunas están moteadas de matas de hierba cortante.

Hay águilas, conejos, liebres, cabras de monte y algunas bandas de lobos.

Algunas hondonadas tienen una base de piedras sobrepuestas y sus dunas son más permanentes que las otras, de modo que en verano, cuando las arenas se secan, se mueven menos con el viento. En estas hondonadas se concentran la hiera, los arbustos espinudos de largas hojas aceitunadas y una que otra mata de una caña alta, verde y hueca; sin embargo, en la superficie nunca hay agua.

En la parte central de las dunas se pierde la dimensión de la profundidad. Espacios que se divisan a lo lejos como las montañas, se pierden de vista al ir hacia ellos. Igualmente, árboles o animales que parecen muy cercanos porque se pueden ver de una colina a otra en todos sus detalles resultan estar muy lejos. El aire es tan transparente como tramposo. Las voces se oyen por varios cientos de metros, pero las personas se achican y se pierden de vista. A apenas cuatro dunas de distancia, fatigaba en reconocer el lugar donde Helena se había quedado dibujando, aunque la oía cantar.

Los israelíes se quedaron en el carro bebiendo whisky y diciendo estupideces acerca de los poco que les gustan los desiertos que son buenos sólo para los “mustafás”. Por suerte pronto podremos encontrarnos con un autobús de línea y separarnos de ellos, aunque con Bairdag nos hemos encariñado bastante y nos dolerá saludarlo. Con Helena platicamos acerca del hecho que nuestros compañeros de ruta parecen no haber crecido a pesar de que son fuertes como troncos y testarudos como adultos. Helena dice que la culpa la tiene el servicio militar. Creo que tiene razón: tres años alejados de la vida cotidiana, teniendo que obedecer –que es la forma de nunca aprender a tomar decisiones-, con jefes que les dicen a la vez que su deber el una tarea común pero que los impulsan como si debieran demostrar que son superhéroes, les impidieron madurar. Ahora estos muchachos de 22 y 23 años son como adolescentes que mezclan las ganas de romper todas las reglas con una fea sensación militar de superioridad con respecto a los demás seres humanos. Son crédulos en las voces de la guía que han comprado, tanto como mandones e ignorantes como héroes bobos.

20 de julio

Helena se siente mal. Ha vomitado repetidamente durante la noche y por la mañana la sacuden unos ataques de diarrea y dolor de estómago. Le digo que es su oportunidad de sacarse de encima toda la mierda que no quiere recordar y mantener en su cuerpo. Sacude afirmativamente su cabecita, pero no sonríe. Voy a vomitar las elecciones robadas por Calderón, me dice. A las tres horas estamos en el hospital de Tes, un pueblo de 70 casas de palos de madera y bajareque donde los nómadas se dirigen cuando se enferman. Una doctora de cara redonda como la luna acaricia la frente de Helena mientras le pone suero por las venas: estaba completamente deshidratada por segunda vez en su vida.

Fotos del desierto






Mongolia 3

9 de julio

Desierto y más desierto. Luego el Khar us Nuur, el gran lago de aguas negras, el segundo de aguas dulces más grandes de Mongolia. Patos, gansos salvajes, cigüeñas, gordas gaviotas. El viento salvaje arranca nuestras tiendas de campaña. Cuando se calma, los mosquitos nos atacan. Sin embargo, en uno de sus recodos pantanosos nos encontramos con pelícanos migrantes, enormes y grises como figuras míticas.

Con el transcurrir de los días nos acostumbramos a este ir y venir de sequía y agua, de desierto y altivez combinados con verdes repentinos, ríos caudalosos y lagos salados o dulces. Dorgon Nuur, por ejemplo, al sur de Khovd es un casi mar helado y refrescante en el medio de valles desiertos.

13 de julio

Hemos llegado a los glaciares que rodean los altos y fríos pastizales de los kasajos, la primera minoría de Mongolia, que suma el 6% de la población total. La hermosura de estas cadenas de montañas oscuras, cruzadas por vetas verdes, cafés y grises, y copeteadas de nieves, es subrayada por los ríos tumultuosos que corren por sus valles, aunque los aires fríos que llegan de los glaciares de Tsambargav, aun en verano, cuando se mete el sol pueden bajar la temperatura a 0º.

Alrededor de los hilos de agua helada que bajan de las montañas se agrupan unas cuantas gers, más altas y puntiagudas que las mongolas, desde las que entran y salen niños, hombres, mujeres para los diversos quehaceres que rodean la cría de las ovejas de de preciada lana kashmir. Son musulmanes, grandes artesanas del tejido y el bordado las mujeres, y talabarteros y repujadores de metales los hombres. De ser posible medir el ofrecimiento desinteresado de todo lo que los nómadas poseen, los kasajos parecen aún más hospitalarios que los mongoles.

En la ger de una familia presidida por un anciano abuelo que enseña a entrenar águilas para la cacería a caballo durante el invierno, mismas que alimentan con marmotas y otros animales de las praderas, y que de adultas llegan a pesar 25 kilos, nos han abierto la puerta apenas nos acercamos tiritando de frío. En la mesa, al lado de la estufa de estaño prendida, han dispuesto para nosotras el yogurt más cremoso de Mongolia, leche de yegua, dulces, pan y mantequilla.

Entre los kasajos, hombres y mujeres no están juntos ni comparten sus trabajos y chistes. En la ger nos atiende el anciano con sus hijos y nietos. Su esposa y sus hijas están todavía ordeñando, o ya han entrado a la ger contigua para preparar los alimentos o lavar la lana que grandes camiones vendrán a recoger en un par de días para llevarla al mercado de Khovd y de ahí a Ulaan Baatar y Londres. Sólo un poco de la preciadísima lana de sus ovejas se queda en la familia para el tejido de fajas y tapetes.

La comunicación no es fluida. Bairdag, nuestro chofer, a pesar de su respeto budista por todas las culturas, de repente se muestra receloso con los kasajos. Parece como si se sintiera incómodo; gasta unas bromas estúpidas sobre sus costumbres y dice que son muy ricos gracias a sus rebaños y, por lo tanto, que no vale la pena que le compremos nada. Helena se enfurece. Hace tres días estalló por un chiste racista sobre los árabes –que ella adora, cual si todos fueron su amado Ahmed- y les reclamó a los israelíes ser “matapalestinos”. Así que ahora no se va a callar con Bairdag, al que le dice que sus chistes no son divertidos. Nuestro chofer no entiende, intenta explicarle que mongoles y kasajos viven en condiciones muy parecidas, pelearon juntos primero contra los chinos y luego contra los rusos blancos, tienen casi las mismas costumbres con respecto a caballos y rebaños, pero no son lo mismo. Helena dice que entiende, pero que no por ello tiene derecho a ofenderlos. Dejan de hablarse por un buen rato.

Un niño muy pequeño, con una grave parálisis cerebral, juega en los brazos de su hermano mayor, que lo carga y acaricia sin cesar. Helena se va a jugar con ellos, mientras el anciano con su abrigo bordado y su hermoso sombrero de alas levantadas, nos invita a ver su águila. Nos levantamos todos, pero Bairdag se queda sentado y los israelíes titubean. El anciano se siente tan incómodo con la actitud indisponente del grupo, que termina diciéndonos que si queremos fotografiarlo deberemos pagarle 2000 tugruts por persona. Está enojadísimo. Aceptamos; es la única forma que el chofer nos ha dejado de corresponderle con algo.

Dejamos la ger bajo un aire helado que nos hiere el rostro y se mete bajo la ropa. A los pocos kilómetros, el viento amaina y, aunque no hace calor, dejamos de sentir frío. El gran torrente que corría bajo el glaciar se ha dividido en una red de hilos de plata cristalina que atraviesan el valle. Personas y animales beben de ellos. Su sonido sosiega. Llegamos a una ger de pastores kasajos que nos ofrecen dormir con ellos. Son evidentemente menos ricos que la familia de domadores de águilas; el tamaño de sus rebaños es reducido y hay menos tapetes y bordados alrededor de su ger. Pero su hospitalidad no es menor y llenan su mesa con todo lo que tienen, en particular un queso de espuma de crema que tiene un sabor casi dulce. La esposa del pastor y sus dos hijas mayores nos preparan una pasta fresca de harina y agua que fríen con pedazos de cordero. Las niñas más pequeñas y los niños, ocho en total, juegan a su alrededor. Antes de su primera menstruación, las niñas son juguetonas y tan libres como los niños. Casi podría decirse que antes de la expresión de su sexualidad, mujeres y hombres no tienen sexo y, por lo tanto, tampoco responsabilidades genéricamente definidas. Sólo después de que el pasaje de la infancia a la juventud se hace evidente, a las mujeres se les carga con todos los trabajos relativos a la cotidianidad, así como se les cubre el cabello y se les deja comer después de los huéspedes y los hombres. A los niños se les separa de sus juegos un poco más tarde. Entonces son enseñados en las labores de la pastoricia y se les lleva a las más rudas actividades de la vida nomádica. No es de extrañar que para los kasajos, la infancia es cantada y descrita como la época dorada de la vida a la que todos quieren volver.

Por la mañana habiendo sido la primera en despertar, me encontré con la señora que ya estaba preparando el pan y acomodando la leña. No quiso que la ayudara, sólo me sonreía en continuación. Cuando terminó de preparar la leche, entró a la ger y me trajo una crema para la herida que me provoqué en la pierna con la fricción de los estribos de la silla mongola. Poco después, su marido nos llamó a todos para que entráramos a probar su excelente yogurt.

15 de julio

¿Qué es ser una minoría? Al amanecer entre las cumbres de Tavan Bodg Uul, donde la nieve no sólo define la altura de las mayores montañas de Mongolia sino también la frontera con Rusia, Kazajstán y China, me pregunto por qué un kasajo escoge ser mogol, cuando tiene al lado, con el mismo clima y las mismas oportunidades, un país podría ser parte de la mayoría, y donde todos hablan su lengua y el muecín canta desde el minarete de todos los pueblos. Me lo pregunto porque la discriminación en Mongolia es velada, no se expresa violentamente, pero es evidente. Los kasajos no tienen un sólo programa de radio o de televisión, su ciudad más importante, Ulgy, es grande y rica y sin embargo sólo tiene una escuela y el museo que cuenta la historia de los montes Urales y sus culturas, entre ellas la kasaja, no cuenta con ayuda estatal. Los pueblos mineros de la región, como Hotgur Hurka, parecen olvidados desde hace años y la belleza de su arte no es considerada por los fotógrafos que ven a los mongoles como una sola nación.

Sin embargo, estoy segura de ello, existe un orgullo especial en ser minoría. Se es lo que no todos son y con ello se desmiente la mecánica definición nacional. Se habla una lengua que es la marca de la diferencia, se puede mirar a la persona con privilegios nacionales como lo que es: un ridículo dominante, una persona que no tiene a su favor sino el número de sus iguales. La persona que pertenece a una minoría siempre puede apelar a una historia personal, la de la propia aceptación o de la resistencia a la dominación, nunca es un número indefinido para sí misma.

Pienso en minorías que tienen la vida muy difícil, muchas veces habiendo perdido sus derechos a la tierra, como los palestinos, los tibetanos, los saharauis y la mayoría de los pueblos autóctonos de América. Viven en condiciones extremas, y a diferencia de los kasajos no tienen un país propio en el que refugiarse. Pienso en ellos y, en el fondo, veo el mismo orgullo de quien puede escupir a la cara del mayoritario su altanería de diferente. No hay tierra que valga la muerte propia o de los hijos de no ser que permita identificarse con un valor moral que el pueblo dominante no comparte y que se encarna en una lengua, una religión, una forma de ser.

jueves, 12 de julio de 2007

Naadam

¿Qué es una reunión anual sino una necesidad que contraviene lo cotidiano? ¿Qué es la fiesta sino la suspensión de lo debido?

Y en Mongolia, desde los tiempos de Gengis Khan, el adorado líder que les dio unidad y escrituras, orgullo y movimiento a los mongoles, el oceánico rey del que, desde hace dos meses, por ley está prohibido hablar mal, el adorado esposo que prohibió el rapto de mujeres porque siempre acató los consejo de la suya, el…. Que nadie diga que el destructor de Samarcanda, por favor. En fin, desde los tiempos de Gengis Khan en Mongolia, durante el verano, cuando las actividades masculinas merman, los animales engordan y hace calor, los mongoles se adunan para beber, jugar, comer y, sobre todo, demostrarse sus habilidades de guerreros: luchan, montan a caballo y tiran con el arco. Naadam significa precisamente reunión, adunada, asamblea. Es la ruptura de la regla de dispersión de los nómadas. Es el abrazo de quien volverá a dispersarse. Son las hordas que deciden darle vuelta a la Gran Muralla y tomar de sorpresa a Beijing.

Por 25 kilómetros sobre caballitos de dos años, o por 30 sobre caballos mayores, estrictamente divididos entre castrados, yeguas y sementales, niñas y niños de los 5 a los 12 años, a cuanto más ligeros y fuertes mejor, entrenados por sus abuelos se lanzan como en una carga de caballería en las más locas y cansadas carreras. Alrededor de la pista que cruza el valle donde los caballos se agotan, las familias se reúnen, los bebés juguetean con la tierra, los adolescentes se enamoran, los adultos comen o juegan a las barajas. De un grupo a otro, de una familia a otra, van los platos de comida, los dulces, las palabras.

Helena fue prácticamente adoptada por una familia tan amplia y gentil que no podía entender quiénes eran las y los hijos, las y los hermanos de una señora que le pasaba a su bebé para servir la comida, le decía unas palabras en inglés e impulsaba a otros niños y adolescentes a escribirle sus nombres en su cuaderno, a hacerle dibujo, a explicarle algo del Naadam.

Elegantes muchachas vestidas de seda azul, jóvenes y niños, y ancianos y ancianas en sus mejores prendas, bajo los árboles o cerca de un río, arman su campo de tiro, levantan un blanco de piedras de diversos colores y celebran con cantos y pasos de danza los mejores lances. Los arcos de madera son pintados, elegantes, rematados por picos curvos y en el pasado oscurecieron el cielo de sus enemigos con el tiro de cientos de flechas.

En una plaza, hombres de todos los tamaños, vestidos con unos calzoncitos azules o blancos y una camisetita apretada que les deja descubierto el pecho, se agarran de las manos, los hombros, el cuello, las caderas hasta lograr que el otro toque con una parte de su cuerpo que no sean las manos el suelo. Tres mongoles el año pasado ganaron el campeonato mundial de sumo, dejando en ridículo a los muy ofendidos japoneses. En la plaza de Khovd, entre kazajos generosos que se ofrecen dulces unos a otros, khalkh orgullosos, khoton con sus especiales sombreros, uriankhai, zakhchin, myandag, oold y torgud, los luchadores llegan a mostrar su fortaleza, su masculinidad, su amistad. Quien gana ayuda al otro a levantarse y, luego, para demostrar que no hay enemistad entre ellos se dan grandes nalgadas y abrazos. El paseo del victorioso con las manos en alto, la devolución de los sombreros por parte de los jueces, son parte de una coreografía que sólo resalta la unión de los hombres.

A pesar de que no les guste recordarlo, más aún que les da una cierta repugnancia hacerlo, los mongoles se resistieron fieramente a la invasión manchú en el siglo XVIII, pero sucumbieron frente a su número de este a oeste, logrando liberarse apenas en 1911 (en realidad en 1921, porque los chinos intentaron reinvadirlos, cosa que también intentaron después los japoneses y hasta los rusos, aunque a éstos se les considera más bien como aliados contra sus enemigos asiáticos). Desde entonces el Naadam se ha convertido en la Gran Fiesta Nacional. Banderas rojas (la lealtad) y azules (bajo el cielo) ondean en los campos. Militares flacos y duros, vestidos de un verde grasiento como de cucaracha ocupan las gradas de los estadios donde los haya. Jueces y altos funcionarios se pasean por el campo con sus mejores prendas y luciendo sus sombreros de fieltro.

Hay Naadam en todas las ciudades y aun en los pequeños poblados donde las muchachas están muy orgullosas de sus compañeros de clase si llegan a luchar y, sobre todo, si llegan a ganar.

Ayer, una anciana khalkh nos explicó que las ciudades no existen desde siempre. Las ciudades más bien son inútiles. Lo que existían eran los monasterios, luego –“con los comunistas”, según dijo- los sustituyeron los hospitales y las escuelas. A su alrededor se establecían en invierno muchas ger, de familias que se reunían para hacer frente común a las inclemencias del clima. En verano, en esos mismos lugares de refugio, cuando los animales ya habían pastado a lo largo de sus migraciones y los caballos estaban en el pleno de sus fuerzas, llegaba el momento de jugar juntos. El Naadam no es una fiesta de las ciudades, es un instante, una suspensión de las regularidades del año, un flechazo.

Los comunistas transformaron las demostraciones de las dotes guerreras de los mongoles en deportes, pero los deportes para estas mujeres y hombres con espíritu de niños nunca dejaron de ser un juego de seducción. Los ayes y los uhu de los turistas no les importan a los muchachos que se agarran del cuello para que una bella los vea, ni sus aplausos conmueven a la arquera que lanza su dardo hacia un blanco presidido por un espléndido juez de 18 años en el ropón de seda bordada heredado de su abuelo. Aun los niños ganadores de las carreras corren a abrazar a sus abuelos entre las miradas de sus coetáneos con un gusto que es el de mírame, abrázame, tócame.

Mujeres de Mongolia

Ulaan Baatar, 25 de junio de 2007. La primera impresión que dejan las mujeres mogolas al conocerlas es de una seguridad y una independencia asumidas y ejercidas. Al mes y medio de recorrer las zonas de pastoreo donde las nómadas llevan a cabo su vida, generando culturas en íntima relación con el medio ambiente, esta impresión por momentos se fortalece, en otros se debilita, pero nunca se desvanece.

Las mujeres mogolas constituyen el 51 por ciento de la población de un país que, al reunir trece etnias, suma 3.700.000 habitantes, el cincuenta por ciento de los cuales son pastores nómadas. La altísima tasa de alfabetización de Mongolia (el 97% de sus habitantes sabe leer y escribir, y ha cursado el ciclo primario y secundario de la escuela, que es gratuita y cuenta con residencias para las hijas e hijos de las familias nómadas) impulsa a dos mujeres por cada hombre a inscribirse en la Universidad Nacional de Mongolia, o en universidades de menor calidad tanto públicas como privadas.

Las madres de familia impulsan que sus hijas estudien aunque eso les signifique una merma en los apoyos a sus agotadoras labores domésticas (preparación de los alimentos para el día y para el largo invierno, costura, trabajos derivados del pastoreo como la ordeña, la preparación de yogurt, la mantequilla y el queso, manufactura de algunos implementos para el trabajo como la fabricación de cuerdas de crin de caballo o camello, el curtido de las pieles de los animales sacrificados, el tejido de cobijas de lana, la fabricación de pequeños muebles y, desde 1990, las actividades relativas a la atención de los turistas y visitantes). La idea es que si una mujer instruida se casa con un hombre que resulta alcohólico tiene los conocimientos suficientes para salir adelante. Puede dejarlo e irse con sus hijas e hijos a la ciudad, donde conseguirá un trabajo menos ligado al necesario complemento masculino a sus labores tradicionales.

Esta mezcla de lo ancestral, aparentemente eterno de su cultura, con conceptos prácticos es común en Mongolia. Por ejemplo, la mayoría de los hombres deja los estudios alrededor de los 17 años porque se queda al cuidado de los hatos de ganado. Según las zonas, yaks y vacas, cabras y borregos o camellos y caballos les son regalados o confiados por su padre. En un principio, tienen un precio equivalente al que una familia invierte en la educación universitaria de las mujeres. Sin embargo, con el tiempo y dependiendo de la habilidad del muchacho, pueden convertirse en verdaderos capitales, lo que no siempre sucede con los conocimientos adquiridos en la escuela.

En la actualidad, Mongolia está sufriendo cambios drásticos. En 1990 ha dejó de ser una república comunista, optando por un capitalismo comercial de tintes dependientes (ha enajenado sus recursos mineros que hoy son explotados por firmas canadienses, chinas y estadounidenses, mientras Francia busca desesperadamente uranio en sus entrañas), y desde que se sumó a la coalición bushiana para invadir a Irak (proporcionalmente al número de sus habitantes, es el país con el mayor contingente de soldados, 80, en ese país árabe devastado por el colonialismo estadounidense) ha recibido ayudas monetarias diversas que, por un lado, fomentan su dependencia de la economía globalizada y, por otro, alimentan la corrupción de la nueva cúpula política de Ulaan Baatar, la ciudad capital.

Las ayudas financieras responden por lo general a patrones de culturas occidentales muy marcadas por una división de géneros que favorece a los hombres. Por ejemplo, se otorgan al “jefe de la familia”, concepto inexistente en la cultura de las etnias mogolas (aunque sí entre los kazajos del occidente del país) donde mujeres y hombres son copartícipes de la economía, el reconocimiento social y la crianza de los hijos, y donde prácticamente no se usan apellidos, estando así libres de esa marca de valoración de la descendencia según el predominio del linaje masculino o femenino (la elección de un apellido es uno de los requisitos de la nueva economía de mercado urbana, y el gobierno tiende a estimular que éste sea el nombre del clan paterno, que muchos mongoles desconocen). La mayor parte de las “ayudas” internacionales son innecesarias en un país donde la vida de trabajo es muy dura pero la pobreza no es una realidad entre los nómadas. Parecen responder, más bien, a la creación de necesidades que sólo pueden satisfacerse con dinero (alcohol, televisiones, juguetes de plástico) y al afán de la cúpula en el poder de quitarle valor a la vida nomádica, para asentar a las y los mongoles en ciudades en rápido crecimiento donde la pobreza crece a la par que la generación de grandes riquezas para un pequeño número de personas. En efecto, indigencia y violencia de género, problemas de vivienda, bajos salarios, desempleo y alcoholismo acosan a los nómadas asentados en Ulaan Baatar.

El alcoholismo es uno de los principales problemas de salud entre la población masculina y el único detonante, muy criticado por los hombres y las mujeres en el campo, de la violencia contra las mujeres. En las calles de Ulaan Baatar, con una población de un millón de habitantes desproporcionadamente femenina, la violencia callejera está muy ligada al fenómeno. Los hombres se pretenden necesarios para mujeres que viven solas y abusan de su fuerza para retenerlas a su lado o hacerse acompañar en sus actividades. Cuando una mujer se niega a ello, los golpes pueden ser una consecuencia visible aun en plena calle.

Fuertemente ligadas a la indispensabilidad del trabajo femenino y el masculino para la sobrevivencia humana, las prácticas así como los cuentos fundadores cosmogónicos y civilizadores de Mongolia otorgan a la pareja heterosexual un rol de organizadora del mundo, de modo que las mujeres representan la parte sabia y los hombres la parte fuerte de un devenir que necesita ambas cualidades. Dada esta visión dual y no individual de la realidad y sus consecuentes condicionamientos culturales, la cuarentena de lesbianas y gays asumidos de Mongolia son absolutamente incomprendidos y marginados. Su falta de deseo por el otro es vista por la sociedad mogola como una incapacidad de relación con la realidad humana y la marginación que sufren es una consecuencia directa de lo que se visualiza como una falla en la cooperación con el orden del mundo. Además, y a pesar de la relación reverente con una Madre Tierra que se manifiesta también en el culto a rocas con aberturas como vaginas protectoras y benevolentes, en Mongolia hay también una valoración muy positiva del vigor fálico, de la fuerza que se considera inherentemente masculina y se representa en esculturas en forma de penes –cortados o no-, considerados dadores de fuerza y vigor.

Esta división cultural de la complementariedad sexual se manifiesta aun en los trabajos “modernos”. Por ejemplo, en la rama del turismo todas las intérpretes y guías son mujeres, pero los chóferes son hombres (sólo hay pocas taxistas en Ulaan Baatar). En los deportes tradicionales, en particular los que se efectúan para el festival del Naadam (algo así como la “asamblea” de los nómadas en verano que, durante el régimen comunista, se convirtió en fiesta “nacional”), aunque las niñas de 5 a 12 años como los niños de la misma edad pueden participar en las carreras de 25 y 30 kilómetros de galope a campo traviesa, y se reconocen a varias campeonas de tiro al arco, es absolutamente prohibido que una mujer luche. Más aún, la indumentaria de los luchadores deja el pecho descubierto exactamente para que no haya equivocaciones al respecto. Una mujer que le ganara a un hombre agarrándolo de los brazos o las caderas y tirándolo al piso, desmoronaría su dignidad y ello debe ser evitado por las reglas que los mismos hombres imponen para salvaguardarse de la vergüenza y que luego convierten en “naturales”. Ahora bien, las tres disciplinas de origen militar transformadas en deporte representan tres valores morales: el valor físico las carreras (y nadie puede o quiere negar que las mujeres son valientes), la sabiduría el tiro al arco (y por lo visto la sabiduría es una cualidad muy femenina que es un bien que los hombres acaten) y la fuerza la lucha (pero la fuerza es un atributo que los hombres se preservan).

El desierto