jueves, 5 de julio de 2007

Mongolia 2

Saliendo de Ulan Bator (o Ulaan Baatar, de todas formas Ciudad del Héroe Rojo, donde rojo está por bello)
Viajar es aprender a vivir. Y vivir es encontrarse con dificultades que nos hacen crecer. Las grandes acarrean enseñanzas obvias; las pequeñas molestias son más difíciles de reconocer. Cuando empezamos a buscar cómo irnos al noroeste para llegar a Altan Els, el desierto de dunas más al norte en el mundo, nos encontramos con la noticia que sólo rentando un auto llegaríamos. Y que debía ser un jeep ruso, viejo y muy resistente, con tres velocidades reducidas suplementarias para las cuatro ruedas. Es un viaje que no interesa a la mayoría de los turistas y a muy pocos mongoles, así que nos vimos obligadas a rentar el jeep con cuatro jovencitos de una ignorancia y prepotencia fenomenales: de esos que piensan que en el desierto del Gobi se puede regatear el precio de una ducha a la mujer que va con sus seis camellos a recoger el agua en un riachuelo y que se niegan a pagar un guía suplementario para ocho caballos que nos costaría, una vez repartido el precio entre los seis, 2000 tugrugs, lo que vale una cerveza en cualquier cantina de México, si no es que menos.

Como son cuatro y nosotras dos, cada vez que votamos perdemos. Así decidieron que era inútil pagar una intérprete que nos acompañara y nos quedamos sin entender a la gente que intenta de mil modos comunicar con nosotras. Sólo dormimos en tiendas de campaña y comemos lo que nos preparamos por la noche. Dado que en Mongolia todo se cocina con carne, yo logro comer alguna vez un arroz blanco, pero tampoco interactuamos con nadie. El chofer los alucina y nosotras también.

Al principio, me porté mal con Helena, como si ella tuviera la culpa de que yo aceptara viajar con estos cuatro israelíes recién salidos del servicio militar y hambrientos de mundo a poco precio, chavitos que le quitan su música al chofer para imponerle la suya. Le pedí disculpas, pero el daño estaba hecho.

Luego decidimos juntas que si su arrogancia se incrementa, podemos bajarnos del auto. Es importante aprender el límite de la propia tolerancia después de haberla puesto en práctica. Y reconocer que así como su presencia enseña, la nuestra también lo hace.

Nuestro chofer, Bairdag, es un dorvod devorador de todo tipo de carne que –lo que me parece de suma importancia- no se emborracha cuando trabaja. Helena además está haciendo alarde de su curiosa gentileza (en parte tolerancia hacia los desconocidos, en parte genuina curiosidad y en parte deseo de que yo me tranquilice) con nuestros cuatro acompañantes, lo cual –como siempre- le agradezco.

Los veo como estudiantes y los soporto. Bueno, hasta les digo que son unos burros.

Helena es un as a la hora de empacar.

Gobi
A unos trescientos kilómetros de Ulan Bator, entrando al semidesierto del Gobi por el norte, cuando los laguitos y el pasto verde han desaparecido, nos adentramos en una aridez amarillenta que asombra por su inmensidad. Viajamos en silencio, sobrecogidas, y también algo adormiladas por las horas de sacudidas en la pista polvorienta.

De repente, poco después de una colina pelona, entramos en un vallecito de piedras grises y porosas, Baga Gazaryn Chuluu. Detrás de una valla de las mismas piedras, se erigía un pequeño monasterio de paredes pintadas de azul, uno de los colores sagrados según la tradición mongola. Era pequeño, recogido, sereno. Uno de esos lugares que invitan al retiro y la introspección, y que se ubican en puntos especiales del paisaje para convertirse fácilmente en jardines o huertas. Bairdag hizo una profunda reverencia al adentrarse entre las paredes derruidas; así nosotras. Un ovoo, uno de esos monumentos piramidales de piedras sobrepuestas de origen chamánico que se perpetuaron incorporados al budismo mongol, nos esperaba en el patio y ostentaba diversas ofrendas recientes.

A este lugar de paz, fueron llevados cuatrocientos monjes de toda Mongolia para ser ejecutados durante las purgas estalinistas, o como dicen aquí “por los comunistas”. En recuerdo de cada uno de ellos, en los pináculos y sobre las rocas los pastores mongoles que atraviesan la zona en busca de pasto para sus animales han erigido cuatrocientos pequeños monumentos de piedras planas. De vez en cuando, alguien viene a amarrar en uno de ellos su bufanda azul, a dejar unos caramelos, unas monedas, como ofrenda a la memoria de los monjes.

Mi religiosidad –para llamarla de alguna manera- ha estado siempre ligada a la naturaleza. No conozco emoción frente a lo inconmensurable sino por el agua, el cielo, las montañas, la vegetación, ciertas situaciones climáticas y, seguramente también, gracias a la soledad. En el campo, sobre algunas montañas, en medio del desierto, frente a ciertos lagos –pero también en lugares construidos alrededor de ellos como unos cuantos templos, mezquitas e iglesias de diversas religiones- he llegado a sentir mi naturaleza perecedera en toda su absoluta pequeñez indispensable, mi ser parte de un todo que me trasciende. Así, en el pequeño monasterio de Baga Gazaryn me sentí en contacto con las divinidades mismas.

De tormentas de arena y viento
Shorong shurg: Nos agarró la tormenta de arena y viento caliente en medio del Gobi del norte. El cielo azul se hizo amarillo y por la tierra, la arena corría como una sombra dorada.

Burog: lluvia. Bairdag primero apuntó derecho hacia el centro de la tormenta pero cuando la lluvia arreció y los limpiaparabrisas no pudieron arrastrar el lodo que se formaba en el vidrio, se detuvo. En menos de media hora la pista había desaparecido y únicamente la habilidad de Bairdag por ubicarse en esta inmensidad sin aparentes puntos de referencia pudo hacernos avanzar hacia fuera de los valles.

Después de una noche en Dalanzadgad, desde cuya estación de comunicaciones pude enviar un mail al director de la maestría en estudios latinoamericanos para solicitar una prórroga para la tesis de Mariana, nos unimos a un segundo jeep con cuatro ingleses igual de jóvenes e ignorantes que nuestros compañeros de viaje. Cual si el divertimiento implicara necesariamente la falta de respeto hacia las personas de otras culturas, los chistes groseros por la pasión por la carne del chofer, o las monstruosas descripciones de algo asqueroso que achacan a las personas con quienes se cruzan. Los ocho se emborracharon como pendejos en el auto y vomitaron por el camino mientras decían chistes racistas, como que los palestinos son para ellos lo que los negros fueron para los europeos.

Pero es con ellos, necesariamente, que nos dirigimos al único glaciar del mundo emplazado en un grupo de montañas al interior de un desierto, las de Hongoryn a menos de sesenta kilómetros de las dunas del Gobi. En una garganta de piedras carcomidas por los cambios climáticos extremos entre el invierno y el verano, nos metimos por una garganta con una alta costra de hielo, bajo la cual corrían unas aguas heladas y cristalinas. A sus costados, cabras y camellos. Dos veces me caí en el hielo y con Helena nos reímos hasta que nos dolió la panza.

Al salir de las montañas del Hongoryn, dejando atrás los riachuelos de hielo y sus vallecitos alpinos, nos adentramos en una planicie de un centenar y medio de kilómetros de ancho a lo largo de cuya cordillera sur se reúne en dunas toda la arena que el viento trae del norte: son las doradas dunas del Gobi, que seguimos por más de 200 kilómetros y donde divisamos caravanas de camellos y grandes hatos de cabras.

Al plantar las tiendas bajo la luna casi llena, la familia de pastores que nos cobijó nos ofreció sus camellos para recorrer las dunas al día siguiente. Nos ofreció té con leche de camellas, que ahora están criando, y unos cuadritos de algo que creíamos queso y que resultó ser yogurt seco de cabra, aruldz. Muy ácido, pero rico.

Mientras platicaba con nosotras mezclando seis palabras de mongol con una de ruso, dos de inglés y muchos gestos de la cabeza, la señora trenzaba la crin de sus caballos y camellos para hacer cuerdas y su hija, en un fogón semienterrado en el suelo, preparaba arroz con carne seca de cabrito cortada en trocitos. A diferencia de la gente de Ulan Bator y sus alrededores, muy influenciados por las costumbres rusas, los mongoles Kalkh (el 86% de la población de este país con 13 etnias y apenas 2 millones 700 mil habitantes) han mantenido la costumbre de comer con palillos. También usan cucharas para la sopa y el yogurt fresco, que sorben “como camellos”, según dicen.

De cabras y camellos se hace también crema y una mantequilla muy ligera. Pero el yogurt es bueno sólo si es de borrega, vaca o yak. En verano la carne se come secada al viento, ahumada o en conservas de panza de borrego, dejando que los animales crezcan para el invierno cuando su carne fresca se convierte en el único alimento de los mongoles, junto a la mantequilla rancia de yak que se conserva en una piel de oveja y que las mujeres preparan durante todo el verano.

El desierto bajo el viento puede ser duro de soportar, sobre todo cuando es caliente y alcanza los 80 kilómetros por hora y arrastra piedritas y arena.

Tenemos el cabello tieso, la piel requemada. Nuestros camellos avanzan despacio sobre la duna. Pisan dos veces una misma huella, siendo que la pata trasera vuelve sobre la huella de la delantera del mismo lado. A pesar del sol y del viento, me siento feliz. Helena monta a camello como a caballo: derecha y elegante como la niña que hace ocho años galopaba por el desierto de San Luís Potosí.

Sentimos irnos. Se ha convertido en una constante encariñarnos con las familias de nómadas que nos hospedan. No sólo son hospitalarios hasta los indescriptible, sino que con pocas palabras logran transmitirnos su interés por nuestro bienestar. El budismo es una religión cotidiana en Mongolia, por ello aquí nadie miente, nadie mata sino lo que se va a comer –o que amenaza lo que se cría para comer, como los lobos y los grandes felinos en invierno- y nadie roba. En cada ger hay un pequeño altar, sobre un mueble de colores brillantes, con unas luces, unas monedas y una campana. Alrededor de la figura del Buda y de otras divinidades, a los mongoles les encanta mostrar las fotos de la familia. Se retratan con gusto y circulan cuentos de que por lo menos una vez en la vida todos los nómadas van a una gran ciudad con sus mejores prendas, las más bordadas, y se hacen sacar aunque sea una foto de grupo.

Los chavos no se comunican con nadie. En su afán de no gastar más que lo indispensable se cocinan para sí solos, no cruzan palabra con los músicos nómadas por miedo de que le cobren, pero son simpáticos con los niños con quien juegan a la pelota. Lo que más desconcierta a los nómadas es que constantemente les preguntan cuánto cuesta el té que les ofrecen, el pan frito que les tienden, cuando para los pastores mongoles la hospitalidad es un hábito y una obligación. Por supuesto, tampoco hay que abusar y no es mal visto que a cada ofrecimiento se le corresponda con otro. Nunca comemos sin dejar el dinero que consideramos equivalente a un plato en un restaurante, o pilas o unas latas de jitomate o frijoles a cambio. A las mujeres de la ger les encantaron los tres brazaletes de algodón tejido con conchas y piedritas, que compramos en Huixquilucan antes de partir y que Helena les ofreció.

Cuando nos íbamos subiendo a la camioneta, la más joven de la familia, que estudia en la universidad en Ulan Bator y habla inglés y ruso, se atrevió a preguntarnos por qué viajamos juntos. Les contestamos que rentamos un auto entre seis, y que ellos eran los otros cuatro. Sólo se encogió de hombros. Los mongoles saben de las dificultades del viaje.

Cruzamos la parte más dura y larga del sur del Gobi, la que hace millones años albergó los dinosaurios cuyas huellas, huevos y esqueletos han permitido reconstruir la historia de estos animales y los climas que había en partes del mundo hoy completamente distintas (de hecho es por los hallazgos del Gobi que a principios del siglo XX se dedujo que los dinosaurios eran oviparos). Durante todo el día nos encontramos con un solo pozo y un pueblo de casitas de barro y placas solares para la electricidad, Bayanza. Fue el primer lugar donde nos vendieron y no ofrecieron el agua.

El viento ardía de caliente. Ni un auto, ni una ger, ni un pastor por kilómetros y kilómetros. A veces deteníamos el auto de pura desesperación y caminábamos en la nada hacia la nada tan sólo para hacer algo. Cuando a lo lejos apareció la silueta de una montaña me alegré; cuando la cruzamos el paisaje siguió igual.

Finalmente encontramos una ger. Nos detuvimos. Salió una anciana con su largo abrigo de pelo de camello y su faja naranja –el color del sol y por lo tanto de las puertas y los palos de las ger- en la cadera. Habló largamente con Bairdag. A los pocos kilómetros, entramos en una serranía y de las rocas a nuestra derecha saltó frente al auto para subir por los costones de nuestra izquierda una cabra de monte de largos y retorcidos cuernos, seguida poco después por otra de igual agilidad. Una especie de estambeco mongol. Bairdag se puso feliz.

Poco después llegamos a un río semiseco donde acampamos mientras la luna subía como una pelota naranja por detrás de la colina del este. Mientras mirábamos su hermosa subida, tan súbita y a la vez igual a la que cada 28 días se produce, un joven camello vino a apoyar su cabeza en mi hombro. Tenía un moño rojo en la oreja derecha. Nos quedamos un largo rato juntos, como viejos amigos.

30 de junio.
El camello metió su hocico por la puerta abierta de la tienda. Vino a despertarme poco después que despuntara el sol y me acompañó a hacer pis arriba de unas rocas oscuras, recubiertas de una hierba rala. Desde ahí divisé un pueblo de adobe abandonado que descansaba sobre dos colinas a poco menos de un kilómetro. Un hato de cabras habitaba la colina al norte desde donde, al llegar, pude divisar una stupa blanca y un pequeño templo de madera, entre las ruinas de más antiguas construcciones sobre la colina de enfrente.

Llegué al templo con el camello que continuaba detrás de mí. Entonces me enteré que lo que creía un pueblo era el antiguo monasterio de Ongyn, construido en 1800 por un lama que escribió 21 libros. Ongyn se convirtió durante el siglo XIX en el lamasterio más grande del sur del Gobi, con 100 estudiantes, viejos lamas que habían viajado hasta Tibet, maestros que leían el sánscrito y pastores que los cuidaban, alimentándolos con leche de yegua y carne. Los monjes cuidaban una huerta de árboles frutales que puede verse en uno de los pocos dibujos que quedaron del monasterio destruido en 1937 por los comunistas, que consideraban el lugar un peligrosos centro de reunión de la aristocracia teocrática que se les resistía. Noventa y siete monjes, cuyos nombres están ahora grabados en las paredes de la stupa blanca, fueron fusilados y sus huesos dispersos en el desierto. El monasterio fue derruido y se prohibió a los pastores dar asilo a los monjes sobrevivientes que tuvieron que vagar solos por el desierto hasta lograr –si lo lograban- volver con sus familias.

Desde 1990 algunas ger para los turistas y unos cuantos pastores se han establecidos en los alrededores. Hoy un monje y sus cuatro jóvenes discípulos viven entre las ruinas, donde han recuperado piedras, tallas, libros, pocas pinturas, unos “malgai” –los sombreros de lana de los lamas-. Según la hermana, una joven estudiante de medicina que pasa las vacaciones de verano en el pueblo semiderruido, cuidando del pequeño museo que abre a los visitantes, es después de que los religiosos no fueron más perseguidos que se ha erigido la stupa blanca cerca de donde se levantaba la antigua, hoy un montón de bloques de adobe en lo que todavía pueden verse restos de esculturas. El monje y sus amigos son quienes están intentando levantar un pequeño monasterio entre las ruinas. Son sonrientes y afables.

Frente a la pintura del lama fundador, un hombre sereno sentado al lado de sus libros, me sentí al fin en paz con mi literatura. Quizá era en Ongyn donde debía llegar para darme cuenta que la escritura está mucho más allá de la confuciana esperanza de perpetuarse en el tiempo (extraño remedo de eternidad) o de la occidental aspiración al reconocimiento personal.

Escribir es darse y un libro bien puede ser como la calavera del anciano lama que servía de taza para beber para el joven discípulo que no debe olvidar que somos tan perecederos como una flor de primavera.

Las palabras, los sonidos con que se formulan en la lectura, son como el llamado de la tibia humana convertida en una larga flauta que servía para inspirar el recogimiento.

Los libros son los que son: instrumentos de comunicación hermosos, indispensables, perecederos. Y si yo escribo no soy ni mejor ni peor, sólo soy necesaria.

Los ocho lagos

La primera noche en la reserva ecológica de Huysiyn nuur, o de los ocho lagos que se forman del derretimiento de los hielos de las montañas de Shuringiyn Tsohio, nos ha encontrado montando la tienda mientras temblamos de frío. Dos hombres, uno más anciano y el otro de colita, iban acercándose a las ger que nos rodeaban y un grupo de pastoras fueron a su encuentro para traerlo a la ger más grande. Eran dos músicos tradicionales, dos artistas que se vistieron de todo punto para tocar, con sus túnicas bordadas sobre seda azul, su faja de seda amarilla a las caderas y, sobre todo, su tradicional tortzik, el sombrero redondo de fieltro bordado, rematado por una punta de la que cuelgan unos flecos amarillos.

Fuimos invitadas a la ger donde los muchachos israelíes no se acercaron –sea porque temían que les cobraran el concierto, sea por su ignorancia y desinterés hacia las costumbres de los pueblos- menos la joven fotógrafa que cuando disparó su flash cuatro veces en la cara del músico más anciano y se levantó para irse y evitar pagar fue interpelada por Helena, y por mi, que le dijimos que era una ignorante que debía disculparse. Tuvo el atrevimiento de decir que estos mongoles sólo hacen las cosas por dinero, que ella no tiene que pagar lo que no quiere, que no son artistas sino musicantes circenses. Me dio una rabia que tuve ganas de pegarle; me contuve y sólo le dije que la ignorancia se paga cara, que el desprecio por la gente es una actitud racista. No entendió.

En la ger hacía un rico calorcito gracias a la estufa puesta en el centro del espacio redondo alrededor del cual estaban dispuestas seis camas. Nos sentamos junto con los niños, mujeres y hombres que iban llegando atraídos por la música. Nadie traía bebidas o comidas. Los músicos se dirigieron a Helena y a mí para darnos la bienvenida y desearnos un feliz viaje; sus palabras fueron traducidas por una de las hijas del pastor que nos hospedaba que en la escuela ha escogido estudiar inglés y no ruso (Mongolia es uno de los países más alfabetizados del mundo: el 96% de la población sabe leer y escribir. La escuela es de estado y no se paga, y las y los estudiantes de familias nómadas pueden vivir gratuitamente en albergues durante todo el periodo escolar del año, volviendo con sus familias sólo durante los tres meses de vacaciones estivales. Se estudia obligatoriamente de los siete a los diecisiete años. Desde 1990, a partir del sexto año las y los alumnos tienen la obligación de escoger una primera lengua, sea el ruso o el inglés, y desde el octavo una segunda, sea el francés o el japonés. Muchas mujeres –dos por cada hombre- siguen sus estudios en la Universidad Nacional de Mongolia, en Ulan Bator, que tiene un costo aproximado de 450 dólares al año, habitación para vivir incluida).

El anciano músico con su arpa entonó una invocación para que nuestro viaje sea cómodo y seguro. Luego a sabiendas de que yo estaba interesada en llegar a Altan Els, habiéndose enterado por los chismes del chofer, entonó un canto profundo, gutural como un rezo tibetano y con repentinos momentos de narración, a esas dunas del norte. El segundo lo acompañaba al Morin Huur, el más típico de los instrumentos mongoles: una caja de resonancia trapezoide con un largo cuello sobre el que se tienden dos nervios de caballo, rematada por una o varias cabezas de caballo pintadas de verde –el color del mundo, la fertilidad y el amor.

Los dos músicos se turnaron luego los instrumentos y cantaron acompañados de violín y arpa, violín y Morin Huur, Morin Huur y un inconcebible piano Yamaha que el anciano recibió en regalo durante una gira artística que hizo por Japón. Todos los cantos de la música Too, la música tradicional de los Kalkh, tenían varios tonos e iban desde acordes profundísimos y guturales como rezos hasta repeticiones de sonidos bastantes semejantes a ciertas invocaciones y cantos wirraricas o raramuri del norte de México: canciones a los caballos, pasión por la tierra, un himno a Gingis Khan, el placer del río que corre entre los montes, el amor de un hombre por una mujer a caballo entrevista a orillas de un lago.

Al final de la velada, el más joven de los dos entonó canciones “modernas”, réplicas en pseudo inglés y pseudo italiano de las canciones que se escuchan en los autobuses que cruzan Mongolia. Fueron motivo de risa y hasta de ligeras burlas cuando un hombre se levantó para invitarnos a bailar a Helena y a mí.

Salimos a la luz blancuzca de la tercera noche de luna llena. El frío calaba los huesos, que sentíamos de forma más intensa debido a que veníamos llegando de las tórridas noches del Gobi. Sólo los sacos de dormir que nos regaló mi hermano Tommaso, y que aguantan hasta -18º, nos permitieron dormir como inocentes sin deudas.

Mientras tanto, alrededor de la tienda, los mongoles iban reuniendo los ocho caballos para nuestra expedición de cuatro días por los valles, los bosques y las montañas que rodean los ocho lagos.

A orillas del primer lago

Un mongol a torso desnudo cruzó galopando el costón sobre el lago semiseco donde llegamos a acampar tras un día a caballo por los pinares y los valles de piedras grises amontonadas que un liquen amarillento y naranja colorea de diferentes formas, y que tuvieron que inspirar a los jardines chinos. Cruzamos varios riachuelos en los que los caballos se detenían a beber.

Al pasar frente a mí, el jinete se irguió sobre la silla haciendo alarde de su joven y hombruna belleza. Cuando al galope llegó entre sus yaks que pastaban a pocos metros de nuestras tiendas y que todavía dormían felizmente acostados en la yerba mojada por la lluvia nocturna, les empezó a hablar con un tono cariñoso. Al caer la noche, ayer escuchamos a un pastor cantarle a sus yaks que volvían de las montañas. Tenía un acento antiguo, menos melancólico que profundo. Ahora yo pude reconocer la voz.

Creyendo que los animales iban a beber al lago, semiseco por la poca nieve que cayó durante los últimos tres inviernos, poco después de escuchar ese canto montuno nos adentramos por las arenas que rodean la poza. Los pinos y las montañas se reflejaban en el agua oscura. A mediados de lo que imaginamos era la cuenca del lago, nos subimos a un islote de piedras rojas y grises en cuya cima los pastores erigieron sus monumentos de piedras planas sobrepuestas, de tradición milenaria. Ahí agradecimos a la Madre Tierra el día maravilloso, y aun el granizo que recubrió el bosque de una espesa capa de hielo y que escampamos en una ger donde nos ofrecieron un rico pan frito en mantequilla de yak y el té mongol, salado y con leche.

Después de dar las gracias a la Tierra, Helena propuso una competencia: a ver quién de las dos llegaba primero al agua. Empezamos a correr sobre el lodo, cuando mi gacelita hermosa me rebasó riendo. Cuatro pasos delante de mí, la pierna de Helena se hundió en el lodo y cuando intentó sacarla, moviéndose hacia atrás se le hundió la otra. Legué cerca de ella y me tendí en el lodo; la jalé con tan buena suerte que de un tirón salieron sus dos piernas aunque sin zapatos. Volvimos por la orilla al campamento donde el pastor que conducía nuestros caballos había prendido un alto fuego. Nadie nos vio. Cocinamos en silencio un arroz y nos metimos a la tienda. Hundida en su bolsa de dormir Helena ardió de fiebre por un par de horas. Luego la lluvia que empezó a caer sobre los campos y las bestias nos apaciguó.

Ahora la mañana es hermosa. Cambié mi brioso y seguro caballo alazán por la vaca de caballo, malhumorado, inmóvil y miedoso, que le dieron ayer a Helena. Mi guachichila adora galopar por las praderas, así ¿por qué negarle ese placer? Se identifica con el viento y las piernas del animal, cual fuera la más hermosa hija de la Tierra. Pero yo sufro el peor de los suplicios en una mañana de sol: tener que empujar a un animal perezoso. Confieso que siempre he preferido a los caballos que deben ser retenidos, que quieren partir, que juguetean sobre sus piernas, a una de estas aburridas bestias que hay que empujar con la voz, las piernas y aun con el fuete para que se muevan. Por suerte los paisajes compensan y Helena siempre vuelve a mi lado después de sus correrías. Desde mi lenta bestia, a su lado, hablamos de todo.

Los caballos pastan entre grupos de amigos. Se reúnen entre dos o tres y se acuestan, se revuelcan, arrancan la hierba con sus largos dientes delanteros contentos de estarse acompañando. Se juntan con los demás sólo para migrar en busca de más hierba o para beber o para acudir al llamado del pastor. Pero de inmediato vuelven a juntarse con sus compinches. Cuando dos caballos amigos se separan, relinchan varias veces para saludarse. Su voz es entonces muy nostálgica.

A las cabritas las impulsa una desesperada necesidad de salir apenas la puerta del corral les viene abierta. En completa paz hasta un instante antes, empiezan a empujarse, a darse de topes con los cuernos, a llorar apenas la pastora de pelo rojizo que vive en la ger cercana corre el cerrojo de la clausura redonda de palos de pino que las contiene por la noche y con ello les promete un día de libertad. Un niño de igual color de pelo, todavía no amenazado por el deber de acudir a la escuela en septiembre, corre a pie descalzos alrededor del rebaño que enfila hacia el monte.

Primera caída de un caballo mongol. Por suerte a mi edad el orgullo sufre menos por las heridas que causa la falta de destreza física que durante la juventud, porque me caía nada menos que del caballo vaca. Lo que no sabíamos es que en Mongolia nadie se pasa nada de caballo a caballo, así cuando Helena me tendió su mochila porque le rozaba los hombros, la vaca se asustó tanto que protagonizó un rodeo que fui capaz de resistir apenas 35 segundos. Por suerte sigo siendo una hija amada de la Madre Tierra, de modo que entre puras piedras caí en el único montículo de tierra húmeda.

El Gran Lago es bellísimo, rodeado casi por entero de piedras de modo que no es un lugar preferente para abrevar a las vacas. Nomás que llegamos bajo un granizo feroz que nos hería el rostro y las manos. Montamos las tiendas lo más velozmente que pudimos y nos metimos temblando de frío, empapadas hasta los huesos. Nuevamente las bolsas de dormir nos salvaron del congelamiento.

A las dos horas el cielo resplandecía, las aguas reflejaban un cálido sol y el viento había amainado. Decidimos dar la vuelta al lago. Me encanta caminar y después de dos días a caballo se me hizo todavía más placentero. Llegamos a lo que desde el campamento creíamos era una curva del lago y descubrimos un recodo tan grande como la primera parte del mismo. Caminamos otra hora y nos encontramos con dos estudiantes de ecología de la Universidad Nacional de Mongolia. Una hablaba un perfecto francés, así que pudimos platicar con cierta profundidad.

El calientamiento global se resiente aún en Mongolia, donde durante los inviernos la temperatura descendía más abajo de -40º. En los últimos tres años, ésta apenas ha alcanzado puntas de -34º, y el régimen de lluvias ha disminuido no sólo en el Gobi, donde la sequía del desierto se ha intensificado, sino también en los bosques y en la taiga. Los lagos del parque, por ejemplo, no son de afluentes, sino que recogen el agua de la nieve durante el deshielo de la primavera. Cuatro están semisecos y los otros cuatro, aún este gran lago por cuyas orillas paseamos y que parece sin fin, han perdido más de un metro de profundidad.

Por el momento no se ha registrado una repercusión sobre los animales salvajes, que están totalmente protegidos por las leyes de la reserva, pero las bestias de pastura empiezan a sufrir las consecuencias de la poca hierba con que engordar durante el verano.

Saliendo del parque

Hoy le tocó a Helena ser tirada del caballo, pero su caída no tuvo nada de chistoso. Nos quedamos atrás del grupo por culpa de la vaca que monto y nos perdimos en el bosque. Cuando Helena empezó a buscar las huellas de los otros, le dije que con cuidado porque los caballos saben calcular por donde pasan pero nunca toman en consideración la altura de su jinete. No acababa de decírselo cuando su alazán se le adelantó y una rama de pino la agarró en pleno pecho tumbándola contra las rocas. Por suerte, la mochila que llevaba en los hombros se interpuso entre la cabeza y las piedras, pero se golpeó la cadera, un brazo y un pie. Durante algunos minutos el dolor impidió que la tocara, pero cuando comprobé que no tenía nada roto a las dos nos entró un terrible miedo retrospectivo: y si…. Estuvo tan cerca de ser un accidente de proporciones mucho mayores, a cientos de kilómetros de un puesto de salud, que nos recorrió un escalofrío.

Ponernos de pie no fue fácil. Tuve que ayudar a Helena a la que se le había hinchado el pie, pero podía mover cada una de sus articulaciones y sus deditos. Fuimos en busca de los caballos. Volví a subir a la silla a Helena que me dijo que esta era la última vez que viajaría caballo en su vida. No dije nada. Nos alejamos al paso. Fue entonces que, pasándose la mano por el cuello, Helena se percató que la protección que le había regalado Luz María Martínez Montiel, y que había llevado a bendecir en una ceremonia a los Orishas, se le había caído quedando en su lugar en la tierra.

Después de un par de horas, encontramos una ger donde nos dieron de comer y varios niños se nos sentaron alrededor. Al continuar el viaje hacia las cascadas –totalmente secas- a Helena le volvió el buen humor y olvidando su promesa se puso a galopar tras los yaks.

martes, 3 de julio de 2007

Mongolia I

En el tren
Arena hacia todos los puntos cardenales y un polvo amarillo que cae sobre las puertas y los pasillos del tren. Desde las ventanillas, la mirada corre sin límites hasta el borde azul del cielo. Una llanura que en verano es amarilla y en invierno blanca, sin vegetación. La verticalidad se recupera sólo con las lejanas figuras humanas o los sucesivos y solitarios postes de la corriente eléctrica.

De repente, un perro corre a un costado de la vía. ¿De dónde vino? ¿Adónde va?

Horas después, cuatro carros a lo lejos en fila india. Las huellas de sus neumáticos se quedarán en la arena por semanas.

En las montañas de Gengis Khan
Gacelas de cola blanca. Ágiles cabras enanas. Venaditos de largas patas. Corren en fila india por las faldas de las colinas.

Cuatro días en Terelj
¿Por qué Mongolia? Seguramente porque es parte de mis juegos literarios ir a conocer los lugares que describí anteriormente. Quiero comprobar si la ciudad, el país o la región que reinventé como escenario de mi anécdota o como espacio donde ubicar los sentimientos y los límites morales de mis personajes les corresponden por su realidad física o por el comportamiento de su gente. Lo hice con la Venecia de uno de mis primeros cuentos, con el Brasil de Estar en el mundo, y ahora con la Mongolia de Al paso de los días.

Los lugares los reinvento, o más bien los construyo, a partir de las emociones, las actitudes y las situaciones que me despiertan los reportajes, los cuentos o las narraciones de viajeros. Casi nunca me han decepcionado los países que fui capaz de recrear a partir de las palabras escuchadas o leídas (las imágenes, sean fotos o cine, por el contrario no me despiertan ninguna capacidad imaginativa).

Ahora, a punto de partir rumbo a las doradas arenas de Altan Els donde mis personajes se desnudan y mueren, estoy sintiendo que realmente Mongolia es una última playa para la expresión humana.

No obstante, hay algo más que descubrí estando en Mongolia. Extraño lo que sentí hace treinta años cuando llegué a México y que ha desaparecido de mi país adoptado: vivir con derecho al tiempo.

Durante cuatro días que con Helena reenviamos la decisión de volver a Ulan Baatar. En la reserva natural de Terelj, apenas a 80 kilómetros de la ciudad, vivimos como huéspedes en una ger (la tienda redonda que los turcos y los rusos llaman yurta) de una familia de pastores Khalk.

Al no existir una política del hijo único como en China, las mujeres mongolas tienen los hijos que ellas quieren y generalmente se detienen cuando han traído al mundo un número semejante de hijas e hijos (2 y 2 o 3 y 3). Los hombres son cariñosos y atentos con los niños, aunque la mayor parte del trabajo en la vida de los pastores nómades recae sobre las mujeres: preparar la comida, mantener limpias las sillas, la ger, la ropa, las ollas, la estufa, ir por leña o por bosta seca para alimentar la estufa, ir por agua.

A muy temprana edad, alrededor de su octavo año de escuela a los 15 años, las y los hijos empiezan a trabajar, aunque existe un enorme respeto por parte de los adultos de los juegos (y del tiempo para jugar) de los niños y los jóvenes. En lleno verano, ahora que el sol se oculta a las 10 de la noche, los alrededores de nuestra ger resuenan de las voces de las muchachas y muchachos que juegan básquet, luchan, cantan. Si hace frío o llueve como hace dos noches, en la ger se juega con los huesos de los tobillos de las cabras. Cada uno de sus cuatro lados representa uno de los animales emblemáticos de la vida mongola: borregos, cabras, caballos y camellos. Cuando los huesitos se lanzan sobre el tapete, por turnos, hay que empujarlos con los dedos de la mano derecha para que choquen sin tocar a un tercer huesito.

Nuestra anfitriona, Daara, es una campeona a la que aplauden el marido y los hijos. A mí me costó mucho reconocer los lados de los huesitos, en particular confundía caballos con camellos. Pero una vez diferenciados, mi pasado de jugadora de canicas me ha llevado a ganar unas cuantas manos.

Por las tardes, Daara no nos permite ayudarla en sus quehaceres, pero sus hijos nos llevan con gusto a reunir el ganado. En un principio quisieron comprobar qué tan bien montamos; una vez aceptadas, nos convertimos en sus acompañantes habituales. Para impresionar a Helena (que cada día es más bella gracias al sol mongol que nos está dejando del color del bronce), hacen alarde de sus habilidades de jinetes. Parten al galope saltando sobre la silla, persiguen los animales con una larga pértiga de madera; si un caballo o un yak se les escapa lo atrapan con una cuerda que cuelga de uno de sus extremos. Cuando a Helena se le cayó el sombrero, el mayor de ellos se lanzó al galope para recogerlo inclinándose sobre une estribo. Lástima que Helena mirara hacia otro lado: yo quedé muy impresionada.

Sólo al regreso de estas correrías por valles verdes encerrados entre montañas de roca –que en ocasiones interrumpimos para bañarnos en ríos helados y limpísimos- podemos ayudar a nuestra anfitriona yendo con ella a ordeñar su henak –mestiza fértil de una vaca y un yak- para luego preparar un yogurt cremoso y de sabor fuerte. La leche se hierve sobre fuego de bosta, porque es más constante que el fuego de leña. Cuando empieza a crecer la leche, con un cazo de mango largo se levanta y se deja caer desde aproximadamente un metro de altura una y otra vez hasta que se esponja. Entonces se le agrega un tazón del yogurt del día anterior y se vuelve a remover con la misma técnica por unas seis o siete veces más. Se saca del fuego y se deja descansar hasta la mañana siguiente cuando lo desayunamos con hambre. Si además del yogurt se quiere preparar mantequilla, antes de agregar el yogurt del día anterior se saca la espuma de la cazuela de la leche batida y se deja descansar al aire frío. Por la mañana, la grasa ya estará convertida en una delgada capa de mantequilla

Las noches en las montañas son frías e intensamente estrelladas en este país de constante cielo azul. El resplandor de nuestra luna creciente se refleja sobre las montañas dando pie a uno de los pasatiempos preferidos de los mongoles: encontrarles semejanzas a las rocas. Mujeres dormidas, tortugas, monjes y simios son las más recurrentes; hay también rocas dinosaurios, elefantes y monstruos

Hoy por la tarde, se perdió el becerro de la henak. Con nuestra anfitriona salimos en su búsqueda armadas de un binocular y un bastón. Cuando lo encontramos, a la señora se le iluminó el semblante y regresó al campamento riendo y empujando al animalito. Nunca habíamos visto una felicidad tan simple y tan completa. Al llegar a la ger, nos preparó una taza de té verde de hojas ahumadas con leche y sal –el típico té mongol- y nos contó una larga historia de la que sólo entendimos tres palabras: Gengis Khan, cabra y yak. La voz de Daara alcanzaba a veces una profundidad de tonos épicos; sentí hondamente no entender esta lengua consonántica y fuerte.

Para no idealizar a los mongoles:

a) Es imposible encontrar algo de comer que no sea carne y leche

b) Es imposible rechazar cualquier ofrecimiento de comida o dejar algo en el plato

c) Es suficiente pasear una noche cuatro mujeres por las calles de Ulan Baatar como lo hicimos con dos españolas al volver de Terelj hoy. Por la Avenida de la Paz, que corre de este a oeste, y es la principal calle de la ciudad, presenciamos la brutal división entre la vida urbana y la vida rural, existente en todas las culturas. Niños en situación de calle merodean las puertas de los restaurantes para obtener una limosna; un ladronzuelo intentó robarle el bolso a Helena, acercándosele por la espalda y asustándola; un hombre borracho jalaba de un brazo a una mujer que a gritos se negaba a seguirlo y le dio una bofetada y la arrastró hasta que nosotras llamamos a la policía que los separó. Con apenas un millón de habitantes, Ulan Baatar es una urbe donde la brutalidad de la sobrevivencia y la jerarquía de clases son ferozmente evidentes.

Para volverlos a amar

Es suficiente con entrar en la más absurda e irónica de las discotecas, “Issimus”. Entre cuadros de todo tipo, y detrás de mullidos sofás, la pista de baile está presidida por una estatua de Stalin recuperada de una demolición. Las luces le dan un aspecto de malo de película, con su pose napoleónica de mano en el pecho y mirada hacia delante, y los mongoles bailan a su alrededor echándole luces de colores al rostro.

domingo, 24 de junio de 2007








Felices en Mongolia

Pero no tienen idea qué bello es volver a ver el cielo azul. ¡Que viva Mongolia, su cielo, la fortaleza de los hombros de la gente, sus mujeres mandonas, sus hombres sonrientes y, eso si, borrachos como mexicanos en la playa!

Estabamos hartas, hartas, hartas de la contaminacion china y de sus cielos grises, de su gentileza y de su mercado omnipresente, de su mirarte desde el hombro de sus 500-0 anos de historia y su descubrimiento del capitalismo salvaje. Que viva el polvo, la mugre, las sonrisas y la ingenuidad.

Que viva el tercer Mundo.
Un beso
Panchita y Helena

LAS MUJERES EN LA CHINA SOCIALISTA DE MERCADO

Beijing, 20 de junio de 2007. ¿Son las mujeres chinas la mitad del cielo en la tierra, como decían enfáticamente los comunistas del mundo entero hace tan sólo unos treinta años? ¿Es posible modificar tradiciones patriarcales mediante un cambio económico? ¿El retorno a una economía de mercado revierte las mejoras en la vida de las mujeres en una sociedad tradicional de tipo familista?

Preguntas de este tipo se las formulan la mayoría de las mujeres que estudian la China actual y no son fáciles de contestar. Las diferencias entre los saberes de las mujeres y los roles sexuales en las sociedades deben ser analizadas con respeto, so pena de hacer de los principios del feminismo una expresión más del imperialismo cultural de Occidente. Comparar las mujeres chinas con las europeas, las americanas y las australianas puede ser tan arriesgado como comparar China con México o el taoismo con el cristianismo.

Más allá de los estereotipos históricos construidos sobre imágenes del pasado –las mujeres de pies vendados de la dinastía Qing o las campesinas comunistas vestidas iguales-, las chinas contemporáneas ilustran hoy muchos aspectos de una sociedad sacudida por las reformas socioeconómicas que la República Popular China ha propiciado después de la muerte de Mao en 1976. En particular, la despolitización de la cultura ha implicado entre las mujeres cierto rechazo del feminismo, que visualizan como una expresión ideologizada del deber ser de las mujeres comunistas, una pieza del aparato de propaganda del Partido Comunista Chino o, más profundamente, un sistema para impulsar la pérdida de feminidad de las mujeres y, por lo tanto, como dice la escritora Zhang Jie, para no reconocer el humanismo propio de las mujeres en su afán de vivir el amor y el arte fuera de los límites del matrimonio y de las éticas sociales de las convenciones tradicionales.

Como Zhang Jie -hija de una maestra de primaria de origen manchú que vivió cuatro años de destierro en el campo durante la Revolución Cultural y autora de novelas muy valoradas por la crítica europea como Leaden wings (Alas conductoras, 1980), Love must not be forgotten (El amor no debe ser olvidado, 1979) y The ark (El arco, 1981), un gran número de mujeres escritoras recogen reivindicaciones de una individualidad femenina que lucha a la vez contra la tradición autoritaria china y el igualitarismo social heredado del periodo maoísta, y rechazan el apelativo de feministas.
Según la sinóloga española Tatiana Fisac, la sociedad china se mueve hoy entre la fascinación por los Estados Unidos, a quien identifica como representante unívoco de la cultura occidental, y el odio por lo que ese país representa en el mundo. A la vez, según Cyril Lin, la aspiración a un modelo de desarrollo propio coherente con un supuesto “carácter nacional” chino y la consideración de una “legítima” posición de este subcontinente de Asia del este en la vanguardia de los países más avanzados del mundo, actúan poderosamente para identificar el éxito económico con la modernidad.

Las mujeres, cuyos derechos fueron igualados a los de los hombres por la República Popular China en sus años revolucionarios, están hoy buscando una expresión de su sentir, mientras presencian la erosión de algunos de los logros alcanzados durante el periodo maoísta. La venta de mujeres jóvenes al mercado matrimonial, sexual y laboral y el infanticidio o abandono femeninos (la casi totalidad de los infantes recogidos en orfanatos estatales son niñas, según pueden atestiguar las casas de adopción en diferentes partes del mundo) han reaparecido como resultado de las políticas del “hijo único” y por la pérdida de un discurso de valoración positiva de las mujeres. En la mayoría de las familias chinas el nacimiento de un varón es preferido al de una niña, al punto que sus oportunidades de sobrevivencia en los primeros años son mayores, así como es mejor la educación que se le proporcionará (los estudios se han vuelto muy caros en China, y las familias ahorran para la escuela desde que planean el nacimiento de un hijo). Y eso a pesar de que tanto entre los 800 millones de campesinos como entre los 400 millones de la población urbana, el trabajo de las mujeres y los hombres contribuye al presupuesto familiar, aunque de forma desigual (las oportunidades de un trabajo bien remunerado son menores para las mujeres).

Antes de la Revolución Cultural (1966-76), que algunos hoy llaman periodo de fascismo de izquierda, el 93% de las mujeres era analfabeta, contra el 55% de los hombres; hoy el analfabetismo entre la población en edad escolar ha caído al 7.7% para las mujeres y al 2.9% para los muchachos, aunque sea un problema fundamentalmente rural, prácticamente inexistente en ambos sexos en las ciudades. No obstante, las desigualdades son agudas en la educación superior, donde la proporción de mujeres en las universidades es del 33%, y a nivel de doctorado sólo del 16.5%. Entre los factores que explican la menor presencia femenina en la educación está la mayor disposición de los progenitores a sacrificarse para un varón que permanecerá en la familia, que para una mujer que abandonará el hogar al casarse. Igualmente los padres están concientes de que las mujeres tienen menos oportunidades en el mercado de trabajo que los hombres para un mismo nivel educativo. Y piensan, en consecuencia, de que no merece la pena invertir en su educación secundaria y universitaria (cuando no piensan directamente que una licenciatura dificulta el acceso de una mujer al matrimonio). Paralelamente, entre los educadores es muy extendida la creencia que las mujeres tienen una inteligencia menos viva que sus compañeros, y que si sacan mejores notas en los exámenes de admisión es sólo por su mayor habilidad para aprender de memoria. En los años 1980, algunas universidades llegaron a plantear que, dado que es más difícil encontrar trabajo para las licenciadas, lo mejor era no admitirlas. Hoy la suposición que las mujeres son más hábiles pero menos capaces intelectualmente que los estudiantes hombres, lleva a algunas instituciones –sobre todo a las que están en la cima de una estricta jerarquía de calidad universitaria- a exigir mejores notas a las mujeres en los exámenes de admisión. Aun muchas estudiantes creen que las universidades son espacios para la inteligencia masculina y que ellas están ahí en calidad de “prestadas” o “arrimadas”, pero que no constituyen su alma.

Las mujeres tienen una escasa representación en la arena política china. La tradición de origen confuciano de lo impropio de que una mujer dirija el gobierno de una comunidad –misma que excluyó a las mujeres del derecho a presentar exámenes imperiales-, explica en parte la escasa presencia femenina en política aun durante los años que ésta se fomentó abiertamente (nunca pasó del 10%); pero el actual descenso de la representación femenina en los puestos relevantes debe atribuirse, según Woman-Work: Women and the Party in revolutionary China de Delia Davin, a una disminución de la intensidad del cuestionamiento de los estereotipos tradicionales de género después de 1978.

En el ámbito del trabajo, paradójicamente, la situación de las mujeres es mejor en el sector privado que en el público, donde algunos funcionarios han llegado a plantear que la solución para el problema del grave desempleo en China podría ser el regreso femenino a las labores domésticas. Las mujeres son muy activas en los pequeños negocios familiares, en el comercio y en el ámbito de los servicios. A menudo las compañías prefieren las mujeres para los trabajos de oficina y las actividades vinculadas con las empresas extranjeras; sin embargo, es en las cooperativas y en la producción de bienes industriales ligeros donde se ha proporcionado mayor empleo a las mujeres.

miércoles, 13 de junio de 2007

Nanjing I y Nanjing II

Nanjing I
Trescientos mil muertos en una semana; dos oficiales japoneses lanzándose un desafío sobre cuántos chinos podrían descabezar con su espada; pirámides de calaveras; recuentos de violaciones y asesinatos de niñas y ancianos entre soldados borrachos de poder: la masacre de Nanjing es una de las muestras más violentas de lo que fueron los años que prepararon la II Guerra Mundial y de lo que China podía esperar de la invasión nipona.

Como el ocultamiento de la masacre de los armenios por los turcos o los intentos de negar el holocausto de los judíos en Europa, la política de exterminio y los experimentos sobre humanos llevados a cabo por las tropas de invasión en China es negado en los libros de historia japoneses, logrando con ello que no se disipe el malestar latente entre los dos países, mismo que se extiende al resto de Asia. Que Japón haya encontrado en la experimentación de las bombas atómicas estadounidenses sobre Hiroshima y Nagasaki su posibilidad de ser víctima olvidando su pasado de victimario es algo que chinos y coreanos le reclaman, exigiéndole que se haga cargo de su historia, la conozca y la asuma.

Nada de ello es fácil, obviamente. En Europa sólo han sido capaces de enfrentar una necesidad como ésta los alemanes, y en parte. Italianos, austriacos, croatas, húngaros han sabido fingir demencia sobre sus responsabilidades en la II Guerra Mundial y la construcción de la democracia occidental capitalista, ya enfrascada en la Guerra Fría, se lo permitió porque con un solo malo arrepentido –Alemania- tenía suficiente. Obviamente, no requerir la asunción de responsabilidades sobre el pasado tiene la ventaja de permitir luego otras omisiones a la memoria: la invasión de Palestina, del Tíbet, del Sahara por las otrora víctimas, por ejemplo.

Pero Nanjing es mucho más antigua, más resistente y más presente que la masacre que los japoneses efectuaron en ella. Es una ciudad donde tomó el poder el primer emperador de la dinastía Ming, Zhu Yuanzhang, un campesino que se hizo monje y por ello se rebeló contra las injusticias de la dinastía Song, a la que volvía para encontrarse con su amigo de infancia en un jardín que construyeron juntos para rendirle tributo al cielo, donde erigió una de las mas poderosas obras de ingeniería defensiva del siglo XIV –una triple muralla de 14 metros de alto, por 36 kilómetros de largo, con 13 puertas de entrada a la ciudad- y donde se hizo construir su tumba.

Es el emplazamiento que a orillas de los ríos Yangtze y Qinhuai albergó una de las primeras aldeas neolíticas donde las mujeres descubrieron la horticultura.

Es la capital del sur donde en el siglo XIX se gestó la primera gran rebelión para destituir la dinastía Qing –triunfante hasta el requerimiento de apoyo que expresó el imperio a las potencias coloniales inglesa, rusa, italiana, estadounidense y alemana que no pedían nada mejor que inmiscuirse en la política china para controlar su comercio y producción.

Es también una de las pocas ciudades modernas de China, muy intensamente verde, con un bosque que llena su centro y alberga hostales juveniles, museos, monumentos, oficinas y el museo de Sun Yatsen, el dirigente que derrotó los intentos de restablecer la dinastía Qing en nombre del nacionalismo, la libertad y la igualdad social. Y una de las pocas ciudades chinas donde las construcciones modernas no se pelean con el estilo tradicional de las casas, logrando una continuidad agradable entre los techos en pagodas y las tiendas y conjuntos habitacionales que se han desarrollado en los últimos 10 años.

La elegancia de sus habitantes y sus calles es suave. En los parques, desde las seis de la mañana, en verano, van a hacer ejercicios, se masajean y respiran ancianos y ancianas como en toda China, pero también llegan señores vestidos de todo punto que llevan sus pájaros enjaulados a tomar aire, como en Europa lo haría una señora al pasear su perro de raza en el jardín del centro de la ciudad.

Las tiendas de ropa tienen precios fijos y sólo exhiben diseñadores locales. Las calles de comida albergan puestos que ofrecen decenas de variedades de pinchos de carne, mariscos y verdura, así como a restaurantes tranquilos, elegantes y silenciosos, con sus mesas grandes en apartados de maderas brillantes, sobre las que descansan vajillas de porcelana de colores distintos: azul y blanco, verde y blanco, amarillo y verde. Las casas de té abren sus ventanas sobre el canal del río Qinhuai, cuyas orillas están sembradas de flores y plantas perfumadas. De repente alguien canta con su voz aguda.

Nanjing es una ciudad donde se aprende mucho sobre la historia de China, mucho más que en Beijing donde la gente evita considerarla una parte viva de su cotidianidad. En Nanjing nadie te niega que la modernización de los últimos ocho años conlleva tres graves problemas: el encarecimiento de la salud, la privatización de la escuela y una fuerte crisis ecológica, pero también te explican que en China se puede actuar rápidamente –por ejemplo la municipalidad de la ciudad ha tomado en sus manos el reciclaje de la basura- sólo cuando se unifica el pensar de la población sobre algo que considera inherente a su bienestar.

En la cultura confuciana, aún el emperador no es sino portavoz de la voluntad del pueblo; de tal modo que el pueblo, entendido como conjunto de personas comunes, trabajadores, campesinos, comerciantes, paciente a la espera de que su voz sea escuchada, pero es capaz de organizarse y tiene derecho a la rebelión si percibe que su voluntad es tergiversada o traicionada. Esta concepción confuciana, pervive en la política contemporánea, y según las maestras de la escuela secundaria con quienes platicamos en español –habían estudiado esta lengua en la universidad, pero la abandonaron porque no les ofrecía un campo de trabajo en su propia ciudad-, explica los cambios recientes en la política económica del propio partido comunista, tanto como la fuerza que tuvo en 1966 la revolución cultural.

El conjunto tiene el derecho de ser dirigido. Pero la dirección a la cual se reconoce todo el poder, y a la que se rinde un tributo jerárquico, está obligada a responder al conjunto so pena de perder su legitimidad y, con ella, su poder. Emperador, dirigente máximo o partido, en China el poder político es obedecido puntualmente, mientras no violente el sentir general.

La cultura confuciana no es religiosa, sino moral: fija las reglas de comportamiento según las cuales deben portarse las personas por su rango, su sexo, su edad para el funcionamiento equilibrado del colectivo. Convive fácilmente con las religiones taoísta y budista, así como con cualquier otra, pero influye sobre ellas, las lleva a inclinarse a sus preceptos. Nunca había visto más claramente dibujada la relación entre moral y política que en la tradición china: una y otra son funcionales al estatus quo y, de darse una revolución o un cambio, deben reequilibrarse.

Nanjing es así la gran iniciadora de los cambios de China, y la ciudad de los gestos pausados. El lugar de la mayor redistribución de riqueza de China, donde se cuida evitar el trabajo infantil, donde las construcciones se siguen haciendo con estructuras de bambú.


Nanjing II

Sueños

1.Yo escribiendo una novela en una mesita frente al Quihuang

2.Helena diciendo que esta contenta de estar viajando por China

3.Encontrar un café con sabor a cafécolor de café y textura de café

Sueño bajo la lluvia de Najing y me siento feliz

A pesar de que Helena repela contra el celular que se prende y se apaga solocontra las chinas que se visten mezclando estilo contra la falta de salsa valentina. Nanjing me hace sentir feliz de estar vivaPienso en la cara que pondría Carmen Ros de vernos escoger a lo cucaramacaradedospingué en el menú en chino de un exitosísimo restaurante frente a la Casa de Confucio. Pienso en la cara de Melissa cuando encontramos una versión en mandarín de Los Piratas del Caribe III. Pienso en la expresión de Mariana al aprender que los vendedores chinos aplauden en la puerta de sus tiendas para atraer a la clientela. Pienso en Coquena bebiendo una cerveza bajo una pagoda publicitaria y diciendo al unísono conmigo ¡Carajocuántos son

Nanjing me hace feliz porque la gente sonríelas flores son rosas y las hojas de los ciruelos son rojo sangre.

Y porque no para de llover.

De Xi´an hasta Nanjiing

¡Diosas! Nunca hubiera imaginado que salir de la neblina que se respira, la neblina que te oprime, la neblina que oscurece, la neblina que envuelve e impide la vista, que entristece, deprime y difumina me haría tan feliz.

Viajamos de una Xi’an que descubrimos también musulmana, con sus ricos dulces de nueces y ciruelas, sus saludos familiares en las tiendas –qué placer volver a decir: Salam Aleykum y que nos contestaran: Aleikum salam, aunque con el acento chino de la etnia Hui que se convirtió entera a finales del siglo IX- y que despertó envuelta en una neblina invisibilizadora. La dejamos con cierta urgencia, a pesar de que nos gustara tanto. Todo nos sabía a agua, a polvo de agua para usar una expresión querida en la Mixteca. En tren atravesamos campos neblinosos, ciudades envueltas en bruma, pueblos y cultivos tan improbables como las historias que cuentan los que recortan en piel de burro imágenes de doncellas, tigres, dragones, campesinos y caballeros para moverlas detrás de una tela iluminada: el gran teatro de sombras de China, que todavía se ve en los espectáculos de ópera, así como en las casas de té de los pueblos donde niños y adultos se amontonan en las puertas para ver sin pagar.

Llegamos a Loyan seis horas después. Fea y además invisible 500 kilómetros más allá de un punto de partida invisible.

Entonces empezó una historia que nos rebasó por momentos. Primero un policía decidió ayudarnos sin que se lo pidiéramos. Me mostró su credencial y se apoderó de mi mochila. Enfiló rumbo a la taquilla de trenes a pesar de que yo intentaba decirle (carajo, la lengua es lo que verdaderamente construye la relación primaria del entendimiento), pues intentaba decirle que para llegar a Song Shan, eso es al Templo Shaolin, no hay trenes, sino buses. Pero ¿cómo va a creerle un policía a una turista que no sabe hablar? Después de media hora de mostrar su credencial a diestra y manca, de gritonear, de inflar el pecho, de proferir quién sabe cuántas amenazas volvió con las manos vacías: no hay trenes para Song Shan, sólo buses.
No se dejó amedrentar. Retomó mi pesadísima mochila y enfiló hacia el paradero de buses. Ni siquiera habíamos dado unos pasos cuando nos rodearon una veintena de taxistas y empezaron a pelear entre sí por el derecho de llevarnos al templo Shaolin. Una pelea de una hora de la cual éramos el objeto, pero no entendíamos una sola palabra. De no saber que los chinos no son agresivos, hubiéramos tenido miedo. Gritaban y gritaban uno contra el otro y de repente, todos juntos, se daban vueltas para vernos. El policía entre ellos.

De un modo tan irreal como inició, la pelea se terminó cuando el policía nos subió a un taxi, dijo que nos cuidáramos de los ladrones y se fue dejándonos un papelito con escrito un 180: el precio de una corrida de más de hora y media por campos bellísimos, trabajados perfectamente, plantíos de árboles jóvenes entre desdibujadas siluetas de montañas y casas que iban apareciendo entre la bruma que se levantaba. Lo gris estaba por doquier pero ya no era absoluto.

El auto comenzó a subir por montañas que ni siquiera habíamos visto. El viento empezó a soplar, fresco pero no frío, y el aire se limpió en un momento. Era una tarde perfecta. El sol que poco antes se divisaba como una iridiscente pelota naranja, ahora era el astro rey de finales de primavera. Había árboles de diversos verdes, tamaños y hojas, desde las sabinas chinenesis, hasta sauces, ciruelos, albericoques, duraznos, gincobilobas. El agua de un lago artificial (donde pueden, los chinos construyen diques para las hidroeléctricas) resplandecía. Empezamos a reírnos de contento.

Pero, y eso después de veinte días deberíamos saberlo, en China el placer –como cualquier sentimiento o razón- siempre tiene un límite que los humanos, en particular los humanos desesperados por la obtención de ganancias, le ponen. De una curva, seiscientos metros antes de llegar al templo Shaolin, después de haber dejado a nuestras espaldas el pueblo de Song Shan, un viejo calvo se lanzó a las llantas del taxi para que éste frenara y él pudiera empezar a referir una lenta letanía de motivos por los que el taxista debía llevarnos a su hotel.

Una vez ahí empezó el debate sobre cuánto nos costaría la noche (siendo los números lo único que se escribe igual en oriente como en occidente, la discusión se reduce a una pelea de papelitos con números), de que no nos fuéramos, de que comiéramos. Y todo ello en chino. La nieta del dueño –o una niña tratada como familiar que trabajaba de la mañana a la noche- escribía en caracteres latinos, con mucha habilidad por cierto, todas sus palabras en chino y no podía entender por qué nosotras seguíamos sin entenderla. Como si entre signo y significado la relación debiera ser directa. Obsesionada con que nos quedáramos, nos atosigaba con ofrecimientos entre incomprensibles y absurdos –comida, clases de kung fu, maestros, taxis, carne de perro- en un desorden y con una ansiedad que llegaron a hostigarnos.

Cuando del hotel logramos salir a la tiendita de la esquina y bajamos sus tres escaloncitos para llegar a un espacio semejante al de muchos pueblos mexicanos, con sus refrescos calientes, sus galletas y pocos productos caseros, suspiramos de alivio.

Luego, el paseo por la tarde que bajaba, bajo las primeras estrellas que veíamos en muchas noches, entre las escuelas de artes marciales desarrolladas por monjes budistas totalmente vegetarianos, cuyos estudiantes estaban sentados en grupo alrededor de maestros que les hacían jugar, o seguían entrenándolos, nos calmó los ánimos por completo. Helena empezó a reflexionar sobre qué son y qué no son los internados, por qué a ella los internados se le hacen un espacio que sólo sirve para aquellas madres y padres que quieren deshacerse de sus hijos, que en los internados no hay vida personal. En fin, un alegato contra la escuela represiva, contra la obligación de especializarse desde temprana edad, contra la disciplina rígida que se contradecía con las risas que provenían de los grupos de estudiantes shaolin.
Esa noche dormimos como troncos y muy temprano por la mañana, después de tragarnos el desayuno desabrido de la nieta del hotelero y sus innumerables ofrecimientos nuevamente escritos en chino con caracteres latinos, logramos entrar al valle de los templos, escuelas y pagodas de estos monjes y discípulos (hay cuatro mujeres estudiantes por cada veinte muchachos, aproximadamente) que encuentran en las técnicas de lucha más variadas –y escenográficas- el autocontrol necesario para defender la paz del Buda. No hay que olvidar que los Budas en su camino de perfeccionamiento y de iluminación, no están siempre en actitud contemplativa o retirada del mundo, sino intervienen compasivamente en pos de la justicia en la vida de los seres humanos y de los inmortales, por ello luchan contra los demonios del desorden, de la codicia, de la agresión, del desaliento que siempre están al acecho para restablecer el caos. Son ayudados en eso por sus guardianes, a lo que aspiran devenir los maestros shaolin de la perfección, que han aprendido de los movimientos de los animales a controlar sus impulsos, su fuerza, su agilidad, así como de los árboles a usar palos, chacos, espadas, lanzas.
Muchas de las escuelas y templos fueron destruidos durante las guerras internas que siguieron la caída del imperio y la invasión japonesa a China, pero fueron reconstruidos según las tradiciones y los dibujos que quedaban de los mismos. Grandes espacios para el espectáculo de las luchas, que implica también una escenografía distinta por cada escuela, se abren entre los campos como teatros al aire libre y en los templos como teatros cubiertos.
La foresta de pagodas, una seiscientas elevadas construcciones de monumentos techados y pequeños que contienen las cenizas de los monjes más famosos, descansan entre árboles desde el siglo VI de la era común.

Luego empezamos a caminar por unas montañas impresionantes, altísimas, con barrancos y cuencas de pinos y acacias donde de repente un vallecito se abre apacible al cultivo. Sus cimas son rodeadas de nubes blancas como si fueran pintadas. Un río, casi seco en esta época, corre entre dos cordilleras; algunas vacas pastan entre sus lotos en flor, un camello espera paciente a su dueño amarrado de un puente, pocos campesinos van y vienen por sus orillas.
Pasamos una tarde de alta montaña, a sabiendas de que en cualquier momento una sesentena de muchachos podía irrumpir en la escena para un entrenamiento entre rocas o sobre los peñascos (apoyan los pies sobre dos orillas de un hueco en la montaña y se quedan ahí, suspendidos en el aire, mientras rezan o se curvan para atrás hasta tocar con la cabeza la orilla opuesta de un riachuelo donde descansan sus pies). Hablamos de muchas cosas, algunas que nos venían a la mente por el paisaje humano y natural, otras que quizá esperaban desde hace tiempo ser dichas y que en la ciudad no tienen posibilidad de ser proferidas por la dictatorial imposición de tareas de la vida cotidiana.

A pesar de la perfección del día, cuando volvimos al hotel la opresión de la nieta del viejo calvo, su obsesiva petición de que comiéramos, su meterse hasta el cuarto para tocar la ropa y la computadora de Helena, y su constante ofrecimiento de que le compráramos un té frío, de que nos acostáramos, de que viéramos televisión con ella, nos inspiraron de repente para huir. Llenamos en un instante la mochila y salimos entre sus rezos, su mover la cabeza diciendo que no encontraríamos buses, ni taxis, ni trenes, que Nanjiing está lejos, que la noche es oscura, que, que, que.

La verdad es que reíamos de contento cuando nos subimos al bus que nos llevó a Song Shan, encontramos otro después de comer unas verduras amargas sazonadas al té verde y el jengibre hasta Zengzhou, y de ahí, después de un cortísimo paseo por este centro de comercio agrícola en plena expansión, otro a Nanjiing.

domingo, 10 de junio de 2007

Fotos de las viajeras


Hemos llegado a Xi´an

Hemos llegado a Xi’an, la capital desde donde salió durante trece dinastías la ruta de la seda que cruzaba Afganistán, Iraq, Siria, Turquía y de ahí llegaba a Europa. La ruta que hizo que China inventara y exportara al mundo la fabricación de papel de celulosa, la imprenta de caracteres móviles, el compás y la pólvora. La ruta que trajo el Islam a China, religión que convirtió a la etnia Hui, haciéndole construir su mezquita en forma de pagoda a pocas cuadras de nuestro hostal de la juventud (A Helena le da un poco de vergüenza estar aquí conmigo, y un poco más de hueva: ¡los estudiantes no tienen hijos de su edad!).

Xi’an, la antigua Chang’han, la capital del sanguinario y genial Qin Shihuang, que hace 2300 años unificó China, construyó la Gran Muralla, enterró vivos a los filósofos confucianos que lo criticaban y se hizo preparar un ejército de 30000 soldados y caballos para que custodiaran su alma.

Xi’an, con su templo de la Gran Gracia Materna, su Pagoda del Gran Ganso Salvaje, sus muros para la defensa de los bandidos y los bárbaros. La capital de la época dorada de los Tang…

Pero, qué le vamos a hacer, quizá por qué nos esperábamos demasiado, los guerreros de terracotas en formación de guerra, los caballos, los generales de 2 metros, nos dejaron algo frías. Impresionantes, bellos, pero tan museográficos, tan bajo un hangar para aviones. En fin, un duchazo de agua fría después de la cálida Pingyao.

De modo que lo que más gocé de esta ciudad, fueron los restos de una aldea neolítica descubierta en 1953, a sus orillas. Mi obsesión son las continuidades, lo que Braudel hubiera llamado las historias de muy muy larga duración, eso es de una duración que obviamente comporta cortes, virajes, cambios e interrupciones, y se sostienen en una subterránea continuidad. Ninguna religión institucionalizada ha soportado jamás un tiempo tan largo, pero sí lo han desafiado ciertas indefinibles preferencias, lo que hoy llamamos supersticiones: la construcción de las ciudades sobre un eje norte-sur, por ejemplo. Y lo sagrado de los entierros, la agrupación de las casas alrededor de un fuego común -para alejar a las fieras y alimentar a los hogares internos a construcciones de techos de dos aguas-, las formas puntiagudas de las botellas con su tapa, los jarrones, la abstracción de los dibujos, la repetición de los símbolos de venados, números y peces.

Así como en Roma lo que más me interesa de los foros es la parte de la villa neolítica que acaban de descubrir bajo el Palatino, demostrando que los latinos criaron puercos por su fecundad y su resistencia, que se agrupaban por miedo a los animales salvajes, que vivían en paz y sin esclavos, así en Xi’an lo que más me gustó fue el pueblo de Banpo, organizado alrededor de figuras femeninas que dirigían los cultos de los muertos, la distribución de los alimentos y probablemente la vida política, según un sistema de linajes matrilineal, no guerrero y no esclavista.

Banpo fue erigido hace unos 6500 años y duró casi 1000. Para proteger sus casas de planta circular y de planta rectangular de los animales del bosque, le escarbaron un fosado de 13 metros de profundidad en el lado norte. Albergó a cazadores, recolectoras y primeras horticultoras, que ofrecían sacrificios de pequeños animales y plantas a la Tierra, durante ceremonias que practicaban frente a una gran piedra (¿una futura estela?,¿algo que ver con la pasión por la rocas en los jardines chinos?). Por el oeste estaba un lugar de entierros de adultos, mientras a las niñas y niños pequeños las enterraban en jarrones muy cerca de las casas, casi bajo las alas del techo. Pensé en esas madres neolíticas que no querían separarse de sus hijas muertas y sentí que tenían razón. ¿Cómo rendirles culto si lo que se deseaba era abrazarlas todavía? Pensé también que si las reglas las hacen mujeres libres del colectivo de los hombres, unas mujeres que se tomen a sí mismas por parámetro, pues las reglas de convivencia no se sostendrían sobre la misma lógica que cuando las instituyen hombres. Quizá puede haber más formas de poder. Quizá el no poder sea una de ellas.

En fin, entre el primer emperador, detestado por todos sus enemigos y temido hasta por sus aliados, y las recolectoras que se inclinaban frente a la madre tierra y gobernaban sin derramar sangre, mi preferencia se dirige obviamente a las más ancianas.

Lo muy, muy lejano en el tiempo, lo que me hace sonreír porque a pesar de todo se nos parece, también siempre me despierta la misma pregunta: ¿pero entonces qué pasó?

Así, con la misma pregunta que en Monte Albán, que en el Sahara, que en Catal Huyuk, tomé el camión y recorrí las grandes avenidas de una más de las ciudades de la China moderna. Y ahí vino la sorpresa: Xi’an es limpia, funcional, pero también cálida. Sus miles de tiendas –como en toda China- compiten por un mercado que debe ser constantemente seducido por los precios y la oferta, pero son ordenadas, la puja por los precios es menos descarada, los salarios son decentes, finalmente en los techos de las casas se ven celdas solares y en la universidad se tienen charlas de ecología. Los enamorados se besan en las calles. Las amigas van de la mano. Por supuesto los cielos siguen estando grises de carbón y bruma –todavía no hemos visto un cielo azul y transparente en China, lo cual, siendo yo metereopática, me deprime y enoja por momentos-, pero por primera vez pensé que si tuviera que dejar México podría vivir en un ciudad china, ésta.

Hablé con un pintor de cerámicas tradicionales que ha cambiado el modelo repetitivo de expresar lo antiguo y pensé en la gente de Polvo de Agua, en la Mixteca, en mi amigo José Luís García cuando dice que un artesano es un artista que utiliza materiales locales y no un repetidor. Se lo comenté al ceramista chino y dijo que nunca había escuchado en palabras tan bellas algo tan cierto. ¿Cortesía china o sintonía de pensamiento? Se nos acercó otro artesano, de la familia que se ha transmitido la técnica de construcción de un instrumento parecido a la ocarina, de nueve hoyos, con el que nos tocó por más de veinte minutos una melodía de tonos variados. Me llamó a mirar sus instrumentos, cada uno diverso del otro, y pidiéndole al otro que le tradujera, me comentó que lo nuevo y lo viejo no deben estar en contraste sino movilizarse uno al otro. Lo más sorprendente es que no intentaba venderme algo. Pasamos una tarde hermosa.

Fotos de Pinyao














sábado, 9 de junio de 2007

Para decidir irnos de Wutishan

Para decidir irnos de Wutaishan, lo cual no estábamos nada seguras de querer hacer, tuvimos que recurrir a algunos antídotos contra el embrujo del lugar: invocamos el mal olor de los baños de la estación de autobuses, intentamos pensar en lo mucho que nos aburriríamos muy pronto, recordamos el horror de las lucecitas navideñas en los techos de los templos en medio de las montañas. Aún así nos costó dejar la paz, la posibilidad de una verdadera introspección que ofrecen las calles, los templos, las stupas, los gestos pausados de los monjes, las escrituras leídas en las escaleras que llevan a la stupa blanca del Buda Sakiamuni. Finalmente nos subimos a un camión viejo y destartalado hasta Tai Yuen y de ahí, tras cruzar una ciudad grande y fea hacia otra estación, en un camión un poco mejor hasta Pingyao.
La ciudad enteramente amurallada es más bella de lo que imaginábamos. Los muros de la ciudad, construidos en 1307, contienen pequeñas joyas muy antiguas, como una de los primeros bancos del mundo –La Casa de la Prosperidad Sonriente-, la casa de los primeros guardia del cuerpo, talleres de artesanos de todo tipo.
Turística sin lugar a dudas, sobrevive a pesar de la escasez de agua y del viento, gracias a sus paisajes, sus callecitas, sus diversas iglesias –entre ellas una cristiana de rito nestoriano- y tienditas de todo tipo de chácharas, antiguallas, papeles cortados, rentas de bicicletas. Nos imaginamos que dejaríamos a mi hermano Federico y a Guillermo por horas pelear, tratar, tirar sobre los precios con todos estos chinos que le ganan a los turcos como vendedores.
Dormimos en una antigua casa de tres patios, construida durante la Dinastía Ming, en una cama donde cabrían todos los amigos de Helena –cumplió su sueño de una cama que corriera de pared a pared, lástima que aquí no tenemos con quien hacer “hacinamiento”. En medio de nuestra cama, estaba la mesita para caligrafía de madera de sauce, donde la herética de mi hija instaló la computadora.
La familia que administra el hotel es muy simpática y hospitalaria. En el segundo patio, el de la intimidad, fuimos instalada en el este, el las de las personas importantes (aunque en la antigüedad ese lado se reservaba a los hombres, a los hijos mayores, a los sirvientes del señor, según estratificaciones de jerarquías que se sumaban unas a las otras); ahí el silencio sólo era interrumpido por la viejita que llegaba a ofrecernos té o agua caliente (los chinos nunca toman algo crudo que no sea fruta con cáscara y beben con fruición agua caliente, misma que se ofrece a los huéspedes o se pide en un restaurante. Puede ser éste el motivo por el cual la china fue una de las poblaciones con menos plagas de la historia. Ahora bien, la ensalada hervida es una verdadera porquería).
La elegancia de las callejuelas, muchas de ellas en plena decadencia, es subrayada por el hecho que no se oyen los claxons que en toda China los choferes tocan insistentemente, según nosotras sin motivo alguno. En bicicleta o a pie, la gente se mueve por la cálida primavera de Pingyao como lo hacían los siracusanos de mi infancia por el verano: con parsimonia, como si la prisa fuera una actitud incomprensible, o por lo menos postergable, a más de 30 grados.
La comida china es espléndida, y en Pingyao es totalmente casera y muy variada. En quince días nunca he repetido un plato de vegetales sin carne, y sentarse a las 12:30 o a las 18:00 (estos son los venerados horarios de la comida y la cena; el desayuno les importa poco) es la ocasión de un disfrute apacible, feliz. La culpa no existe en la cultura china. Nadie carga con la sensación que gastar en un buen plato cuando se puede y se quiere es algo que le quita a alguien más un derecho, un placer o lo ofende. Ni siquiera un monje renunciaría a un placer porque temiera ofender la miseria de otro ser humano. Si es frugal lo es por su bien. Los chinos están tan lejos de la culpabilidad cristiano-judaica como de la idea de comunismo latinoamericano, donde hay que pedir perdón por los muertos de la propia felicidad (o pagar con sangre un buen salario).
Con 120 yuanes se obtiene un boleto para todos los sitios y museos de la ciudad (la mitad para las estudiantes). Es fascinante ver como el templo Taoista, donde te asaltan para imponerte la buena suerte unos monjes que buscan dinero, como en la muy seria casa de Confucio, o templo de la literatura –el más grande conservado- donde se instituyeron los exámenes imperiales que sirvieron de modelo para los exámenes de estado de todo el mundo, como en el templo de las diosas y dioses de la ciudad, como en los museos de las escoltas y guardias del cuerpo, de los bancos, del gobierno de la ciudad, las murallas existe un calmo desapego del dolor y la necesidad.
Y eso que la población de Pingyao no es rica: en muchas casas falta el agua corriente y tener un trabajo en una zona donde la agricultura ha sido derrotada por la sequía no es fácil. No obstante, es con verdadera simpatía que la gente explica por qué los estudiantes vienen a dejar su nombre sobre una tarjeta roja en el templo de Confucio con la esperanza de que le traiga suerte en los exámenes. Este edificio tiene la sala de exámenes más grande y antigua de China. Fue reconstruida en 1163, durante la dinastía Jin, sobre un templo anterior de la dinastía Han. El viaje para llegar es caro, así como las tarjetas y las dádivas que hay que depositar cuestan muchos ahorros, pero a nadie se le ocurre envidiar o burlarse –esa forma de envidia disfrazada- de los estudiantes. La educación es cara y los exámenes son difíciles, muy difíciles en este país donde las jerarquías, las pruebas, los grados son categóricos: todo se vale para pasar adelante, también gastarse la beca en un viaje y, de paso, pasarla bien en Pingyao.