domingo 14 de octubre de 2007

Las mujeres en la madre India

La Madre India, como los indios denominan a su nación, es un mosaico de culturas, religiones, lenguas que a su vez se subdividen y reagrupan según sistemas de género, tribales (adivasi) y de castas (cuatro grupos de diversos grados de “pureza”, divididos en mas de 3000 castas laborales, sin contar a las y los “intocables” o dalit) completamente desconocidos en Europa y, más aún, en América. Conceptos como honra y deshonra de los hombres y la familia, en efecto, han perdido hace tiempo su vinculación con la acción y el comportamiento sexual, el recato y la fidelidad de las mujeres, pero en India todavía desencadenan violencias y asesinatos. Por lo demás, para nosotras son igualmente lejanos otros conceptos, como los de poder de la vida, madre universal, salvaguarda de las decisiones sobre el colectivo y guardiana de la tierra que dan a las indias un poder que, aunque ineficaz ante las autoridades locales, hace temblar a la nación como tal.

Faltan cincuenta millones de mujeres en el recuento de la India, el segundo país más poblado del mundo, con mil millones de habitantes, que según todas las proyecciones en un periodo menor de quince anos superará a China. La tendencia mundial de que el número de mujeres sea más alto que el de los hombres (51% del total de la población humana a nivel global), se halla invertida en India donde hay apenas 993 mujeres por cada 1000 varones. El motivo es muy simple: las mujeres según la teoría económica patriarcal cuestan. Es decir, sacan de la casa del padre el dinero que les es necesario para su matrimonio y su dote, mismos que tienen un valor elevado. Puesto que las hijas pasan de la casa del padre a la del marido, la familia paterna -madre incluida- considera que el que se gasta en ellas es dinero perdido. Nunca se cuestiona que el disfrute de los bienes colectivos sea un privilegio masculino, a menos que un grupo de mujeres organizadas, feministas de varias tendencias y extracciones sociales, no lo haga notar. Numerosas organizaciones femeninas de nombres tan estrafalarios como Nosotras contra la Dote, o de hombres solidarios, Nosotros No Queremos Dote, empiezan a manifestarse en las grandes megalópolis de la India: Delhi, Mumbay, Kolkata, Madras, y en algunas ciudades menores.

Las familias patriarcales prefieren matar a las niñas recién nacidas o abortar los fetos femeninos apenas un ultrasonido puede determinar su sexo. Los motivos que provocan este feminicidio fetal son diferentes a los de China (donde se prefiere que el único hijo permitido por el estado sea varón), pero en ambos casos las nuevas tecnologías sostienen la vieja misoginia.

Frente a esta realidad, en el mes de julio recién pasado la Ministra para Mujeres y Desarrollo Infantil, Renuka Chowdury, ha propuesto una medida para acabar con los abortos selectivos en India, que asusta por su alto grado de control sobre la libertad y la privacidad de las mujeres y su poca posibilidad de aplicación real en un país donde la medicina privada atiende a la población más rica, mientras la más pobre cuenta con un medico cada 30000 personas. La iniciativa consistiría en requerir a todas las embarazadas del país que se registren ante el Gobierno y soliciten permiso si desean interrumpir voluntariamente su embarazo. De esta manera las parejas que deseen abortar tras descubrir que esperan a una niña lo tendrían más difícil. Pero…. recordemos que las leyes que prohíben a los médicos proporcionar datos acerca del sexo del feto no son acatadas en ningún hospital privado o público. Y que toda ley que prohíbe algo que se realiza consuetudinariamente sólo sirve para alimentar la corrupción.

El prestigio de la madre y su posición en la familia sólo se consolidan cuando da a luz un varón, ya que sólo éste puede realizar los ritos funerarios para sus padres. Así, cuando nace una niña no se le festeja con parientes y vecinos y, probablemente, cuando crezca reciba menores alimentos, se gaste menos en su educación y deba efectuar las labores domésticas como forma de pago por su hospedaje en casa del padre. Este trato tiene una función implícita, la de domesticar el carácter de las mujeres. En una sociedad obsesionada por el matrimonio, donde las jóvenes en su mayoria se casan con alguien que no conocen y van hacia una familia extraña, en una población distinta, lejos de sus sostenes afectivos, hay que estar preparadas para aguantar la tiranía de las suegras, que algunas veces fueron nueras en una familia de extraños. Así como aguantar el acoso sexual de primos, cuñados, sobrinos que conviven en el delicado equilibrio de las familias extensas. Si alguna de sus hijas sufre maltrato o abuso sexual, lo que no es infrecuente, no podrá hacer nada. Una joven casada sin un hijo varón no tiene casa a la que huir si ella misma es victima de maltrato, pues se considera que el marido tiene derecho a “disciplinar” a su esposa como considere necesario.

En India sobrevivieron hasta mediados del siglo XX prácticas ligadas a la importancia de la figura paterno-marital dominante, como el sati, es decir la quema de la o las esposas en la pira fúnebre del marido, y aun hoy para otorgársele una visa de turismo a una extranjera (como yo o como mi hija de 12 años) se le exige proporcione el nombre de un hombre de familia “responsable” de ella, preferiblemente padre o marido.

La sociedad india considera que la condición ideal de una mujer es la de esposa. Las jovencitas no usan colores brillantes ni se adornan como lo hacen las mujeres casadas para lucir su alegría de tener marido. En los templos hinduistas, los rezos de las solteras se dirigen a Parvati para, como ella misma, obtener del cielo la benevolencia de un buen marido. La más grande compañía matrimonial del mundo está en la India y en cada ciudad existen decenas de jardines y palacios que rentan pabellones para las bodas. Es cierto que los hombres indios repiten en toda ocasión que “No wife, no life”, pues una esposa a ellos les soluciona la mayoria de los problemas cotidianos de su vida y, aún más, les permite acceder a los templos para ofrecer sacrificios a los dioses y diosas (más de 33 millones). Aun las y los musulmanes, sikhs, budistas, jainistas, animistas, cristianos y el puñado de ateos que conviven en la Madre India suponen que el sueño de toda mujer es el matrimonio, porque de hecho es su única forma de acceder al reconocimiento público, a la posibilidad de tener hijas e hijos legítimos y a derechos sociales y económicos.

En la actualidad una viuda no sólo no vuelve a casarse y viste de colores oscuros, sino es una sobrante que, si no tiene un hijo varón que la acoja en su casa, apenas puede sobrevivir en una familia. Son recurrentes los “incidentes de cocina”, cuando una joven viuda o una esposa infértil (o simplemente una esposa que no ha llevado la suficiente muestra de su gratitud como dote a la familia del novio por haberla aceptado y darle un hogar) se quema por “error” gracias a las manipulaciones de su suegra en las hornillas.

Según la Asociación de Servicio de Educación y Desarrollo Rural, una ONG de India que trabaja en el campo con mujeres y hombres dalit, cada 27 minutos una mujer es asesinada por un problema con la dote; cada 20 minutos se produce una violación o una mujer es traficada; cada 16, una mujer se suicida y cada tres minutos se produce una tortura en el ámbito familiar.

A pesar de que desde el 25 de julio de 2007 la presidenta de la República sea una mujer y una progresista, Pratibha Patil (apoyada por el Congress Party de Sonia Gandhi, la probable futura primera ministra), y que importantes ministerios estén regidos por otras mujeres, la participación política y social femenina en India es inferior al 11% y sólo muy recientemente una ley garantiza su participación en los gobiernos locales, imponiendo que uno de cada tres asientos sea reservado a las mujeres. Asimismo, las autoridades no actúan para impedir la violencia contra las mujeres, cuando no toman parte activa en ella, como denuncian las organizaciones de familiares de victimas y Amnistía Internacional. Muchos funcionarios públicos de estados como Uttar Pradesh (aunque regido por una gobernadora, Mayawati), Rajastan o Gujarat continúan haciendo caso omiso de las denuncias, aceptan sobornos, encubren abusos, ocultan o destruyen pruebas cuando los hombres golpean a las mujeres, las desnudan, las violan, las dejan sin sustento.

En particular, si las mujeres son dalit o adivasi, es prácticamente imposible que tengan acceso a la justicia y la protección en el ámbito local. Las mismas mujeres tienen miedo de registrar una denuncia a la policía, ya que pueden someterlas a nuevos abusos o deshonrarlas públicamente. El 80% de la población de la India es rural y es precisamente en el campo y las pequeñas ciudades donde se producen los ejemplos más evidentes de la combinación de discriminación de género y marginación de casta: las y los dalit no pueden acceder a los templos públicos de oración –los hay también privados-, les está prohibido utilizar los pozos de agua potable que surten al resto de las personas, son obligados a efectuar trabajos considerados sucios o degradantes, no pueden comer en lugares públicos porque son considerados impuros. Es interesante notar que las y los musulmanes (el 30% de la población india) que no tienen ni aceptan el sistema de castas, reivindicando la profunda igualdad de las personas frente a un único dios, son perseguidos como “fanáticos religiosos” cuando externan sus opiniones al respecto.

Ahora bien, las más diversas corrientes feministas, algunas de raigambres antiguas, otras ligadas al desarrollo del movimiento de liberación europeo, otras más que abrevan en la experiencia de mujeres concretas en lugares no dominantes de la India, conviven y dan esperanzas a millones de mujeres. El primer movimiento ecofeminista, y aun el concepto mismo de ecofeminismo, es indio y fue introducido hace años por la economista india Bina Agarwal. El movimiento Chipko, descrito por Vandana Shiva en uno de sus primeros libros, tiene origen en un movimiento pacifista de mujeres de hace 260 años, cuando éstas se abrazaron a los árboles para que no fueran cortados durante las guerras que ensombrecían sus días en Rajastan. Hoy tiene centros de estudio, asilos para mujeres, plantaciones, programas contra la invasión de semillas transgenicas, grupos de acción contra la discriminación. En una forma completamente diversa, y al límite del delito, 400 mujeres del estado de Maharashtra, lincharon a un violador que durante diez años no fue detenido por la policía en Nagpur a pesar de sus denuncias, para garantizar que no lo liberasen. Cinco de ellas fueron arrestadas, pero las otras 396 bloquearon la entrada a la sala de audiencia del tribunal que iba a acusarlas de asesinato hasta que las liberaron por haber actuado en defensa propia. La Red Nacional de Grupos Feministas Autónomos de la India actúa en la sociedad civil sin perder tiempo en exigir del mundo gubernamental una ayuda que no llega. Sus principales trabajos se centran en la lucha contra los fundamentalismos hinduista e islámico, y trabajan por ello en la dignificación de todos los momentos y las formas de vida de las mujeres. Algunas escritoras, como Arundanati Roy, son hoy las voces más claras que se elevan en India contra el nuevo armamentismo y la discriminación de las mujeres.

jueves 11 de octubre de 2007

Desde Roma: consejos para viajeros

Y ahora que hemos llegado al final de nuestro viaje y vagamos como dos almas en pena por las calles otoñales de Roma, necesitamos encontrar un consuelo. Pensamos que una buena cosa seria recordar no sólo los buenos momentos y lo que hace que suspiremos cuando pensamos en el verano mongol, las suaves praderas amarillas por las flores de mostaza en Tibet, la belleza de las montañas chinas, la grandiosidad del Annapurna y los cañones escarbados por los torrentes de Nepal o la diversa inmensidad de los paisajes y arquitecturas de la India. Queremos recodar la infantil sonrisa y los juegos entre brutales e ingenuos de los mongoles, tan queridos y hospitalarios. La precisa organización y la cortesía de los chinos, capaz de trastocarse en cualquier momento. La confusión, la sacralizad y la sinceridad de las relaciones con las y los tibetanos. La dulzura de los nepalíes y la seductora presencia de las y los indios y cachemires.

Para reír en lugar de suspirar (y en Europa es necesario sonreír, es una cura para el mundo: aquí nadie hace nada más que reclamar y las caras se deforman por muecas de labios caídos), pensamos ofrecer algunas direcciones de lugares y personas que nos han hecho el viaje más placentero, dándonos cobijo, hospitalidad o consejos. Ojala sean de utilidad para quien decida viajar.

MONGOLIA

Mongolia puede considerarse como el lugar de campamento más grande del mundo, así que si se compran una tienda de campaña y deciden caminar, tomar caballos, camellos o yaks para moverse está bien. Muy bien.

Pero….

Ulan Baatar es una ciudad más peligrosa que la mayoria de ciudades chinas porque el nuevo gobierno está privilegiando el dinero por encima de los hatos de ganado (recibir un yak como mordida puede ser incómodo) y las calles se han llenado de emigrantes que no encuentran trabajo. El viejo alcoholismo, que era el escape a la monotonía de los rusos, es muy presente entre estos niñotes que se sienten abandonados. Los niños de la calle llegan a robar los bolsos a las y los turistas que se distraen en el Internet o papaloteando.

Esto no significa que haya que tenerle miedo a Ulan Bataar, sino que hay que dormir en una guest house o un hotel. Hay muchos en verano. Algunas guest house son famosas y las guías reportan sus nombres y no en un sleeping bag en sus calles.

Nosotras fuimos realmente felices en la casa de una familia de gordos amables, ella educadora Montessori, él hombre de negocios: la BLUE SKY, GUEST HOUSE AND TOURS. Ofrecen camas en dormitorio o dos cuartos para dos, uno de lujo con baño, el desayuno, servicios de Internet y uso de la cocina. Además proporcionan viajes cuyo itinerario puede decidirse y cambiarse antes de partir. bluesky@maginet.mg o www.erudiemongolia.com. Pidan que los pongan en contacto con el mejor de los choferes, un dorvod que no bebe y conoce muy bien el noroeste de Mongolia, así como el Gobi: Baira, el adorable amigo BAIRA, cuyo teléfono en Ulan Bataar es 11352879. Su carro es una de esas viejas furgonetas rusas que aguantan el frío y el calor y que aunque se descomponen, se arreglan fácilmente. Esas camionetas son indispensables para los caminos mongoles, mucho mejores que las nuevas, cómodas y bellas jeep japonesas.

También para quien quiere irse por su cuenta al noroeste, recomendamos la BATA GUEST HOUSE en Moron.

CHINA

En China todo se parece. Es decir hay una especie de aplanamiento del gusto sobre las cosas más aparentes. Por ejemplo, toda China desde la capital hasta cualquier pueblo ofrece hoteles con cuartos para dos y baño desde los 20 dólares por noche, aunque se pueden conseguir camas en dormitorios por tres dólares y hoteles de cinco estrellas.

La diferencia… pues, las diferencias existen. Y son fundamentales. En China son siempre bellos los INTERNATIONAL YOUTHOSTELS, y en algunos de ellos hasta se puede conseguir un buen café (con cuidado, les va a costar el equivalente de una cena, mientras el té es muchas veces gratuito). En Nanking el Internacional Hostel está en medio del parque que la ciudad rodea, a un paso del jardín botánico y de las tumbas Ming, y es un lugar de ensueño. En Beijing hay un Youth Hostel a media cuadra del Templo de los Lamas, con sala de estar, bicicletas, televisiones y películas, biblioteca y una adorable tortuga que se mete por doquier. El LAMA TEMPLE YOUTH HOSTEL puede proporcionar toda la información sobre sus condiciones de alojamiento y las de sus semejantes en otras ciudades y puede reservarse al lama_temple_hostel@yahoo.com.cn

Con cuidado mientras el Youth Hostel de Xian, en frente de la puerta oeste de la ciudad, tiene la mejor cafetería de China, con pasteles deliciosos y capuchinos dignos de La Condesa, el cocinero del Lama Temple Youth House cocina que da pena. Ahora bien, en China comer comida occidental es un pecado digno de idiotas.

TIBET

Tibet tiene muchos hotelitos ahí donde los chinos han transformado sus bellezas en lugares por y para los turistas. Con cuidado, los chinos consideran turistas sobretodo a sus connacionales cuando viajan y no les importa mayormente el turismo internacional. Por ello, Lhasa ha sido convertida en una especie de Disneylandia de la espiritualidad y por sus calles hay muchos hoteles (mas caros que en el resto de China), restaurantes, bares, prostíbulos –oficialmente prohibidos en China, pero ya saben…- y servicios de rafting, paseos, campamentos. Los chinos hacen de todo para que estos servicios se compren y los turistas extranjeros no intimen demasiado con las y los tibetanos (de hecho le ponen varias trabas a esta comunicación, como no permitir a los extranjeros usar buses locales y hospedarse en las casas de los lugareños). Compren servicios únicamente a las y los tibetanos, no a los chinos; no sólo son más hospitalarios y hacen mayores esfuerzos para darse a entender y ofrecer las mejores condiciones posibles, sino que es una forma de romper con la practica china de invadirlos con su presencia, su economía, su racismo.

En el resto de Tibet…. Caray, es tan grande que sólo vimos una partecita.

Labrang, el segundo monasterio del budismo lamaico, está pegado a la pequeña ciudad china de Xiache, en la provincia de Ganzu. Vayan a TARA GUESTHOUSE. No sólo las dueñas son señoras tibetanas con sus hijos, vecinos y allegados, sino que las personas que los van a atender son gentiles y sonrientes. De ahí se sale a dar la vuelta del Monasterio, se puede ir en bicicleta a los alrededores, se puede caminar por las montañas, se pueden conseguir taxis a las ciudades amuralladas. Además ahí se consiguen los maravillosos masajes de Yak Nelo que Tenzin proporciona. En las ciudades y valles y montañas de los alrededores pueden encontrar tiendas de nómadas que los hospeden, así como acampar por su cuenta: son bellísimas. En Tibet el pan es delicioso, el mejor de Asia, cómprenlo por las mañanas frías en cualquier puesto. Y recuerden que el té tibetano se bebe con mantequilla de yak y sal, como en Mongolia.

NEPAL

Déjense seducir por la gentileza de los nepalíes, sus manos en el pecho y su dulce Namaste para saludarlos. Vivan la experiencia de una cultura de entrecruzamiento entre el budismo minoritario, pero respetadisimo, y el hinduismo mayoritario, caminen por el Annapurna o las otras cordilleras de este pais himalayo muy abierto al turismo desde que en la década de 1960 se convirtió en La Meca de los hippies. Que la confusión de la zona turística no los abrume, vayan entonces a buscar refugio y buen cobijo (o tan solo un excelente desayuno) en el Himalayan Buddhist Meditation Center en el barrio de Tamel en Katmandú www.fpmt.hbmc.org o escriban para reservar a hbmc@mos.com.up, hbmc.programas@gmail.com

Si les parece demasiado dormir en un centro de meditación, alrededor hay hotelitos al por mayor.

Pokhara: En la preparación de sus trekkings, sus subidas al Annapurna, sus deseados días de descanso, piensen en acudir a 3 SISTERS ADVENTURE TREKKING COMPANY, Pokhara-6, Lakeside (Khahare), www.3sistersadeventure.com o trek@3sistersadventure.com o meera_9d@yahoo.com. No se encontrarán únicamente con los mejores cuartos de Nepal, los desayunos más deliciosos y la vista más espectacular sobre el lago, sino con verdaderas profesionistas del turismo de alta montaña que entrenan y emplean a mujeres de todas las castas para que tengan trabajo como guías, portadoras, cocineras etc. Es un proyecto que vale realmente la pena disfrutar y, así, apoyar. Además entrenar mujeres no es solo una forma de empoderarlas y salvarles la vida (sobre todo a las madres solteras, a las hijas menores, y a las mujeres que sufrieron violencia), es también el mejor medio para luchar contra la discriminación de casta, y tan solo por 20 dólares la noche en dos personas. Para las mujeres montanistas es un verdadero placer estar en manos de una guía mujer y no sufrir acoso, burlas y malos tratos masculinos. Para los hombres montañistas también puede ser una buena experiencia, calida, organizada.

Lumbini: no se pierdan Lumbini, el lugar donde nació el señor Buda, en medio de la selva nepalí y a pocos kilómetros de la frontera con India. En este lugar delicioso, la paz, el cariño de los budistas que vienen de todo el mundo a abrir sus monasterios, las sonrisas de los lugareños, el árbol al que se apoyó la madre de Buda para darlo a luz, el estanque donde se bañó pocos minutos antes, todo parece estar dispuesto para ponerlos de buen humor y yo hasta logre olvidar el calor sofocante (detesto el calor húmedo y lo rehuyo con denuedo) y los mosquitos. Quien quiera y pueda puede hospedarse en los diversos monasterios; de lo contrario, en las inmediaciones hay pocos, cómodos y caros hoteles, y un par de guest house, nosotras nos quedamos en la Gautama Guest House. Cocinan muy bien y comimos a la luz de velas porque la electricidad se va por varias horas al día (como en todo Nepal y en buena parte de Asia).

INDIA

Nunca le crean a quien dice que la India es un pais barato. Puede llegar a ser el más caro del mundo. Y no hablo solo de los hoteles recabados de los palacios de los maharajaes, me refiero a la vida cotidiana de una turista. Las presiones que cualquiera puede imponerle para que compre, compre, compre son infinitas, los hoteles en la grandes ciudades (Delhi, Mumbay, Kalkata, Madras) son más caros que en Europa, los ofrecimientos de tours son engañosos porque todos los choferes son entrenados para que la mitad del tiempo de viaje transcurra en tienditas, cooperativas, shopping centres y reciben gratificaciones por los hoteles y restaurantes donde la llevan. Seguramente una riviere de brillantes y rubí cuesta apenas 300 dólares en Rajastan, pero ¿realmente necesitan una riviere de brillantes y rubí? Igualmente ¿necesitan esos saris de seda hermosamente bordados de Varanasi, los tapetes de seda y lana de Cachemira, los trabajos de plata de los artesanos del desierto de Thar? Por supuesto que son mas baratos que en su pais, y que son bellísimo, y que conllevan saberes y artes antiguos transmitidos de padre a hijo por generaciones, pero ¿es cierto que una turista equivale a la banca de desarrollo o a una vaca que debe ser ordeñada hasta dejarla seca? Puede ser que yo nunca vuelva a la India exactamente porque es muy molesta la actitud de vender, vender, vender cualquier cosa y en cualquier momento que tienen los indios (y digo los indios porque las indias que en su mayoria son las grandes artesanas de la seda, el algodón y la lana no las verán nunca en una tienda: el mercado es asunto de hombre).

Hay nubes de vendedores en todos los monumentos (cuya entrada por lo general es también muy cara para las y los extranjeros), no se puede mirar nada en un mercado sin que los vendedores te ofrezcan un te y te jalen al interior de su changarro. Preguntar un precio equivale a comprometerse, casi como sonreírle a un vendedor. Además cualquier cosa le ofrezcan tiene el precio hinchado hasta tres veces, pero les van a decir que ustedes no tienen derecho a regatear porque la suya es la producción de una familia o una cooperativa. Jamás van a lograr ver una cara de satisfacción en los mercaderes indios a pesar de que en un mes se gasten lo de seis (tampoco en una mendiga/o india que va a pedir más si les dan una moneda). Siempre los van a instigar para que saquen la carta de crédito o los van a acusar de avaros, de tontas, de no saber hacer negocios, etcétera. No, definitivamente el comercio indio no es simpático.

Sin embargo, el norte de la India (no conocimos el sur) es de una belleza -mezclada con suciedad y decadencia- que no tiene par con ningún otro lado del mundo. El Taj Mahal no es la única belleza que verán, ni siquiera la mayor. Hay pozos y palacios y estanques y fuertes y jardines y templos de una diversidad, complejidad y belleza sin fin.

En Delhi los hoteles son caros y el servicio no siempre es bueno. Si quieren limpieza, comodidad, lujo y no están muy presionadas/os por el dinero, por unos 50 dólares entre dos pueden llamar a la elegantísima señora Singh y reservar una de las dos habitaciones de su casa que alquila. El desayuno es esplendido y servido con cubiertos de plata. Arpinder Singh, H31 B J Pura Extention 14, teléfonos: 24310355 o 24318637. De lo contrario váyanse a la vieja Delhi, cerca del mercado, detrás de la mezquita y enfrente del Fuerte Rojo o en la ciudad de los tibetanos al norte de Delhi. Ahí se consiguen hotelitos relativamente limpios y baratos.

Rajastan: Para dar la vuelta rápida a zonas especificas de la India, como Rajastan, nunca contraten un servicios de chofer (manejar por si sola/os en India no es recomendable) en Delhi. Háganlo desde las oficinas de turismo de las ciudades de Rajastan. En Jaipur, en la subida hacia la entrada del palacio, hay una. Confíen en los musulmanes, especialmente durante el Ramadan no pueden mentir ni robar.

Hay hotelitos y acomodaciones de diversos precios en todos los lugares de Rajastan, escojan el que más le acomoda. Recuerden que hace un calor de perros –aunque seco, por suerte- y que para muchas el aire acondicionado va a ser una necesidad; este siempre encarece los precios.

El sistema ferroviario de la India es EXCELENTE. Muevanse en tren, mucho menos en autobús, nunca renten un auto para manejarlo sola/os: se circula a la izquierda, todos tocan el claxon, el tráfico es espantoso, hay un incomprensible sistema de impuestos para pasar de una provincia a otra, nadie sabe lo que son los frenos y es imposible descifrar la complejidad de las reglas de tránsito indias. Cuando contraten un auto con chofer para desplazamientos hacia zonas no conectadas por el transporte publico, intenten hacerlo con más personas, abarata los costos y se conocen otras viajeras, lo cual puede resultar en buenas experiencias.

Varanasi o Benares: En Varanasi enfrenten la ciudad antigua, su suciedad y sus cacas de vaca (y vacas cagonas, por supuesto) para conocer también su belleza y santidad. Hay una Guest House con un vista digna de las diosas en el corazón de las callejuelas de la ciudad vieja PUJA GUEST HOUSE: www.pujaguesthouse.com, teléfonos: 2400162, 2404276 y 2405027. Ningún chofer de la estación va a poderlos llevar a su puerta -D1/45 Lalitaghat-, así que todos los taxistas van a intentar disuadirlos, mostrándoles las incomodidades y la suciedad de la ciudad vieja, porque no recibirán propinan. Insistan.

Si no quieren estar en medio de la antigüedad y a un paso de los crematorios y las bajadas al bañó sagrado en el Gange, donde por la tarde los santones les ofrecen sus enseñanzas, en los otros barrios hay bellos hoteles, algunos recabados de antiguas casitas del maharajá. Los brocados de seda de Varanasi son esplendidos, pero no las otras artesanías, que vienen de otras provincias de la India. Vayan a la Universidad, es una antigua y excelente escuela que hace honor a su fama. Desplácense al pueblo donde Buda dio su primera enseñanza. Crucen el Gange en bote y vayan a visitar el polvoriento, decadente y entrañable palacio del Maharajá.

Amristar: pásense el mayor tiempo que puedan en el Templo de Oro de los Sikhs, es el lugar mas limpio de la India y uno de los mas bellos y sagrados. La gente es amable, la comida excelente, pero las guest house están en medio de una ciudad caótica y no son muy limpias

Dharamsala: ASHOKA TIBETAN GUESTHOUSE si quieren estar en la ciudad alta de Mc Leod, o cualquier Lodge de los alrededores si quieren estar en el bosque. También pueden conseguir alojamiento en los monasterios, de monjas las mujeres y de monjes, los hombres. La tierra que Nehru concedio al Dalai Lama para que instalara su gobierno en el exilio es hermosa y fresca. Esta llena de restaurantitos, tiendas de artesanias, ventas, pero los y las tibetanas son honestisimas y menos presionantes. Vayan a comer en el JJI Brothers, la madre de los tres hermanos cantores es una verdadera madre universal, sabe mucho, conoce la zona y la gente y cocina pasteles divinos: conocerla va a ser un placer y los va a ayudar mucho para no equivocarse.

Cachemira: fue el lugar del turismo indio de verano por excelencia, pero desde hace 14 años es visitado por pocos occidentales por miedo a los bombazos de los independentistas (que se han acabado pero nadie lo dice) y porque el gobierno nacionalista de India se esmera en una antipropaganda de la población musulmana de tintes racistas y fanáticos. También con la excusa de la frontera con Pakistán mantiene en Kashmir un verdadero ejército de invasión.

Cachemira, Kashmir, es un conjunto de valles y montañas, lagos y ríos, gargantas y cultivos bellísimo. La población es musulmana en un 65%, hinduista en un 25% y budista en un 10%. En el lago de Shrinager vayan al NOOR PALACE, una house boat de la categoría B (hay categorías diversas: desde Súper Lujo, Lujo, A, B, C y D) y pidan a Zaffar hbnoorpalace@yahoo.co.in que les organice sus trekking sobre el agua en shikara, sus trekking de alta montaña hasta la cima de los Himalayas donde seis meses al año los budistas están cortados del resto del mundo, sus paseos por los valles. Con cuidado: los cachemires son tan buenos vendedores como los indios y además sus artesanias son verdaderamente esplendidas, pero están mucho más desesperados por vender porque la población que los visita es escasa.

domingo 7 de octubre de 2007

La India no hinduista

Después de dejar Delhi rumbo a Amritsar en un tren donde nos trataron con una reverencia digna de la primera clase en Lufthansa, bajamos en una ciudad caótica de hombres enturbantados y mujeres fuertes, gritonas, empujadoras, simplemente adorables. Las campiñas de los alrededores, perfectamente labradas aunque invadidas por semillas transgénicas para la producción agroindustrial, vomitan sobre esta ciudad rica, pero que no da muestra de ello, decenas de campesinos que vienen a negociar sus productos a la ciudad. Camiones, bicicletas, carros, rikshos, peatones, pocas vacas, algunos caballos y carretas se cruzan, se detienen, se complican la vida en sus calles estrechas y tan sucias como en el resto de la India. No obstante, hay un clima más relajado. Será que nadie te toma por un brazo para venderte algo, chantajeándote con el hambre de toda su familia (cuando no de todo su pueblo) si no le compras. O será que esta ciudad tiene fama de ser una de las más honestas de India. En efecto es aquí donde los sikhs, seguidores de uno de los primeros movimientos religiosos que intentara unificar las creencias para evitar estériles incomprensiones escudadas tras sus credos, erigieron durante el siglo XV el más bello santuario del mundo: el Templo de Oro, en medio de un lago artificial donde se conserva el néctar de la vida, es decir el agua que cura hasta la lepra.

Pasar uno, dos o tres días en el Templo de Oro es de lo más fácil, porque en su interior la limpieza es tal que comer en el suelo sería no solo posible sino atractivo. Limpiar con el propio chal, con el vestido, con toallas especiales que luego se cargan como reliquias el piso, los altares o la cubierta dorada que conserva al libro sagrado, es una forma de manifestar la propia fe y vocación de servicio.

Llegamos al Templo de Oro cuando la noche había bajado sobre la ciudad y fue como entrar de sopetón en un cuento oriental: las luces se reflejaban en la cúpula de oro del templo, los cantos invadían el aire, el agua reflejaba las estrellas y las llamas de las lámparas de aceite.

La gente que entra al templo por una de sus cuatro puertas, tras purificar sus pies en una piscinunculas, deambula alrededor del estanque del néctar y se detiene para rezar frente a árboles, piedras labradas, imágenes de sus gurus o maestros, explicaciones. Muchos hombres entran en un trance pacifico y generoso mientras los sacerdotes leen cantando las palabras del libro de su primer guru, quien predicó la existencia de un dios único como entre los musulmanes y la fe en la reencarnación como entre los hinduistas, condenó la división de castas, reivindicando la igualdad entre todos los seres humanos como entre los budistas y cristianos, y fijó leyes de honestidad y trabajo para mujeres y hombres.

La diferencia entre estar en el templo y sus inmediatos alrededores y en medio de la ciudad comercial es abrumadora. La misma que media entre la paz y el caos, pero la honestidad es la misma. Los sikhs son apenas el 2% de la población india (lo cual significa 200 millones de personas), pero son el 20% del ejército indio, el primer ministro es sikh, así como los más honestos entre los políticos de este país que tienen una fama de corruptos que compite con la de los políticos mexicanos y turcos.

La tarde en que de Amritsar nos fuimos a ver el cierre de frontera con Pakistán, en Waga, nos dimos cuenta de las ganas de bailar que tienen los punjabis, es decir los habitantes de la provincia cuya capital es Amritsar. Frente al despliegue de nacionalismo patriotero de tintes deportivo-agónicos (pasos militares exasperados, carreritas, gritos marciales llevados a cabo por soldados escogidos tras un casting de belleza viril), las y los punjabis bailaban como niños en medio de la calle y gritaban “larga vida a Hindustan”. Los elegantísimos sikhs los miraban como padres a pequeños traviesos.

Ahora si, tampoco de Amritsar es fácil irse. La confusión entre las estaciones de trenes y de autobuses, que los conductores de rikshos exasperan, hace que una se dirija a tomar un tren y se encuentre sentada en un bus, o viceversa. Por suerte, en India todos los errores pueden ser o fatales o maravillosos porque llevan a conocer lo que una no se imagina siquiera: paisajes nuevos, gente diferente, pláticas inesperadas.

Así en tren y en autobús cruzamos la distancia entre Punjab y Imachal Pradesh, es decir pasamos de los fértiles y ordenados valles de mijo, avena, arroz, maíz y trigo a los bosques y montañas cultivados en terraza, hasta llegar al distrito de Dharamsala, donde en 1960 Neru otorgó al Dalai Lama un territorio para que los tibetanos tuvieran un gobierno en el exilio. En esta antigua estación de descanso del calor opresivo de la India, los ingleses solían venir a vacacionar. Ahora centenares de peregrinos y simples turistas se apiñan en las calles que suben de Dharamsala a Mc Load y mas allá. Entre bosques de pinos, fresnos y encinas, las monjas y monjes de cabeza rapada e idénticas ropas rojas (un color feo según los tibetanos que los monasterios escogieron por ello mismo, para no gustar a nadie), así como los descendientes de aquellos que en 1959 dejaron Tibet con el Dalai lama y los nuevos refugiados, intentan mantener vivas las costumbres, la religión, las lenguas y la memoria de un pueblo himalayo y pacifico brutalmente invadido y sometido por China.

Asimismo, en esta ciudad conviven una mayoría budista con una minoría de hinduistas y otra de cachemires musulmanes. Si los hinduistas se declaran hospitalarios con los tibetanos, éxitos tienen un real agradecimiento con el gobierno indio, pero expresan graves quejas con los policías que en lugar de protegerlos por la noche los persiguen y extorsionan. Los cachemires denuncian las mismas actitudes en su contra y se atreven a llamarlas “discriminación religiosa”, “proselitismo hinduista”, “persecución étnica”. Palabras muy graves, pues.

La verdad es que los hindis intentan disuadir a los turistas occidentales de efectuar una visita a Kashmir. Desde hace 14 años, los valles y los lagos de Kashmir, que tradicionalmente vivían del turismo de verano y de la estación de esquí, están patrullados por soldados y policías que les dan el aspecto de un país invadido. La excusa es el terrorismo islámico. Siempre lo mismo. Y siempre menos creíble. Kashmir fue un país independiente hasta 1953, cuando los paquistaníes intentaron invadirlo e India lo incorporó para “protegerlo”.

Nos hemos hartado hace tiempo de la cantinela, muy parecida a la que los nazis entonaron contra los judíos en la década de 1930, que Estados Unidos canturrea contra el mundo musulmán. Cantinela a la que se sumaron las distorsionadas voces de la Europa reaccionaria (la que reivindica su carácter cristiano, para entendernos) y los países más disímbolos, como China y la India, por ejemplo. De tal manera que apenas un par de cachemires con los que acostumbrábamos encontrarnos por la noche en un restaurante tibetano nos dijeron que Kashmir no es ni peligroso ni integrista, les creímos.

La noche en que finalizaron las enseñanzas del Dalai Lama sobre el significado del mensaje budista, que un grupo de monjes coreanos le habían pedido y a las que nos fue posible acceder, tomamos un auto que nos llevó de Dharamsala a Shrinagar, en un viaje entre valles escarbados por torrentes tumultuosos, montañas de piedras verdes, bosques de pinos y castaños, y un montón de retenes militares y policíacos. En lleno Ramadán, a las cuatro de la mañana nos detuvimos a desayunar con unos maquinistas que realizaban su última comida antes de un día de ayuno. Luego, a las seis, vimos a varios choferes detener sus autos para rezar. Entre ellos había una paz absoluta y si alguna forma de violencia pudimos detectar en el camino, venía de las revisiones constante que nos exigían los retenes.

Una vez en Shrinagar nos dirigimos hacia una house boat, una de esas casas flotantes que los ingleses se inventaron cuando el maharajá de Kashmir les prohibió construirse casas sobre su tierra y que hoy le dan su carácter particular al lago. Las hay inmensas y pequeñas, a cada cual mas decadente y entrañable. La nuestra era una de categoría B, deliciosa, con muebles liberty y alfombras de pelo de camello: Noor Palace, regida por un hijo, que se revelaría un guía formidable, y su padre, un excelente cocinero y gran conocedor de tapetes, lanas, sedas e historias que nos ayudaría en escoger pashminas y artesanías, sin dudarlo un instante. La generosidad personificada.

Al segundo día, y a pesar de seguir un riguroso Ramadán, eran ya nuestra familla y el hijo, Zaffar Gosani, nos llevaría a bordo de una shikara (un bote muuuy parecido a una chalupa chinampera a pesar de las sedas de sus asientos) a conocer el lago y a bordear los floridos jardines de los mogules (a la misma Noor Jahan en cuya memoria levantó el Taj Mahal, el emperador Jahangir había regalado un jardín de caídas de agua y caminos de flores en esta ciudad que fungía de capital de verano). Caminamos con el por la ciudad vieja, entramos a diversas mezquitas, compramos frutas y dulces y panes, y -con el que negaba rotundamente semejante blasfemia- llegamos a una tumba que según una tradición heterodoxa es la mismísima tumba de Jesús Cristo, quien vino caminando hasta Kashmir predicando la paz y la existencia de un dios único.

Luego nos dirigimos a las montanas, y nos quedamos con ganas de un largo trecking de tres semanas de los valles convertidos al Islam por un dulce santo sufi, Sha-I-Hamdan, en el siglo XIII, hasta las altas montanas de Ladac, donde viven budistas tibetanos que cultivan trigo y pastorean yaks mientras repiten el mantra para la paz universal: Om Mani Pame Hum.

De hecho, nos quedamos con ganas de muchas cosas: un trecking acuático de tres días o una semana en shikara, durmiendo al borde de ríos que hicieron la historia de la humanidad. O de paseos por los valles de Phelgam, Sonamarg, Gulmarg y Yousmarg. O de largos trecking de montana por los Himalayas. Igualmente nos hubiera encantado poder ir nuevamente a la casa de producción de pashminas bordadas a mano por los artistas que Ajaz Waffahi, un pintor y un humanista que compartió con la Madre Teresa en Calcuta enteras temporadas de atención a los leprosos, cuida y cuyo trabajo levanta como el de verdaderos artistas populares, con conocimientos acumulados por siglos. Ahí vimos chales bordados durante tres años consecutivos por manos tan expertas que construyeron joyas relumbrantes, mascadas de una lana de antílope tibetana que pueden empollar un huevo de paloma, abrigos de cashmere. Los precios nos rebasaban por completo (una mascada de shah touch puede costar aquí mas de mil dólares porque implica un ano de tejido), pero el placer de haber visto esas piezas de arte nadie nos lo va a quitar. También nos hubiera gustado quedarnos en los talleres de los joyeros que cortan el topacio amarillo y rosa y los zafiros celestes y verdes que se encuentran solo en Kashmir.

De hecho, nos hubiera gustado conocer las cuatro estaciones en Kashmir. Este otoño que apenas divisamos y que nos dedicó su primera nevada en el valle de oro, el Sonamarg. El invierno con sus nevadas y sus estaciones de esquí en Gulmarg. La lluviosa primavera (no, yo esa me la hubiera saltado). El verano fresco, el verde de los valles, las caminatas por las cimas de montanas, el sueño al lado de los glaciares.

Cualquiera que desee venir a la India y que solo tiene el verano para hacerlo debería venir a este paraíso invadido por el ejercito, pero paraíso al fin. Y para no perderse podría pedirle consejo a Zaffar: asianexclusive@yahoo.com o hbnoorpalace@yahoo.co.in

A nosotras, por primera vez en seis meses, nos hace falta tiempo. Quizás el mundo es más bello de lo que podemos abarcar en una vida.

martes 2 de octubre de 2007

SER MINORIA EN LA PROPIA TIERRA. LAS MUJERES DE TIBET

Dharamsala, India, 1 de octubre de 2007. Entre China e India, los dos únicos países del mundo donde los hombres son más numerosos que las mujeres, se ubica Tibet, un país enorme y poco densamente poblado -tiene apenas seis millones de habitantes por una superficie de 2.500.000 kilómetros cuadrados- que fue invadido paulatinamente por China durante toda la década de 1950. Si en las culturas de sus poderosos vecinos la modernidad ha jugado a favor de la misoginia tradicional, ofreciendo al infanticidio femenino la posibilidad de ser sustituido por abortos tan pronto como una ecografía puede determinar el sexo de los fetos, en Tibet las mujeres son consideradas tan iguales a los hombres que tanto pueden ser uno la reencarnación de otra, como lograr mediante una vida de ascesis y cuidados a las demás personas y a la naturaleza devenir una Buda Viviente.
La tibetana, en efecto, es una sociedad determinada por la religiosidad. Este aspecto medular de su cultura sirvió a los chinos -que acababan de optar por el comunismo al finalizar la brutal ocupación japonesa y la guerra civil que siguió a la Segunda Guerra Mundial- para postular la “liberación” de Tibet de la teocracia que lo gobernaba. Sin embargo, sirve también a las mujeres tibetanas para considerarse y ser consideradas, al igual que los hombres, seres concientes que necesitan tomar sus propias decisiones en el ámbito de la vida cotidiana y en la opción por la vida monástica. La vida conciente está, obviamente, en oposición con cualquier determinismo, en particular el que forzaría a las mujeres al matrimonio y a la maternidad.
Cuando a finales del mes de agosto, dejamos Tibet despues de haber vivido un mes entre Ganzu, Qinhai y la Region Autonoma Tibetana (tres de las cinco provincias, junto con Sichuan y Yunan, entre las que China ha dividido Tibet), habíamos estado con mujeres agricultoras, pastoras, comerciantes y encargadas de servicios turisticos. Convivimos con madres de familias numerosas, con monjas y con estudiantes. Si bien pocas hablan alguna lengua occidental, eran más que las chinas y todas se ofrecían para acompañarnos y se esforzaban por comunicar con nosotras. Albañilas y constructoras de carreteras detenían sus trabajos para saludarnos cuando les pasábamos en frente. Peregrinas de todas las edades al regreso de los templos compartían con nosotras las ofrendas que habían recogido después del rezo. Sin embargo, algo no cuadraba entre su afable y reservada atención y las informaciones que la Federación de Mujeres de China me había ofrecido en Beijing sobre la feliz vida de las mujeres de la “minoría” tibetana, su liberación de las cargas religiosas, su participación política y sus amplios derechos reproductivos.
Sólo después de entrevistarnos con las mujeres tibetanas en el exilio de Nepal e India, terminamos de entender la situación de mujeres que no tienen derecho a vivir según sus costumbres, y por lo tanto no pueden libremente transformarlas, porque su cultura es negada sea por el genocidio (de 1959 hasta entrada la década de 1990 China mató 1.200.000 tibetana/os en los campos de trabajo forzado, las cárceles y la represión de los nacionalistas y en los monasterios); sea por la destrucción ambiental y cultural (tala de bosques indiscriminada, desechos industriales y nucleares en las aguas de los lagos sagrados, 9000 templos, stupas y monasterios derruidos y bibliotecas quemadas); sea por el encarcelamiento de aquellas que se manifiestan pacíficamente a favor de su Independencia y sus derechos culturales y religiosos (145 niñas y adultas prisioneras políticas en 2004, según Amnistía Internacional, fueron brutalmente golpeadas en la cabeza, de modo que si quedaban afectadas y sufrían de jaquecas permanentes se podía alegar que estaban locas de antemano); sea por su propia minorizacion, es decir por el constante flujo de inmigrantes chinos y de otras minorías étnicas de China para que su territorio nacional se convierta en cinco “normales” provincias pluriétnicas chinas.
En el Tibet “sinizado” se siguen hablando ocho variantes del tibetano, pero no se las puede estudiar en la escuela ni aprender a escribir en las universidades (donde los exámenes de ingreso son en chino); cualquiera puede vestir según las usanzas ancestrales, pero corre el riesgo de ser dejada al final de una larga cola por ello; se puede rezar alrededor de los templos o acudir a los monasterios, aunque muchos han sido convertido en “monumentos” y por lo tanto tienen un precio de entrada demasiado alto para cualquier peregrina. Además las escuelas aceptan a las niñas y niños sólo si su número corresponde a una “cuota” de nacimientos determinada por los gobiernos locales y si van vestidos con un uniforme chino (es decir, con ropa occidental). Las autoridades chinas pretenden controlar los estudiantes y las enseñanzas en las escuelas de los monasterios budistas (que han sido abiertas nuevamente de manera oficial a finales de la década de 1990) y hacen sentir el peso de su propia misoginia al no proporcionar fondos para la educación monástica de las mujeres.
Algunas tibetanas nos respondían con un gesto de impotencia cuando, también a gestos, les preguntábamos por qué siendo tan buenas cocineras debían contentarse con un puestecito en la calle si había tantos restaurantes chinos en ciudades otrora tibetanas como Chengdu, Xining o Lanzhou, y aun en pueblos como Xiache y Mache; un gesto de desesperanzada aceptación del status quo de un país invadido que implica que a las migrantes chinas en Tibet les irá siempre mejor que a ellas. Un gesto muy parecido al de muchas indígenas en México, cuyos pueblos son controlados económicamente por los mestizos y ladinos.
Las campesinas, asimismo, nos aseguraban que las tibetanas tienen muchos hijos para contrarrestar la paulatina “sinizacion” de Tibet, donde sus habitantes originales son hoy apenas el 40 por ciento de la población. Pero las comerciantes de Lhasa, en particular las bar tenders que hablan un perfecto inglés y a veces también francés, nos dijeron que, aunque la política del hijo único en China no atañe a las minorías étnicas, el gobierno encuentra siempre las formas de limitar la reproducción de las mujeres tibetanas para frenar su “resistencia nacional” y los patrones disminuyen el salario o despiden a las empleadas que superan su “cuota” de hijos. Los abortos forzados, aun tan tardíos como al octavo mes, y las esterilizaciones sin consentimiento están a la orden del día en los hospitales chinos. Igualmente, muchos gobiernos municipales imponen multas a las madres de familia por sus “excesos” en la reproducción cuando necesitan fondos suplementarios. Oficiales mujeres van de casa en casa para preguntar a las mujeres casadas si están menstruando y para forzarlas a abortar mediante amenazas de persecución y despido si les contestan que no. Una especie de “infanticidio selectivo” se practica con base en la Ley de Atención a la Salud Materna e Infantil china de 1990, que prevé el aborto en caso de disfunciones genéticas, pero que, según algunas, sirve para confundir rasgos étnicos –cuando no descendencia de “subversivos”- con “inferioridades” genéticas.
Ninguna tibetana nos dijo con todas sus letras que vive bajo severas restricciones de sus derechos políticos, culturales, sociales, religiosos y reproductivos. No podían descartar el peligro de que fuéramos orejas de los chinos o que alguien más nos estuviera escuchando. Sin embargo, cuando me vendieron el CD con las canciones que cuatro monjas compusieron en la cárcel como una forma de resistencia a su prisión y tortura, lo hicieron de escondidas. Las que se disculpaban por no hacernos subir a sus autos porque existe una prohibición de intimidar en las carreteras con las extranjeras, querían que entendiéramos que el control sobre sus vidas es constante. Las que sólo a caballo y en medio del bosque entonaban cantos guturales antiguos y profundos, nos pedían no decir a los chinos quien se los había enseñado.
La de ser tibetana es una identidad nacional peligrosa para quien vive en Tibet, y un ancla al pasado para quien vive en el exilio en India, Nepal, Bhután y el resto del mundo. Las condiciones en las que las tibetanas se viven y reivindican como tales, por lo tanto, son muy distintas según se resida en el propio país o en el exterior. En la Región Tibetana Autónoma, así como en Ganzu, Qinhai, Sichuan y Yunan, las tibetanas han encarado una invasión tendiente a borrar su cultura y sus expresiones religiosas, mediante varias técnicas de sobrevivencia económica y cultural, entre ellas una aparente aceptación de la normatividad china. Las refugiadas de primera, segunda y aun tercera generación reivindican frente a la comunidad internacional el derecho de sus hermanas a sus prácticas políticas, culturales y religiosas en un clima de no discriminación étnica. No obstante, unas y otras ven, por motivos distintos, restringidas sus capacidades de participar en el desarrollo de un país que no ha sido formalmente reconocido como un estado miembro de las Naciones Unidas y frente a la consumación de cuya invasión, en 1959, sólo Ecuador levantó una protesta formal.
La Asociación de Mujeres Tibetanas se fundó el 12 de marzo de 1959 durante una marcha masiva de mujeres en Lhasa para protestar contra la ocupación ilegal de su país por China. A pesar de que se trataba de una manifestación pacifica, las marchistas fueron brutalmente reprimidas por el ejército chino. Las que no murieron ametralladas, fueron encarceladas, torturadas y golpeadas sin descanso. Las pocas sobrevivientes que lograron huir a la India, decidieron dedicarse a la preservación de la cultura y la identidad tibetanas en el exilio. Muy pronto convirtieron su primera asociacion en una gran organización de bienestar social. Se empeñaron a fondo en denunciar los abusos contra los derechos humanos, difundir el budismo como base de su identidad social, promover y salvaguardar la cultura y la educación. Uno de sus trabajos constantes es la búsqueda de las y los desaparecidos políticos y la defensa de los derechos de las y los presos; actualmente están en campana por la aparición con vida del décimo primer Panchen Lama, Gendhum Choekyi Nyima, un niño de seis anos que fue sacado de noche de su casa con sus padres en 1995, y que estás desaparecido desde entonces, porque tres días antes el Dalai Lama lo había reconocido como la reencarnación de la segunda figura principal del budismo lamaico.
La Asociación de Mujeres Tibetanas no se reivindica feminista sino enarbola la demanda de un humanismo igualitarista, ya que se niega a “preferir” un grupo de personas sobre otro por cualquier motivo, aunque sea para reivindicar la mejora de su propia condición de genero. De hecho, la AMT es una asociación política que descansa en el fortalecimiento de los derechos y la acción de las mujeres para con su sociedad. Del 12 de marzo de 1994 al 12 de marzo de 1995 organizó el primer Año Internacional de las Mujeres Tibetanas y con ello manifestaciones, eventos culturales, fiestas, lecturas de obras literarias y teatrales, y presentaciones de videos hechos por mujeres. La finalidad explícita era la de poder participar como tibetanas en Beijing durante la Cuarta Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre las Mujeres, en 1995. Como les fue negada la participación, organizaciones no gubernamentales de mujeres de todo el mundo se les unieron en una campana de presión que culminó en 2005 con la presentación oral de un informe de la AMT ante la 66 Sesión Plenaria de la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra sobre las condiciones de vida de las tibetanas.
Una violencia brutal contra las mujeres tibetanas concierne las practicas laborales de los empleadores chinos. La sinizacion de Tibet comporta que las tibetanas estén a la zaga de las mujeres chinas en la jerárquica escala para obtener un empleo, son pagadas menos que ellas (que a su vez son pagadas menos que los hombres chinos y los hombres tibetanos), pierden el empleo si uno de los miembros de su familia está involucrado en actividades políticas (“actividades subversivas”, según las autoridades chinas) y deben pasar por una “prueba de virginidad” para obtener trabajo. La “prueba de virginidad” consiste en un tacto para comprobar el estado del himen, con el fin de garantizar que no están embarazadas ni tienen una vida sexual activa que las pueda alejar de sus labores. Aun el ser victima de acoso o violencia sexual en el trabajo puede ser utilizado como argumento de haber roto el “pacto de virginidad” que las tibetanas deben suscribir al emplearse, prometiendo no tener vida sexual por un periodo de por lo menos tres años. Muchas de las mujeres que pierden su trabajo o no son empleadas, particularmente las jóvenes inmigrantes del campo a Lhasa, son forzadas a la prostitución para subsistir.

India: Después de dejar Varanasi

Desde que dejamos Varanasi para llegar a Delhi nos ubicamos en medio de dos semanas que no corresponden a nuestro viaje. Aceptamos encontrarnos con mi prima en India y ella nos subió a un auto y nos esta llevando de un lado a otro de los monumentos, ciudades y sitios arqueólogicos de esos 22 paises que despues de la Independencia India en 1948 se reunieron en el estado de Rajastan -que por cierto es muy bello. Estamos gastando un monton de dinero (que ya nos empieza a escasear entre las manos) y, a la vez, sentimos que no podemos quedarnos donde queremos ni estamos conociendo a la gente, sus costumbres, su real modo de vida, que es exactamente lo que intentamos conocer durante nuestros cinco meses de viaje de Mongolia hasta aquí.

Helena, que es buenísima para encontrar lo mejor de cualquier situación, dice que se trata de una vacación de las vacaciones. Por otro lado es interesante compartir modos distintos de viajar con alguien que se quiere y de la cual, sin embargo, se conocen poco las costumbres cotidianas, los intereses, la mirada. En seis días las rapidas vacaciones de Chiara se van a acabar y nosotras retomaremos el tren (la red indiana de ferrocarril es perfecta, barata, rápida y segura, a pesar de la mas extraña burocracia que la trastoca).

Los primeros dias en India la odie. Caótica, demasiado poblada, sucia, húmeda. Nos sentíamos asaltadas por los vendendores de ofertas turísticas, por los choferes de riksho, por la comercialización de la espiritualidad hindú acompañada de la rivalidad con los musulmanes. A cada paso alguien intentaba vendernos algo, o nos pedía limosna o nos contaba historias lagrimosas y culpígenas sobre su pobreza. Yo desee sinceramente no haberme ido de Tibet. Pero ahora estamos felices de haber venido a esta tierra donde a pesar del calor se puede caminar entre campesinas cargadas de hierbas sobre la cabeza, jugar con niños que persiguen animales y donde tambien existe el comercio justo, las cooperativas de producción, la más precisa lucha ecológica y un montón de chavos y chavas que se mueren de ganas de tener una charla con alguien ajeno a sus familias y que te ayudan a cambio de nada.

Si en Pushkar frente al lago sagrado donde Brama, el dios de la creación, hizo sus ofrendas con su segunda esposa, nos sentimos totalmente tocadas por la serenidad del ocaso naranja sobre las mujeres y los hombres bañándose en las aguas sagradas del lago, en Ara nos quedamos haleladas frente a la belleza del Taj Mahal y en Udeipur nos dejamos seducir por la grandiosidad de los palacios reales.

Después de que Chiara se vaya, seguiremos rumbo al norte. Queremos estar, viajar, meditar por un rato más.

Luego, tristemente, deberemos emprender el camino de vuelta a casa. Todavía tenemos ganas de dar la vuelta al mundo. La verdad es que el regreso a las broncas universitarias, a las frustraciones de la vida cultural mexicana, a las envidias de los colegas no me atrae para nada. Pero, en algun lado hay que vivir y México sigue siendo el que volvería a escoger para ser mi hogar.

Fotos de Varanasi












De Nepal a Rajastan

¿Cómo explicar que tras dos días de santa paz en Lumbini, cerca del estanque de agua donde se bañó la madre de Buda poco antes de dar a luz, lanzarnos a India nos pareció excitante, pero resultó ser poco grato?

Desde que dejamos Tibet para adentrarnos en Nepal, a Helena el cambio de actitudes frente a ciertas pequeñas cosas sin aparente importancia, de personas, de tipo de ciudad le resultó muy agradable. De hecho, Nepal la llenó de ganas de reír, de simpatía para con los adultos y los niños. Decía a cada rato que en Tibet, por muy lindas que fueran las personas, sentía la opresión que la colonización china comporta y que en Nepal se respiraba el aire de un país que nunca se había rendido ante nadie.

Pero no es el pasado colonial lo que nos hizo añorar Nepal. De hecho India lo ha superado con amplitud, su historia ha incorporado los 130 años de presencia inglesa como la de un corto periodo previo a la unificación de un sinnúmero de reinos independientes. Tampoco fueron los típicos problemas del Tercer Mundo (el camión que nos llevaba a Garakpur se descompuso, el tren partió con 20 minutos de atraso), ni las vacas en la sala de espera y entre los tambos de la basura, intocables e intocadas, verdaderas representación de la Madre Universal dispensadora de leche. Ni siquiera fue el enamorado que le preguntaba a Helena que cosméticos usaste y que frente a la respuesta “ninguno”, le contestó que le parecía fascinante que la suya fuera una “natural beauty”.

En el tren las personas fueron atentas y lindas con nosotras y con las dos estudiantes japonesas que se alojaron en el mismo vagón. Platicaron de muchas cosas, nos preguntaron otras, finalmente dormimos. Fue a la llegada a Varanasi donde la primera impresión de ser asaltables económicamente se nos confirmó.

En India nunca hay un solo tipo de algo. Ni una sola casta, ni una sola religión, ni un solo vestido, ¿como iba a haber un solo tipo de turista? No es lo mismo dormir en una guest house que en un gran hotel, eso es obvio, pero tampoco lo es viajar en tren o en auto rentado. Ahora bien, ambos tipos tienen en común que se les ve como a unos idiotas con plata a los que es posible exprimir como un limón. Además los europeos bienintencionados -los que pretenden llevar a cabo un turismo solidario y sostenible, para darnos a entender, y que son pocos- han despertado nuevas formas de engaño; no hay tendero que no pregone ser el vendedor de una cooperativa que sostiene a varias familias, hecho por el cual es de muy mal gusto reclamar precios más bajos.

Varanasi es una de las ciudades más santas de la India, aquélla que Shiva fundó a orillas de las aguas primordiales y sagradas del rio Gange donde amaba bañarse su mujer. Es la ciudad donde brahmanes, príncipes, comerciantes, campesinas y aun intocables van a bañarse para quedar purificados y donde quien muere y es quemado puede entrar directamente al cielo, escapando de los ciclos de las reencarnaciones. Dos grandes crematorios están en función al lado de las escaleras donde acampan permanentemente moribundos y santones, maestros y visitantes. La leña es traída por barco y es de un árbol especial, pues no hay olor a carne chamuscada por la ciudad. Los parientes del difunto visten de blanco –color del luto- y se rapan la cabeza. Es fácil toparse con procesiones funerarias en cualquier esquina de las estrechas callejuelas de la ciudad vieja y son acompañadas de vacas, tambores, campanas y ofrendas.

Los musulmanes, que son el 30% de la población, viven apenas afuera de la ciudad mas antigua, en barrios de grandes -se dice que los mejores del mundo- productores de brocado de seda. En el pasado tuvieron fuertes enfrentamientos con los hindis, tanto que su mezquita como el templo de oro de Shiva son resguardados por el ejército para evitar bombazos y tumultos. Son muy críticos del sistemas de castas hindi y no se retienen de reñir con un brahmán cuando no permite entrar a su templo a alguien de una casta inferior, pero deja entrar a un extranjero para que le deje una ofrenda en dinero.

El Gange es realmente un río sagrado. Aunque parezca increíble sus aguas son siempre limpísimas, aun microscópicamente limpias, a pesar que se le entreguen las cenizas de todos los muertos, así como los cuerpos de los niños, las mujeres embarazadas, los leprosos y los mordidos por las cobras –que no necesitan pasar por la purificación del fuego-. Además estar en sus orillas mueve al llanto, o a las sonrisas y a la calma. Verlo fuerte y cobrizo después de los monzones, o según nos dicen azul como el cielo durante la estación seca, es un regalo de las diosas mas piadosas.

Tres días en Varanasi se nos fueron como el agua, así como una parte considerable del dinero que nos quedaba, porque tampoco quedamos inmunes a la habilidad de los vendedores de la antigua Benares. Por suerte tampoco fuimos inmunes a la inteligencia cansada, arrastrada por el calor y glorificada por las piedras y los jardines, de su universidad, donde la escuela de filosofía se mostró interesada en iniciar un dialogo con los filósofos no occidentales de otra parte del mundo, es decir Latinoamérica.

Lástima que nuestras vueltas por las riveras del Gange duraron demasiado poco, aunque lo suficiente para tener una primera apreciación de la habilidad agrícola de las y los indios. Mijo, maíz, trigo, y variedades diversas de lentejas se extienden por kilómetros sobre una tierra labrada a la perfección. Tuvimos que correr a Delhi para encontrarnos con Chiara que llegaba de Roma para pasar dos semanas con nosotras, es decir todas sus vacaciones.

Delhi es una ciudad enorme, con bellísimas construcciones mogolas, rica, verde, dividida entre una nueva ciudad del tercer mundo progresista y la antigua ciudad de callejuelas y mezquitas y templos acomodada contra el fuerte y sus jardines. Pero Delhi es también carísima. Un hotel cuesta más que en Europa, y no siempre brinda las mismas comodidades. Alguien nos dijo que también puede ser una ciudad barata, pero no vimos por dónde. Además, a diferencia de Beijing, donde es posible tener un comercio con características que una vez identificadas se mantienen iguales, en Delhi un turista es siempre un idiota, por lo tanto se le trata de esa forma. Por muy buenas negociadoras en que nos hayamos convertido Helena y yo, no hay indio que no intente vendernos un CD a precio de oro ni hotelero que no nos diga que por ser la capital Delhi tiene derecho a tener precios exorbitantes.

Por suerte en Delhi tenemos amigos y podemos atestiguar la gran calidad de las charlas y los debates de las y los indios. El señor Swarup en particular hace gala de su sensibilidad y su profunda convicción de la necesidad de una política pacifista y anticolonial en el mundo. Conoce toda Asia, es un viejo periodista crítico y es respetado por amigos y enemigos. Es el padre de nuestro amigo Manish que nos mostró sus fotos y nos preparo una cena digna de un cuento oriental.

Con Chiara tuvimos que pactar una vacación que fuera del agrado de las tres y que respetara la cortedad de su periodo vacacional. Toda la India no se conoce ni en un año, así que decidimos recorrer Rajastan. Optamos por rentar un carro. Pero ¿como manejar en este país donde se circula por la izquierda y las reglas no las respeta nadie? Mejor rentar un carro con chofer. Debíamos imaginarnos que eso significaría caer en las manos de un hombre (al parecer a las mujeres en India sólo se las divisa caminando con sus saris de colores por el campo o vestidas a la europea en las grandes oficinas, por el resto nadie sabe dónde las esconden) que decidiría nuestros hoteles, los restaurantes donde comeríamos y las tiendas donde comprar. En India los chóferes reciben una compensación monetaria por cada turista que lleva a cualquier sitio, de modo que lo que parece un consejo es en realidad una imposición. Tuvimos que pelear con el senor Rama porque “osamos” comprar en una tienda que no nos había recomendado él y la guerra se declaró sobre todos los frentes cuando decidimos escoger nuestros hoteles.

Rajastan es muy bello, un estado que se conformo después de la unificación e independencia de la India en 1947 de la unión de 22 principados independientes, regidos por mas de mil años por los rajputs, unos señores de mentalidad caballeresca -es decir asesina, misógina y guerrera. Tras la visita obligada de Agra (el Taj Majal es algo mas que una etapa para turistas, es una tumba donde se ve condensada la esencia, una de las esencias, de la belleza, si se quiere la esencia del poder que puede mandar construir la belleza), y del fuerte de Fatepur Sikri, nos adentramos en el corazón de esta tierra que nunca pudo unificarse porque sus señores cuando no tenían que pelear contra ningún invasor, se deleitaban haciéndose la guerra por los mas extraños motivos (la mano de un princesa, un carro de oro, el palanquín del elefante, la estatua de la diosa…).

Cada ciudad de Rajastan fue una capital, es decir un fuerte o un castillo fortificado donde la búsqueda del placer se mezclaba con la arrogancia del poder. Ahora bien el estilo de cada ciudad es diferente del de otra, así como el arte alemán no se parece al francés y el francés no se parece al español: eran realmente reinos independientes gobernados por personas de gustos diversos. Si la ciudad de Jaipur conserva al interior de sus muros callejuelas con aceras y casas con terrazas arboladas y su palacio está marcado por la pasión astronómica de los antepasados de sus actuales ocupantes, Pushkar es una ciudad sagrada en cuyo interior se levanta el lago donde Brama ofició los primeros ritos después de la creación del mundo.

Udepur es una ciudad antigua y viva de calle y palacios encalados que jamás fue conquistada ni por los musulmanes ni por los ingleses. Sus maharanas –y no simples marajas, por favor: estos son los descendientes de Rama y por lo tanto rey de reyes- siguen viviendo en el City Palace con sus caballos de orejas puntiagudas, sus rolls royce y sus sirvientes; en el laguito del jardín permitende vez en cuando el rodaje de algunas películas de James Bond (como todo los indios, recuerden que saben cobrar sus favores).

Ranakpur es un caso a parte. No es un ciudad, es un valle hermosamente cultivado, con un dique del siglo XVIII mandado construir por una marahani, en el centro del cual se eleva el templo más hermoso que hayan levantado jamás los Jains o Gens, un grupo de comerciantes hinduistas que en el siglo VI a.C. (el mismo periodo en que nació Buda), guiados por un profeta, decidió rebelarse contra la muerte de los animales, la mentira, el sistema de castas y la proliferación de las guerras. Los jains son todavía hoy en día el grupo religioso más respetado de la India, son totalmente vegetarianos y para no matar siquiera a un mosquito no comen de noche y, algunos, se tapan la boca con un pañuelo. Sus templos son de un barroquismo extraordinario, pero siempre contienen un error para que los arquitectos no cometan la blasfemia de intentar imitar la perfección de dios.

Jodpur es una ciudad brahmánica con el fuerte más poderoso que pueda imaginarse. Desde sus bastiones las antiguas callejuelas se muestran azules, es decir del color de la profundidad. Aunque el calor es infernal, la noche sobre las terrazas, si se tiene como nosotras la suerte de amar a la luna creciente, es de una belleza sin par.

Jaiselmer es la ciudad del desierto donde llegaban los camelleros de China para dirigirse a Persia. El calor es tan impresionante que con Helena, tendidas sobre esteras, en la inmovilidad del aire vimos como los pelos de nuestras piernas crecían a ritmo enfebrecido. En esta ciudad, si los señores sentían que iban a perder la guerra preparaban el sati (el sacrificio de las esposas sobre las piras funerarias del marido) de sus mujeres y de sus hijos menores y abrían la puerta del castillo para lanzarse a la muerte con la espada en la mano. Nadie debía sobrevivir a la derrota. Por suerte Jaiselmer estaba habitada también por comerciantes que lograron siempre que la ciudad se mantuviese en su esplendor. Eran los que desafiaban la vastedad del Thar, sus sequías, su belleza y pobreza sin par, de modo que con sus riquezas llenaron la ciudad donde descansaban sus hijos y esposas de haveli, es decir de palacios cincelados cuya elaboración se dejaba en mano de los arquitectos y escultores musulmanes. El Thar hoy es un desierto que las hábiles manos de las campesinas indias ha llenado de árboles semejantes a nuestros mesquites; verdes, fuertes y con sus raíces de 80 metros éstos retienen las dunas, frenan el viento y permiten que mijo y lentejas crezcan sobre las arenas.

Bikeneer es una ciudad pintada, pues sus príncipes decidieron apoyar el arte popular de toda la India dando refugio a los mejores pintores del sur. Es la puerta que cierra la primera parte del Thar para abrirse a una mayor vastedad, aun mas plana que la primera. Su palacio real, también fortificado, es el único que no esta en la cima de una colina sino en el medio de una llanura.

A pocas decenas de kilómetros, inicia la sucesión de pueblotes donde las caravanas de camellos de la vía de la seda dejaron por siglos el dinero suficiente para que muchos haveli se levantaran. Hoy casi todos están vacíos y se caen sobre sí mismos, mientras elegantísimos dromedarios de piernas muy largas jalan carretas de dos ruedas cargadas de todo tipo de mercancías.

Ahora bien, otra de las experiencias que no tienen nada que ver con las guerras, el comercio y el poder es nuevamente un templo. A unos treinta kilometros de Bikaneer, en un pueblo aparentemente cualquiera, se eleva el templo de las ratas, una extraordinaria construccion del siglo XVI, con puertas de plata y fachada de marmol blanco, labrado con las representaciones de los dioses mas importantes. En el centro un altar con la figura de Durga, una de las reicarnaciones de la esposa de Shiva, una diosa poderosa y guerrera; en medio del patio centenares de ratas negras que se corretean, pelean, deambulan. Según una leyenda Durga mandó reencarnar en el cuerpo de ratas las almas de los niños después de que el dios del cielo no quiso devolver a la vida el hijo de un arquitecto muy querido por la diosa. Enormes calderos reciben donaciones de nueces, dulces, harina para que las ratas coman veneradas como almas benditas. Igualmente grandes platos de cobre contienen el agua que en el desierto las bestias necesitan y en el techo una reja impide que las aves rapaces puedan cazarlas. Como en todos los templos hay que entrar a pie desclazos y ser tocados por una rata es simbolo de suerte, asi como divisar una rata blanca entre los centenares de negras. Muchas personas tocan con la boca la comida mordida por las ratas para garantizarse el alimento durante toda su vida. Helena se negó a venir. La sola vista de una rata le revuelve el estómago. Para mi ver como desde Bikaneer parte un camión cada hora para llevar a peregrinos que se hincan frente a las ratas y las alimentan y le piden su felicidad fue una experiencia muy impresionante. Era darse cuenta de la forma más simple que el principio de la vida, lo que muchos llaman dios, está presente en cada ser vivo, no importa que grado de valor le damos en nuestras jerarquias culturales. Un ser humano, una vaca, una rata o un simio comparten la imposibilidad de ser reconstruidos, su vida es única y debe ser salvaguardada en su divinidad. Me pareció una revelacion de la divinidad múltiple y diversificada que deberia llamar a la tolerancia y la paz, de modo que me impresionó encontrarla en medio de un territorio cuya historia esta determinada por las guerras y el sistema de castas. Como si se tratara de una supervivencia, un algo vivo capaz de rebrotar, de un sentimiento divino muy antiguo, quizá anterior a la invención de la guerra, la sumisión de las mujeres y la esclavitud. Con todo y el horror que las ratas me provocan, me encantó.

Por fin en la India

Odio la India: esta llena de gente. Francesca

Amo la India: esta llena de gente. Helena

La India: la panza de dos policias de caqui, bastón en la mano, sacudiéndose por los baches en una bicicleta. El tráfico de gente, riksho, vacas, bicicletas, coches y motos que pitan. La dedicacion a la vida y la muerte de los demás de quien atiende las casas de moribundos que desean morir en Varanasi para llegar directamente al Nirvana. Vendedores de comida, de pan, de brocatos, de sexo, de bicicletas, de cobre, de bendiciones. Castas que construyen con la exclusión de siempre la pobreza de siempre.

Los marajas ya no existen y sus palacios estan en ruinas o transformados en hoteles, sin embargo los ricos pueden comprar a la policía y los pobres son los culpables de cualquier delito

La tecnología es altísima, hay computadoras rotas en cada esquina Una música angelical o maldito ruido se escucha en demasiados lados.

Hay santos bajo cualquier paraguas, el problema es saber cuál es el bueno. Mientras tanto en los templos y en las mezquitas hay militares armados hasta los dientes para evitar bombazos

El Gange es realmente sagrado.

Qué tan lejos llegamos: las montañistas nepalíes

Pokhara, Nepal, 3 de septiembre de 2006.

Con sus treinta y seis lenguas habladas por 23.800.000 habitantes en 75 distritos, Nepal es uno de los países más pobres del mundo, a la vez que uno de los más diversos. Hinduista en un 70%, tiene también una importante población budista y algunos cristianos y musulmanes, lo cual explica por qué la prohibición de discriminar a las personas según las cuatro castas hinduistas, vigente desde los anos 1970, haya sido aceptada con agrado por la mayoría de la población. No obstante, las mujeres a través de las divisiones de clases, de casta y de religión sufren una discriminación en los ámbitos laboral, educativo y económico semejante a la que conocen las mujeres de todo el mundo, y las de las castas inferiores y las indígenas enfrentan graves desavenencias.

Según Lucky Chhetri, directora de Empowering Women of Nepal, las mujeres no necesitan simpatía sino oportunidades, ya que a todo mundo les caen bien esas madres, hermanas, esposas o hijas que se levantan a las cuatro de la mañana para abrir las ventanas y lustrar los zapatos de los hombres de su familia y cierran la puerta de noche tras haber trabajado todo el día en la casa, el campo y el patio. En pocas palabras, son siempre simpáticas quienes asumen enormes e indispensables responsabilidades para con la vida humana, pero eso no implica que sean reconocidas socialmente ni remuneradas.

Las mujeres nepalí son el 32% de las personas que saben leer y escribir en un país en que en analfabetismo atañe el 40% de la población, son el 42 por ciento de la fuerza de trabajo pero ganan un tercio menos que los hombres, son la mayoría absoluta de la cultivadoras directas, campesinas de las tierras de sus padres, maridos o hermanos. No es de extrañar que muchas de ellas, cuando en 1996 se inicio una rebelión armada dirigida por grupos maoístas, se sintieran atraídas por ellos, debido al trato igualitario que les brindaban y gracias a su promesa de “liberar a las mujeres nepalí”.

A principios de los anos 1990, Lucky Chhetri y sus hermanas decidieron organizarse para que las mujeres se desarrollaran mediante el apoyo y el trabajo de otras mujeres. En un país cuyo primer recurso es el turismo de alta montaña, fundaron el 3 Sisters Adventure Trekking Company y abrieron una casa de huéspedes en Pokhara, a los pies de la cordillera del Annapurna en el Himalaya. Decidieron brindar a las mujeres nepalíes de todas las castas la oportunidad de encontrar trabajo como guías de alta montaña, así como a las turistas de recibir el acompañamiento de otras mujeres, sin riesgos de acoso sexual o del maltrato relativo al descreimiento de los guías masculinos acerca de las capacidades físicas de las deportistas.

Durante los diez anos de guerra civil (1996-2006), las 3 Sisters Adventure Trekking Company y Empowering Women of Nepal actuaron como puente entre quienes las acusaban de ser explotadoras de las jóvenes de la región de Kaski, en la zona de Gandaki, y quienes las veían como peligrosas alebrestadoras de las costumbres ancestrales. Gracias a que en Nepal la policía y el ejército no han sido entrenados para considerar a la población civil como un posible enemigo interno, y por lo tanto no actúan brutalmente en su contra ni siquiera en las zonas de presencia guerrillera, las mujeres que recibían entrenamiento para guiar grupos en alta montanas, aprendiendo además nociones de primeros auxilios, ecoturismo, agricultura orgánica, historia y geografía, ingles, cultura y religión, pudieron dialogar con ellos, así como con los grupos maoístas, sirviendo en muchas ocasiones de puente para que se estableciera ese dialogo que, a la larga, derivó en el pacto que llevará a las y los nepalíes a las urnas el 26 de noviembre próximo para elegir su Asamblea Constituyente.

Ser guía de alta montana es desde 1993 un trabajo de mujeres también. Según las hermanas Chhetri, ninguna persona educada es débil, por lo tanto entrenar a una mujer para ser jefe de escalada, es mejor que orillarla a creer que para valerse a si misma necesita empuñar un arma.

En un país himalayo como Nepal, cuya dependencia de un turismo especifico es abrumadora, enseñar a una mujer cómo relacionarse con otras en un ámbito laboral especializado no sólo es brindarle la oportunidad de emprender un negocio, sino también de afirmarse y profundizar sus conocimientos. El esfuerzo que implica el entrenamiento de alta montaña no solo desmiente y ridiculiza la burla masculina acerca de la debilidad de las mujeres, sino que a ellas les comprueba que su debilidad sólo era fruto de la falta de educación y su pobreza, de un prejuicio sobre capacidades que ahora puede demostrar.

En la actualidad, el trabajo de preparación de las mujeres para el turismo emprendido por las tres hermanas Chhetri hace trece años se ha extendido desde Pokhara a 35 distritos de Nepal, convertido en una fuente de inspiración para muchas jóvenes y en un ejemplo de buenas prácticas laborales. De tal modo, la lucha contra la discriminación contra las mujeres se revela cual es: una forma de promover la justicia social. El centro de entrenamiento y las 3 Sisters Adventure Trekking Company emplean actualmente 30 mujeres de familias no privilegiadas, entre ellas Dalits (las así llamadas “intocables”) y preparan cada ano 25 mujeres para ser guías, directoras de campamentos y acompañantes de grupos. Además han impulsado las prácticas de la agricultura orgánica, de la organización para la salvaguarda ecológica, del turismo responsable, así como han impulsado una guardería de tiempo completo, con educación activa y personalizada, para las hijas e hijos de madres montanistas.

martes 4 de septiembre de 2007

Desde el Annapurna

Empezamos a subir hacia el Annapurna Sur hace tres días. Mala suerte: no había visibilidad, pero con Helena nos dimos valor: mañana el tiempo nos permitirá sacar fotos de la cordillera del Annapurna para nuestro Fito que quiere venir a escalar el Himalaya. Llegar al campo base nos debería llevar siete días y el regreso, tres. Pero ayer empezó a llover y a llover y a llover. ¿Alguien puede imaginarse un torrente que cae desde el cielo? Pues ésa es la cola del monzón fuera de tiempo que nos agarró. Hasta los búfalos de agua, que han sustituido a los yaks en esta cordillera caliente y húmeda, se resguardan de la lluvia. Los lich, unas diminutas sanguijuelas que crecen como gusanos cuando llegan a atacarse de nuestros tobillos y dejan un rastro de sangre en la piel y la ropa, se han multiplicado y nos atacan cada vez que damos dos pasos. Por suerte ni tienen veneno ni transmiten enfermedades.
Ensopadas como vegetales cocidos, ayer encontramos refugio en una destilería de alta montaña. Una señora hervía en dos cazos de cobre una mezcla de sorgo y arroz negro (milet) fermentada, cuyo vapor cae en una olla al centro del cazo mismo. El sabor no es fantástico, pero es un sano licor sin químicos que nos calentó bastante. Durante toda la noche escuchamos la lluvia sobre el techo de palma, el agua se metía por el piso de tierra batida y la oscuridad era completa. A los nepalíes, que son una gente muy dulce, atenta y generosa, les damos una mezcla de curiosidad y pena. Nos ofrecen comida y cobijas, que nos cobran sin exagerar. A mí, con la humedad se me han despertado todos mis achaques: la nariz tapada, el dolor en el anca izquierda, el tobillo torcido. Helena ama este país, su gente sonriente, las mujeres de sari rojo, la bulla de las fiestas hinduistas, los grandes ojos negros rodeados de profundas ojeras, la humedad, el calor, el verde, pero yo extraño enormemente mi vacía y desértica Mongolia, el silencio frío de Tibet, las noches de cielo estrellado.
¿Que hacer? Seguirle es imposible, tanto como volver a Pokhara. Así que por la mañana nos metimos en dos bolsas de plástico verde y caminamos otros veinte minutos hacia arriba. Ya sabemos reconocer la mordedura de los lich así que nos los quitamos a tiempo. Caminando en el medio de nubes que hacen que el aire parezca agua, de forma casi milagrosa, nos encontramos en una de las casas de etapa para llegar al campamento base del Annapurna Sur un internet satelital. ¿Por qué no mandarles entonces nuestros augurios de cumpleaños a todos nuestros virgos bienamados? Feliz cumpleaños para Edoardo, que ha de estar por cosechar sus uvas en Toscana, y a mi Melissa que hemos extrañado cada día durante este viaje que hubiéramos debido hacer juntas, y aún a mi bello hermano Federico, aunque falten unos días y esperamos haber llegado a un teléfono para entonces.

Nepal, las fotos










Tensin

Lo conocí porque llegando a Labrang después de cinco horas mochila al hombro, pensé que un buen masaje me vendría muy bien.
En el hostal de Tara, a un paso del segundo monasterio más grande del busismo tibetano, me recomendaron a Tensin, un joven que ha estudiado en Tíbet y en la India. Una señora inglesa me lo confirmó: "Ese muchacho sabe lo que hace". A ella, de 75 años, le estaba arreglando la espalda, seguramente perjudicada por los camiones tibetanos, pero inicialmente dañada por un accidente de carretera cuando tenía 19 años.
Me dejé dar un primer masaje para relajarme y me sorprendió mucho que me dijera "Si no abres el chacra de tu corazón, va a ser dificil que vivas bien con tu hija y vuelvas a querer con libertad a tus amigos". Dicho eso me enseñó un ejercicio de lo más simple para abrirme el pecho. El día despues deje de fumar, ¡despues de 37 años!
Me volvió a dar un masaje dos dias despues porque mi colitis me atormentaba. Al removerme lo estancado en el estomago, dio con la energía detenida de mi útero, donde el mioma detectado hace tres años habia dejado de crecer gracias a la homeopatía y la acupuntura, pero no había desaparecido. Me dijo que podíamos intentar que la energía fluyera, pero que eso necesitaba tiempo y que el al día despues se iría en medio de las montañas para atender al hijo de un pastor al que las fiebres habían quitado el habla.
Le dije que era la primera vez que sentía un masaje llegar tan profundo a mi ser, !y eso que parezco adicta a los masajes y que conozco desde las técnicas mixtecas hasta las ayurvédicas, chinas y mongolas!
Me invitó a alcanzarlo en Mache.
A Helena en un principio le pareció una locura ir a seis horas de Labrang sólo por un masaje. Luego, cuando el camión se metió en las altas montañas de Tíbet, cambió de parecer. La verdad es que gracias al habernos desplazado en busca de un masaje, nos metimos también en una ciudad nueva, pero a pocos kilómetros de un río portentoso, un lago donde van a dejarse las ofrendas para una buena cosecha y montañas que representan las caracolas de la tierra y donde el Budha de la vida futura dispensa la paz a los caminantes.
En Mache, Tensin me dio entre uno y dos masajes al día. En un principio, los dolores eran muy fuertes, pero entendí pronto que tocar los puntos más dolorosos de mi ser no era sólo detectar donde se atoraba la energía, sino también como empezar a restaurarla.
Al tercer masaje, sentí que la energía se movía por dentro y visualice los momentos que pudieron haber iniciado el gran atorón vital que se expresó en el mioma de 17 centímetros que me pesaba debajo del ombligo: la imposibilidad de digerir algunas situaciones laborales y vitales, la frustración que me ha acompañado en mi vida creativa durante los últimos cinco años, mi aniquilada vida sexo-afectiva.
Ese dia el masaje me dolió más que nunca, pero al salir a la calle me sentía tan ligera como nunca lo había estado en los tres años recién pasados. Por la noche, Tensin me dio otro masaje. Los dolores eran de una intensidad mucho menor, a pesar de que por la manana parecía haberme deshecho la panza. Esa noche tuve hambre, comí y dormí muy bien, pero el estómago estaba muy inflamado. Tensin me dijo que no me preocupara.
Al cuarto y quinto masaje, el último, sentí que por todo mi cuerpo la energía fluía libremente, que los dolores iban espaciándose y que la salud es un bienestar generalizado, no enfocado en un punto ni, mucho menos, en un órgano.

Tíbet, Tíbet:




















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La policía es china como los maestros y los empresarios. El turismo y la explotación de sus saberes tradicionales para su comercializacion son las unicas actividades que los chinos les permiten afuera de la vida pastoril y agrícola, de modo que algunos tibetanos ven a los occidentales como estúpidos que se dejaran estafar. No obstante, mujeres y hombres de piel oscura, cabellos alborotados y grandes ojos profundos no han perdido la hospitalidad de los nomadas, su desenfado frente a la etiqueta y el valor que hay que darle a las cosas fundamentales.


Tibet es verde, montañoso, frío y la gente viste largos abrigos de piel de borrego o de yak amarrados a la cintura. Sus joyas, que usan por igual mujeres y hombres, son grandes bolas de coral, perlas de lago, turquesas y ámbar, amarradas por hilos de oro y plata. Las mujeres y los hombres se dejan crecer el pelo y los trenzan de diversas maneras sobre la cabeza con estambres rojos. A veces se cubren con un sombrero de fieltro cuando llueve o el frío arrecia.
Los monjes, vestidos por largas tiras de 8 metros de lana roja, caminan por las calles y los campos, rezan en sus monasterios, deambulan pidiendo limosnas para la reconstrucción de los templos, enseñan, juegan. Se les ve ayudando a los campesinos en la cosecha de sorgo o mostaza (¡¡¡esos campos de flores amarillas a perdidas de vista!!!), lanzando una pelota al canasto de una cancha comunal, empujando un auto detenido o sentados en los parques con la mirada en otro lado y la rueda de los rezos en la mano. Algunos son adorablemente gentiles, otros más bien se sorprenden de ver a unas forasteras como nosotras fuera de los circuitos turísticos.

domingo 2 de septiembre de 2007

Hace ya tres semanas que estamos en Tibet y ni Helena ni yo sabemos a ciencia cierta qué nos provoca saber que la region autonoma de Tibet, la que tiene a Lhasa por capital, es grande dos veces Francia, pero que Tibet es mucho más grande, teniendo regiones enteras en las provincias de Qinhai, Sichuan, Ganzu y Yunan.
En Ganzu fuimos felices en Labrang, Mache, y en las altas montanas de Dzta, cerca de Luchu. Gozamos seis dias de una feria de caballos entre gente que cantaba de noche, le colgaba magnificas bufandas a sus cantantes preferidos y a los mejores caballos y nos sonreía, nos hablaba. También trabamos amistad con muchachos tibetanos, una simpatica israelí que vivía con ellos, Sivan, y nuestro masajista Tensin, con quienes platicabamos de todo y nos enseñaron a ver lo que ningun tursita realmente ve: la contradictoria felicidad e infelicidad de la gente. Como para mí, para muchas tibetanas/os las calles asfaltadas son heridas en la Madre Tierra, pero también los hay a los que les gusta que el camion no salte. Todos odian que en las universidades no se pueda entrar si no se habla y escribe perfectamente el chino, sin importar que la madre lengua sea el tibetano. Y muchos nos hicieron notar las tácticas (que las latinoamericanas conocemos muy bien, asi como los palestinos y las saharauis) de minorizacion y pauperizacion de la poblacion local: cuando terminaron de construir el ferrocarril que une Pekin a Lhasa, a los chinos han se les ofreció ayuda financieria, salarios duplicados y casa para trasladarse a Tibet, de modo que ahora los tibetanos son apenas el 40 por ciento de los habitantes de sus tierras.
La provincia de Qinhai nos aterró. Ahi se encuentra el lago salado de Gahe Tso donde se supone que nació el pueblo tibetano, pero los chinos no se contentaron con transformarlo en una zona túristica donde ir a comprar perros de pastor tibetanos y collares, sino que le han construido al lado la principal ciudad china de productos nucleares.
Las ciudades grandes son tremendas, sucias como en toda china, contaminadoras, como Xining, desde donde tomamos el tren para Lhasa.
No se crean, lo dudamos mucho. En un principio no queríamos tomarlo porque nuestros amigos nos avisaron que es el tren del colonialismo. Además las agencias de viaje chinas son tan puercas y corruptas que compran todos sus boletos apenas salen (en China los boletos se ponen a la venta con 12 días de anticipación y no se puede reservar), de modo que para ir a Tibet desde las ciudades de Pekin, Chengdou (otra ciudad tibetana convertida en megalópoli china), Xining hay que comprar los boletos de las agencias o al mercado negro. No había un solo boleto en la estacion de ferrocarril, pero el tren en el que viajamos había por lo menos 80 asientos vacíos. Y eso que para viajar le compramos a un obsequioso bandido un boleto de asiento duro !!!al precio de un vagon lit!!!
Un adorable monje en el tren (24 horas, sin contar los retrasos) nos contó que el budismo entró al Tibet en el siglo III donde se encontró, incorporandolo, con el animismo chamanico Bon. Poco después asumió también las influencias esotéricas del budismo tántrico indio. De tal modo, hacia el siglo VII nacio lo que hoy llamamos budismo tibetano o lamaico. Mientras el monje nos contaba esta historia, pasabamos, entre cordilleras nevadas, por un altiplano que se extiende a 4000 metros de altura, entre lagos, praderas y ríos, manadas de yaks, y desgraciadamente campamentos militares esparcidos. Cruzamos un paso de 6000 metros de altura, pero el tren es oxigenado y no sufrimos ningun malestar.
El monje siguió su relato: los templos de Gandan, destruido en 1959 y reconstruido hace poco, fue fundado por Songkapa en 1409. Ahi se asento la Gelugpa, o secta del sombrero amarillo, a la que pertenece el Dalai Lama. En 1641, la Gelugpa apoyo el budismo en Mongolia, de ahí que el nombre de Dalai sea un nombre mongol, ya que significa Océano de Sabiduría.
La invasión china de Tibet inició apenas terminada la Segunda Guerra mundial, en 1950, aunque culmino en 1959 con la expulsión del Dalai Lama de Lhasa, la destrucción de innumerables templos antiquísimos y la masacre de 1 200 000 personas. 100 000 se refugiaron en la India y en Nepal y desde ahí se dedicaron a dar a conocer el budismo y la realidad tibetana. Hoy en día, nos decía el monje, esta masacre se ha detenido y todas las apariencias son pacíficas. Se reconstruyen monasterios, se permite el culto, pero en realidad se sigue llevando a cabo un genocidio cultural del pueblo tibetano, que se manifiesta en una impuesta y diferenciada chinización de la cultura tibetana.
Con estas informaciones llegamos a la una de la manana a Lhasa, en una estacion moderna, limpia, iluminada y muy grande, ubicada a 5 kilometros de la ciudad. Nos subimos a un taxi tibetano, rechazando los taxis oficiales de la estación, todos concesionados a chinos.
Nos habian ofrecido varias direcciones de hoteles y dimos con uno con baños calientes las 24 horas (Helena estaba feliz, pero una de las delicias de Ganzu, para mí, fue que no tuve que banarme en 15 dias!!!). La calle principal, que corre desde abajo del Potala (que no visitamos porque nos escandalizó la misma política de las agencias de viaje de comprar todos los boletos para revenderlos al mercado ilegal, de modo que para entrar se les paga al Gobierno chino y a los empresarios chinos) hasta el mercado, se llama Calle Pekin. Pero no es fea. Por el contrario, Lhasa sigue siendo entranable, con sus construcciones de piedra y ventanas paralelepipedas, con su mercado para los turistas y sus luces de neón chinas y, sin embargo, su gente sonriente, sus transacciones sobre la palabra, sus peregrinos que rezan mientras caminan, sus tienditas.
Al segundo dia, nos fuimos al templo de Jokhang, del siglo VII, hermosísimo y con murales inimaginables por su colorido y complejidad mitológica. Miles de monjes y peregrinos rezaban en coro, mientras turistas atropellados, manadas empujadas por las agencias de viaje caminaban entre ellos, sacaban fotografías, se perseguían, reían, se llamaban de un punto a otro del templo. De repente con Helena nos encontramos bañadas en lagrimas. La falta de respeto tan brutal nos había ofendido y no sabiamos qué hacer. Eramos dos turistas más y no teníamos forma de parar esa avalancha de violadores inconscientes. Tuvimos que salir con el corazon enchido de tristeza.
Sin embargo, nuestras contradictorias sensaciones de turistas tocadas por la realidad tibetana no terminaban ahí. Todavía con el corazón hinchado de lágrimas nos fuimos a admirar las hermosísimas exposiciones de arte sacro, las divinidades de la compasión, de la salud, de la sabiduría, los Budhas que las inspiran, las flores, los demones defensores. Un mundo de arte sacro que se transmite de maestro en maestro y que, desgraciadamente, no está al alcance de nuestros bolsillos. Hablamos con uno de los pintores. Helena le dijo que su padre pinta, y nos invito a tomar té y nos explico cada Tangkha. Fue una tarde que nos consoló por completo.
Luego, ya repuestas, nos encontramos con una oferta turística maravillosa: lanzarnos a hacer rafting por el Tulung Cha, el río que baja de la Nenjingtong, la cordillera paralela al Himalaya que cierra al oeste el altiplano tibetano. Y ahí nos fuimos, a remar por las tumultuosas y frías aguas con seis polacos y tres tibetanos como guías. Acampamos a orillas del río, cerca de un puente colgante en el que la banderas de rezo ondeaban al viento, entre yaks (desde Mongolia son mis animales favoritos) y escuchamos nuevamente los cantos de los pastores.
Poco antes de tener que salir (mañana se nos termina la visa y debemos irnos a Nepal), nos lanzamos a rezar en dos monasterios que pueden alcanzarse en camion desde Lhasa: el bellísimo Gandan, donde en el aula de las reuniones pudimos estar mientras los monjes rezaban y donde luego fuimos bendecidas con el sombrero de Songkapa, y del cual hicimos una cora alrededor de la montana que sostiene los restos del Monasterio destruido en 1959 y los actuales salones de Tsokchen, Yangbachen y la estaua del Budha Sakiamuni, el trono dorado y la cava donde Songkapa se cultivo a sí mismo en las doctrinas sagradas, en nombre de nuestras amigas, de la abuela de Helena y de un amigo que finalmente se ha enamorado.
Pasamos toda la manana caminando, respirando, meditando. Luego nos fuimos al templo de Dalemi, que tambien fue mandado construir por Songkapa en 1419.
Al regresar a Lhasa, nos sentíamos con una mezcla de gratitud por haber podido estar, nostalgia previa a la separación con estas tierras, y una ambivalente sensación con respecto a China. Pues el país que nos fascinó y que consideramos uno de los más extraños engendros de la historia más antigua con las corrientes mas contradictorias de la modernidad (mercado y maoismo, para darnos a entender), que creemos sinceramente que debe ser visto sin las anteojeras del arqueologismo de algunos occidentales y sin los prejuicios sobre el socialismo que se transforma de otros, pues ese país no es sino uno más de los paises colonialistas del mundo. Y eso sí, para mí, el principio básico de las relaciones internacionales es la autodeterminación de los pueblos. La verdadera, porque la treta de los referenda de autonomía donde participan los emigrados semiforzados (o muy beneficiados) de la colonización nos la conocemos desde que trabajamos sobre los saharauis.

De Ulaan Baatar a Beijing II

Llegamos a Beijing a las 5 de la mañana y los mercados y las tiendas departamentales ya están abiertos. Compradores y vendedores se disputan la madrugada. También hay borrachos que se despiertan entre orinas bajo un puente, viejitas que van al parque para hacer gimnasia, policías que salen a dirigir el tráfico.

El calor es sofocante: 40º en medio de una humedad que se corta con el movimiento del brazo. El cielo es gris, triste. No nos gusta, realmente no nos gusta Beijing. Helena y yo nos sentimos sofocar.

El lama Temple Youth Hostel es un refugio delicioso. Una gran construcción de jardín al fondo de su sala deja caer lentamente el agua de una fuente; las mesitas están dispuestas de manera que se enfrenten unas a otras para dar al mismo tiempo lugar a diálogos y posibilidad de intimidad.

Helena se niega a ir a ver el Templo de los Lamas, me acompaña a regañadientes a la ceremonia del té. No quiere hacer nada. Sólo quiere hablar con su abuela, pero en China es más difícil conseguir un teléfono público que en Mongolia. Aquí todo se debe resolver de manera individual, es el país de los hijos únicos, de la malcriadez egoísta de los pequeños emperadores consumistas.

Nos dormimos agotadas por el calor. En la noche salimos. El clima es igualmente sofocante, aunque el jazz que acompañan los tambores del marido de Mónica, en la islita de piedra del lago de Ritan, entre árboles y mosquitos es realmente bueno.

Nos mudamos a la casa de Bernardo. Se acaba de mudar y la está acomodando. Es pequeña, acogedora y de pisos de madera en un lugar silencioso a pesar de estar a una cuadra de la gran avenida de los restaurantes.

Compramos fruta y brocas para el taladro. Salimos a su antigua casa para saludar a nuestra primera anfitriona y ayudarlo a empacar. Luego voy a buscar el permiso para entrar a Tibet: cinco días para que nos digan si sí o si no. Helena se va a hablar con su abuela. Con trece horas de diferencia de huso horario es bastante complicado no despertarla.

Si Mongolia es el país de la hospitalidad, China lo es de la ley por encima de todo. Esto puede ser aberrante cuando una madre a punto de parir se dirige al hospital del estado para una revisión y los médicos le matan a su hijo en el vientre con una inyección de veneno y luego le revientan el cráneo con un forceps para sacar a pedazos al cadáver porque descubren que su tarjeta hospitalaria estaba vencida desde hacía tres meses. Nadie debe dejar vencer sus permisos. Nadie debe saltarse las revisiones obligatorias. O puede ser simplemente ridículo, cuando el portero no te deja subir al departamento porque la regla dice que debes tener tres llaves y sólo tienes las dos que realmente se usan.

Después de escuchar, los testimonios más horribles acerca de las políticas de natalidad, las aberraciones de un sistema de salud pública que sigue su propio programa de cuotas en términos de control poblacional y esteriliza sin consentimiento a mujeres de la minorías étnicas que supuestamente no tienen límites en su derecho a la maternidad (la política del hijo único sólo concierne a la mayoría han), impone abortos ahí donde considera superada la cuota de nacimientos, multa a las mujeres que se atreven a un segundo embarazo aunque tengan autorización para ello. Después de una tarde de relatos del horror, un portero extremadamente gentil, que me ofreció su silla y su abanico, que intentó sostener una conversación conmigo para que no me aburriera (ya sé que tiene 60 años, una esposa, que viajó a Francia en 2001 y tiene un amigo argentino, ¿qué tal?), me hizo esperar tres horas en la acera llena de mosquitos a que Bernardo y Helena volvieran a casa porque yo sólo podía mostrarle dos de las tres llaves reglamentarias.

martes 28 de agosto de 2007

Video de Helena

video

Fotos de la loca, Helena


Más fotos de Mongolia






De Ulaan Baatar a Beijing

Ulaan Baatar nos espera con un calor impensable en la capital que detiene el record por ser la más fría del mundo. Pero pronto descubriremos que esa no va a ser la única mala noticia.

No queremos irnos y con Helena nos arrastramos por las calles polvorientas de la capital recordando nuestros recorridos por Centroamérica con el lema de “La calles son de quien las camina, las fronteras son asesinas”, que emprendimos hace cinco años con amigas de toda América Latina. En efecto, de no ser que la visa de entrada a China se nos vence, nosotras no dejaríamos Mongolia. Nos quedaríamos más tiempo entre sus bosques, hablando con su gente, bebiendo su yogurt. Pero el mundo globalizado sigue organizándose alrededor de la libre circulación de las mercaderías y el control de movimientos de las personas.

Más por tristeza que por ganas esta vez, nos detenemos en un Internet Café. Y ahí nos enteramos que abuela Berta está enferma, muy enferma.

Helena llora y decide regresar ahora mismo a México. Apenas ayer me preguntaba si su abuela está más feliz en México con toda su gente o en Querétaro con sus dos nietos más jóvenes. Para Helena su abuela es un referente de afecto y elegancia. Le gusta todo de ella: su ligera ironía con la tía Celia, su estar siempre de su lado cuando alguien la regaña, la no preferencia que manifiesta para con sus hijos. Y ahora la abuelita está enferma. Y Helena sólo quiere estar con ella.

No hay boletos ni siquiera para Beijing. Los vuelos a Londres están llenos hasta los primeros días de septiembre.

Finalmente el teléfono de papá contesta.

Helena habla con su padre, cosa que ha deseado hacer por casi tres meses, pero ahora habla y llora: no es su padre quien le interesa, es la madre de su padre.

Nos vamos a un bar. Es extraña la sensación de sentarse en una cantina con la que hace poco era una niñita y ahora sigue siendo una niña, pero tiene trece años, un problema real y mide un metro 64. Pedimos una gran cerveza oscura y nos la tomamos dándonos la mano. Luego sentaditas en la sombra fresca, yo pido otra cerveza y Helena habla.

Me toca cambiar el dinero, conseguir un boleto a la frontera, darme un masaje (los mongoles son más duros pero mejores que los chinos), conseguir un par de zapatos para Helena. Le pido a mi hija que me acompañe, pero ella prefiere quedarse en el cuarto. Sólo sale para colgarse de Internet y saber cómo está su abuela.

Mongolia no nos quiere dejar ir o nosotras tenemos tan pocas ganas de irnos que jamás conseguimos un boleto de tren directo a Beijing. Además no hay yuanes en los bancos, yo pierdo mis lentes, tengo que volver por mis botas, olvido mi suéter, la taxista no entiende la dirección que le doy…

Finalmente en el tren, descubrimos que no hemos comprado nada de comer para el viaje. Helena se tiende en la cama, dice una vez más que el calor la enferma y se duerme. Yo miro una extraña película mongola de los años 1950 en la red de televisión del ferrocarril mongol: realismo socialista entre pastores nómadas que se enamoran, indígenas que respetan sus tradiciones, aristócratas que encarnan la maldad, chinos traicioneros y buenos amigos del pueblo ruso.

Cuando llegamos a Zamin Uud (algo así como El Principio del Camino) no sólo tenemos polvo de carbón hasta dentro de los oídos, sino que la aventura mongola se intensifica con la presencia balanceadora de la gentileza mongola. Una señora que jala a un marido guapo y cargado de maletas nos ayuda a contratar un jeep ruso que en un principio nos parece caro. Por lo menos nos lo parece hasta que descubrimos cuántas cosas debe hacer su chofer para llegar del lado chino. Y el estrés de hacerlas.

Apenas cerramos la portezuela, el jeep arranca y se instala en una recta desde donde se lanza contra la línea de frontera con la misma fogosidad de un soldado de Gengis Khan contra la Gran Muralla. Los jeeps se empujan uno a otro para ganar diez centímetros de carreteras. Vuelan los vidrios de los faros, se abollan las láminas. Oficiales se migración siembran de clavos el asfalto con la esperanza de detener la avanzada de los jeeps; funcionarias en falda apretada y porte marcial recogen el peaje arriesgando si no la vida por lo menos la salud de sus piernas. De repente, como si hubieran levantado una barrera, una carga de jeeps inicia su asalto a una alta valla. Después de 500 metros de tierra de nadie, donde la carrera recuerda a los caballitos lanzados tras la meta en el Naadam, nos detenemos en masa. Inicia un largo y sediento asedio a la elegante frontera china, tan moderna y reluciente con su aire acondicionado, sus butacas de diseño y sus tiendas, como lentos e incompetentes son sus oficiales de migración.

Inner Mongolia: la Mongolia interior, la todavía invadida por los chinos. Una continuidad rota por la presencia de casas, ladrilleras, carreteras asfaltadas. Pero continuidad al fin: grandes rebaños de cabras, hombres a caballo, una ger de vez en cuando.

Conseguimos boletos en un autobús de camas. Sobre tres hileras de dobles literas, nos tendimos por 16 horas. El inmenso irlandés del piso de abajo no cabe en el espacio diseñado para que duerma un chino: suda, gime y está de mal humor. Los mongoles tampoco se sienten muy cómodos pero cuentan chistes. Las mujeres se acomodan.

domingo 22 de julio de 2007

Más fotos







Mongolia 4

18 de julio

Cruzamos montañas, colinas. La nieve ha desaparecido y sólo se divisa un pico nevado a lo lejos, allende valles semidesiertos en los que corren ríos caudalosos que no logran humedecer más tierra que la que tocan.

Cuando cruzamos de las tierras de pastoricia kasaja a la mongola, de la minoría Dorvod, encontramos a un gran Ovoo donde nos detenemos a agradecer a la Madre Tierra. Poco después, llegamos a la ger de la madre y el padre de Bairdag. Helena me dice al oído que no se necesita una gran capacidad de observación para darse cuenta de quien es la persona de respeto aquí. El padre de Bairdag es un simpático señor que nos ofrece su botella de tabaco para aspirar y té caliente y abraza a su hijo, mientras su esposa, en el centro del gran tapete, debajo del altar familiar, escucha atentamente a una mujer con su hija que vinieron de muy lejos para obtener un consejo. Fuera de la ger esperan otros grupos de personas, hombres con sus caballos, una familia con un gran coche nuevo. La señora los hará pasar mientras su hijo y su esposo son circundados de amigas de su esposa que los ayudan en la cocina, la limpieza, el cuidado de la lana, la ordeña. La ger huele a incienso, la paz circunda el vallecito en el que está emplazada.

19 de julio

Uuvs Nuur: el segundo lago de Asia es salado y sólo tiene en su sima 22 metros de profundidad. A su alrededor, pantanos, laguitos, cañas y pastizales hospedan los nidos de diversos tipos de gaviotas. Plantitas moradas de tallos fuertes y miles de diminutas florecitas sobre unas hojas verdes en la base, alternan con flores amarillas, campánulas rojas, margaritas blancas y pequeñas. Los mosquitos pican sin piedad y dejan ronchas de todos los tamaños.

El microclima mediterráneo que crea este lago enorme, alrededor del cual corren grandes rebaños de borregos y ágiles camellos de jorobas erguidas, permite que otros laguitos rodeados de semidesierto se extiendan por las montañas rumbo al desierto de dunas de arena ubicado más al norte en el mundo: Altan els.

Altan Els es el escenario de la parte central de mi novela. Me emociona ver lo mucho y lo poco que me he equivocado en describir este paisaje de ensueño… o de pesadilla. Siempre me ha encanatdo describir mundos a partir del Atlas de geografía. La lectura de los espacios es casi tan emocionante como recorrerlos a pie. Y, que las diosas no me permitan mentir: cómo me gusta caminar. Si no escribiera a veces, diría que caminar es mi actividad preferida, la única que me hace sentir feliz.

Entre las montañas que encierran un valle verde, de matas duras y espinudas, con una hierba larga y cortante y espigas de algún cereal no doméstico, y las altas montañas que marcan la frontera con Rusia, se extienden por 240 kilómetros por 6 de ancho las dunas de Altan els.

En invierno y hasta abril varias familias nómadas llevan a sus borregos y camellos a protegerse del frío entre sus hondonadas. La hierba es escasa, pero la nieve proporciona el agua para la sobrevivencia.

En verano las dunas están moteadas de matas de hierba cortante.

Hay águilas, conejos, liebres, cabras de monte y algunas bandas de lobos.

Algunas hondonadas tienen una base de piedras sobrepuestas y sus dunas son más permanentes que las otras, de modo que en verano, cuando las arenas se secan, se mueven menos con el viento. En estas hondonadas se concentran la hiera, los arbustos espinudos de largas hojas aceitunadas y una que otra mata de una caña alta, verde y hueca; sin embargo, en la superficie nunca hay agua.

En la parte central de las dunas se pierde la dimensión de la profundidad. Espacios que se divisan a lo lejos como las montañas, se pierden de vista al ir hacia ellos. Igualmente, árboles o animales que parecen muy cercanos porque se pueden ver de una colina a otra en todos sus detalles resultan estar muy lejos. El aire es tan transparente como tramposo. Las voces se oyen por varios cientos de metros, pero las personas se achican y se pierden de vista. A apenas cuatro dunas de distancia, fatigaba en reconocer el lugar donde Helena se había quedado dibujando, aunque la oía cantar.

Los israelíes se quedaron en el carro bebiendo whisky y diciendo estupideces acerca de los poco que les gustan los desiertos que son buenos sólo para los “mustafás”. Por suerte pronto podremos encontrarnos con un autobús de línea y separarnos de ellos, aunque con Bairdag nos hemos encariñado bastante y nos dolerá saludarlo. Con Helena platicamos acerca del hecho que nuestros compañeros de ruta parecen no haber crecido a pesar de que son fuertes como troncos y testarudos como adultos. Helena dice que la culpa la tiene el servicio militar. Creo que tiene razón: tres años alejados de la vida cotidiana, teniendo que obedecer –que es la forma de nunca aprender a tomar decisiones-, con jefes que les dicen a la vez que su deber el una tarea común pero que los impulsan como si debieran demostrar que son superhéroes, les impidieron madurar. Ahora estos muchachos de 22 y 23 años son como adolescentes que mezclan las ganas de romper todas las reglas con una fea sensación militar de superioridad con respecto a los demás seres humanos. Son crédulos en las voces de la guía que han comprado, tanto como mandones e ignorantes como héroes bobos.

20 de julio

Helena se siente mal. Ha vomitado repetidamente durante la noche y por la mañana la sacuden unos ataques de diarrea y dolor de estómago. Le digo que es su oportunidad de sacarse de encima toda la mierda que no quiere recordar y mantener en su cuerpo. Sacude afirmativamente su cabecita, pero no sonríe. Voy a vomitar las elecciones robadas por Calderón, me dice. A las tres horas estamos en el hospital de Tes, un pueblo de 70 casas de palos de madera y bajareque donde los nómadas se dirigen cuando se enferman. Una doctora de cara redonda como la luna acaricia la frente de Helena mientras le pone suero por las venas: estaba completamente deshidratada por segunda vez en su vida.

Fotos del desierto






Mongolia 3

9 de julio

Desierto y más desierto. Luego el Khar us Nuur, el gran lago de aguas negras, el segundo de aguas dulces más grandes de Mongolia. Patos, gansos salvajes, cigüeñas, gordas gaviotas. El viento salvaje arranca nuestras tiendas de campaña. Cuando se calma, los mosquitos nos atacan. Sin embargo, en uno de sus recodos pantanosos nos encontramos con pelícanos migrantes, enormes y grises como figuras míticas.

Con el transcurrir de los días nos acostumbramos a este ir y venir de sequía y agua, de desierto y altivez combinados con verdes repentinos, ríos caudalosos y lagos salados o dulces. Dorgon Nuur, por ejemplo, al sur de Khovd es un casi mar helado y refrescante en el medio de valles desiertos.

13 de julio

Hemos llegado a los glaciares que rodean los altos y fríos pastizales de los kasajos, la primera minoría de Mongolia, que suma el 6% de la población total. La hermosura de estas cadenas de montañas oscuras, cruzadas por vetas verdes, cafés y grises, y copeteadas de nieves, es subrayada por los ríos tumultuosos que corren por sus valles, aunque los aires fríos que llegan de los glaciares de Tsambargav, aun en verano, cuando se mete el sol pueden bajar la temperatura a 0º.

Alrededor de los hilos de agua helada que bajan de las montañas se agrupan unas cuantas gers, más altas y puntiagudas que las mongolas, desde las que entran y salen niños, hombres, mujeres para los diversos quehaceres que rodean la cría de las ovejas de de preciada lana kashmir. Son musulmanes, grandes artesanas del tejido y el bordado las mujeres, y talabarteros y repujadores de metales los hombres. De ser posible medir el ofrecimiento desinteresado de todo lo que los nómadas poseen, los kasajos parecen aún más hospitalarios que los mongoles.

En la ger de una familia presidida por un anciano abuelo que enseña a entrenar águilas para la cacería a caballo durante el invierno, mismas que alimentan con marmotas y otros animales de las praderas, y que de adultas llegan a pesar 25 kilos, nos han abierto la puerta apenas nos acercamos tiritando de frío. En la mesa, al lado de la estufa de estaño prendida, han dispuesto para nosotras el yogurt más cremoso de Mongolia, leche de yegua, dulces, pan y mantequilla.

Entre los kasajos, hombres y mujeres no están juntos ni comparten sus trabajos y chistes. En la ger nos atiende el anciano con sus hijos y nietos. Su esposa y sus hijas están todavía ordeñando, o ya han entrado a la ger contigua para preparar los alimentos o lavar la lana que grandes camiones vendrán a recoger en un par de días para llevarla al mercado de Khovd y de ahí a Ulaan Baatar y Londres. Sólo un poco de la preciadísima lana de sus ovejas se queda en la familia para el tejido de fajas y tapetes.

La comunicación no es fluida. Bairdag, nuestro chofer, a pesar de su respeto budista por todas las culturas, de repente se muestra receloso con los kasajos. Parece como si se sintiera incómodo; gasta unas bromas estúpidas sobre sus costumbres y dice que son muy ricos gracias a sus rebaños y, por lo tanto, que no vale la pena que le compremos nada. Helena se enfurece. Hace tres días estalló por un chiste racista sobre los árabes –que ella adora, cual si todos fueron su amado Ahmed- y les reclamó a los israelíes ser “matapalestinos”. Así que ahora no se va a callar con Bairdag, al que le dice que sus chistes no son divertidos. Nuestro chofer no entiende, intenta explicarle que mongoles y kasajos viven en condiciones muy parecidas, pelearon juntos primero contra los chinos y luego contra los rusos blancos, tienen casi las mismas costumbres con respecto a caballos y rebaños, pero no son lo mismo. Helena dice que entiende, pero que no por ello tiene derecho a ofenderlos. Dejan de hablarse por un buen rato.

Un niño muy pequeño, con una grave parálisis cerebral, juega en los brazos de su hermano mayor, que lo carga y acaricia sin cesar. Helena se va a jugar con ellos, mientras el anciano con su abrigo bordado y su hermoso sombrero de alas levantadas, nos invita a ver su águila. Nos levantamos todos, pero Bairdag se queda sentado y los israelíes titubean. El anciano se siente tan incómodo con la actitud indisponente del grupo, que termina diciéndonos que si queremos fotografiarlo deberemos pagarle 2000 tugruts por persona. Está enojadísimo. Aceptamos; es la única forma que el chofer nos ha dejado de corresponderle con algo.

Dejamos la ger bajo un aire helado que nos hiere el rostro y se mete bajo la ropa. A los pocos kilómetros, el viento amaina y, aunque no hace calor, dejamos de sentir frío. El gran torrente que corría bajo el glaciar se ha dividido en una red de hilos de plata cristalina que atraviesan el valle. Personas y animales beben de ellos. Su sonido sosiega. Llegamos a una ger de pastores kasajos que nos ofrecen dormir con ellos. Son evidentemente menos ricos que la familia de domadores de águilas; el tamaño de sus rebaños es reducido y hay menos tapetes y bordados alrededor de su ger. Pero su hospitalidad no es menor y llenan su mesa con todo lo que tienen, en particular un queso de espuma de crema que tiene un sabor casi dulce. La esposa del pastor y sus dos hijas mayores nos preparan una pasta fresca de harina y agua que fríen con pedazos de cordero. Las niñas más pequeñas y los niños, ocho en total, juegan a su alrededor. Antes de su primera menstruación, las niñas son juguetonas y tan libres como los niños. Casi podría decirse que antes de la expresión de su sexualidad, mujeres y hombres no tienen sexo y, por lo tanto, tampoco responsabilidades genéricamente definidas. Sólo después de que el pasaje de la infancia a la juventud se hace evidente, a las mujeres se les carga con todos los trabajos relativos a la cotidianidad, así como se les cubre el cabello y se les deja comer después de los huéspedes y los hombres. A los niños se les separa de sus juegos un poco más tarde. Entonces son enseñados en las labores de la pastoricia y se les lleva a las más rudas actividades de la vida nomádica. No es de extrañar que para los kasajos, la infancia es cantada y descrita como la época dorada de la vida a la que todos quieren volver.

Por la mañana habiendo sido la primera en despertar, me encontré con la señora que ya estaba preparando el pan y acomodando la leña. No quiso que la ayudara, sólo me sonreía en continuación. Cuando terminó de preparar la leche, entró a la ger y me trajo una crema para la herida que me provoqué en la pierna con la fricción de los estribos de la silla mongola. Poco después, su marido nos llamó a todos para que entráramos a probar su excelente yogurt.

15 de julio

¿Qué es ser una minoría? Al amanecer entre las cumbres de Tavan Bodg Uul, donde la nieve no sólo define la altura de las mayores montañas de Mongolia sino también la frontera con Rusia, Kazajstán y China, me pregunto por qué un kasajo escoge ser mogol, cuando tiene al lado, con el mismo clima y las mismas oportunidades, un país podría ser parte de la mayoría, y donde todos hablan su lengua y el muecín canta desde el minarete de todos los pueblos. Me lo pregunto porque la discriminación en Mongolia es velada, no se expresa violentamente, pero es evidente. Los kasajos no tienen un sólo programa de radio o de televisión, su ciudad más importante, Ulgy, es grande y rica y sin embargo sólo tiene una escuela y el museo que cuenta la historia de los montes Urales y sus culturas, entre ellas la kasaja, no cuenta con ayuda estatal. Los pueblos mineros de la región, como Hotgur Hurka, parecen olvidados desde hace años y la belleza de su arte no es considerada por los fotógrafos que ven a los mongoles como una sola nación.

Sin embargo, estoy segura de ello, existe un orgullo especial en ser minoría. Se es lo que no todos son y con ello se desmiente la mecánica definición nacional. Se habla una lengua que es la marca de la diferencia, se puede mirar a la persona con privilegios nacionales como lo que es: un ridículo dominante, una persona que no tiene a su favor sino el número de sus iguales. La persona que pertenece a una minoría siempre puede apelar a una historia personal, la de la propia aceptación o de la resistencia a la dominación, nunca es un número indefinido para sí misma.

Pienso en minorías que tienen la vida muy difícil, muchas veces habiendo perdido sus derechos a la tierra, como los palestinos, los tibetanos, los saharauis y la mayoría de los pueblos autóctonos de América. Viven en condiciones extremas, y a diferencia de los kasajos no tienen un país propio en el que refugiarse. Pienso en ellos y, en el fondo, veo el mismo orgullo de quien puede escupir a la cara del mayoritario su altanería de diferente. No hay tierra que valga la muerte propia o de los hijos de no ser que permita identificarse con un valor moral que el pueblo dominante no comparte y que se encarna en una lengua, una religión, una forma de ser.

jueves 12 de julio de 2007

Naadam

¿Qué es una reunión anual sino una necesidad que contraviene lo cotidiano? ¿Qué es la fiesta sino la suspensión de lo debido?

Y en Mongolia, desde los tiempos de Gengis Khan, el adorado líder que les dio unidad y escrituras, orgullo y movimiento a los mongoles, el oceánico rey del que, desde hace dos meses, por ley está prohibido hablar mal, el adorado esposo que prohibió el rapto de mujeres porque siempre acató los consejo de la suya, el…. Que nadie diga que el destructor de Samarcanda, por favor. En fin, desde los tiempos de Gengis Khan en Mongolia, durante el verano, cuando las actividades masculinas merman, los animales engordan y hace calor, los mongoles se adunan para beber, jugar, comer y, sobre todo, demostrarse sus habilidades de guerreros: luchan, montan a caballo y tiran con el arco. Naadam significa precisamente reunión, adunada, asamblea. Es la ruptura de la regla de dispersión de los nómadas. Es el abrazo de quien volverá a dispersarse. Son las hordas que deciden darle vuelta a la Gran Muralla y tomar de sorpresa a Beijing.

Por 25 kilómetros sobre caballitos de dos años, o por 30 sobre caballos mayores, estrictamente divididos entre castrados, yeguas y sementales, niñas y niños de los 5 a los 12 años, a cuanto más ligeros y fuertes mejor, entrenados por sus abuelos se lanzan como en una carga de caballería en las más locas y cansadas carreras. Alrededor de la pista que cruza el valle donde los caballos se agotan, las familias se reúnen, los bebés juguetean con la tierra, los adolescentes se enamoran, los adultos comen o juegan a las barajas. De un grupo a otro, de una familia a otra, van los platos de comida, los dulces, las palabras.

Helena fue prácticamente adoptada por una familia tan amplia y gentil que no podía entender quiénes eran las y los hijos, las y los hermanos de una señora que le pasaba a su bebé para servir la comida, le decía unas palabras en inglés e impulsaba a otros niños y adolescentes a escribirle sus nombres en su cuaderno, a hacerle dibujo, a explicarle algo del Naadam.

Elegantes muchachas vestidas de seda azul, jóvenes y niños, y ancianos y ancianas en sus mejores prendas, bajo los árboles o cerca de un río, arman su campo de tiro, levantan un blanco de piedras de diversos colores y celebran con cantos y pasos de danza los mejores lances. Los arcos de madera son pintados, elegantes, rematados por picos curvos y en el pasado oscurecieron el cielo de sus enemigos con el tiro de cientos de flechas.

En una plaza, hombres de todos los tamaños, vestidos con unos calzoncitos azules o blancos y una camisetita apretada que les deja descubierto el pecho, se agarran de las manos, los hombros, el cuello, las caderas hasta lograr que el otro toque con una parte de su cuerpo que no sean las manos el suelo. Tres mongoles el año pasado ganaron el campeonato mundial de sumo, dejando en ridículo a los muy ofendidos japoneses. En la plaza de Khovd, entre kazajos generosos que se ofrecen dulces unos a otros, khalkh orgullosos, khoton con sus especiales sombreros, uriankhai, zakhchin, myandag, oold y torgud, los luchadores llegan a mostrar su fortaleza, su masculinidad, su amistad. Quien gana ayuda al otro a levantarse y, luego, para demostrar que no hay enemistad entre ellos se dan grandes nalgadas y abrazos. El paseo del victorioso con las manos en alto, la devolución de los sombreros por parte de los jueces, son parte de una coreografía que sólo resalta la unión de los hombres.

A pesar de que no les guste recordarlo, más aún que les da una cierta repugnancia hacerlo, los mongoles se resistieron fieramente a la invasión manchú en el siglo XVIII, pero sucumbieron frente a su número de este a oeste, logrando liberarse apenas en 1911 (en realidad en 1921, porque los chinos intentaron reinvadirlos, cosa que también intentaron después los japoneses y hasta los rusos, aunque a éstos se les considera más bien como aliados contra sus enemigos asiáticos). Desde entonces el Naadam se ha convertido en la Gran Fiesta Nacional. Banderas rojas (la lealtad) y azules (bajo el cielo) ondean en los campos. Militares flacos y duros, vestidos de un verde grasiento como de cucaracha ocupan las gradas de los estadios donde los haya. Jueces y altos funcionarios se pasean por el campo con sus mejores prendas y luciendo sus sombreros de fieltro.

Hay Naadam en todas las ciudades y aun en los pequeños poblados donde las muchachas están muy orgullosas de sus compañeros de clase si llegan a luchar y, sobre todo, si llegan a ganar.

Ayer, una anciana khalkh nos explicó que las ciudades no existen desde siempre. Las ciudades más bien son inútiles. Lo que existían eran los monasterios, luego –“con los comunistas”, según dijo- los sustituyeron los hospitales y las escuelas. A su alrededor se establecían en invierno muchas ger, de familias que se reunían para hacer frente común a las inclemencias del clima. En verano, en esos mismos lugares de refugio, cuando los animales ya habían pastado a lo largo de sus migraciones y los caballos estaban en el pleno de sus fuerzas, llegaba el momento de jugar juntos. El Naadam no es una fiesta de las ciudades, es un instante, una suspensión de las regularidades del año, un flechazo.

Los comunistas transformaron las demostraciones de las dotes guerreras de los mongoles en deportes, pero los deportes para estas mujeres y hombres con espíritu de niños nunca dejaron de ser un juego de seducción. Los ayes y los uhu de los turistas no les importan a los muchachos que se agarran del cuello para que una bella los vea, ni sus aplausos conmueven a la arquera que lanza su dardo hacia un blanco presidido por un espléndido juez de 18 años en el ropón de seda bordada heredado de su abuelo. Aun los niños ganadores de las carreras corren a abrazar a sus abuelos entre las miradas de sus coetáneos con un gusto que es el de mírame, abrázame, tócame.

Mujeres de Mongolia

Ulaan Baatar, 25 de junio de 2007. La primera impresión que dejan las mujeres mogolas al conocerlas es de una seguridad y una independencia asumidas y ejercidas. Al mes y medio de recorrer las zonas de pastoreo donde las nómadas llevan a cabo su vida, generando culturas en íntima relación con el medio ambiente, esta impresión por momentos se fortalece, en otros se debilita, pero nunca se desvanece.

Las mujeres mogolas constituyen el 51 por ciento de la población de un país que, al reunir trece etnias, suma 3.700.000 habitantes, el cincuenta por ciento de los cuales son pastores nómadas. La altísima tasa de alfabetización de Mongolia (el 97% de sus habitantes sabe leer y escribir, y ha cursado el ciclo primario y secundario de la escuela, que es gratuita y cuenta con residencias para las hijas e hijos de las familias nómadas) impulsa a dos mujeres por cada hombre a inscribirse en la Universidad Nacional de Mongolia, o en universidades de menor calidad tanto públicas como privadas.

Las madres de familia impulsan que sus hijas estudien aunque eso les signifique una merma en los apoyos a sus agotadoras labores domésticas (preparación de los alimentos para el día y para el largo invierno, costura, trabajos derivados del pastoreo como la ordeña, la preparación de yogurt, la mantequilla y el queso, manufactura de algunos implementos para el trabajo como la fabricación de cuerdas de crin de caballo o camello, el curtido de las pieles de los animales sacrificados, el tejido de cobijas de lana, la fabricación de pequeños muebles y, desde 1990, las actividades relativas a la atención de los turistas y visitantes). La idea es que si una mujer instruida se casa con un hombre que resulta alcohólico tiene los conocimientos suficientes para salir adelante. Puede dejarlo e irse con sus hijas e hijos a la ciudad, donde conseguirá un trabajo menos ligado al necesario complemento masculino a sus labores tradicionales.

Esta mezcla de lo ancestral, aparentemente eterno de su cultura, con conceptos prácticos es común en Mongolia. Por ejemplo, la mayoría de los hombres deja los estudios alrededor de los 17 años porque se queda al cuidado de los hatos de ganado. Según las zonas, yaks y vacas, cabras y borregos o camellos y caballos les son regalados o confiados por su padre. En un principio, tienen un precio equivalente al que una familia invierte en la educación universitaria de las mujeres. Sin embargo, con el tiempo y dependiendo de la habilidad del muchacho, pueden convertirse en verdaderos capitales, lo que no siempre sucede con los conocimientos adquiridos en la escuela.

En la actualidad, Mongolia está sufriendo cambios drásticos. En 1990 ha dejó de ser una república comunista, optando por un capitalismo comercial de tintes dependientes (ha enajenado sus recursos mineros que hoy son explotados por firmas canadienses, chinas y estadounidenses, mientras Francia busca desesperadamente uranio en sus entrañas), y desde que se sumó a la coalición bushiana para invadir a Irak (proporcionalmente al número de sus habitantes, es el país con el mayor contingente de soldados, 80, en ese país árabe devastado por el colonialismo estadounidense) ha recibido ayudas monetarias diversas que, por un lado, fomentan su dependencia de la economía globalizada y, por otro, alimentan la corrupción de la nueva cúpula política de Ulaan Baatar, la ciudad capital.

Las ayudas financieras responden por lo general a patrones de culturas occidentales muy marcadas por una división de géneros que favorece a los hombres. Por ejemplo, se otorgan al “jefe de la familia”, concepto inexistente en la cultura de las etnias mogolas (aunque sí entre los kazajos del occidente del país) donde mujeres y hombres son copartícipes de la economía, el reconocimiento social y la crianza de los hijos, y donde prácticamente no se usan apellidos, estando así libres de esa marca de valoración de la descendencia según el predominio del linaje masculino o femenino (la elección de un apellido es uno de los requisitos de la nueva economía de mercado urbana, y el gobierno tiende a estimular que éste sea el nombre del clan paterno, que muchos mongoles desconocen). La mayor parte de las “ayudas” internacionales son innecesarias en un país donde la vida de trabajo es muy dura pero la pobreza no es una realidad entre los nómadas. Parecen responder, más bien, a la creación de necesidades que sólo pueden satisfacerse con dinero (alcohol, televisiones, juguetes de plástico) y al afán de la cúpula en el poder de quitarle valor a la vida nomádica, para asentar a las y los mongoles en ciudades en rápido crecimiento donde la pobreza crece a la par que la generación de grandes riquezas para un pequeño número de personas. En efecto, indigencia y violencia de género, problemas de vivienda, bajos salarios, desempleo y alcoholismo acosan a los nómadas asentados en Ulaan Baatar.

El alcoholismo es uno de los principales problemas de salud entre la población masculina y el único detonante, muy criticado por los hombres y las mujeres en el campo, de la violencia contra las mujeres. En las calles de Ulaan Baatar, con una población de un millón de habitantes desproporcionadamente femenina, la violencia callejera está muy ligada al fenómeno. Los hombres se pretenden necesarios para mujeres que viven solas y abusan de su fuerza para retenerlas a su lado o hacerse acompañar en sus actividades. Cuando una mujer se niega a ello, los golpes pueden ser una consecuencia visible aun en plena calle.

Fuertemente ligadas a la indispensabilidad del trabajo femenino y el masculino para la sobrevivencia humana, las prácticas así como los cuentos fundadores cosmogónicos y civilizadores de Mongolia otorgan a la pareja heterosexual un rol de organizadora del mundo, de modo que las mujeres representan la parte sabia y los hombres la parte fuerte de un devenir que necesita ambas cualidades. Dada esta visión dual y no individual de la realidad y sus consecuentes condicionamientos culturales, la cuarentena de lesbianas y gays asumidos de Mongolia son absolutamente incomprendidos y marginados. Su falta de deseo por el otro es vista por la sociedad mogola como una incapacidad de relación con la realidad humana y la marginación que sufren es una consecuencia directa de lo que se visualiza como una falla en la cooperación con el orden del mundo. Además, y a pesar de la relación reverente con una Madre Tierra que se manifiesta también en el culto a rocas con aberturas como vaginas protectoras y benevolentes, en Mongolia hay también una valoración muy positiva del vigor fálico, de la fuerza que se considera inherentemente masculina y se representa en esculturas en forma de penes –cortados o no-, considerados dadores de fuerza y vigor.

Esta división cultural de la complementariedad sexual se manifiesta aun en los trabajos “modernos”. Por ejemplo, en la rama del turismo todas las intérpretes y guías son mujeres, pero los chóferes son hombres (sólo hay pocas taxistas en Ulaan Baatar). En los deportes tradicionales, en particular los que se efectúan para el festival del Naadam (algo así como la “asamblea” de los nómadas en verano que, durante el régimen comunista, se convirtió en fiesta “nacional”), aunque las niñas de 5 a 12 años como los niños de la misma edad pueden participar en las carreras de 25 y 30 kilómetros de galope a campo traviesa, y se reconocen a varias campeonas de tiro al arco, es absolutamente prohibido que una mujer luche. Más aún, la indumentaria de los luchadores deja el pecho descubierto exactamente para que no haya equivocaciones al respecto. Una mujer que le ganara a un hombre agarrándolo de los brazos o las caderas y tirándolo al piso, desmoronaría su dignidad y ello debe ser evitado por las reglas que los mismos hombres imponen para salvaguardarse de la vergüenza y que luego convierten en “naturales”. Ahora bien, las tres disciplinas de origen militar transformadas en deporte representan tres valores morales: el valor físico las carreras (y nadie puede o quiere negar que las mujeres son valientes), la sabiduría el tiro al arco (y por lo visto la sabiduría es una cualidad muy femenina que es un bien que los hombres acaten) y la fuerza la lucha (pero la fuerza es un atributo que los hombres se preservan).

El desierto




miércoles 11 de julio de 2007

Terkhiin Tsagaan Nuur

Dejando atras la Madre Piedra de Taykhar, corremos al lado de Cholot Gol, el cánon de las piedras, formado por el río que atraviesa la comarca, o aimag, de Arhangay, verde y montañosa como una tierra prometida para los yaks y vacas que pastan en verano. Entre varios árboles, en un recodo, un gran ovoo nos espera en el cruce de dos caminos.

Terkhiin Tsagaan Nuur
Este lago blanco, grande y sereno que descansa a los pies del cono del volcán que da nombre a la región, Horgo Terkhiin, también tiene su leyenda. Al principio d e los tiempos, cuando sólo había una mujer y un hombre, éstos vivian en una cabaña al lado de un pozo. El hombre se ocupaba de los animales y la mujer era atenta con las cosas y equilibraba al mundo con sus actividades cotidianas. Un día de invierno los animales se perdieron en el bosque y el hombre tuvo que salir para ir a buscarlos. La mujer que cada noche salía a tapar el pozo para que no se desbordara, sintiéndose muy preocupada por las condiciones en que se encontraba por su marido, olvidó el pozo abierto una y otra noche hasta que éste formo el Gran Lago Blanco alrededor de su casa.

Una de las costantes que he encontrado en los cuentos cosmogónicos o civilizatorios en Mongolia es la presencia de una pareja de mujer y hombre como héroes culturales. Ella casi siempre representa la sabiduría, o el equilibrio de las fuerzas naturales y las humanas, mientras el simboliza la fuerza. Ambas virtudes son fundamentales para la vida de las personas y, en general, de la tierra según los mongoles. Así es la vida cotidiana de este pueblo de nómadas hospitalarios: las mujeres cuidan de una ger, o tienda, donde se desarrolla toda la vida social de la familia, y trabajan para la preparación de los alimentos, de las conservas, de la acumulación de leña y lana para el invierno, mientras los hombres enfrentan climas despiadados (pueden ir de menos 40ºC en invierno a mas 40ºC en verano) en la crianza de animales a los que no dan nombre propio nunca, pero que saben distinguir entre sí por la cantidad de nombres que tienen sus mantos, sus cuernos, sus formas de caminar o de mugir o relinchar.

Así, la creacion de la cultura y los paisajes es tan dual como la vida cotidiana misma. Mujeres y hombres que son mutuamente indispensables, y ambos reciben un respeto diferenciado pero no jerarquizado.

Claro está que como en todas las culturas duales, y no individualistas, el reconocimiento del valor y el derecho a una vida no heterosexual es muy improbable, y en la actualidad la cuarentena de lesbianas y gays abiertos que viven en Ulaan Baatar son absolutamente marginados. Pero para las mujeres que no se cuestionan su sexualidad reproductiva, misma que ni siquiera consideran como una decision, sino como algo tan simple como la continuidad de la vida en un mundo de reincarnaciones de purificación, el lugar que tienen en la sociedad mongola es un orgullo: se sienten y se saben indispensables y no renuncian facilmente a su lugar. Ni siquiera ahora que un élite establecida en Ulaan Baator intenta separar a los mongoles de la vida nómada para sentarlos en ciudades practicamente inexistentes (la ciudad tradicional mongola era la reunión de varias ger alrededor de un monasterio durante el invierno, y después de la revolución socialista la reunión de las mismas ger alrededor del hospital y la escuela que sustituyerona los monasterios destruidos en nombres de un laicismo beligerante). Hay una cierta reticencia en la aceptación de la obligación de acercarse a una economía capitalista que en la capital está, como en todo el mundo, beneficiando a los ya ricos y empobreciendo más a los pobres.

El nomadismo le dio a los mongoles y a las mongolas la posibilidad de sobrevivir a todas sus crisis politicas, climaticas y económicas. A la vez, representa una forma de vida que se opone al capitalismo y a la acumulacion (nadie acumula demasiado cuando va a moverse. Libertad y afan de acaparramiento son actitudes opuestas). Hoy en día, Mongolia es un país que ha perdido el control sobre sus materias primas (explotadas por compañías canadienses, chinas, rusas y estadounidenses) y que ha participado en la invasion de Iraq en la coalicion liderada por Estados Unidos. Estos dos hechos le han significado una lluvia de aportaciones monetarias, muchas de ellas incomprensibles para mujeres acostumbradas a ponderar la riqueza del nucleo familiar, que se han visto desplazadas por el dinero en contante dado a sus maridos sin su consentimieno por entidades anónimas. Ese dinero, ademas, ha servido para incrementar el alcoholismo masculino (heredado de la Rusia sovietica) y el gasto suntuario (televisiones, telefonos celulares, baratijas).

La piedra de Taykhar

Taykhar Choolo

La madre piedra, la única, la grande. Muchas leyendas se cuentan sobre ella. Su presencia en medio del valle de Ihtamer, muy lejos de las montanas que la rodean, es impresionante. Es una diosa, o la madre de todas las diosas, simplemente no se le puede obviar.De todas, la leyenda que me gusta más es la mas común y sencilla, pues representa muy bien lo antiguo y fundamental que se conciben los y las mongolas para el mundo.

Al principio de los tiempos, cuando la tierra era joven, una gran serpiente empezó a aterrorizar a las personas. Salía de su escondite y devoraba personas y animales. Las mujeres y los hombres se reunieron y decidieron pedirle al más fuerte de los luchadores mongoles que los ayudara. para ello acudieron primero con su mujer, una persona sabia y de gran compasión que los escuchó y ponderó la importancia de su peticion. Ella convenció a su marido de que era bueno ayudar a todas las personas en su gran peligro. Entonces el baatar, es decir, el héroe fue en busca de la piedra más grande que pudiera imaginarse y la encontró en un lugar muy muy lejano. La cargó hasta la madriguera de la serpiente y cuando al amanecer ésta sacó la cabeza del hoyo se la lanzó encima aplastándola. Así, las personas y los animales pudieron volver a andar libres por la tierra.

En realidad la Gran Roca de Taykhar es una de las más impresionantes figuraciones del simbolismo de la Madre Tierra. Hacia el noroeste tiene una hendidura que la revela como la Gran Vagina paridora del mundo. Ahí besan la piedra los pastores y le rinden tributos los nómadas, asi como vienen a encomendarse las personas que se dirigen al Naadam, la gran fiesta de asamblea que en las principales ciudades y pueblos se celebra durante el verano.

jueves 5 de julio de 2007

Karakorum

Cuatro son los animales que representan la grandeza ente los mongoles, el águila de Ulan Bator, el dragón, el elefante y el león.

Cinco son los sentimientos del mal: los celos, la avidez, la envidia, la rabia y la cobardía.

Diez los dioses protectores, nueve hombres y una mujer, la más poderosa porque es capaz de comerse a los hijos del demonio si los engendra casándose con él.

180 los discípulos del Buda vivo, 180 las stupas blancas de la muralla de Karakorum en el templo de Erdene Zuu, 180 las calaveras del dios de la muerte, 180 las virtudes del santo.

El sol y la luna son dioses que se representan iguales porque a pesar de las diferencias las mujeres y los hombres son iguales.

El templo de Erdene Zuu fue fundado por el trigésimo segundo descendiente de Gengis Khan, Avtai Sain Khan, quien se convirtió al budismo. Luego lo amplió su hijo, luego su esposa Khandjamts, rena y madre del santo más grande de Mongolia, Zanabazar, quien fundó la escuela de pintura de Mongolia, protegió las artes, diseñó en 1686 la bandera de la Mongolia moderna (un sol que simboliza el presente el pasado y el futuro sobre el sol y la luna, y los tres por encima de una muralla que contiene una flecha corta que representa la necesidad de defenderse de los enemigos externos, un rectángulo que significa la honestidad, los dos peces unidos del yin y el yan, otro rectángulo de la honestidad y una flecha larga que representa el deber de defenderse de los enemigos internos) y esculpió hermosas estatuas.

El templo de Erdene Zuu es la única construcción de la antigua capital de Gengis Khan que no fue destruida por los invasores manchú de la dinastía Qing de China en el siglo XVIII. No obstante, una incursión de los comunistas rusos dejó en pie sólo 87 de los 180 templos que había entre sus muros.

Karakorum, la capital que construyó el rey oceánico, Gengis Khan para su imperio y que su hijo llegó a terminar en el siglo XIII, hoy no es más que un pueblote de empalizadas de madera, algunas casas rectangulares de dos pisos y las calles de tierra. En las afueras, eso sí, hay diversos monumentos, uno menos probable que el otro: tres a la eternidad representada por una tortuga, y uno al falo cortado de un monje enamorado que se lo arrancó para alcanzar la paz espiritual, pero que siguió goteando su semen de vida en una vasija de piedra.

Con los muchachos israelíes ya nos parecemos a uno de esos matrimonios que siguen viviendo juntos después del divorcio. No nos hablamos más que lo indispensable, cada quien encerrado en su lengua, y nos hacemos una sorda guerra utilizando como municiones los lugares que pretendemos visitar, el tiempo de las comidas, el trato al chofer.

Apenas encontremos a alguien que vaya hacia Altan Els, nos bajaremos de este auto: ¡qué rechinguen a su puta ignorancia!

Rumbo a Tzetzerleg
Qué hermoso sería el mundo de estar tan poco poblado como Mongolia. Habría lugar para las marmotas, los gansos salvajes, los yaks, los caballos, los patos, liebres, venados, rapaces carroñeros y cigüeñas. Y la gente sería hospitalaria, menos aterrada por la muerte que de todas formas es inevitable y feliz como estos viejos que miran a sus nietas y nietos montar a caballo a su antojo por los valles despoblados. No habría vallas en el mundo.

Mongolia 2

Saliendo de Ulan Bator (o Ulaan Baatar, de todas formas Ciudad del Héroe Rojo, donde rojo está por bello)
Viajar es aprender a vivir. Y vivir es encontrarse con dificultades que nos hacen crecer. Las grandes acarrean enseñanzas obvias; las pequeñas molestias son más difíciles de reconocer. Cuando empezamos a buscar cómo irnos al noroeste para llegar a Altan Els, el desierto de dunas más al norte en el mundo, nos encontramos con la noticia que sólo rentando un auto llegaríamos. Y que debía ser un jeep ruso, viejo y muy resistente, con tres velocidades reducidas suplementarias para las cuatro ruedas. Es un viaje que no interesa a la mayoría de los turistas y a muy pocos mongoles, así que nos vimos obligadas a rentar el jeep con cuatro jovencitos de una ignorancia y prepotencia fenomenales: de esos que piensan que en el desierto del Gobi se puede regatear el precio de una ducha a la mujer que va con sus seis camellos a recoger el agua en un riachuelo y que se niegan a pagar un guía suplementario para ocho caballos que nos costaría, una vez repartido el precio entre los seis, 2000 tugrugs, lo que vale una cerveza en cualquier cantina de México, si no es que menos.

Como son cuatro y nosotras dos, cada vez que votamos perdemos. Así decidieron que era inútil pagar una intérprete que nos acompañara y nos quedamos sin entender a la gente que intenta de mil modos comunicar con nosotras. Sólo dormimos en tiendas de campaña y comemos lo que nos preparamos por la noche. Dado que en Mongolia todo se cocina con carne, yo logro comer alguna vez un arroz blanco, pero tampoco interactuamos con nadie. El chofer los alucina y nosotras también.

Al principio, me porté mal con Helena, como si ella tuviera la culpa de que yo aceptara viajar con estos cuatro israelíes recién salidos del servicio militar y hambrientos de mundo a poco precio, chavitos que le quitan su música al chofer para imponerle la suya. Le pedí disculpas, pero el daño estaba hecho.

Luego decidimos juntas que si su arrogancia se incrementa, podemos bajarnos del auto. Es importante aprender el límite de la propia tolerancia después de haberla puesto en práctica. Y reconocer que así como su presencia enseña, la nuestra también lo hace.

Nuestro chofer, Bairdag, es un dorvod devorador de todo tipo de carne que –lo que me parece de suma importancia- no se emborracha cuando trabaja. Helena además está haciendo alarde de su curiosa gentileza (en parte tolerancia hacia los desconocidos, en parte genuina curiosidad y en parte deseo de que yo me tranquilice) con nuestros cuatro acompañantes, lo cual –como siempre- le agradezco.

Los veo como estudiantes y los soporto. Bueno, hasta les digo que son unos burros.

Helena es un as a la hora de empacar.

Gobi
A unos trescientos kilómetros de Ulan Bator, entrando al semidesierto del Gobi por el norte, cuando los laguitos y el pasto verde han desaparecido, nos adentramos en una aridez amarillenta que asombra por su inmensidad. Viajamos en silencio, sobrecogidas, y también algo adormiladas por las horas de sacudidas en la pista polvorienta.

De repente, poco después de una colina pelona, entramos en un vallecito de piedras grises y porosas, Baga Gazaryn Chuluu. Detrás de una valla de las mismas piedras, se erigía un pequeño monasterio de paredes pintadas de azul, uno de los colores sagrados según la tradición mongola. Era pequeño, recogido, sereno. Uno de esos lugares que invitan al retiro y la introspección, y que se ubican en puntos especiales del paisaje para convertirse fácilmente en jardines o huertas. Bairdag hizo una profunda reverencia al adentrarse entre las paredes derruidas; así nosotras. Un ovoo, uno de esos monumentos piramidales de piedras sobrepuestas de origen chamánico que se perpetuaron incorporados al budismo mongol, nos esperaba en el patio y ostentaba diversas ofrendas recientes.

A este lugar de paz, fueron llevados cuatrocientos monjes de toda Mongolia para ser ejecutados durante las purgas estalinistas, o como dicen aquí “por los comunistas”. En recuerdo de cada uno de ellos, en los pináculos y sobre las rocas los pastores mongoles que atraviesan la zona en busca de pasto para sus animales han erigido cuatrocientos pequeños monumentos de piedras planas. De vez en cuando, alguien viene a amarrar en uno de ellos su bufanda azul, a dejar unos caramelos, unas monedas, como ofrenda a la memoria de los monjes.

Mi religiosidad –para llamarla de alguna manera- ha estado siempre ligada a la naturaleza. No conozco emoción frente a lo inconmensurable sino por el agua, el cielo, las montañas, la vegetación, ciertas situaciones climáticas y, seguramente también, gracias a la soledad. En el campo, sobre algunas montañas, en medio del desierto, frente a ciertos lagos –pero también en lugares construidos alrededor de ellos como unos cuantos templos, mezquitas e iglesias de diversas religiones- he llegado a sentir mi naturaleza perecedera en toda su absoluta pequeñez indispensable, mi ser parte de un todo que me trasciende. Así, en el pequeño monasterio de Baga Gazaryn me sentí en contacto con las divinidades mismas.

De tormentas de arena y viento
Shorong shurg: Nos agarró la tormenta de arena y viento caliente en medio del Gobi del norte. El cielo azul se hizo amarillo y por la tierra, la arena corría como una sombra dorada.

Burog: lluvia. Bairdag primero apuntó derecho hacia el centro de la tormenta pero cuando la lluvia arreció y los limpiaparabrisas no pudieron arrastrar el lodo que se formaba en el vidrio, se detuvo. En menos de media hora la pista había desaparecido y únicamente la habilidad de Bairdag por ubicarse en esta inmensidad sin aparentes puntos de referencia pudo hacernos avanzar hacia fuera de los valles.

Después de una noche en Dalanzadgad, desde cuya estación de comunicaciones pude enviar un mail al director de la maestría en estudios latinoamericanos para solicitar una prórroga para la tesis de Mariana, nos unimos a un segundo jeep con cuatro ingleses igual de jóvenes e ignorantes que nuestros compañeros de viaje. Cual si el divertimiento implicara necesariamente la falta de respeto hacia las personas de otras culturas, los chistes groseros por la pasión por la carne del chofer, o las monstruosas descripciones de algo asqueroso que achacan a las personas con quienes se cruzan. Los ocho se emborracharon como pendejos en el auto y vomitaron por el camino mientras decían chistes racistas, como que los palestinos son para ellos lo que los negros fueron para los europeos.

Pero es con ellos, necesariamente, que nos dirigimos al único glaciar del mundo emplazado en un grupo de montañas al interior de un desierto, las de Hongoryn a menos de sesenta kilómetros de las dunas del Gobi. En una garganta de piedras carcomidas por los cambios climáticos extremos entre el invierno y el verano, nos metimos por una garganta con una alta costra de hielo, bajo la cual corrían unas aguas heladas y cristalinas. A sus costados, cabras y camellos. Dos veces me caí en el hielo y con Helena nos reímos hasta que nos dolió la panza.

Al salir de las montañas del Hongoryn, dejando atrás los riachuelos de hielo y sus vallecitos alpinos, nos adentramos en una planicie de un centenar y medio de kilómetros de ancho a lo largo de cuya cordillera sur se reúne en dunas toda la arena que el viento trae del norte: son las doradas dunas del Gobi, que seguimos por más de 200 kilómetros y donde divisamos caravanas de camellos y grandes hatos de cabras.

Al plantar las tiendas bajo la luna casi llena, la familia de pastores que nos cobijó nos ofreció sus camellos para recorrer las dunas al día siguiente. Nos ofreció té con leche de camellas, que ahora están criando, y unos cuadritos de algo que creíamos queso y que resultó ser yogurt seco de cabra, aruldz. Muy ácido, pero rico.

Mientras platicaba con nosotras mezclando seis palabras de mongol con una de ruso, dos de inglés y muchos gestos de la cabeza, la señora trenzaba la crin de sus caballos y camellos para hacer cuerdas y su hija, en un fogón semienterrado en el suelo, preparaba arroz con carne seca de cabrito cortada en trocitos. A diferencia de la gente de Ulan Bator y sus alrededores, muy influenciados por las costumbres rusas, los mongoles Kalkh (el 86% de la población de este país con 13 etnias y apenas 2 millones 700 mil habitantes) han mantenido la costumbre de comer con palillos. También usan cucharas para la sopa y el yogurt fresco, que sorben “como camellos”, según dicen.

De cabras y camellos se hace también crema y una mantequilla muy ligera. Pero el yogurt es bueno sólo si es de borrega, vaca o yak. En verano la carne se come secada al viento, ahumada o en conservas de panza de borrego, dejando que los animales crezcan para el invierno cuando su carne fresca se convierte en el único alimento de los mongoles, junto a la mantequilla rancia de yak que se conserva en una piel de oveja y que las mujeres preparan durante todo el verano.

El desierto bajo el viento puede ser duro de soportar, sobre todo cuando es caliente y alcanza los 80 kilómetros por hora y arrastra piedritas y arena.

Tenemos el cabello tieso, la piel requemada. Nuestros camellos avanzan despacio sobre la duna. Pisan dos veces una misma huella, siendo que la pata trasera vuelve sobre la huella de la delantera del mismo lado. A pesar del sol y del viento, me siento feliz. Helena monta a camello como a caballo: derecha y elegante como la niña que hace ocho años galopaba por el desierto de San Luís Potosí.

Sentimos irnos. Se ha convertido en una constante encariñarnos con las familias de nómadas que nos hospedan. No sólo son hospitalarios hasta los indescriptible, sino que con pocas palabras logran transmitirnos su interés por nuestro bienestar. El budismo es una religión cotidiana en Mongolia, por ello aquí nadie miente, nadie mata sino lo que se va a comer –o que amenaza lo que se cría para comer, como los lobos y los grandes felinos en invierno- y nadie roba. En cada ger hay un pequeño altar, sobre un mueble de colores brillantes, con unas luces, unas monedas y una campana. Alrededor de la figura del Buda y de otras divinidades, a los mongoles les encanta mostrar las fotos de la familia. Se retratan con gusto y circulan cuentos de que por lo menos una vez en la vida todos los nómadas van a una gran ciudad con sus mejores prendas, las más bordadas, y se hacen sacar aunque sea una foto de grupo.

Los chavos no se comunican con nadie. En su afán de no gastar más que lo indispensable se cocinan para sí solos, no cruzan palabra con los músicos nómadas por miedo de que le cobren, pero son simpáticos con los niños con quien juegan a la pelota. Lo que más desconcierta a los nómadas es que constantemente les preguntan cuánto cuesta el té que les ofrecen, el pan frito que les tienden, cuando para los pastores mongoles la hospitalidad es un hábito y una obligación. Por supuesto, tampoco hay que abusar y no es mal visto que a cada ofrecimiento se le corresponda con otro. Nunca comemos sin dejar el dinero que consideramos equivalente a un plato en un restaurante, o pilas o unas latas de jitomate o frijoles a cambio. A las mujeres de la ger les encantaron los tres brazaletes de algodón tejido con conchas y piedritas, que compramos en Huixquilucan antes de partir y que Helena les ofreció.

Cuando nos íbamos subiendo a la camioneta, la más joven de la familia, que estudia en la universidad en Ulan Bator y habla inglés y ruso, se atrevió a preguntarnos por qué viajamos juntos. Les contestamos que rentamos un auto entre seis, y que ellos eran los otros cuatro. Sólo se encogió de hombros. Los mongoles saben de las dificultades del viaje.

Cruzamos la parte más dura y larga del sur del Gobi, la que hace millones años albergó los dinosaurios cuyas huellas, huevos y esqueletos han permitido reconstruir la historia de estos animales y los climas que había en partes del mundo hoy completamente distintas (de hecho es por los hallazgos del Gobi que a principios del siglo XX se dedujo que los dinosaurios eran oviparos). Durante todo el día nos encontramos con un solo pozo y un pueblo de casitas de barro y placas solares para la electricidad, Bayanza. Fue el primer lugar donde nos vendieron y no ofrecieron el agua.

El viento ardía de caliente. Ni un auto, ni una ger, ni un pastor por kilómetros y kilómetros. A veces deteníamos el auto de pura desesperación y caminábamos en la nada hacia la nada tan sólo para hacer algo. Cuando a lo lejos apareció la silueta de una montaña me alegré; cuando la cruzamos el paisaje siguió igual.

Finalmente encontramos una ger. Nos detuvimos. Salió una anciana con su largo abrigo de pelo de camello y su faja naranja –el color del sol y por lo tanto de las puertas y los palos de las ger- en la cadera. Habló largamente con Bairdag. A los pocos kilómetros, entramos en una serranía y de las rocas a nuestra derecha saltó frente al auto para subir por los costones de nuestra izquierda una cabra de monte de largos y retorcidos cuernos, seguida poco después por otra de igual agilidad. Una especie de estambeco mongol. Bairdag se puso feliz.

Poco después llegamos a un río semiseco donde acampamos mientras la luna subía como una pelota naranja por detrás de la colina del este. Mientras mirábamos su hermosa subida, tan súbita y a la vez igual a la que cada 28 días se produce, un joven camello vino a apoyar su cabeza en mi hombro. Tenía un moño rojo en la oreja derecha. Nos quedamos un largo rato juntos, como viejos amigos.

30 de junio.
El camello metió su hocico por la puerta abierta de la tienda. Vino a despertarme poco después que despuntara el sol y me acompañó a hacer pis arriba de unas rocas oscuras, recubiertas de una hierba rala. Desde ahí divisé un pueblo de adobe abandonado que descansaba sobre dos colinas a poco menos de un kilómetro. Un hato de cabras habitaba la colina al norte desde donde, al llegar, pude divisar una stupa blanca y un pequeño templo de madera, entre las ruinas de más antiguas construcciones sobre la colina de enfrente.

Llegué al templo con el camello que continuaba detrás de mí. Entonces me enteré que lo que creía un pueblo era el antiguo monasterio de Ongyn, construido en 1800 por un lama que escribió 21 libros. Ongyn se convirtió durante el siglo XIX en el lamasterio más grande del sur del Gobi, con 100 estudiantes, viejos lamas que habían viajado hasta Tibet, maestros que leían el sánscrito y pastores que los cuidaban, alimentándolos con leche de yegua y carne. Los monjes cuidaban una huerta de árboles frutales que puede verse en uno de los pocos dibujos que quedaron del monasterio destruido en 1937 por los comunistas, que consideraban el lugar un peligrosos centro de reunión de la aristocracia teocrática que se les resistía. Noventa y siete monjes, cuyos nombres están ahora grabados en las paredes de la stupa blanca, fueron fusilados y sus huesos dispersos en el desierto. El monasterio fue derruido y se prohibió a los pastores dar asilo a los monjes sobrevivientes que tuvieron que vagar solos por el desierto hasta lograr –si lo lograban- volver con sus familias.

Desde 1990 algunas ger para los turistas y unos cuantos pastores se han establecidos en los alrededores. Hoy un monje y sus cuatro jóvenes discípulos viven entre las ruinas, donde han recuperado piedras, tallas, libros, pocas pinturas, unos “malgai” –los sombreros de lana de los lamas-. Según la hermana, una joven estudiante de medicina que pasa las vacaciones de verano en el pueblo semiderruido, cuidando del pequeño museo que abre a los visitantes, es después de que los religiosos no fueron más perseguidos que se ha erigido la stupa blanca cerca de donde se levantaba la antigua, hoy un montón de bloques de adobe en lo que todavía pueden verse restos de esculturas. El monje y sus amigos son quienes están intentando levantar un pequeño monasterio entre las ruinas. Son sonrientes y afables.

Frente a la pintura del lama fundador, un hombre sereno sentado al lado de sus libros, me sentí al fin en paz con mi literatura. Quizá era en Ongyn donde debía llegar para darme cuenta que la escritura está mucho más allá de la confuciana esperanza de perpetuarse en el tiempo (extraño remedo de eternidad) o de la occidental aspiración al reconocimiento personal.

Escribir es darse y un libro bien puede ser como la calavera del anciano lama que servía de taza para beber para el joven discípulo que no debe olvidar que somos tan perecederos como una flor de primavera.

Las palabras, los sonidos con que se formulan en la lectura, son como el llamado de la tibia humana convertida en una larga flauta que servía para inspirar el recogimiento.

Los libros son los que son: instrumentos de comunicación hermosos, indispensables, perecederos. Y si yo escribo no soy ni mejor ni peor, sólo soy necesaria.

Los ocho lagos

La primera noche en la reserva ecológica de Huysiyn nuur, o de los ocho lagos que se forman del derretimiento de los hielos de las montañas de Shuringiyn Tsohio, nos ha encontrado montando la tienda mientras temblamos de frío. Dos hombres, uno más anciano y el otro de colita, iban acercándose a las ger que nos rodeaban y un grupo de pastoras fueron a su encuentro para traerlo a la ger más grande. Eran dos músicos tradicionales, dos artistas que se vistieron de todo punto para tocar, con sus túnicas bordadas sobre seda azul, su faja de seda amarilla a las caderas y, sobre todo, su tradicional tortzik, el sombrero redondo de fieltro bordado, rematado por una punta de la que cuelgan unos flecos amarillos.

Fuimos invitadas a la ger donde los muchachos israelíes no se acercaron –sea porque temían que les cobraran el concierto, sea por su ignorancia y desinterés hacia las costumbres de los pueblos- menos la joven fotógrafa que cuando disparó su flash cuatro veces en la cara del músico más anciano y se levantó para irse y evitar pagar fue interpelada por Helena, y por mi, que le dijimos que era una ignorante que debía disculparse. Tuvo el atrevimiento de decir que estos mongoles sólo hacen las cosas por dinero, que ella no tiene que pagar lo que no quiere, que no son artistas sino musicantes circenses. Me dio una rabia que tuve ganas de pegarle; me contuve y sólo le dije que la ignorancia se paga cara, que el desprecio por la gente es una actitud racista. No entendió.

En la ger hacía un rico calorcito gracias a la estufa puesta en el centro del espacio redondo alrededor del cual estaban dispuestas seis camas. Nos sentamos junto con los niños, mujeres y hombres que iban llegando atraídos por la música. Nadie traía bebidas o comidas. Los músicos se dirigieron a Helena y a mí para darnos la bienvenida y desearnos un feliz viaje; sus palabras fueron traducidas por una de las hijas del pastor que nos hospedaba que en la escuela ha escogido estudiar inglés y no ruso (Mongolia es uno de los países más alfabetizados del mundo: el 96% de la población sabe leer y escribir. La escuela es de estado y no se paga, y las y los estudiantes de familias nómadas pueden vivir gratuitamente en albergues durante todo el periodo escolar del año, volviendo con sus familias sólo durante los tres meses de vacaciones estivales. Se estudia obligatoriamente de los siete a los diecisiete años. Desde 1990, a partir del sexto año las y los alumnos tienen la obligación de escoger una primera lengua, sea el ruso o el inglés, y desde el octavo una segunda, sea el francés o el japonés. Muchas mujeres –dos por cada hombre- siguen sus estudios en la Universidad Nacional de Mongolia, en Ulan Bator, que tiene un costo aproximado de 450 dólares al año, habitación para vivir incluida).

El anciano músico con su arpa entonó una invocación para que nuestro viaje sea cómodo y seguro. Luego a sabiendas de que yo estaba interesada en llegar a Altan Els, habiéndose enterado por los chismes del chofer, entonó un canto profundo, gutural como un rezo tibetano y con repentinos momentos de narración, a esas dunas del norte. El segundo lo acompañaba al Morin Huur, el más típico de los instrumentos mongoles: una caja de resonancia trapezoide con un largo cuello sobre el que se tienden dos nervios de caballo, rematada por una o varias cabezas de caballo pintadas de verde –el color del mundo, la fertilidad y el amor.

Los dos músicos se turnaron luego los instrumentos y cantaron acompañados de violín y arpa, violín y Morin Huur, Morin Huur y un inconcebible piano Yamaha que el anciano recibió en regalo durante una gira artística que hizo por Japón. Todos los cantos de la música Too, la música tradicional de los Kalkh, tenían varios tonos e iban desde acordes profundísimos y guturales como rezos hasta repeticiones de sonidos bastantes semejantes a ciertas invocaciones y cantos wirraricas o raramuri del norte de México: canciones a los caballos, pasión por la tierra, un himno a Gingis Khan, el placer del río que corre entre los montes, el amor de un hombre por una mujer a caballo entrevista a orillas de un lago.

Al final de la velada, el más joven de los dos entonó canciones “modernas”, réplicas en pseudo inglés y pseudo italiano de las canciones que se escuchan en los autobuses que cruzan Mongolia. Fueron motivo de risa y hasta de ligeras burlas cuando un hombre se levantó para invitarnos a bailar a Helena y a mí.

Salimos a la luz blancuzca de la tercera noche de luna llena. El frío calaba los huesos, que sentíamos de forma más intensa debido a que veníamos llegando de las tórridas noches del Gobi. Sólo los sacos de dormir que nos regaló mi hermano Tommaso, y que aguantan hasta -18º, nos permitieron dormir como inocentes sin deudas.

Mientras tanto, alrededor de la tienda, los mongoles iban reuniendo los ocho caballos para nuestra expedición de cuatro días por los valles, los bosques y las montañas que rodean los ocho lagos.

A orillas del primer lago

Un mongol a torso desnudo cruzó galopando el costón sobre el lago semiseco donde llegamos a acampar tras un día a caballo por los pinares y los valles de piedras grises amontonadas que un liquen amarillento y naranja colorea de diferentes formas, y que tuvieron que inspirar a los jardines chinos. Cruzamos varios riachuelos en los que los caballos se detenían a beber.

Al pasar frente a mí, el jinete se irguió sobre la silla haciendo alarde de su joven y hombruna belleza. Cuando al galope llegó entre sus yaks que pastaban a pocos metros de nuestras tiendas y que todavía dormían felizmente acostados en la yerba mojada por la lluvia nocturna, les empezó a hablar con un tono cariñoso. Al caer la noche, ayer escuchamos a un pastor cantarle a sus yaks que volvían de las montañas. Tenía un acento antiguo, menos melancólico que profundo. Ahora yo pude reconocer la voz.

Creyendo que los animales iban a beber al lago, semiseco por la poca nieve que cayó durante los últimos tres inviernos, poco después de escuchar ese canto montuno nos adentramos por las arenas que rodean la poza. Los pinos y las montañas se reflejaban en el agua oscura. A mediados de lo que imaginamos era la cuenca del lago, nos subimos a un islote de piedras rojas y grises en cuya cima los pastores erigieron sus monumentos de piedras planas sobrepuestas, de tradición milenaria. Ahí agradecimos a la Madre Tierra el día maravilloso, y aun el granizo que recubrió el bosque de una espesa capa de hielo y que escampamos en una ger donde nos ofrecieron un rico pan frito en mantequilla de yak y el té mongol, salado y con leche.

Después de dar las gracias a la Tierra, Helena propuso una competencia: a ver quién de las dos llegaba primero al agua. Empezamos a correr sobre el lodo, cuando mi gacelita hermosa me rebasó riendo. Cuatro pasos delante de mí, la pierna de Helena se hundió en el lodo y cuando intentó sacarla, moviéndose hacia atrás se le hundió la otra. Legué cerca de ella y me tendí en el lodo; la jalé con tan buena suerte que de un tirón salieron sus dos piernas aunque sin zapatos. Volvimos por la orilla al campamento donde el pastor que conducía nuestros caballos había prendido un alto fuego. Nadie nos vio. Cocinamos en silencio un arroz y nos metimos a la tienda. Hundida en su bolsa de dormir Helena ardió de fiebre por un par de horas. Luego la lluvia que empezó a caer sobre los campos y las bestias nos apaciguó.

Ahora la mañana es hermosa. Cambié mi brioso y seguro caballo alazán por la vaca de caballo, malhumorado, inmóvil y miedoso, que le dieron ayer a Helena. Mi guachichila adora galopar por las praderas, así ¿por qué negarle ese placer? Se identifica con el viento y las piernas del animal, cual fuera la más hermosa hija de la Tierra. Pero yo sufro el peor de los suplicios en una mañana de sol: tener que empujar a un animal perezoso. Confieso que siempre he preferido a los caballos que deben ser retenidos, que quieren partir, que juguetean sobre sus piernas, a una de estas aburridas bestias que hay que empujar con la voz, las piernas y aun con el fuete para que se muevan. Por suerte los paisajes compensan y Helena siempre vuelve a mi lado después de sus correrías. Desde mi lenta bestia, a su lado, hablamos de todo.

Los caballos pastan entre grupos de amigos. Se reúnen entre dos o tres y se acuestan, se revuelcan, arrancan la hierba con sus largos dientes delanteros contentos de estarse acompañando. Se juntan con los demás sólo para migrar en busca de más hierba o para beber o para acudir al llamado del pastor. Pero de inmediato vuelven a juntarse con sus compinches. Cuando dos caballos amigos se separan, relinchan varias veces para saludarse. Su voz es entonces muy nostálgica.

A las cabritas las impulsa una desesperada necesidad de salir apenas la puerta del corral les viene abierta. En completa paz hasta un instante antes, empiezan a empujarse, a darse de topes con los cuernos, a llorar apenas la pastora de pelo rojizo que vive en la ger cercana corre el cerrojo de la clausura redonda de palos de pino que las contiene por la noche y con ello les promete un día de libertad. Un niño de igual color de pelo, todavía no amenazado por el deber de acudir a la escuela en septiembre, corre a pie descalzos alrededor del rebaño que enfila hacia el monte.

Primera caída de un caballo mongol. Por suerte a mi edad el orgullo sufre menos por las heridas que causa la falta de destreza física que durante la juventud, porque me caía nada menos que del caballo vaca. Lo que no sabíamos es que en Mongolia nadie se pasa nada de caballo a caballo, así cuando Helena me tendió su mochila porque le rozaba los hombros, la vaca se asustó tanto que protagonizó un rodeo que fui capaz de resistir apenas 35 segundos. Por suerte sigo siendo una hija amada de la Madre Tierra, de modo que entre puras piedras caí en el único montículo de tierra húmeda.

El Gran Lago es bellísimo, rodeado casi por entero de piedras de modo que no es un lugar preferente para abrevar a las vacas. Nomás que llegamos bajo un granizo feroz que nos hería el rostro y las manos. Montamos las tiendas lo más velozmente que pudimos y nos metimos temblando de frío, empapadas hasta los huesos. Nuevamente las bolsas de dormir nos salvaron del congelamiento.

A las dos horas el cielo resplandecía, las aguas reflejaban un cálido sol y el viento había amainado. Decidimos dar la vuelta al lago. Me encanta caminar y después de dos días a caballo se me hizo todavía más placentero. Llegamos a lo que desde el campamento creíamos era una curva del lago y descubrimos un recodo tan grande como la primera parte del mismo. Caminamos otra hora y nos encontramos con dos estudiantes de ecología de la Universidad Nacional de Mongolia. Una hablaba un perfecto francés, así que pudimos platicar con cierta profundidad.

El calientamiento global se resiente aún en Mongolia, donde durante los inviernos la temperatura descendía más abajo de -40º. En los últimos tres años, ésta apenas ha alcanzado puntas de -34º, y el régimen de lluvias ha disminuido no sólo en el Gobi, donde la sequía del desierto se ha intensificado, sino también en los bosques y en la taiga. Los lagos del parque, por ejemplo, no son de afluentes, sino que recogen el agua de la nieve durante el deshielo de la primavera. Cuatro están semisecos y los otros cuatro, aún este gran lago por cuyas orillas paseamos y que parece sin fin, han perdido más de un metro de profundidad.

Por el momento no se ha registrado una repercusión sobre los animales salvajes, que están totalmente protegidos por las leyes de la reserva, pero las bestias de pastura empiezan a sufrir las consecuencias de la poca hierba con que engordar durante el verano.

Saliendo del parque

Hoy le tocó a Helena ser tirada del caballo, pero su caída no tuvo nada de chistoso. Nos quedamos atrás del grupo por culpa de la vaca que monto y nos perdimos en el bosque. Cuando Helena empezó a buscar las huellas de los otros, le dije que con cuidado porque los caballos saben calcular por donde pasan pero nunca toman en consideración la altura de su jinete. No acababa de decírselo cuando su alazán se le adelantó y una rama de pino la agarró en pleno pecho tumbándola contra las rocas. Por suerte, la mochila que llevaba en los hombros se interpuso entre la cabeza y las piedras, pero se golpeó la cadera, un brazo y un pie. Durante algunos minutos el dolor impidió que la tocara, pero cuando comprobé que no tenía nada roto a las dos nos entró un terrible miedo retrospectivo: y si…. Estuvo tan cerca de ser un accidente de proporciones mucho mayores, a cientos de kilómetros de un puesto de salud, que nos recorrió un escalofrío.

Ponernos de pie no fue fácil. Tuve que ayudar a Helena a la que se le había hinchado el pie, pero podía mover cada una de sus articulaciones y sus deditos. Fuimos en busca de los caballos. Volví a subir a la silla a Helena que me dijo que esta era la última vez que viajaría caballo en su vida. No dije nada. Nos alejamos al paso. Fue entonces que, pasándose la mano por el cuello, Helena se percató que la protección que le había regalado Luz María Martínez Montiel, y que había llevado a bendecir en una ceremonia a los Orishas, se le había caído quedando en su lugar en la tierra.

Después de un par de horas, encontramos una ger donde nos dieron de comer y varios niños se nos sentaron alrededor. Al continuar el viaje hacia las cascadas –totalmente secas- a Helena le volvió el buen humor y olvidando su promesa se puso a galopar tras los yaks.

martes 3 de julio de 2007

Mongolia I

En el tren
Arena hacia todos los puntos cardenales y un polvo amarillo que cae sobre las puertas y los pasillos del tren. Desde las ventanillas, la mirada corre sin límites hasta el borde azul del cielo. Una llanura que en verano es amarilla y en invierno blanca, sin vegetación. La verticalidad se recupera sólo con las lejanas figuras humanas o los sucesivos y solitarios postes de la corriente eléctrica.

De repente, un perro corre a un costado de la vía. ¿De dónde vino? ¿Adónde va?

Horas después, cuatro carros a lo lejos en fila india. Las huellas de sus neumáticos se quedarán en la arena por semanas.

En las montañas de Gengis Khan
Gacelas de cola blanca. Ágiles cabras enanas. Venaditos de largas patas. Corren en fila india por las faldas de las colinas.

Cuatro días en Terelj
¿Por qué Mongolia? Seguramente porque es parte de mis juegos literarios ir a conocer los lugares que describí anteriormente. Quiero comprobar si la ciudad, el país o la región que reinventé como escenario de mi anécdota o como espacio donde ubicar los sentimientos y los límites morales de mis personajes les corresponden por su realidad física o por el comportamiento de su gente. Lo hice con la Venecia de uno de mis primeros cuentos, con el Brasil de Estar en el mundo, y ahora con la Mongolia de Al paso de los días.

Los lugares los reinvento, o más bien los construyo, a partir de las emociones, las actitudes y las situaciones que me despiertan los reportajes, los cuentos o las narraciones de viajeros. Casi nunca me han decepcionado los países que fui capaz de recrear a partir de las palabras escuchadas o leídas (las imágenes, sean fotos o cine, por el contrario no me despiertan ninguna capacidad imaginativa).

Ahora, a punto de partir rumbo a las doradas arenas de Altan Els donde mis personajes se desnudan y mueren, estoy sintiendo que realmente Mongolia es una última playa para la expresión humana.

No obstante, hay algo más que descubrí estando en Mongolia. Extraño lo que sentí hace treinta años cuando llegué a México y que ha desaparecido de mi país adoptado: vivir con derecho al tiempo.

Durante cuatro días que con Helena reenviamos la decisión de volver a Ulan Baatar. En la reserva natural de Terelj, apenas a 80 kilómetros de la ciudad, vivimos como huéspedes en una ger (la tienda redonda que los turcos y los rusos llaman yurta) de una familia de pastores Khalk.

Al no existir una política del hijo único como en China, las mujeres mongolas tienen los hijos que ellas quieren y generalmente se detienen cuando han traído al mundo un número semejante de hijas e hijos (2 y 2 o 3 y 3). Los hombres son cariñosos y atentos con los niños, aunque la mayor parte del trabajo en la vida de los pastores nómades recae sobre las mujeres: preparar la comida, mantener limpias las sillas, la ger, la ropa, las ollas, la estufa, ir por leña o por bosta seca para alimentar la estufa, ir por agua.

A muy temprana edad, alrededor de su octavo año de escuela a los 15 años, las y los hijos empiezan a trabajar, aunque existe un enorme respeto por parte de los adultos de los juegos (y del tiempo para jugar) de los niños y los jóvenes. En lleno verano, ahora que el sol se oculta a las 10 de la noche, los alrededores de nuestra ger resuenan de las voces de las muchachas y muchachos que juegan básquet, luchan, cantan. Si hace frío o llueve como hace dos noches, en la ger se juega con los huesos de los tobillos de las cabras. Cada uno de sus cuatro lados representa uno de los animales emblemáticos de la vida mongola: borregos, cabras, caballos y camellos. Cuando los huesitos se lanzan sobre el tapete, por turnos, hay que empujarlos con los dedos de la mano derecha para que choquen sin tocar a un tercer huesito.

Nuestra anfitriona, Daara, es una campeona a la que aplauden el marido y los hijos. A mí me costó mucho reconocer los lados de los huesitos, en particular confundía caballos con camellos. Pero una vez diferenciados, mi pasado de jugadora de canicas me ha llevado a ganar unas cuantas manos.

Por las tardes, Daara no nos permite ayudarla en sus quehaceres, pero sus hijos nos llevan con gusto a reunir el ganado. En un principio quisieron comprobar qué tan bien montamos; una vez aceptadas, nos convertimos en sus acompañantes habituales. Para impresionar a Helena (que cada día es más bella gracias al sol mongol que nos está dejando del color del bronce), hacen alarde de sus habilidades de jinetes. Parten al galope saltando sobre la silla, persiguen los animales con una larga pértiga de madera; si un caballo o un yak se les escapa lo atrapan con una cuerda que cuelga de uno de sus extremos. Cuando a Helena se le cayó el sombrero, el mayor de ellos se lanzó al galope para recogerlo inclinándose sobre une estribo. Lástima que Helena mirara hacia otro lado: yo quedé muy impresionada.

Sólo al regreso de estas correrías por valles verdes encerrados entre montañas de roca –que en ocasiones interrumpimos para bañarnos en ríos helados y limpísimos- podemos ayudar a nuestra anfitriona yendo con ella a ordeñar su henak –mestiza fértil de una vaca y un yak- para luego preparar un yogurt cremoso y de sabor fuerte. La leche se hierve sobre fuego de bosta, porque es más constante que el fuego de leña. Cuando empieza a crecer la leche, con un cazo de mango largo se levanta y se deja caer desde aproximadamente un metro de altura una y otra vez hasta que se esponja. Entonces se le agrega un tazón del yogurt del día anterior y se vuelve a remover con la misma técnica por unas seis o siete veces más. Se saca del fuego y se deja descansar hasta la mañana siguiente cuando lo desayunamos con hambre. Si además del yogurt se quiere preparar mantequilla, antes de agregar el yogurt del día anterior se saca la espuma de la cazuela de la leche batida y se deja descansar al aire frío. Por la mañana, la grasa ya estará convertida en una delgada capa de mantequilla

Las noches en las montañas son frías e intensamente estrelladas en este país de constante cielo azul. El resplandor de nuestra luna creciente se refleja sobre las montañas dando pie a uno de los pasatiempos preferidos de los mongoles: encontrarles semejanzas a las rocas. Mujeres dormidas, tortugas, monjes y simios son las más recurrentes; hay también rocas dinosaurios, elefantes y monstruos

Hoy por la tarde, se perdió el becerro de la henak. Con nuestra anfitriona salimos en su búsqueda armadas de un binocular y un bastón. Cuando lo encontramos, a la señora se le iluminó el semblante y regresó al campamento riendo y empujando al animalito. Nunca habíamos visto una felicidad tan simple y tan completa. Al llegar a la ger, nos preparó una taza de té verde de hojas ahumadas con leche y sal –el típico té mongol- y nos contó una larga historia de la que sólo entendimos tres palabras: Gengis Khan, cabra y yak. La voz de Daara alcanzaba a veces una profundidad de tonos épicos; sentí hondamente no entender esta lengua consonántica y fuerte.

Para no idealizar a los mongoles:

a) Es imposible encontrar algo de comer que no sea carne y leche

b) Es imposible rechazar cualquier ofrecimiento de comida o dejar algo en el plato

c) Es suficiente pasear una noche cuatro mujeres por las calles de Ulan Baatar como lo hicimos con dos españolas al volver de Terelj hoy. Por la Avenida de la Paz, que corre de este a oeste, y es la principal calle de la ciudad, presenciamos la brutal división entre la vida urbana y la vida rural, existente en todas las culturas. Niños en situación de calle merodean las puertas de los restaurantes para obtener una limosna; un ladronzuelo intentó robarle el bolso a Helena, acercándosele por la espalda y asustándola; un hombre borracho jalaba de un brazo a una mujer que a gritos se negaba a seguirlo y le dio una bofetada y la arrastró hasta que nosotras llamamos a la policía que los separó. Con apenas un millón de habitantes, Ulan Baatar es una urbe donde la brutalidad de la sobrevivencia y la jerarquía de clases son ferozmente evidentes.

Para volverlos a amar

Es suficiente con entrar en la más absurda e irónica de las discotecas, “Issimus”. Entre cuadros de todo tipo, y detrás de mullidos sofás, la pista de baile está presidida por una estatua de Stalin recuperada de una demolición. Las luces le dan un aspecto de malo de película, con su pose napoleónica de mano en el pecho y mirada hacia delante, y los mongoles bailan a su alrededor echándole luces de colores al rostro.

domingo 24 de junio de 2007








Felices en Mongolia

Pero no tienen idea qué bello es volver a ver el cielo azul. ¡Que viva Mongolia, su cielo, la fortaleza de los hombros de la gente, sus mujeres mandonas, sus hombres sonrientes y, eso si, borrachos como mexicanos en la playa!

Estabamos hartas, hartas, hartas de la contaminacion china y de sus cielos grises, de su gentileza y de su mercado omnipresente, de su mirarte desde el hombro de sus 500-0 anos de historia y su descubrimiento del capitalismo salvaje. Que viva el polvo, la mugre, las sonrisas y la ingenuidad.

Que viva el tercer Mundo.
Un beso
Panchita y Helena

LAS MUJERES EN LA CHINA SOCIALISTA DE MERCADO

Beijing, 20 de junio de 2007. ¿Son las mujeres chinas la mitad del cielo en la tierra, como decían enfáticamente los comunistas del mundo entero hace tan sólo unos treinta años? ¿Es posible modificar tradiciones patriarcales mediante un cambio económico? ¿El retorno a una economía de mercado revierte las mejoras en la vida de las mujeres en una sociedad tradicional de tipo familista?

Preguntas de este tipo se las formulan la mayoría de las mujeres que estudian la China actual y no son fáciles de contestar. Las diferencias entre los saberes de las mujeres y los roles sexuales en las sociedades deben ser analizadas con respeto, so pena de hacer de los principios del feminismo una expresión más del imperialismo cultural de Occidente. Comparar las mujeres chinas con las europeas, las americanas y las australianas puede ser tan arriesgado como comparar China con México o el taoismo con el cristianismo.

Más allá de los estereotipos históricos construidos sobre imágenes del pasado –las mujeres de pies vendados de la dinastía Qing o las campesinas comunistas vestidas iguales-, las chinas contemporáneas ilustran hoy muchos aspectos de una sociedad sacudida por las reformas socioeconómicas que la República Popular China ha propiciado después de la muerte de Mao en 1976. En particular, la despolitización de la cultura ha implicado entre las mujeres cierto rechazo del feminismo, que visualizan como una expresión ideologizada del deber ser de las mujeres comunistas, una pieza del aparato de propaganda del Partido Comunista Chino o, más profundamente, un sistema para impulsar la pérdida de feminidad de las mujeres y, por lo tanto, como dice la escritora Zhang Jie, para no reconocer el humanismo propio de las mujeres en su afán de vivir el amor y el arte fuera de los límites del matrimonio y de las éticas sociales de las convenciones tradicionales.

Como Zhang Jie -hija de una maestra de primaria de origen manchú que vivió cuatro años de destierro en el campo durante la Revolución Cultural y autora de novelas muy valoradas por la crítica europea como Leaden wings (Alas conductoras, 1980), Love must not be forgotten (El amor no debe ser olvidado, 1979) y The ark (El arco, 1981), un gran número de mujeres escritoras recogen reivindicaciones de una individualidad femenina que lucha a la vez contra la tradición autoritaria china y el igualitarismo social heredado del periodo maoísta, y rechazan el apelativo de feministas.
Según la sinóloga española Tatiana Fisac, la sociedad china se mueve hoy entre la fascinación por los Estados Unidos, a quien identifica como representante unívoco de la cultura occidental, y el odio por lo que ese país representa en el mundo. A la vez, según Cyril Lin, la aspiración a un modelo de desarrollo propio coherente con un supuesto “carácter nacional” chino y la consideración de una “legítima” posición de este subcontinente de Asia del este en la vanguardia de los países más avanzados del mundo, actúan poderosamente para identificar el éxito económico con la modernidad.

Las mujeres, cuyos derechos fueron igualados a los de los hombres por la República Popular China en sus años revolucionarios, están hoy buscando una expresión de su sentir, mientras presencian la erosión de algunos de los logros alcanzados durante el periodo maoísta. La venta de mujeres jóvenes al mercado matrimonial, sexual y laboral y el infanticidio o abandono femeninos (la casi totalidad de los infantes recogidos en orfanatos estatales son niñas, según pueden atestiguar las casas de adopción en diferentes partes del mundo) han reaparecido como resultado de las políticas del “hijo único” y por la pérdida de un discurso de valoración positiva de las mujeres. En la mayoría de las familias chinas el nacimiento de un varón es preferido al de una niña, al punto que sus oportunidades de sobrevivencia en los primeros años son mayores, así como es mejor la educación que se le proporcionará (los estudios se han vuelto muy caros en China, y las familias ahorran para la escuela desde que planean el nacimiento de un hijo). Y eso a pesar de que tanto entre los 800 millones de campesinos como entre los 400 millones de la población urbana, el trabajo de las mujeres y los hombres contribuye al presupuesto familiar, aunque de forma desigual (las oportunidades de un trabajo bien remunerado son menores para las mujeres).

Antes de la Revolución Cultural (1966-76), que algunos hoy llaman periodo de fascismo de izquierda, el 93% de las mujeres era analfabeta, contra el 55% de los hombres; hoy el analfabetismo entre la población en edad escolar ha caído al 7.7% para las mujeres y al 2.9% para los muchachos, aunque sea un problema fundamentalmente rural, prácticamente inexistente en ambos sexos en las ciudades. No obstante, las desigualdades son agudas en la educación superior, donde la proporción de mujeres en las universidades es del 33%, y a nivel de doctorado sólo del 16.5%. Entre los factores que explican la menor presencia femenina en la educación está la mayor disposición de los progenitores a sacrificarse para un varón que permanecerá en la familia, que para una mujer que abandonará el hogar al casarse. Igualmente los padres están concientes de que las mujeres tienen menos oportunidades en el mercado de trabajo que los hombres para un mismo nivel educativo. Y piensan, en consecuencia, de que no merece la pena invertir en su educación secundaria y universitaria (cuando no piensan directamente que una licenciatura dificulta el acceso de una mujer al matrimonio). Paralelamente, entre los educadores es muy extendida la creencia que las mujeres tienen una inteligencia menos viva que sus compañeros, y que si sacan mejores notas en los exámenes de admisión es sólo por su mayor habilidad para aprender de memoria. En los años 1980, algunas universidades llegaron a plantear que, dado que es más difícil encontrar trabajo para las licenciadas, lo mejor era no admitirlas. Hoy la suposición que las mujeres son más hábiles pero menos capaces intelectualmente que los estudiantes hombres, lleva a algunas instituciones –sobre todo a las que están en la cima de una estricta jerarquía de calidad universitaria- a exigir mejores notas a las mujeres en los exámenes de admisión. Aun muchas estudiantes creen que las universidades son espacios para la inteligencia masculina y que ellas están ahí en calidad de “prestadas” o “arrimadas”, pero que no constituyen su alma.

Las mujeres tienen una escasa representación en la arena política china. La tradición de origen confuciano de lo impropio de que una mujer dirija el gobierno de una comunidad –misma que excluyó a las mujeres del derecho a presentar exámenes imperiales-, explica en parte la escasa presencia femenina en política aun durante los años que ésta se fomentó abiertamente (nunca pasó del 10%); pero el actual descenso de la representación femenina en los puestos relevantes debe atribuirse, según Woman-Work: Women and the Party in revolutionary China de Delia Davin, a una disminución de la intensidad del cuestionamiento de los estereotipos tradicionales de género después de 1978.

En el ámbito del trabajo, paradójicamente, la situación de las mujeres es mejor en el sector privado que en el público, donde algunos funcionarios han llegado a plantear que la solución para el problema del grave desempleo en China podría ser el regreso femenino a las labores domésticas. Las mujeres son muy activas en los pequeños negocios familiares, en el comercio y en el ámbito de los servicios. A menudo las compañías prefieren las mujeres para los trabajos de oficina y las actividades vinculadas con las empresas extranjeras; sin embargo, es en las cooperativas y en la producción de bienes industriales ligeros donde se ha proporcionado mayor empleo a las mujeres.

miércoles 13 de junio de 2007

Nanjing I y Nanjing II

Nanjing I
Trescientos mil muertos en una semana; dos oficiales japoneses lanzándose un desafío sobre cuántos chinos podrían descabezar con su espada; pirámides de calaveras; recuentos de violaciones y asesinatos de niñas y ancianos entre soldados borrachos de poder: la masacre de Nanjing es una de las muestras más violentas de lo que fueron los años que prepararon la II Guerra Mundial y de lo que China podía esperar de la invasión nipona.

Como el ocultamiento de la masacre de los armenios por los turcos o los intentos de negar el holocausto de los judíos en Europa, la política de exterminio y los experimentos sobre humanos llevados a cabo por las tropas de invasión en China es negado en los libros de historia japoneses, logrando con ello que no se disipe el malestar latente entre los dos países, mismo que se extiende al resto de Asia. Que Japón haya encontrado en la experimentación de las bombas atómicas estadounidenses sobre Hiroshima y Nagasaki su posibilidad de ser víctima olvidando su pasado de victimario es algo que chinos y coreanos le reclaman, exigiéndole que se haga cargo de su historia, la conozca y la asuma.

Nada de ello es fácil, obviamente. En Europa sólo han sido capaces de enfrentar una necesidad como ésta los alemanes, y en parte. Italianos, austriacos, croatas, húngaros han sabido fingir demencia sobre sus responsabilidades en la II Guerra Mundial y la construcción de la democracia occidental capitalista, ya enfrascada en la Guerra Fría, se lo permitió porque con un solo malo arrepentido –Alemania- tenía suficiente. Obviamente, no requerir la asunción de responsabilidades sobre el pasado tiene la ventaja de permitir luego otras omisiones a la memoria: la invasión de Palestina, del Tíbet, del Sahara por las otrora víctimas, por ejemplo.

Pero Nanjing es mucho más antigua, más resistente y más presente que la masacre que los japoneses efectuaron en ella. Es una ciudad donde tomó el poder el primer emperador de la dinastía Ming, Zhu Yuanzhang, un campesino que se hizo monje y por ello se rebeló contra las injusticias de la dinastía Song, a la que volvía para encontrarse con su amigo de infancia en un jardín que construyeron juntos para rendirle tributo al cielo, donde erigió una de las mas poderosas obras de ingeniería defensiva del siglo XIV –una triple muralla de 14 metros de alto, por 36 kilómetros de largo, con 13 puertas de entrada a la ciudad- y donde se hizo construir su tumba.

Es el emplazamiento que a orillas de los ríos Yangtze y Qinhuai albergó una de las primeras aldeas neolíticas donde las mujeres descubrieron la horticultura.

Es la capital del sur donde en el siglo XIX se gestó la primera gran rebelión para destituir la dinastía Qing –triunfante hasta el requerimiento de apoyo que expresó el imperio a las potencias coloniales inglesa, rusa, italiana, estadounidense y alemana que no pedían nada mejor que inmiscuirse en la política china para controlar su comercio y producción.

Es también una de las pocas ciudades modernas de China, muy intensamente verde, con un bosque que llena su centro y alberga hostales juveniles, museos, monumentos, oficinas y el museo de Sun Yatsen, el dirigente que derrotó los intentos de restablecer la dinastía Qing en nombre del nacionalismo, la libertad y la igualdad social. Y una de las pocas ciudades chinas donde las construcciones modernas no se pelean con el estilo tradicional de las casas, logrando una continuidad agradable entre los techos en pagodas y las tiendas y conjuntos habitacionales que se han desarrollado en los últimos 10 años.

La elegancia de sus habitantes y sus calles es suave. En los parques, desde las seis de la mañana, en verano, van a hacer ejercicios, se masajean y respiran ancianos y ancianas como en toda China, pero también llegan señores vestidos de todo punto que llevan sus pájaros enjaulados a tomar aire, como en Europa lo haría una señora al pasear su perro de raza en el jardín del centro de la ciudad.

Las tiendas de ropa tienen precios fijos y sólo exhiben diseñadores locales. Las calles de comida albergan puestos que ofrecen decenas de variedades de pinchos de carne, mariscos y verdura, así como a restaurantes tranquilos, elegantes y silenciosos, con sus mesas grandes en apartados de maderas brillantes, sobre las que descansan vajillas de porcelana de colores distintos: azul y blanco, verde y blanco, amarillo y verde. Las casas de té abren sus ventanas sobre el canal del río Qinhuai, cuyas orillas están sembradas de flores y plantas perfumadas. De repente alguien canta con su voz aguda.

Nanjing es una ciudad donde se aprende mucho sobre la historia de China, mucho más que en Beijing donde la gente evita considerarla una parte viva de su cotidianidad. En Nanjing nadie te niega que la modernización de los últimos ocho años conlleva tres graves problemas: el encarecimiento de la salud, la privatización de la escuela y una fuerte crisis ecológica, pero también te explican que en China se puede actuar rápidamente –por ejemplo la municipalidad de la ciudad ha tomado en sus manos el reciclaje de la basura- sólo cuando se unifica el pensar de la población sobre algo que considera inherente a su bienestar.

En la cultura confuciana, aún el emperador no es sino portavoz de la voluntad del pueblo; de tal modo que el pueblo, entendido como conjunto de personas comunes, trabajadores, campesinos, comerciantes, paciente a la espera de que su voz sea escuchada, pero es capaz de organizarse y tiene derecho a la rebelión si percibe que su voluntad es tergiversada o traicionada. Esta concepción confuciana, pervive en la política contemporánea, y según las maestras de la escuela secundaria con quienes platicamos en español –habían estudiado esta lengua en la universidad, pero la abandonaron porque no les ofrecía un campo de trabajo en su propia ciudad-, explica los cambios recientes en la política económica del propio partido comunista, tanto como la fuerza que tuvo en 1966 la revolución cultural.

El conjunto tiene el derecho de ser dirigido. Pero la dirección a la cual se reconoce todo el poder, y a la que se rinde un tributo jerárquico, está obligada a responder al conjunto so pena de perder su legitimidad y, con ella, su poder. Emperador, dirigente máximo o partido, en China el poder político es obedecido puntualmente, mientras no violente el sentir general.

La cultura confuciana no es religiosa, sino moral: fija las reglas de comportamiento según las cuales deben portarse las personas por su rango, su sexo, su edad para el funcionamiento equilibrado del colectivo. Convive fácilmente con las religiones taoísta y budista, así como con cualquier otra, pero influye sobre ellas, las lleva a inclinarse a sus preceptos. Nunca había visto más claramente dibujada la relación entre moral y política que en la tradición china: una y otra son funcionales al estatus quo y, de darse una revolución o un cambio, deben reequilibrarse.

Nanjing es así la gran iniciadora de los cambios de China, y la ciudad de los gestos pausados. El lugar de la mayor redistribución de riqueza de China, donde se cuida evitar el trabajo infantil, donde las construcciones se siguen haciendo con estructuras de bambú.


Nanjing II

Sueños

1.Yo escribiendo una novela en una mesita frente al Quihuang

2.Helena diciendo que esta contenta de estar viajando por China

3.Encontrar un café con sabor a cafécolor de café y textura de café

Sueño bajo la lluvia de Najing y me siento feliz

A pesar de que Helena repela contra el celular que se prende y se apaga solocontra las chinas que se visten mezclando estilo contra la falta de salsa valentina. Nanjing me hace sentir feliz de estar vivaPienso en la cara que pondría Carmen Ros de vernos escoger a lo cucaramacaradedospingué en el menú en chino de un exitosísimo restaurante frente a la Casa de Confucio. Pienso en la cara de Melissa cuando encontramos una versión en mandarín de Los Piratas del Caribe III. Pienso en la expresión de Mariana al aprender que los vendedores chinos aplauden en la puerta de sus tiendas para atraer a la clientela. Pienso en Coquena bebiendo una cerveza bajo una pagoda publicitaria y diciendo al unísono conmigo ¡Carajocuántos son

Nanjing me hace feliz porque la gente sonríelas flores son rosas y las hojas de los ciruelos son rojo sangre.

Y porque no para de llover.

De Xi´an hasta Nanjiing

¡Diosas! Nunca hubiera imaginado que salir de la neblina que se respira, la neblina que te oprime, la neblina que oscurece, la neblina que envuelve e impide la vista, que entristece, deprime y difumina me haría tan feliz.

Viajamos de una Xi’an que descubrimos también musulmana, con sus ricos dulces de nueces y ciruelas, sus saludos familiares en las tiendas –qué placer volver a decir: Salam Aleykum y que nos contestaran: Aleikum salam, aunque con el acento chino de la etnia Hui que se convirtió entera a finales del siglo IX- y que despertó envuelta en una neblina invisibilizadora. La dejamos con cierta urgencia, a pesar de que nos gustara tanto. Todo nos sabía a agua, a polvo de agua para usar una expresión querida en la Mixteca. En tren atravesamos campos neblinosos, ciudades envueltas en bruma, pueblos y cultivos tan improbables como las historias que cuentan los que recortan en piel de burro imágenes de doncellas, tigres, dragones, campesinos y caballeros para moverlas detrás de una tela iluminada: el gran teatro de sombras de China, que todavía se ve en los espectáculos de ópera, así como en las casas de té de los pueblos donde niños y adultos se amontonan en las puertas para ver sin pagar.

Llegamos a Loyan seis horas después. Fea y además invisible 500 kilómetros más allá de un punto de partida invisible.

Entonces empezó una historia que nos rebasó por momentos. Primero un policía decidió ayudarnos sin que se lo pidiéramos. Me mostró su credencial y se apoderó de mi mochila. Enfiló rumbo a la taquilla de trenes a pesar de que yo intentaba decirle (carajo, la lengua es lo que verdaderamente construye la relación primaria del entendimiento), pues intentaba decirle que para llegar a Song Shan, eso es al Templo Shaolin, no hay trenes, sino buses. Pero ¿cómo va a creerle un policía a una turista que no sabe hablar? Después de media hora de mostrar su credencial a diestra y manca, de gritonear, de inflar el pecho, de proferir quién sabe cuántas amenazas volvió con las manos vacías: no hay trenes para Song Shan, sólo buses.
No se dejó amedrentar. Retomó mi pesadísima mochila y enfiló hacia el paradero de buses. Ni siquiera habíamos dado unos pasos cuando nos rodearon una veintena de taxistas y empezaron a pelear entre sí por el derecho de llevarnos al templo Shaolin. Una pelea de una hora de la cual éramos el objeto, pero no entendíamos una sola palabra. De no saber que los chinos no son agresivos, hubiéramos tenido miedo. Gritaban y gritaban uno contra el otro y de repente, todos juntos, se daban vueltas para vernos. El policía entre ellos.

De un modo tan irreal como inició, la pelea se terminó cuando el policía nos subió a un taxi, dijo que nos cuidáramos de los ladrones y se fue dejándonos un papelito con escrito un 180: el precio de una corrida de más de hora y media por campos bellísimos, trabajados perfectamente, plantíos de árboles jóvenes entre desdibujadas siluetas de montañas y casas que iban apareciendo entre la bruma que se levantaba. Lo gris estaba por doquier pero ya no era absoluto.

El auto comenzó a subir por montañas que ni siquiera habíamos visto. El viento empezó a soplar, fresco pero no frío, y el aire se limpió en un momento. Era una tarde perfecta. El sol que poco antes se divisaba como una iridiscente pelota naranja, ahora era el astro rey de finales de primavera. Había árboles de diversos verdes, tamaños y hojas, desde las sabinas chinenesis, hasta sauces, ciruelos, albericoques, duraznos, gincobilobas. El agua de un lago artificial (donde pueden, los chinos construyen diques para las hidroeléctricas) resplandecía. Empezamos a reírnos de contento.

Pero, y eso después de veinte días deberíamos saberlo, en China el placer –como cualquier sentimiento o razón- siempre tiene un límite que los humanos, en particular los humanos desesperados por la obtención de ganancias, le ponen. De una curva, seiscientos metros antes de llegar al templo Shaolin, después de haber dejado a nuestras espaldas el pueblo de Song Shan, un viejo calvo se lanzó a las llantas del taxi para que éste frenara y él pudiera empezar a referir una lenta letanía de motivos por los que el taxista debía llevarnos a su hotel.

Una vez ahí empezó el debate sobre cuánto nos costaría la noche (siendo los números lo único que se escribe igual en oriente como en occidente, la discusión se reduce a una pelea de papelitos con números), de que no nos fuéramos, de que comiéramos. Y todo ello en chino. La nieta del dueño –o una niña tratada como familiar que trabajaba de la mañana a la noche- escribía en caracteres latinos, con mucha habilidad por cierto, todas sus palabras en chino y no podía entender por qué nosotras seguíamos sin entenderla. Como si entre signo y significado la relación debiera ser directa. Obsesionada con que nos quedáramos, nos atosigaba con ofrecimientos entre incomprensibles y absurdos –comida, clases de kung fu, maestros, taxis, carne de perro- en un desorden y con una ansiedad que llegaron a hostigarnos.

Cuando del hotel logramos salir a la tiendita de la esquina y bajamos sus tres escaloncitos para llegar a un espacio semejante al de muchos pueblos mexicanos, con sus refrescos calientes, sus galletas y pocos productos caseros, suspiramos de alivio.

Luego, el paseo por la tarde que bajaba, bajo las primeras estrellas que veíamos en muchas noches, entre las escuelas de artes marciales desarrolladas por monjes budistas totalmente vegetarianos, cuyos estudiantes estaban sentados en grupo alrededor de maestros que les hacían jugar, o seguían entrenándolos, nos calmó los ánimos por completo. Helena empezó a reflexionar sobre qué son y qué no son los internados, por qué a ella los internados se le hacen un espacio que sólo sirve para aquellas madres y padres que quieren deshacerse de sus hijos, que en los internados no hay vida personal. En fin, un alegato contra la escuela represiva, contra la obligación de especializarse desde temprana edad, contra la disciplina rígida que se contradecía con las risas que provenían de los grupos de estudiantes shaolin.
Esa noche dormimos como troncos y muy temprano por la mañana, después de tragarnos el desayuno desabrido de la nieta del hotelero y sus innumerables ofrecimientos nuevamente escritos en chino con caracteres latinos, logramos entrar al valle de los templos, escuelas y pagodas de estos monjes y discípulos (hay cuatro mujeres estudiantes por cada veinte muchachos, aproximadamente) que encuentran en las técnicas de lucha más variadas –y escenográficas- el autocontrol necesario para defender la paz del Buda. No hay que olvidar que los Budas en su camino de perfeccionamiento y de iluminación, no están siempre en actitud contemplativa o retirada del mundo, sino intervienen compasivamente en pos de la justicia en la vida de los seres humanos y de los inmortales, por ello luchan contra los demonios del desorden, de la codicia, de la agresión, del desaliento que siempre están al acecho para restablecer el caos. Son ayudados en eso por sus guardianes, a lo que aspiran devenir los maestros shaolin de la perfección, que han aprendido de los movimientos de los animales a controlar sus impulsos, su fuerza, su agilidad, así como de los árboles a usar palos, chacos, espadas, lanzas.
Muchas de las escuelas y templos fueron destruidos durante las guerras internas que siguieron la caída del imperio y la invasión japonesa a China, pero fueron reconstruidos según las tradiciones y los dibujos que quedaban de los mismos. Grandes espacios para el espectáculo de las luchas, que implica también una escenografía distinta por cada escuela, se abren entre los campos como teatros al aire libre y en los templos como teatros cubiertos.
La foresta de pagodas, una seiscientas elevadas construcciones de monumentos techados y pequeños que contienen las cenizas de los monjes más famosos, descansan entre árboles desde el siglo VI de la era común.

Luego empezamos a caminar por unas montañas impresionantes, altísimas, con barrancos y cuencas de pinos y acacias donde de repente un vallecito se abre apacible al cultivo. Sus cimas son rodeadas de nubes blancas como si fueran pintadas. Un río, casi seco en esta época, corre entre dos cordilleras; algunas vacas pastan entre sus lotos en flor, un camello espera paciente a su dueño amarrado de un puente, pocos campesinos van y vienen por sus orillas.
Pasamos una tarde de alta montaña, a sabiendas de que en cualquier momento una sesentena de muchachos podía irrumpir en la escena para un entrenamiento entre rocas o sobre los peñascos (apoyan los pies sobre dos orillas de un hueco en la montaña y se quedan ahí, suspendidos en el aire, mientras rezan o se curvan para atrás hasta tocar con la cabeza la orilla opuesta de un riachuelo donde descansan sus pies). Hablamos de muchas cosas, algunas que nos venían a la mente por el paisaje humano y natural, otras que quizá esperaban desde hace tiempo ser dichas y que en la ciudad no tienen posibilidad de ser proferidas por la dictatorial imposición de tareas de la vida cotidiana.

A pesar de la perfección del día, cuando volvimos al hotel la opresión de la nieta del viejo calvo, su obsesiva petición de que comiéramos, su meterse hasta el cuarto para tocar la ropa y la computadora de Helena, y su constante ofrecimiento de que le compráramos un té frío, de que nos acostáramos, de que viéramos televisión con ella, nos inspiraron de repente para huir. Llenamos en un instante la mochila y salimos entre sus rezos, su mover la cabeza diciendo que no encontraríamos buses, ni taxis, ni trenes, que Nanjiing está lejos, que la noche es oscura, que, que, que.

La verdad es que reíamos de contento cuando nos subimos al bus que nos llevó a Song Shan, encontramos otro después de comer unas verduras amargas sazonadas al té verde y el jengibre hasta Zengzhou, y de ahí, después de un cortísimo paseo por este centro de comercio agrícola en plena expansión, otro a Nanjiing.

domingo 10 de junio de 2007

Fotos de las viajeras


Hemos llegado a Xi´an

Hemos llegado a Xi’an, la capital desde donde salió durante trece dinastías la ruta de la seda que cruzaba Afganistán, Iraq, Siria, Turquía y de ahí llegaba a Europa. La ruta que hizo que China inventara y exportara al mundo la fabricación de papel de celulosa, la imprenta de caracteres móviles, el compás y la pólvora. La ruta que trajo el Islam a China, religión que convirtió a la etnia Hui, haciéndole construir su mezquita en forma de pagoda a pocas cuadras de nuestro hostal de la juventud (A Helena le da un poco de vergüenza estar aquí conmigo, y un poco más de hueva: ¡los estudiantes no tienen hijos de su edad!).

Xi’an, la antigua Chang’han, la capital del sanguinario y genial Qin Shihuang, que hace 2300 años unificó China, construyó la Gran Muralla, enterró vivos a los filósofos confucianos que lo criticaban y se hizo preparar un ejército de 30000 soldados y caballos para que custodiaran su alma.

Xi’an, con su templo de la Gran Gracia Materna, su Pagoda del Gran Ganso Salvaje, sus muros para la defensa de los bandidos y los bárbaros. La capital de la época dorada de los Tang…

Pero, qué le vamos a hacer, quizá por qué nos esperábamos demasiado, los guerreros de terracotas en formación de guerra, los caballos, los generales de 2 metros, nos dejaron algo frías. Impresionantes, bellos, pero tan museográficos, tan bajo un hangar para aviones. En fin, un duchazo de agua fría después de la cálida Pingyao.

De modo que lo que más gocé de esta ciudad, fueron los restos de una aldea neolítica descubierta en 1953, a sus orillas. Mi obsesión son las continuidades, lo que Braudel hubiera llamado las historias de muy muy larga duración, eso es de una duración que obviamente comporta cortes, virajes, cambios e interrupciones, y se sostienen en una subterránea continuidad. Ninguna religión institucionalizada ha soportado jamás un tiempo tan largo, pero sí lo han desafiado ciertas indefinibles preferencias, lo que hoy llamamos supersticiones: la construcción de las ciudades sobre un eje norte-sur, por ejemplo. Y lo sagrado de los entierros, la agrupación de las casas alrededor de un fuego común -para alejar a las fieras y alimentar a los hogares internos a construcciones de techos de dos aguas-, las formas puntiagudas de las botellas con su tapa, los jarrones, la abstracción de los dibujos, la repetición de los símbolos de venados, números y peces.

Así como en Roma lo que más me interesa de los foros es la parte de la villa neolítica que acaban de descubrir bajo el Palatino, demostrando que los latinos criaron puercos por su fecundad y su resistencia, que se agrupaban por miedo a los animales salvajes, que vivían en paz y sin esclavos, así en Xi’an lo que más me gustó fue el pueblo de Banpo, organizado alrededor de figuras femeninas que dirigían los cultos de los muertos, la distribución de los alimentos y probablemente la vida política, según un sistema de linajes matrilineal, no guerrero y no esclavista.

Banpo fue erigido hace unos 6500 años y duró casi 1000. Para proteger sus casas de planta circular y de planta rectangular de los animales del bosque, le escarbaron un fosado de 13 metros de profundidad en el lado norte. Albergó a cazadores, recolectoras y primeras horticultoras, que ofrecían sacrificios de pequeños animales y plantas a la Tierra, durante ceremonias que practicaban frente a una gran piedra (¿una futura estela?,¿algo que ver con la pasión por la rocas en los jardines chinos?). Por el oeste estaba un lugar de entierros de adultos, mientras a las niñas y niños pequeños las enterraban en jarrones muy cerca de las casas, casi bajo las alas del techo. Pensé en esas madres neolíticas que no querían separarse de sus hijas muertas y sentí que tenían razón. ¿Cómo rendirles culto si lo que se deseaba era abrazarlas todavía? Pensé también que si las reglas las hacen mujeres libres del colectivo de los hombres, unas mujeres que se tomen a sí mismas por parámetro, pues las reglas de convivencia no se sostendrían sobre la misma lógica que cuando las instituyen hombres. Quizá puede haber más formas de poder. Quizá el no poder sea una de ellas.

En fin, entre el primer emperador, detestado por todos sus enemigos y temido hasta por sus aliados, y las recolectoras que se inclinaban frente a la madre tierra y gobernaban sin derramar sangre, mi preferencia se dirige obviamente a las más ancianas.

Lo muy, muy lejano en el tiempo, lo que me hace sonreír porque a pesar de todo se nos parece, también siempre me despierta la misma pregunta: ¿pero entonces qué pasó?

Así, con la misma pregunta que en Monte Albán, que en el Sahara, que en Catal Huyuk, tomé el camión y recorrí las grandes avenidas de una más de las ciudades de la China moderna. Y ahí vino la sorpresa: Xi’an es limpia, funcional, pero también cálida. Sus miles de tiendas –como en toda China- compiten por un mercado que debe ser constantemente seducido por los precios y la oferta, pero son ordenadas, la puja por los precios es menos descarada, los salarios son decentes, finalmente en los techos de las casas se ven celdas solares y en la universidad se tienen charlas de ecología. Los enamorados se besan en las calles. Las amigas van de la mano. Por supuesto los cielos siguen estando grises de carbón y bruma –todavía no hemos visto un cielo azul y transparente en China, lo cual, siendo yo metereopática, me deprime y enoja por momentos-, pero por primera vez pensé que si tuviera que dejar México podría vivir en un ciudad china, ésta.

Hablé con un pintor de cerámicas tradicionales que ha cambiado el modelo repetitivo de expresar lo antiguo y pensé en la gente de Polvo de Agua, en la Mixteca, en mi amigo José Luís García cuando dice que un artesano es un artista que utiliza materiales locales y no un repetidor. Se lo comenté al ceramista chino y dijo que nunca había escuchado en palabras tan bellas algo tan cierto. ¿Cortesía china o sintonía de pensamiento? Se nos acercó otro artesano, de la familia que se ha transmitido la técnica de construcción de un instrumento parecido a la ocarina, de nueve hoyos, con el que nos tocó por más de veinte minutos una melodía de tonos variados. Me llamó a mirar sus instrumentos, cada uno diverso del otro, y pidiéndole al otro que le tradujera, me comentó que lo nuevo y lo viejo no deben estar en contraste sino movilizarse uno al otro. Lo más sorprendente es que no intentaba venderme algo. Pasamos una tarde hermosa.

Fotos de Pinyao














sábado 9 de junio de 2007

Para decidir irnos de Wutishan

Para decidir irnos de Wutaishan, lo cual no estábamos nada seguras de querer hacer, tuvimos que recurrir a algunos antídotos contra el embrujo del lugar: invocamos el mal olor de los baños de la estación de autobuses, intentamos pensar en lo mucho que nos aburriríamos muy pronto, recordamos el horror de las lucecitas navideñas en los techos de los templos en medio de las montañas. Aún así nos costó dejar la paz, la posibilidad de una verdadera introspección que ofrecen las calles, los templos, las stupas, los gestos pausados de los monjes, las escrituras leídas en las escaleras que llevan a la stupa blanca del Buda Sakiamuni. Finalmente nos subimos a un camión viejo y destartalado hasta Tai Yuen y de ahí, tras cruzar una ciudad grande y fea hacia otra estación, en un camión un poco mejor hasta Pingyao.
La ciudad enteramente amurallada es más bella de lo que imaginábamos. Los muros de la ciudad, construidos en 1307, contienen pequeñas joyas muy antiguas, como una de los primeros bancos del mundo –La Casa de la Prosperidad Sonriente-, la casa de los primeros guardia del cuerpo, talleres de artesanos de todo tipo.
Turística sin lugar a dudas, sobrevive a pesar de la escasez de agua y del viento, gracias a sus paisajes, sus callecitas, sus diversas iglesias –entre ellas una cristiana de rito nestoriano- y tienditas de todo tipo de chácharas, antiguallas, papeles cortados, rentas de bicicletas. Nos imaginamos que dejaríamos a mi hermano Federico y a Guillermo por horas pelear, tratar, tirar sobre los precios con todos estos chinos que le ganan a los turcos como vendedores.
Dormimos en una antigua casa de tres patios, construida durante la Dinastía Ming, en una cama donde cabrían todos los amigos de Helena –cumplió su sueño de una cama que corriera de pared a pared, lástima que aquí no tenemos con quien hacer “hacinamiento”. En medio de nuestra cama, estaba la mesita para caligrafía de madera de sauce, donde la herética de mi hija instaló la computadora.
La familia que administra el hotel es muy simpática y hospitalaria. En el segundo patio, el de la intimidad, fuimos instalada en el este, el las de las personas importantes (aunque en la antigüedad ese lado se reservaba a los hombres, a los hijos mayores, a los sirvientes del señor, según estratificaciones de jerarquías que se sumaban unas a las otras); ahí el silencio sólo era interrumpido por la viejita que llegaba a ofrecernos té o agua caliente (los chinos nunca toman algo crudo que no sea fruta con cáscara y beben con fruición agua caliente, misma que se ofrece a los huéspedes o se pide en un restaurante. Puede ser éste el motivo por el cual la china fue una de las poblaciones con menos plagas de la historia. Ahora bien, la ensalada hervida es una verdadera porquería).
La elegancia de las callejuelas, muchas de ellas en plena decadencia, es subrayada por el hecho que no se oyen los claxons que en toda China los choferes tocan insistentemente, según nosotras sin motivo alguno. En bicicleta o a pie, la gente se mueve por la cálida primavera de Pingyao como lo hacían los siracusanos de mi infancia por el verano: con parsimonia, como si la prisa fuera una actitud incomprensible, o por lo menos postergable, a más de 30 grados.
La comida china es espléndida, y en Pingyao es totalmente casera y muy variada. En quince días nunca he repetido un plato de vegetales sin carne, y sentarse a las 12:30 o a las 18:00 (estos son los venerados horarios de la comida y la cena; el desayuno les importa poco) es la ocasión de un disfrute apacible, feliz. La culpa no existe en la cultura china. Nadie carga con la sensación que gastar en un buen plato cuando se puede y se quiere es algo que le quita a alguien más un derecho, un placer o lo ofende. Ni siquiera un monje renunciaría a un placer porque temiera ofender la miseria de otro ser humano. Si es frugal lo es por su bien. Los chinos están tan lejos de la culpabilidad cristiano-judaica como de la idea de comunismo latinoamericano, donde hay que pedir perdón por los muertos de la propia felicidad (o pagar con sangre un buen salario).
Con 120 yuanes se obtiene un boleto para todos los sitios y museos de la ciudad (la mitad para las estudiantes). Es fascinante ver como el templo Taoista, donde te asaltan para imponerte la buena suerte unos monjes que buscan dinero, como en la muy seria casa de Confucio, o templo de la literatura –el más grande conservado- donde se instituyeron los exámenes imperiales que sirvieron de modelo para los exámenes de estado de todo el mundo, como en el templo de las diosas y dioses de la ciudad, como en los museos de las escoltas y guardias del cuerpo, de los bancos, del gobierno de la ciudad, las murallas existe un calmo desapego del dolor y la necesidad.
Y eso que la población de Pingyao no es rica: en muchas casas falta el agua corriente y tener un trabajo en una zona donde la agricultura ha sido derrotada por la sequía no es fácil. No obstante, es con verdadera simpatía que la gente explica por qué los estudiantes vienen a dejar su nombre sobre una tarjeta roja en el templo de Confucio con la esperanza de que le traiga suerte en los exámenes. Este edificio tiene la sala de exámenes más grande y antigua de China. Fue reconstruida en 1163, durante la dinastía Jin, sobre un templo anterior de la dinastía Han. El viaje para llegar es caro, así como las tarjetas y las dádivas que hay que depositar cuestan muchos ahorros, pero a nadie se le ocurre envidiar o burlarse –esa forma de envidia disfrazada- de los estudiantes. La educación es cara y los exámenes son difíciles, muy difíciles en este país donde las jerarquías, las pruebas, los grados son categóricos: todo se vale para pasar adelante, también gastarse la beca en un viaje y, de paso, pasarla bien en Pingyao.

viernes 8 de junio de 2007

Una ciudad llamada Datong















jueves 7 de junio de 2007

4 de junio de 2007

Llueve sobre las montañas de WutanShan, el cielo es gris pero finalmente lo es por las nubes y no por el polvo de carbón que tragamos durante los últimos tres días cruzando las provincias de Hebei y Shanxi. Los monjes de este lugar, cuyo nombre significa más o menos Muy Muy Lejano, barren el patio de piedra gris, las montañas son verdes oscuro, el aire vibra de un frescor picante, truena y me siento feliz. Helena duerme, lo cual sé que la hace feliz a ella.
Llegar no ha sido fácil. De Datong donde nos encontramos con el mexicano Bernardo De Niz en la plaza del domingo –“qué chiquita es China”, bromeamos con una falta total de originalidad-, la visita a los monasterios colgantes de la montaña Yunfeng y a las cavas de los 1000 Budas en Yungang nos dejó impresionadas. Saliendo de una ciudad carbonífera, que se moderniza con la rapidez que sólo China puede imponer a su gente, donde es obvio que los caballos y los burros han sido sustituidos por carros hace menos de una década y la gente mantienen aún la curiosidad (¿de dónde vienes?, ¿cuántos años tienes?, ¿desde cuándo estás en China?, son preguntas tan repetitivas como el ¿te gusta México? que todo taxista o ama de casa se siente en obligación de preguntar a cualquier extranjero, aunque lleve treinta años en el país), la gentileza y la gula de la provincia (por el centro, en las cuatro cuadras históricas y hermosas que se mantienen de pie, cientos de puesto de comida ofrecían pinchos de todo tipo de carne, semillas, panes al vapor, verduras rebosadas, rebanadas de fruta), pues saliendo de su periferia descubrimos que desde hace siete años durante la primavera y el otoño brigadas de jóvenes se dedican a reforestar las montañas como parte de un programa de reconstrucción de la China devastada por las deforestaciones masivas de las décadas de 1960-70.

Los bosques son jóvenes, las montañas suaves, los cultivos en terrazas. Más aún, las únicas casas nuevas realmente hermosas que se ven en China son las de los campesinos ricos que se las construyen según patrones milenarios, en las esquinas este y sur de un patio cerrado de ladrillo o adobe, que contiene un huerto y espacios para la vida comunitaria, y está cerrado por una puerta que da a las pocas calles del pueblo. La casa como tal tiene una sala central y dos cuartos a los lados; sus techos de dos aguas para que la nieve en invierno pueda escurrirse tienen remates de pagodas y curvas suaves en cada ángulo. El baño está siempre fuera de la zona de dormir y comer, en el patio.

Desde hace un año los campesinos ya no pagan impuestos sobre su producción al gobierno, como una forma de evitar la migración a las ciudades. La tierra está bastante erosionada, la polución del aire y las partículas de carbón caen por todos los lados, no obstante las técnicas agrícolas son perfectas y cualquier rincón de China que no sea ni bosque, ni lago ni ciudad está cultivado.
Por ahí llegamos al sitio de Hengshyshan, al lado de un laguito formado por una presa de 86 metros. En la montaña de roca el monasterio de Yunfeng cuelga sosteniéndose apenas de pocos palos que lo apuntalan. Las flores y los budas, los símbolos del sol y el viento pintados a pincel sobre la madera verde, los pequeños cuartos de este santuario que debía recibir muy pocos monjes ascetas, la verticalidad de la pared del que está colgado, son sensaciones que ni los miles de turistas chinos pueden arruinar.

Por la noche, de regreso a Datong, descubrimos que las medidas de control de divisa en China siguen vigentes y es casi imposible cambiar dinero, aunque es muy fácil retirar de los cajeros. Por la mañana peregriné por varios bancos hasta dar con la única sede del banco de China de la ciudad que tenía permiso de cambiar la moneda que fuera, euros, dólares, yen, pesos mexicanos: aquí no hay ninguna veneración por la moneda de ninguna potencia o país de economía mediana, sólo los yuanes cuentan. Finalmente salir hacia Yungang en autobús fue una rica experiencia, de no ser que Helena estaba en un día no, es decir en la chipilez absoluta y quería a papá, volver a México, dormir, estar sola, no caminar, no comer, no, no, no.

Por suerte las dieciséis cavas con los mil budas, entre ellas la que contiene a una estatua de un Buda sentado de 17 metros, escarbada en el siglo V de la era común, la paz de los jardines circundantes, las pagodas donde estar sola, el laguito de lotos florecientes –florean sólo dos meses al año y en esta estación- la tranquilizaron y volvió a ser la helena fascinada con la foto, la que sonríe y se interesa de siempre.

Yungang fue construido entre 453 y 494, cuando la dinastía Wei de la etnia Tangut, del norte de China, fijó su capital en Datong, un cruce entre las culturas mongola, india y centroasiáticas. Cuarenta mil trabajadores esculpieron escarbando estas grutas de decenas de metros de altas, con todas las representaciones del budismo más ferviente, luego las abandonaron cuando la dinastía Wei estableció su capital en Luongyan, obligándolos a trabajar en las cavas de Longmen.
Cuando por las tardes tomamos el tren rumbo a Xinzhou, nos llenamos de carbón. Cruzamos las dos cuencas carboníferas más grandes de China, “el mar de carbón” como lo llaman. Montañas de piedrecillas negras y centenares de camiones cargados nos acompañaron durante todo el viaje de cinco horas. No obstante, también las montañas más suaves, las colinas recortadas en terrazas por la mano del ser humano para sus cultivos, los sauces, los riachuelos, y valles de maíz y parcelas de arroz nos alegraron la vista. Xinzhou resultó realmente inhóspita de no ser por un taxista sonriente, dispuesto a desafiar las montañas de noche para llevarnos a 160 kilómetros por sólo 300 yuanes. La verdad que unas viajeras sensatas se hubieran aguantado una noche en una ciudad fea, en un hostal feo y caro y se hubieran tomado el camión de las 5 de la mañana. Pero Helena y yo no tenemos nada de sensato, menos nuestro placer por la paz de la mente, y decidimos lanzarnos a la aventura. La carretera, asfaltada en parte, en otras terracería y en otras más rodeadas de sauces y tan ancha como una autopista, nos ofreció varias sorpresas: camiones de carbón en sentido contrario, bicicletas sin luces que te obligan a frenar sobre el suelo mojado, un chofer que para no dormirse pone una música disco punchis punchis en chino.
Los monjes de WutanShan dicen que al cruzar las montañas siempre se encuentran demonios. Y tienen razón, la paz se alcanza después de dejar atrás el infierno.

Los primeros monjes de estos monasterios para llegar aquí viajaban más de un mes a pie, nosotras sólo nos tardamos tres horas y medio, pero los funcionarios chinos de entrada a la zona de las montañas, que querían cobrarnos hasta la vida, primero dijeron que pagaba sólo yo -salí bajo la lluvia y compré el boleto-, luego que Helena pagaba la mitad –volví a salir-, luego que también el chofer debía pagar. Ahí me rebelé, le pagué al simpatiquísimo chofer y decidí hacerle un pancho marca diablo al burócrata chino. ¿En qué lengua? Sepa. Por suerte Mónica adora pelearse por las demás y tradujo todo mi enojo. Finalmente un auto con tres jovencitos lugareños decidió llevarnos hasta el monasterio bajo la lluvia que arreciaba.

Otro demonio de las montañas son las pagodas que los mismos funcionarios que cobran la entrada han decidido adornar con lucecitas de colores parecida a las de las navidades mexicanas. En el medio de la sobrecogedora presencia de las cimas, las barrancas y los árboles, lo sagrado convertido en Disneylandia provoca más tristeza que vómito.

Pero, nomás al llegar a la puerta del monasterio, la cara sonriente del monje que se desveló para
esperarnos y que nos recibió con un afecto desapegado, un interés por nuestra humanidad y no nuestra persona, disipó todo miedo y todo malestar. Cuando, después de habernos acomodado en dos cuartitos bajo los techos, nos invitó a los rezos de las 4 de la mañana nos dimos cuenta de lo que significaba para él haberse quedado esperándonos hasta la 11 de la noche. Sin embargo, los vimos alejarse sereno, alto y delgado, y nos dios felicidad ser sus huéspedes.

Perder el tren y descubrir problemas

Perdimos nuestro primer tren chino. La verdad es que llegamos al andén con 14 minutos de atraso y la puntualidad china es cuestión de disciplina confuciana. El policía que nos bloqueó el paso, miró nuestros boletos y luego nuestras caras como si estuviéramos locas: ¿cómo se nos ocurrió pensar que un tren pudiera tener semejante retraso? Casi nos pusimos a llorar. Obtener los boletos ayer nos costó buscarlos durante toda la tarde. Además quien cree que la Estación Central de Beijing es enorme es porque todavía no conoce la estación del Oeste, frente a cuyas dos torres y debajo de los puentes peatonales cientos de chinos están sentados esperando el tren, la vida, la salvación, las langostas.

El demonio de taxista se tardó más de una hora en llegar. Luego, pedir informes estuvo en chino. Nadie podía decirnos por dónde salía el tren a Datong. Los caracteres de la tabla de información estaban en chino. Probablemente, debido a nuestra pronunciación los funcionarios del ferrocarril ni entendían a qué ciudad queríamos llegar. Sólo gracias a los alegatos de Mónica Ching Hernández, nuestra brillante amiga y traductora del chino literario al español, introductora de un taller de traducción entre los escritores de Beijing, logramos cambiar los boletos para las 3 de la tarde.

Decidimos entonces pasar una mañana de cuento. Es decir, irnos al jardín que según la tradición inspiró a Csao Xue Qin para escribir Daquan, “El jardín de la vista sublime”, la primera novela moderna de China. En la época que iba de la dinastía Ming a la Qing, a principios del siglo XVII, trató el amor como un tema válido para la alta literatura y no sólo para las comedias populares de tintes vulgares. Junto con el amor imposible de un protagonista bisexual, amanerado, renuente a la cultura de los exámenes imperiales, gran poeta por su prima más refinada, conocida desde vidas anteriores, Csao Xue Qin reflexionó sobre lo que es la profundidad del ser, la libertad del artista, la decadencia, el deber, la poesía, el saber.

Lo sabíamos casi todo, menos que el 1 de junio es el día del niño en China y que los laguitos, los jardines de piedra –llamados también falsas montañas-, pabellones y el museo estarían a reventar de niñas y niños acompañados por sus abuelas y madres. La estridente y melódica –no es un oximeron, es lo que me parecen a mí que soy una ignorante de la música las composiciones chinas- música de los Erhu, unos violines tradicionales de dos cuerdas, estaba sofocada por los gritos de escuincles consentidos en el día del año en que nadie les niega nada.

Ahora sí, desde las dos estuvimos en la sala de espera para subir al tren. Luego descubrimos que los trenes chinos, además de puntuales, son limpios, rápidos y cómodos. Tienen literas de segunda y de primera, sillones, vagón restaurante. Cruzamos la provincia de Beijing con sus fábricas de todo tipo, luego las minas de carbón del estado de Hebei y finalmente llegamos a ver nuestros primeros rebaños de cabras, carretas jaladas por burros o caballos, campos hundidos de arroz. En los últimos veinte años se ha intentado reforestar China después de que la revolución cultural aunada al desarrollismo industrial arrasaron con bosques milenarios. Cientos de árboles jóvenes están plantados para servir de rompevientos y para atraer el agua del cielo. La provincia de las montañas del oeste, que eso significa Shanxi, es hermosa y profundamente budista.

Nomás al llegar al hotel nos dimos cuenta que nuestras visas se nos están agotando y que si queremos ir a Mongolia deberemos salir de China antes del 22 de junio, y volver antes del 27 de julio y luego pedir una prolongación de la visa. Además fuera de un hotel de la zona internacional de Beijing, el aeropuerto y un banco de la zona rusa de Beijing cambiar dinero, sean dólares o euros, es sumamente difícil y, una vez pagado el hotel de Dantong, nos hemos quedado con 150 yuanes.

domingo 3 de junio de 2007

Reglas sobre los comentarios

La idea de este blog es que todos sepamos de Francesca y Helena, dónde están, qué están haciendo y que nos cuenten las experiencias que están viviendo. Pero dado que hay gente que no entiende esto, y lo toma como una página de "contactos", he decidido que voy a moderar los comentarios. Es decir, antes de salir publicados, llegarán a mi correo y yo decidiré si los publico o no. ¿Medida drástica? No, práctica. Saludos para todos los que disfrutan de este blog. Ruth.

jueves 31 de mayo de 2007

Tres imágenes de China

1. Una mujer con tacones y vestido de flores, muy elegante, sobre su bicicleta en una avenida traficadísima. Habla por teléfono, pedalea y sostiene un paraguas.

2. Una foto que ha dado la vuelta al mundo: la del señor que vivía desde hace treinta años en una casita en un hutong de Chengdu. Cuando le notificaron que debía dejar la casa porque se iba a derruir su barrio -así se hace aquí: te notifican y te tienes que ir-, él simplemente dijo que no. Testarudo él y más testarudo el constructor, entre el no me voy y el yo construyo, entraron las grúas, las excavadoras, los camiones y la casita del hutong del señor que dijo no se quedó sola, orgullosa, una ruina con vida, una persona acorralada pero de pie, un pueblo que resiste la horda de la modernización forzada. Una foto que habla de cómo puede ser China.

3. Cinco camiones azules en el estacionamiento del enorme terreno donde la embajada gringa está construyendo su cuartel general para más de 300 diplomáticos (la embajada mexicana tiene 9, 11 la italiana, 13 la francesa, 7 la griega). Dado que Estados Unidos está inventando
discursivamente a China como su futuro enemigo -cuando se les acabe el speach sobre el terrorismo, éstos estarán listos para ser los próximos protagonistas del mal-, las relaciones de cortesía son muy falsas. Hace unos años, la Boing construyó el avión presidencial chino y lo sembró -o dejó que lo sembraran- de microscópicos micrófonos de altísima tecnología. Estados Unidos, en realidad la constructora de aviones Boing, tuvo que pedir una disculpa formal cuando, con toda razón, los chinos se lo reclamaron: hay cosas que no se hacen. Desde entonces los
gringos le temen a la venganza china. Eso es temen que los maravillosos y rapidísimos trabajadores de la construcción chinos le siembren de micrófonos la embajada, los edificios para sus trabajadores, los campos de deportes, los estacionamientos, las tienditas y dependencias que piensan levantar como un bunker al lado de otro bunkercito: la embajada de Israel (todas las demás embajadas tienen en la puerta como única y suficiente protección a un policía como gallito, nalgas planas y pechito para afuera. Cortés, el policía verde de las embajadas mueve la cabecita para decirte qué hacer o donde ir). Así, cada mañana a las siete, cinco camiones azules
vomitan sus albañiles mexicanos en la obra de Beijing.

Hasta hay un puesto de tacos que llega a las 12 horas y se instala en la puerta de la obra; la ñora está haciendo su agosto vendiéndole sus taquitos a los paisanos que están construyendo la embajada gringa de Beijing. ¿Cómo lograron los gringos la visa para sus albañiles mexicanos?
Eso sí que es un misterio, pero que el miedo mueve montañas eso es igualmente cierto.